MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 260 MAYO DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

Cuando llegue la cura para la pandemia

Por: Francisco Rossi. Fundación IFARMA.
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Impresiona la forma en que el lenguaje sobre el Covid-19 se ha impregnado de terminología militar. Si alguien sobrevive, le ha ganado la batalla al virus. Nada más alejado de lo poco que sabemos de éste virus y de los virus en general. Puesto que su interés al infectar a un huésped no es otro que el de replicarse ad infinitum, el acabar con el huésped significa, con mucho, su propia eliminación. Por el contrario, si en vez de matarlo, se replica en el huésped sin afectarlo demasiado, pero luego se mueve a otro huésped, y a otro más y así sucesivamente, será el gran ganador de la guerra. El gran triunfo del virus es el paciente asintomático. Cada muerte es, biológicamente, su fracaso.

Nos ayudaría desterrar este lenguaje militar, que tanto gusta a los gobernantes, de la forma en que entendemos y afrontamos esta emergencia global. Pero sin duda, en la mente de todos está la certeza de que un día, tendremos un medicamento que cure a los pacientes infectados, o mejor aún, una vacuna que prevenga la infección.

Hay, sin embargo, en el mundo una justificada preocupación por la forma en que la cura o la vacuna, va a moverse alrededor del mundo, una vez que las encontremos. Si las cosas suceden como han sucedido hasta hoy, la cura será propiedad de una multinacional farmacéutica, tendrá varias patentes y será el negocio de la década que empieza, para la multinacional y para el país en el que tenga sede. Varios columnistas de opinión en todo el mundo han destacado como los inversionistas están buscando multinacionales con buenos candidatos, para apuntarse a semejante festín.

Si todo funciona como ha funcionado hasta ahora, esta multinacional ofrecerá el producto a un costo exorbitante, primero a los países desarrollados, luego a los de ingreso medio y finalmente, quizás con licencias voluntarias a laboratorios de la India, llegará a los países pobres en versiones genéricas. Tal y como sucedió con el VIH hace 10 años y como sucedió con la hepatitis C recientemente. Y en cada país, llegará primero a los que tienen con qué pagarlo y por último a los más pobres. El virus no distingue fronteras, pero parece que si la marginalidad. La mayoría de las muertes en Estados Unidos, el país con quizás el sistema de salud más inequitativo del planeta, se concentran en la población afroamericana más pobre.

Pero el acceso al tratamiento si que reconoce el ingreso individual. Tal como sucedió con la hepatitis C, el tratamiento en Colombia llegará primero a los más ricos, los que puedan viajar a Nueva York o Zurich a comprarlo. Luego a los que tienen medicina prepagada o planes complementarios. A los regímenes especiales como el de Ecopetrol, el Banco de la República o el Congreso y después, a los del régimen contributivo. Después quizás al régimen subsidiado, y finalmente a la población pobre no asegurada. Aunque es bien probable que, para cuando llegue a estos últimos grupos, políticamente denominados vulnerables, ya se habrá superado el efecto de rebaño, y los que iban a morir habrán muerto.

La probabilidad de que la cura aparezca en un país en desarrollo tiende a cero. No porque no exista en los países del sur global la inteligencia, la capacidad o los recursos técnicos. La inteligencia parece distribuirse aleatoriamente en todos los países. Pero gracias a la regulación, a los requisitos y procedimientos y a las reglas del juego, sin importar donde se “invente” o “descubra” una cura, terminará inexorablemente en manos de una multinacional. Nosotros, a lo sumo, conduciremos algunos estudios clínicos para ofrecer información sobre eficacia en nuestro contexto. Como en el caso, valioso por demás, del ensayo que conducirá la Universidad Nacional sobre la hidroxicloroquina. Pero no estaremos en las fronteras del desarrollo de la cura.

El modelo de innovación que tenemos es excluyente. Es además muy ineficiente pues su principal motivación es el lucro. No la solución de un problema de salud, y puesto que funciona como una carrera para ver quién va a ganar el primer lugar, hace que el conocimiento y la ciencia no se compartan, se dupliquen y se muevan muy lentamente.

