MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 249 JUNIO DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Chernóbyl

Por: Alejandro Londoño
elpulso@sanvicentefundacion.com

De “Diarios atómicos”, por Abrenuncio Domicó.

Átomo, esencia... ¿Acaso no es lo mismo?, ¿Acaso no es el principio fundante e indiviso de la vida?, ¿La partícula última y primera?, ¿Lo irrompible en la natura?

Mis colegas, mis parientes de arte, los curanderos, los que se eligieron a sí mismos entre muchos para proyectarse a otros como un rodeo, acaso lo antagónico a un atajo que conduce a sí mismos. Ellos enfermaban con rarísimos síntomas y morían tan temprano que sus cuerpos todavía exhibían rasgos de vigores.

“Radiotoxemia verbum”, fue como la llamé, un tipo de daño, invisible su contagio, que descubrí no bien los galenos comenzaron a enfermar y morir de extraños padecimientos que se enfrentaban contra toda epidemiología. Sus síntomas, de tan extraños, múltiples e inconexos, se hacían esquivos y nunca relacionados con su oficio. Siendo mi arte para muchos, atomista y reductor, leían algunos académicos cada padecimiento como un geólogo que analiza una roca y excluye al clima, las marismas, las presiones tectónicas, los antiguos terremotos y desastres. A cada queja le daban un nombre extraño y lo encasillaban en una taxonomía propia de su campo. Se perdían en la descripción y análisis detallado de este reducto, como quien describe al ciudadano, ignorando la geografía, la cultura y las presiones del medio a las que creció expuesto. ¡Qué torpeza eso de pensar que una parte definirá al todo!, ¿No?

Sordera súbita, diplopía, visión borrosa, tinnitus, dolores estomacales, prurito fugaz y brotes evanescentes. Fiebres nocturnas, pérdidas o aumentos no explicados de peso, cólicos en el vientre bajo, cefaleas palpitantes, hinchazones en la cara, diarreas perennes contrastadas con frenos intestinales. Fatigas, insomnios que enloquecían, terrores nocturnos y pesadillas, somnolencia diurna y tipos de agotamientos “terminalis”. Venas dolorosas, enconos en las ingles, ardores en las plantas de sus pies. Manchas en la cara, calambres y agonías en las piernas. Sudores de madrugada, bolsas en los ojos, palpitaciones en el pecho, fallas en la memoria, pérdidas súbitas de la voz, desequilibrios en su marcha y vértigos desencadenados por la penumbra, eran algunos de los síntomas que aquejaban a los herederos de Esculapio.

Su cuadro clínico solía tener en común la vaguedad de los síntomas, la dificultad para articularlos dentro de una descripción sindrómica conocida y la normalidad en los estudios de laboratorio e imágenes realizadas con el fin de desentrañar las oquedades de la queja. Esta angustiosa epidemia de padecimientos “invisibles”, solía durar de meses a años, para luego dar paso a la materialización de los más funestos y crueles padecimientos. Lo que antes era un síntoma sin representación de daño, era el aperitivo maligno de un tanático plato conformado por tumoraciones de rápida avanzada y siembras tempranas, frenos en funciones vitales de aparición súbita y sistemas inmunitarios que ahora elegían como blanco a los órganos propios.

Como denominador común comencé a encontrar que sus voces describían hechos sin precedentes, llagas puras abiertas y convertidas en palabras y llantos. Todos, sin excepción alguna, habían sido testigos de oídas de las más duras penurias, cuando sus tratados describían con detalle sufrimientos y amarguras. Todos habían lidiado con el absurdo de la muerte del inocente niño y la agonía del viejo en sus achaques. A todos les había tocado intentar dar respuesta a las paradojas de la vida, y habían hecho coro, cuando en estampida buscaban burlar la muerte para estrellarse en su fracaso con el infructuoso empeño de expulsar la artera. Los gestos doloridos, los cuerpos venidos a fin, la decrepitud, la empatía encarnada, las voces que pedían la erradicación de sus dolores, les había calado hondo, se les había filtrado en sus junturas para como semillas de largo aliento, echar raíces y crecer en el abonado campo de su carne. Cada lamento era fertilizante de los anteriores, para hacer apto ese ecosistema de aflicciones.

Las palabras escuchadas, como emanaciones radioactivas, como radionúclidos tóxicos lanzados a los testigos, habían logrado socavar las defensas naturales y romper la homeostasis de los escuchas. Cada uno de ellos, expuesto a un tipo de radiación incolora e inolora, ahora enfermaba y caía sin posibilidad de alivio. Nunca, ninguno de ellos, fue puesto en aviso del extremo peligro que experimentaba al trasegar en los abismos del alma humana.

Se había roto el equilibrio, la fisión de alma, la división de lo que antaño se prometió como unidad traía la tragedia y un tipo de mal desconocido hasta el presente.

La respuesta de algunos fue crear cercos, empalizadas psíquicas que anulaban su sentir, convertirse en enajenados y autómatas libres de sentimiento, tan duros como el asfalto y tóxicos como el asbesto. Otros, la minoría, los locos les dirían, aprendieron a danzar con sus temores, a usar sus cuerpos como contadores Geiger. Aprendieron a percibir la vibración atómica y las emanaciones tóxicas, aprendieron a hacer digestión sana con aquellos bocados radiotóxicos. Abandonaron el país de la vergüenza y le permitieron llorar a sus temores e hicieron de la intimidad de sus noches una posibilidad salubre y hacer de sus pesares letras vivas.


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