MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 264 SEPTIEMBRE DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

Paris, capital de América latina

Por: Damián Rúa Valencia. Magister en Literatura Francesa comparada Universidad de Estrasburgo – Francia
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A Mario Vargas Llosa le escuché decir alguna vez que, siendo muchacho, sentía la necesidad imperiosa de vivir en París para poder convertirse en escritor. Una necesidad que puede parecer un tanto esnobista y estrafalaria, pero que de algún modo secreto era, y sigue siendo quizá, la de muchos jóvenes que buscaban acercarse al arte y la cultura.

En mi caso, recuerdo incluso haber ideado durante una noche tórrida en Cartagena de Indias, mientras leía La Ciudad y los perros, un plan financiero que era todo salvo realista pero que me permitía soñar con la posibilidad, bastante remota, de viajar alguna día a la capital francesa.

En ese entonces no sabía que lo que yo consideraba una característica original de mi camino personal no era más que una vieja costumbre bien arraigada en el alma de todo latino.

Antes de Madrid y Miami, París era el destino predilecto de los latinoamericanos, sobre todo de aquellos que buscaban acercarse al mundo del arte. En ella vivieron, o estuvieron de paso, grandes nombres de las letras de nuestro continente. Desde Gabriela Mistral y Cesar Vallejo, pasando por Pablo Neruda y Alejo Carpentier, hasta Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, todos iban allí para formarse, para escribir o simplemente para respirar el mismo aire que habían respirado, digamos, Guillaume Apollinaire o James Joyce.

Sin embargo, cuando por fin logré viajar a Francia, me encontré con que los franceses de las provincias no comprendían la fascinación de los extranjeros con la capital. Alguno hasta me lo dijo con más crudeza: “¿Cuál es la vaina de ustedes con ese despelote que hay allá?”

Y quizá tengan algo de razón, porque si uno se pone a comparar, hay otras ciudades más limpias, más ordenadas y tranquilas que la capital francesa. Caminar por París es exponerse a tropezar cada cinco metros con un grupo de turistas armados de cámaras y de palos para hacerse autofotos, aguantarse el suplicio de las filas interminables para entrar a los museos y el acoso de los vendedores ambulantes que hablan, por lo menos, unas ocho lenguas diferentes, de modo que uno no sabe cómo hacerse el pendejo… y, pese a todo, pese los precios ridículamente elevados y las minúsculos espacios para vivir, el encanto queda.

Ahora, ¿de dónde le viene ese encanto? ¿De las antiguas glorias? ¿De las presentes? ¿De sus calles simétricas, de sus iglesias en ruina, o de sus puentes por los que se ha paseado la crema y nata de la cultura, pero que han visto también los peores horrores? Sería difícil decirlo con precisión.

Para unos, el prestigio de la cultura francesa y de su capital se debe a razones menos literarias y artísticas que políticas e ideológicas. No hay que olvidar que buena parte de los artífices de la Independencia de los países suramericanos se formó en París. Francisco de Miranda llegó incluso a participar en la Revolución francesa, por lo que su nombre se encuentra gravado en el Arco del Triunfo. Y Bolívar que, además de haber bebido en los ideales libertarios proclamados por los autores de la Ilustración, derrochaba su fortuna en el Palais Royal mientras cortejaba a las damas de alcurnia en los salones parisinos.

Para otros, la imagen idealizada nace durante la Belle époque, cuando la ciudad era la cúspide de la civilización occidental, no sólo en el arte sino también en la técnica. Las exposiciones universales mostraban el poderío de la sociedad industrializada y presentaban al mundo las últimas innovaciones. En ellas aparecieron máquinas de vapor, se inauguró la primera línea del metro y se construyó un armatoste de hierro que, en principio, debía ser desmontado luego de la exposición de 1889: la Torre Eiffel. Al mismo tiempo se montaban espectáculos más cuestionables como los Villages nègres (pueblos negros), destinados a un público ávido de exotismo, y en los que se exhibían cabañas, animales salvajes, árboles y nativos de tribus africanas. En tal contexto el Wild West Show de Buffalo Bill, que ponía en escena indios norteamericanos, caballos y vaqueros, marcaba un éxito rotundo con más de tres millones de visitantes y creaba, por ahí derecho, el mito del Lejano Oeste.

El poeta nicaragüense Rubén Darío viajó por primera vez a París precisamente en esa época y quedó deslumbrado al conocer a Oscar Wilde, a Jean Moréas y, sobre todo, a Paul Verlaine. Tiempo después describió su llegada a la ciudad en términos casi místicos: “Cuando en la estación Saint Lazare pisé tierra parisiense, creí hollar suelo sagrado”. Como si fuera un viaje iniciático para el que se había preparado desde pequeño, pues, “soñaba con París desde niño, a tal punto que cuando hacía mis oraciones, rogaba a Dios que no me dejase morir sin conocer París. París era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la felicidad sobre la tierra”.

Pero la idea de ese paraíso terrenal no era exclusivamente suya. Para una buena parte de los escritores, pintores y músicos, el paso por la Ciudad luz era un requisito para acceder al centro de la cultura.

El novelista venezolano Arturo Uslar Pietri, que vivió en París durante los años treinta, cuenta que “estaba entregado a esa ciudad como una fascinación mágica. Su color, su olor, las formas de su vida, me parecían el solo color, el solo olor y las únicas formas de vida apetecibles y dignas de un hombre verdaderamente culto.”

Con justa razón Pedro Salinas calificó esa veneración de “Complejo de París”.

Sin embargo, la confrontación de la ciudad soñada con la ciudad real resultó traumática para más de uno.

Parece mentira que el mismo Rubén Darío escribiera años más tarde, siendo ya el poeta reconocido y admirado en todo el mundo hispanohablante:

“Aquí (en París), el agradecimiento es imposible, el souvenir inútil, el momento, un Luis, la presentación, cien francos, y, enseguida todas las cosas ruines de esta sociedad que se está pudriendo, bien que bellamente, pero pudriendo en un exquisito momento del mundo”.

Una dura experiencia que también sufrieron Horacio Quiroga, que tuvo que mendigar en las estaciones del metro, “como un pobre diablo”, y Cesar Vallejo que nos dejó los bellos versos:

“Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.”

El mismo García Márquez cuenta que la primera imagen que vio de París al descender de la estación de tren fue una prostituta triste que se resguardaba en la esquina de la calle bajo un paraguas naranjado.

Pero, a pesar de las penas, de las ilusiones rotas y de las duras condiciones a las que París ha expuesto a los latinoamericanos, hay una cosa en la que todos coinciden: el descubrimiento de América latina.

Vargas Llosa, que mencioné al principio de este artículo, dice que antes de su paso por París consideraba a América latina como un archipiélago de países muy disímiles entre sí. García Márquez, por su lado, se sentía muy cómodo como colombiano, pero es justamente allí donde, según él mismo, tomará plena conciencia de lo que es ser latinoamericano.

Parece que no hacemos sino seguir el periplo de Bolívar, cuya idea de una nación latinoamericana habría nacido de su encuentro en esa ciudad con Alexander von Humboldt.

¡Qué se le va a hacer si la cigüeña nos trae de Paris… y nosotros nos empeñamos en volver!


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