MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 250 JULIO DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Tarantela

De mis diarios de Tarento, “locuras y agonías”, por Abrenuncio Domicó.

Por: Alejandro Londoño
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Ala dulce sombra de mi grieta le debo este relato; a la oscuridad de mis soledades y mis largas noches debo esta gravidez, este parto abrupto de mi locura... Dormía cuando sentí las cosquillas en la concha de la oreja. Soñaba cuando se resbalaba el veneno de la locura entre mi boca. Un andar despacio, como entre pisos blandos, no hacía eco en mis razones. Sus patas largas, nervudas y cubiertas de fina pelusa, acariciaban mis papilas, y su falta de pudor no alcanzaba a sacarme del sopor de mi descanso. Su voz que no se oía susurraba entre mis sienes.

Era la tarántula, la alimaña de la locura, la que mordía mi lengua e inyectaba esa infección de la no cordura. Una ponzoña infecta, amarga como la más cruda de las verdades, se esparcía en mi organismo y exiliaba a la razón, para dar bienvenida a la lucidez de la demencia. Me agitaba en danza frenética, y obligaba a retorcerme en un rictus de un carnaval sin freno. Salí expulsado de la tierra, como volcánico magma, a cantar lo dicho por la artera. Una voz muda de palabras resonaba entre mis fondos, y con ecos bullosos hacía vibrar en algarabía a mi naturaleza entera. Ese brillo que da a los ojos la posesión de la insania me otorgaba pasaporte a gritar por mi ventura, todas esas verdades veladas a los doctos:

“¡Qué les pasa doctos almirantes de las carnes! ¿Dónde ocupan su energía emisarios de las ciencias? ¿Es que acaso matamos al dolor para licenciarnos y ocasionar más amarguras? ¿Le dimos tregua a la muerte y al misterio para afincarnos tan a gusto ignorando lo que hay en medio? ¡Qué torpes, qué toscos cuando olvidamos que somos nada!

¿Y qué lo nuestro es la bioquímica y la enigmática matemática fluida de los cuerpos? ¡No, no y ochocientas veces no! Que eso es solo parte, un condimento más de una gastronomía tan compleja que aun sumados todos sus elementos queda faltando el aderezo último que define el excitar de las papilas. Lo nuestro es ontológico, metafísico, orgánico, sacro y demás palabras con que nuestra limitada lengua intenta capturar a la fugaz experiencia. Nos jugamos con el cuerpo el cuerpo mismo, y en el crisol de los encuentros la vida de quien se nos entrega. ¿Dónde quedó el otro? ¿Será que se escabulló tras la pantalla? ¿Aún te frotas las manos para que la piel ajena no perciba tus gélidas palmas o tus trémulos temores? ¿Cambiamos la bondad por carromatos y al diálogo por lapiceros?

Diógenes, el cínico, el habitante del barril, andaba con su lámpara, atribulado pero expectante, buscando a aquel hombre justo y honesto por entre toldillos de venteros. ¿Dónde está, dónde está hermanos míos ese médico?

Me capturaron por demente y culparon al lobuno arácnido de mis males; pero aún luego del baile esa voz que no sonaba continuaba retumbando en mi cabeza.


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