MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 251 AGOSTO DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Disfrute sin un fin en mente

Por: Julián H. Ramírez Urrea, MD, MSc; Médico internista, Hospital Universitario San Vicente Fundación. Jefe del Departamento de Medicina Interna, Universidad de Antioquia.
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Los niños de mi generación, nacidos en la década de los ochentas, solíamos jugar a hacer una casita. Utilizábamos distintos materiales y hacíamos figuras de papel con los distintos enseres de eso que era para nosotros, nuestra primera propiedad raíz sin pagar impuesto predial.

Luego de horas y horas de planes y proyectos de mejora para esa casita (por fortuna la vida era menos compleja en ese entonces sin el internet de las cosas y otros demonios), se terminaba el juego al finalizar la casa y ser vencidos por la embriaguez creativa. El disfrute y el goce a través del juego, se mantenía por el juego mismo. El sentido de la actividad era imaginar y vivir cada momento.

Qué diferentes somos los adultos que siempre esperamos la llegada al punto final, en vez del deleite el proceso. Disfrutamos más el lugar de destino que el tiempo que transcurre hasta llegar ahí. Es como si crecer en edad equivaliera a simplemente desear las cosas terminadas para poderlas valorar.

La pretendida eficiencia de la sociedad actual impone los resultados como el único medio para sentirnos satisfechos. Pero no siempre es así: hay cosas que deberían ser placenteras por el hecho de hacerlas, casi a capricho y sin ningún sentido aparente, brindando alegría por sí mismas: escuchar una melodía hermosa pero desconocida sin esforzarse en retenerla en la memoria sino disfrutando cada nota musical… contemplar una obra de arte sin juzgarla y sin leer las críticas llenas de erudición pero carentes de emoción… perderse por las muchas calles de la ciudad por las cuales todavía se puede caminar y andar sin rumbo fijo, llegando a visitar lugares apenas notorios como un café, un viejo teatro o una librería de libros añejos con su olor a óleo fresco.

No podemos vivir como vivimos en el trabajo. No podemos vivir solo trabajando o trasladar los conceptos de eficiencia y eficacia, que solo aplican al mundo de los negocios, a la vida entera. Habría que aprender a tener momentos felices en que derrochemos tiempo y creatividad sin objeto, riendo, amando y abrazando sin medida.

La invitación es sencilla: disfrutar sin un fin en mente. Si bien es cierto, la vida está llena de metas y propósitos, cabe recordar que hay un plano trascendental y espiritual que no se rige por los arcanos de la economía y de la eficiencia. Solamente el alma se despliega en libertad cuando saborea el momento presente como fin y no como medio para seguir pensando que en el futuro podremos ser felices.


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