MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 260 MAYO DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

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Por: Alejandro Londoño
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Su respiración era bregosa y sibilante. A intervalos, en los que descansaba de su esfuerzo, lograba hacer viajar algunas partículas de oxígeno sin percibir esa dificultosa sensación de estvar pasando a través de su garganta un trozo de carbón encendido. Sus paroxismos eran tan violentos, que las conjuntivas se le inyectaban y los labios se tornaban de un teñido lila. Acostumbraba hacer chistes con el color de sus mucosas. Las llamaba: “flores de agapanto”, y solía, entre estertores, lanzar una carcajada que acompañaba con un gesto en el que exponía sus amoratados labios, raídos y desiguales, a modo de un ramillete recién cortado. Un espíritu aventurero lo condujo a viajar por tantos lugares que había ya extraviado sus nombres. Apenas recordaba palabras, historias y algunas taras coleccionadas en su cuerpo, todas ellas producto de aquellos viajes. Sanador de oficio, sabía que las enciclopedias clínicas son letras muertas si no se adoban con ingenio crítico y no se particularizan al modo en el que un sastre confecciona un traje nuevo. Odió los reflectores y la palestra. Ofició en tiempos de pestes, guerras y epidemias, hasta que sus pulmones, hechos ya confeti, le permitieron vestir la bata blanca. Solía dejar, a modo de pistas, notas desorganizadas en los bordes de los libros. Testamentos vivos pero olvidados de una práctica en tiempos en los que los poderes se disputaban las maneras de capitalizar los dolores y los cuerpos. Solía decir que la peor amenaza es la invisible, aquella que no perciben los sentidos. La que habita por dentro, que se encarna en el sótano de nosotros mismos, que como espora maligna acecha en silencio esperando intoxicar nuestros actos y envenenar nuestra conducta. La que vive en nuestras sombras y es materia oscura. Acostumbrábamos interpretar esto como una metáfora de los virus y bacterias, pero él reía ante tal lectura miope. Decía: “la amenaza invisible son mil ametralladoras mudas apuntándote a las sienes. Se parapetan en ti mismo, en lo alto de tu frente, y desde allí te tuercen los dedos y machacan los nudillos. Si no estás atento, se filtran en la mitad de tus palabras. Son poderosos parásitos sin peso, que si no andas advertido, crecen con tu ingenuidad y soberbia”.

Supimos luego que ese parásito correspondía a un anhelo voluptuoso encriptado en nuestro ser. Portadores de un saber laberíntico, apenas conocíamos aquello que anidaba en la superficie. Los teólogos antiguos lo llamaban el mal, los griegos lo llamaron Hibris y los artistas llegaron a figurarlo en sus pinturas como un maléfico demonio con colmillos y cola. Aquel bichejo del que nos anunciaba su presencia, solía ser de una oportunidad canalla, pues proteico por naturaleza, era banquero experto en sacar rédito a interés de usura. Usando máscaras y experto en engaños, no perdía la ocasión de tapiarte el coco desde dentro. Llegó a definirlo, lo cito textual de un palimpsesto que hallé en una fórmula suya, como: “diminuto maleficio oculto a la luz de la conciencia”. Explicaba que en el tiempo, la naturaleza de nuestra especie había derrapado en un momento límite, ofreciendo entonces la oportunidad de que el villano se mimetizara entre los pasadizos de una anatomía de ingeniería anacrónica. Fuertemente enraizado en las funciones más primitivas campea a sus anchas esclavizando a las demás destrezas de nuestra biología. Nos decía, “y ahora imaginen a un diablillo suelto a sus anchas tras todos sus pensamientos”. Nos hacía dudar de nosotros mismos, nos anticipaba de excesos, de la enfermedad de la certidumbre ciega, de volvernos amos soberanos y de anhelos por ordenar aquello que por natura estaba sano.

Médico y testigo durante la gran guerra pudo observar cómo un alma sometida a presión y víctima de miedos, podía comportarse de tantas maneras como nunca lo hubiese imaginado. Cómo, cuando la situación se salía del cerco de nuestras certezas, él que era manso y decidido mutaba de la docilidad a la crueldad, y de la seguridad a la duda. Vio como al amparo de una falsa ética se redactaban complejos sistemas legales para justificar la barbarie. Advirtió hasta el momento de su muerte, que en tiempos excepcionales la excepción se hacía regla, y era el código secreto que legalizaba los peores vejámenes. Compulsivamente nos advirtió de ese núcleo maligno que habitaba en todos, y como, hasta el más entregado y devoto amante de la vida, podría llegar a ser el peor de los tiranos.


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