MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 264 SEPTIEMBRE DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

Una vida sin algoritmos

«La angustia es la disposición fundamental que nos coloca ante la nada» (Heidegger)

Por: Julián H. Ramírez Urrea, MD, MSc. Médico internista, Jefe del Departamento de Medicina Interna, Universidad de Antioquia.
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¿Recuerda la última vez que SIRI se activó sin ninguna orden en su celular? Una paciente me contó que un día mientras lloraba a cántaros el aplicativo le preguntó: -¿Qué puedo hacer por usted? Y si quiere haga un experimento: ponga su celular frente a usted y durante varios minutos hable de irse a vacaciones. Se encontrará después con la sorpresa que la publicidad de sus redes sociales le mostrará cruceros y destinos turísticos. O hable de sus hijos recién nacidos y encontrará acto seguido, publicidad sobre pañales y productos para bebés. ¿Casualidad?

Sin duda para el lector es cada vez más frecuente escuchar la palabra algoritmo. En términos simples, este se define como un conjunto ordenado de operaciones matemáticas para solucionar un problema. Y aunque a menudo no lo reconozcamos, cuando retiramos dinero de un cajero automático, cada vez que solicitamos un servicio de transporte por medio de una aplicación o cuando compramos un artículo por internet, allí encontramos varios algoritmos implicados: estos fijan precios y por supuesto, analizan su comportamiento para venderle más y mejor.

Con el algoritmo surgen varios problemas. Algunos mencionan que no son neutrales y pueden reflejar las intenciones de sus creadores y perpetuar algunos sesgos. Así, cuando son aplicados sobre una determinada cantidad de datos pueden generar decisiones a veces incomprensibles (por ejemplo, la exclusión de cierto tipo de personas para acceder a un crédito bancario). Y la respuesta de aquellos que nos atienden con frecuencia es la misma: «el sistema está caído», «el sistema me dice que usted no ha pagado» o «el sistema no registra esa acción». Podemos incluso afirmar que el «sistema» es el pseudónimo del «algoritmo».

Otro problema de los algoritmos es su incorporación a la vida cotidiana del ser humano. Y vamos notando que la vida también se convierte en un conjunto de operaciones predecibles, llenas de secuencias de actuación mental con respuestas automáticas para todo y plenamente incorporadas en nuestra personalidad.

Recuerdo un día que al ingresar a un ascensor a altas horas de la noche, tuve un diálogo algorítmico (aunque fallido) con mi vecino:

Hola -le dije. Buenos días me respondió mi interlocutor sin mirarme a los ojos. Y antes de descender le dije: Hasta luego. Y mi vecino contestó: Gracias.

Este diálogo corto parece exagerado pero le aseguro que no lo es. Existe un grupo limitado de operaciones y convencionalismos sociales sinsentido ninguno y extienden su manto omnipresente sobre las rutinas: las mismas conversaciones, la misma hora para comer, un tiempo específico e invariable para despertarse y acostarse a dormir. También el mismo tipo de comida, el mismo tipo de música, de cine, de ropa.

Por eso es una realidad que los algoritmos tienen un dominio absoluto del funcionamiento del internet y las redes sociales. Esa soberanía llega a tal punto que nos muestran la música que más probablemente nos gusta y los sitios web que probablemente preferimos como resultados iniciales en los motores de búsqueda (paraíso de los algoritmos). Los mensajes están clasificados para que aparezcan dependiendo de nuestras tendencias políticas, religiosas y hasta amorosas.

¿Cuáles son las consecuencias de una vida llena de algoritmos? Su influjo más poderoso es generarnos autocomplacencia al creer que siempre tenemos la razón porque aparecen solo las ideas y argumentos con los cuales simpatizamos. Así, dejamos de ver el otro punto de vista, los argumentos alternativos de la vida y la cara oculta de la luna tras la cortina de nuestros prejuicios; estamos impedidos para ver y escuchar cosas interesantes que son excluidos bajo la premisa de la supuesta irrelevancia.

De ahí la importancia de vivir sin algoritmos para descubrir y experimentar nuevas aficiones. Podríamos sorprendernos con aquellas cosas nuevas que pueden llegar a agradarnos. Pero el precio es renunciar a la tiranía de los algoritmos que nos impone el mantra «repítalo otra vez» y para este acto de rebeldía es preciso probar rutas nuevas, comidas distintas, experiencias desconocidas. Quizás visualizar nuestros resultados en el motor de búsqueda no desde el primero al último registro sino en sentido inverso.

A lo mejor sea la novedad activa la que ponga un límite saludable a los algoritmos. Si bien son útiles e importantes en algunos aspectos de la vida, no deberíamos darle tanto poder en la vida hasta el punto de deshumanizarnos.

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