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¡Llora!

“Es un alivio llorar; las penas se desahogan y son arrastradas por las lágrimas” (Ovidio, poeta romano, 43 AC-17 DC)

Por: Julián H. Ramírez Urrea, MD, MSc. Médico internista, Hospital Universitario San Vicente Fundación. Jefe del Departamento de Medicina Interna, Universidad de Antioquia.
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Todas las tendencias actuales de búsqueda de bienestar y felicidad — siendo muy loables y necesarias para la salud — pueden tener un inconveniente: impulsan la vivencia constante de un estado febril, cual si de una fiesta permanente se tratara, donde no hay lugar para el llanto y la tristeza. Este tipo de emociones se les rechaza y oculta su pena de desentonar en el convite de la alegría.

Pareciera una obligación estar feliz todo el tiempo. Y a las personas que lloran, a veces se le rechaza como si fueran portadores de una enfermedad infecciosa. Recuerdo que un paciente en mi consultorio me confesaba con desazón: Julián, imagínate que tuve una discusión terrible con mi pareja porque me decía que mi tristeza estaba opacando su aura espiritual ¡Ya no soy libre ni siquiera de llorar en mi propia casa!

Y es que se piensa que una característica de una sana espiritualidad es la ausencia de llanto para no enturbiar la paz y armonía de los demás: nada más alejado de la realidad. Hemos llegado a tal punto en el esfuerzo casi desesperado de mantener la sonrisa en la cara a toda costa que hasta hemos olvidado cómo hacerlo. No en vano, Julio Cortázar alguna vez escribió un magistral mensaje llamado «Instrucciones para llorar».

La ciencia nos ha ayudado a comprender distintos aspectos de la vida, la enfermedad y la muerte y recientemente, se puso en camino para averiguar qué ocurre cuando reímos y lloramos. Aunque la evidencia científica es limitada, se ha encontrado que el llanto produce cambios fisiológicos y sicológicos benéficos como respuesta corporal relajante que se evidencia en la disminución de los latidos del corazón y la frecuencia con que respiramos. También es interesante el hecho de saber que el contenido químico de las lágrimas es diferente cuando se irritan los ojos o cuando sentimos tristeza.

Si esto resulta ser cierto, sería una prueba del conocido efecto catártico de las lágrimas (katharsis del griego: purificación): ¿será que las lágrimas desechan sustancias perjudiciales para el llorador? Sabemos que al llorar experimentamos desde los primeros instantes una sensación que aliviana el dolor y la angustia.

Sin embargo, el efecto del llanto parece no ser el mismo en todas las circunstancias: algunos investigadores afirman que tener compañía durante el episodio de llanto hace que la experiencia tenga mayores beneficios sobre el estado de ánimo que estar solo, y llorar por tristeza o alegría es mejor que hacerlo movidos por la ira. Incluso, si los sentimientos incitantes son la culpa y la vergüenza, parece tener menores efectos saludables.

Mi invitación es simple: llore cuando tenga ganas de llorar y ría cuando tenga ganas de reír. Exprésese, permítase sentir.

Aunque pudiera no ser un dato científico, sí es una verdad espiritual: “Vale más llorar que reír, pues podrá hacerle mal al semblante pero le hace bien al corazón” (Eclesiastés 7,3). ¿Será que en nuestros tiempos de selfies, nos podemos dar ese permiso para hacerlo, y sin filtros?.

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