MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 252 SEPTIEMBRE DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Meningioma

De mis diarios de “vértigo”. Por Abrenuncio Domicó.

Por: Alejandro Londoño
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Ella, ahora todo rostro, se hacía a base de gestos. Tanta bondad había en sus ojos que ni siquiera ese tubo que salía de su cráneo convertía a esa noble imagen en algo obsceno. Un púrpura oscuro, que apenas iba descorriéndose por su mejilla, se convertía en una tenuidad apenas visible. Era un resaltado, un encuadre a su mirada que la hacía aún más mansa a pesar de los amenazantes tintineos de las máquinas y los perennes desvelos causados por las bombas de infusión.

Su cuerpo parecía viajado en el tiempo y vuelto a anatomías infantiles. Era sutil, liviana, tan pequeña y pálida que apenas flotaba sobre la celeste sábana. Movía con gracilidad sus miembros y unos diminutos dedos siempre asomaban por entre los mecanismos de presión alternante que amasaban sus pantorrillas y muslos.

Las palabras se le trababan entre los dientes y daban tumbos en su boca. Siempre parecía como si fuesen a salir disparadas, pero apenas llegaban al voladizo de su lengua frenaban en seco y se hacían mímica, lágrima y mueca. Tenía que echar recurso por lo mudo de su lengua, y con el repertorio de su cara comunicaba preguntas y pedía le contaran los avatares de los días.

Siempre recuerdo ese silencio suyo lleno de prudencias y misterio.

La novedad que días antes se asomaba entre los surcos de su cabeza, y que fuese interpretada de modos malignos y amenazantes, solo era la constatación, quizá la prueba, de que las palabras son apenas la primera insinuación de la lengua y que es el alma, con sus pasiones y elocuencia, quien dibuja las intenciones y comunica las verdades. Tan poco hablaba y eran tan acostumbrados sus silencios que las palabras no se hacían extrañar cuando era la orquesta de su cuerpo la encargada de las comunicaciones. Una lágrima, que ocasionalmente se descolgaba de sus ojos, materializaba en hechos la potencia toda de una emoción que no se articulaba en consonantes y vocales.

Tanta paciencia, vigor y amor en ese lecho me presentaban ahora un alma encarnada, un espíritu vivo y con la vitalidad intacta.

Manipulaba cuentas invisibles entre sus dedos cuando la desesperación la empujaba al llanto. Cerraba sus ojos, hacía lisas sus facciones y la serenidad llegaba a ella como filtrada a través de sus comisuras. La espantaba el riel metálico, de lustrosas grapas, con el que habían fundido los continentes de su cráneo.

Lo primero que articuló fue un no rotundo cuando sintió amenazada sus certezas. Valiente y corajuda se enfrentó a la soporífera ausencia cuando intentaron narcotizar a su conciencia plena. No temió la muerte, tejió con hilos invisibles la salida de su secreto laberinto. Su minotauro, bautizado con latinajos de galenos, no pudo arrancarle la sonrisa ni suspender el fuelle de su tórax.

Ahora, pelona y con una diadema nacarada, su lengua es texto vivo y ensalma los temores más terribles. Camina entre los vivos y no hace caso a las muecas más macabras.


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