Conscientes de esta dura realidad, muchos países en desarrollo y muchas Organizaciones No Gubernamentales comprometidas con el acceso a los medicamentos, hemos propuesto promover mecanismos que hagan que la cura, cuando aparezca, llegue rápidamente a nuestros países y a los que más la necesiten. Llegue a precios que podamos pagar. Pero también que llegue rápido. Varios análisis sobre la capacidad de producción de un solo laboratorio, por grande que sea, apuntan a que los países de la “periferia” tendrán que esperar quizás un año o incluso más, para recibir los medicamentos. Un año, hasta donde sabemos, será demasiado tarde.

Existen varios mecanismos, pero el más popular corresponde a lo que el presidente de la república de Costa Rica, ha propuesto a la comunidad internacional. Se trata de colocar en manos de la OMS todos los derechos de propiedad intelectual (patentes, marcas, secretos industriales, diseños industriales) sobre productos, reactivos o dispositivos que puedan llevar a la cura. En este escenario, la OMS podría autorizar a cualquier empresa en cualquier país, para producir genéricos. La cura llegaría rápido y llegaría a un costo que los países podrían pagar. Muchas naciones ya han dado pasos en esa dirección, declarando de interés público los medicamentos e insumos que se requieran para la pandemia. Colombia entre ellos, con Chile y Ecuador en nuestras latitudes. También Canadá, Alemania e Israel. Una suerte de pool de patentes como el que creó Unitaid, para el VIH, la TBC y la malaria.

Sin embargo, algunos preferirían cambiar el esquema por completo. Dado que la principal motivación de la ciencia es el conocimiento, nos moveríamos mucho más rápido y mejor, si todo el conocimiento se compartiera. Si las prioridades de inversión en investigación dependieran de las necesidades de la salud. Si los recursos y las ganancias no quedaran en manos de unas pocas empresas en unos pocos países. Si la búsqueda de una cura fuera un objetivo de toda la especie humana, y por la sobrevivencia de toda la especie humana.

Hace 10 años, aún antes de la crisis de imagen de la industria farmacéutica multinacional con los precios de los medicamentos para la hepatitis C, la Asamblea Mundial de la Salud discutió, acaloradamente debemos decir, la posibilidad de suscribir un tratado internacional obligante para financiar en proporción a las capacidades de cada país, las necesidades prioritarias de la salud del mundo entero. Para que se investigue más en enfermedades transmisibles y menos en éxitos comerciales como los productos para la disfunción eréctil. Para que cada avance sea compartido en un esquema de ciencia abierta, y no sea necesario invertir tiempo y dinero en conseguir derechos de propiedad intelectual.

Un ministro de salud de algún país africano, dijo en medio de estos debates, que el modelo de innovación de aquel entonces, no representaba ninguna respuesta para su país. Primero porque no investigaba en las prioridades de salud de los países pobres, pero además, porque las innovaciones – los medicamentos nuevos - destinados a enfermedades importantes como el cáncer, la diabetes o la hipertensión, eran ofrecidos a los países pobres a precios que no podían pagar.

Muchos están apostando a que esta crisis sea una gran oportunidad para grandes negocios. Están apostando a que las cosas regresen pronto a la normalidad, o mejor aún, a que, cuando todo termine, sean mucho más ricos. Pero esta pandemia parece una oportunidad para que nada vuelva a ser como antes. Para repensar el sistema y el modelo de salud como muchos lo están proponiendo. Y también para replantear el modelo de innovación farmacéutica que tan caro nos ha salido.

Pero a pesar de la gravedad de esta pandemia, lo que vemos es a los gobiernos mirando para dentro de sus fronteras y a las multinacionales en la carrera por ser el primero en llegar a la meta de la cura y obtener el negocio más atractivo para los inversionistas. Y a algunos mandatarios congelando sus aportes a la OMS. Cualquier cambio va a ser difícil, va a requerir mucho esfuerzo y mucho trabajo. Tener razón y tener buenos argumentos es solamente el principio.


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