MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 251 AGOSTO DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Parresía

Diarios de “verdad y coraje” Por Abrenuncio Domicó

Por: Alejandro Londoño
elpulso@sanvicentefundacion.com

Hace poco, tan poco que aún me palpita el pecho, la discusión se dio sobre si esto o aquello puede llamarse cierto, verdadero o veraz. Que dizque no existe tal cosa, que solo hay fragmentos inconexos y que eso que yo llamo la verdad del espíritu no es más que una entelequia, una ficción mentirosa, acto retórico sin tuétano. Y yo digo, ¡qué clase de locura es esa! Me pincho la carne, entorno los ojos, y de inmediato entono un grito que retumba en el cielo cual trueno en vendaval. Repito el acto, y una tibia gota de sangre rueda por mi muslo y empapa mi pernera. ¿Será una alucinación producto de un estado psicótico? Pues que venga de nuevo la prueba, y clavo por tercera vez el estilete obteniendo ya un alarido más hondo y el suficiente fluido vital para usarlo como tinta en este texto. Y ahora, ¿no será esta una prueba de algo verdadero? ¿Qué esto que consigno en letras lo hago a pulso y con el alma, cuando son girones de piel y fluido vital los que empapan este diario? ¿Verdad o truco? Me encuentro en las antípodas de los relativizadores de lo cierto. Yo digo que se llora con la tristeza y que toda pérdida es un duelo pendiente. Que la muerte es una herida y la primavera un festejo. Que el tuerto, tuerto se queda, y que a quien le falta una pierna jamás le crecerá una nueva. Que confiesa la carne aquel que baila o el que golpea desgarrado la tierra arrebatada. Que toda violencia es un acto cruel, producto de tiranos, y que relativizar hasta el infinito le arrebata el sentido trágico a lo terreno. La verdad está inscrita en la carne y se la confiesa cuando se baila, cuando restalla la carcajada o en el estertor del último suspiro.

La “verdad” grave y dañina es la que se dicta e inscribe en piedra, la que se viste de pompa y brillos, la que quema banderas y hace piras con los libros, la del acto clínico hecho juicio y la que simplifica la naturaleza en el vestido estrecho de la guía, la de la “P” postrera que aniquila al individuo, la que hace de la subjetividad un porcentaje y niega el arte del encuentro.

Tristes doctos verificadores y tabuladores de la vida, controladores de inefables misterios, normalizadores de la carne y negadores del cuerpo. ¿Será posible encasquetar la vida en un protocolo tieso?


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