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En honor a la música

Por: Damian Rua Valencia. Magister en Literatura Francesa comparada Universidad de Estrasburgo – Francia
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El 21 de junio de todos los años las calles de Francia se llenan de ruido, música, baile y algarabía. Los racionales franceses se olvidan por un día del alza el precio de los carburantes, de la supresión de los impuestos a los más ricos, de los recortes a las ayudas sociales, de las fallidas políticas ecológicas, de la privatización de los servicios públicos y de los sentidos discursos con que su presidente trata de justificar todo eso mientras come en su vajilla de 500.000 euros, se olvidan de los inmigrantes, de los chalecos amarillos y hasta del decoro y mandan todo al carajo y se echan a las calles para celebrar la llegada del verano. Los pantalones largos ceden su lugar a los shorts, y a los minishorts, a las faldas, y a las minifaldas. Los abrigos se guardan en el lugar más profundo del armario, justo al lado de la moderación, y las tiendas venden en un solo día el suministro de alcohol equivalente al de todo un mes. Una buena amiga mía lo resume así: es el único día en que los franceses dejan de quejarse y son felices.

La celebración lleva el nombre de Fête de la musique que significa literalmente fiesta de la música pero que, pronunciado, quiere decir también “¡hagan música!” (faites de la musique), como una invitación abierta para que todos participen, no solo como espectadores sino para que cada quien desempolve su guitarra, su violín, su flauta, sus tambores o, en su defecto, saque unas cuantas ollas metálicas y unas baquetas, arrastre un par de amigos y vaya a deleitar a los demás en la plaza pública.

La idea de una fiesta popular en honor de la música surgió durante el gobierno de François Miterrand, en los años 80, por iniciativa del ministro de la cultura de ese entonces, Jack Lang, y de Maurice Fleuret, compositor y crítico musical, que tenía en mente una celebración poco convencional pues “la música estará en todas partes y el concierto en ninguna”. Para él, se trataba de una revolución que buscaba el encuentro de toda clase de música sin ningún tipo de jerarquías. Se trataba de romper fronteras, de abrir espacios, derribar simbólicamente los muros de las salas de concierto y liberar la música de sus recintos sagrados. Basados en un estudio de la época, según el cual una buena parte de los franceses tocaba algún instrumento, Lang y Fleuret pretendían brindarles un espacio de expresión. Así, además de los conciertos organizados y asegurados por profesionales, las calles se llenarían de amateurs que sabrían ritmar el diálogo entre diferentes estilos y culturas. Para ello, eligieron una fecha cargada de simbolismo puesto que coincide con el solsticio de verano, el día más largo del año en el hemisferio norte.

Una fiesta con sabor pagano

Más allá de su inicio oficial, la Fiesta de la música se relaciona con celebraciones mucho más antiguas. El 21 de junio está asociado al culto del sol, la naturaleza y las cosechas, desde los primeros tiempos. En la marchita Mesopotamia, el solsticio de verano estaba dedicado a Tammuz, dios de la abundancia cuya muerte y resurrección simbolizan la quema de los cultivos debido al verano y el renacimiento de la vida y la fertilidad.

De igual manera, los cristianos celebran, con apenas unos cuantos días de diferencia (24 de junio), la fiesta de San Juan, que tuvo gran importancia durante la Edad media y era presidida en París por el rey en persona que prendía fuego a la hoguera en la place de Grève, donde se encuentra actualmente la alcaldía de la ciudad. En el rito se entremezclan, como es de esperarse, tradiciones más bien paganas que fueron cristianizadas con el tiempo: con el fin de espantar los malos espíritus, bendecir las cosechas y reforzar la entrada del sol que se había debilitado durante el resto del año, las personas cantaban y bailaban alrededor de la hoguera hasta el amanecer. ¡Nada de recato y puritanismo! Al igual que en la Fête de la musique, y aunque en otro contexto, la música y la farra ocupaban un lugar central.

Derivas

Pero mezclar música, baile y alcohol no siempre da como resultado una elevación cultural, un acceso a otras maneras de gozar y considerar este arte primordial, tan cercano a nuestro yo primitivo. O, por lo menos, así lo creen algunos. Desde hace algunos años, alcaldes locales vienen haciendo campañas de sensibilización e imponiendo medidas de seguridad para evitar los desbordes etílicos, los accidentes de auto y las riñas callejeras. El área de las celebraciones es acordonada y custodiada minuciosamente por agentes de policía que decomisan las botellas de vidrio y que me han obligado a mí y a mis amigos a bebernos de un tacazo todo el alcohol que llevamos dentro de los morrales y a entrar con todo el ritmo en las venas.

Un diario satírico de Besançon ironizó hace algunos años sobre las medidas tomadas por la administración. Según él, se iba a vivir una fiesta de la música sin alcohol e, ¡ironías de la vida!, sin música para respetar la tranquilidad de las personas de bien que tienen derecho a ver sus realities en la paz de su hogar. El medio se imagina incluso a unos policías que, siguiendo las señales de alerta, entran a la fuerza en una casa y detienen a un joven que planea tocar el acordeón frente a la iglesia.

Dejando de lado el chiste, este año, precisamente, la situación alcanzó su cúspide con una intervención policial controvertida en la ciudad de Nantes, en la cual los agentes dispararon balas de caucho y gas lacrimógeno contra un grupo de jóvenes bulliciosos y evidentemente alicorados que se divertía junto al río Loire. ¿Resultado? Varias personas cayeron al agua y fueron rescatadas por los bomberos, salvo un joven de 24 años que continúa desaparecido.

En una entrevista, Jack Lang recuerda los principios de la celebración y critica abiertamente la acción policial: “En 40 años, la Fiesta de la música no ha conocido ninguna violencia. Es un evento que los franceses se han apropiado (…) Es un momento de gracia, un momento de excepción, en el que cada uno respeta a su prójimo. La fiesta de la música es un momento de paz, de amor, de ternura, de encuentros”.

Del otro lado del charco

Además de la apropiación por parte de los franceses, la fiesta de la música ha hecho parte de la exportación cultural de Francia y ha tenido gran acogida, no solo en los países europeos, sino también del otro lado del océano, en el continente americano. (Para festejar cualquier excusa es válida, dicho sea de paso). Los canadienses la han adoptado bajo el nombre de “Arte en la ciudad” desde el 2008 y los estadunidenses como Make music New York. En Colombia, que ya tenía una importante fiesta consagrada a la música en Ibagué, la primera celebración se llevó a cabo en la ciudad de Medellín en el 2003, con los mismos principios que la francesa, aunque, claro está, sin el verano o, para ser más precisos, con el eterno verano que reina en el Valle de Aburrá. Le siguieron Cali, Barranquilla y, por último, Bogotá en 2012. La última edición del evento, aunque menos multitudinaria que la francesa, propuso una amplia gama de géneros y se desarrolló, hasta donde sé, dentro de un ambiente apaciguado.

Momento de excepción, de paz y de tolerancia, a pesar de los contratiempos, desconexión de la realidad cotidiana, la Fiesta de la música es quizá la única verdadera manifestación popular francesa, un carnaval sin máscaras abierto a todo el mundo. Y aunque al otro día volvamos a encontrar los problemas que dejamos sin resolver la víspera, tendremos por lo menos el consuelo de haber servido desinteresadamente a una causa común: el arte.


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