MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 264 SEPTIEMBRE DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

Patentes para medicamentos y vacunas para esta pandemia

“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Lampedusa.

Por: Francisco Rossi. Fundación IFARMA.
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Las pandemias han llegado para quedarse. No ésta, que dice la OMS es la No 9. Las pandemias. Somos más de 7.700 millones de personas hacinadas mayormente en ciudades inhumanas e insalubres, cultivando intensiva y exhaustivamente todo tipo de plantas y, sobre todo, todo tipo de animales en condiciones extremas para maximizar la rentabilidad, acabando con el agua, contaminando el ambiente, borrando especies y, sin ningún propósito de enmienda.

Aunque con algunas disidencias, silenciadas, escondidas y ninguneadas, que opinan que la normalidad era el problema, la lógica mayoritaria es que necesitamos con urgencia una vacuna que permita prevenir y erradicar este virus, o un tratamiento que evite la muerte de los infectados. Para cuando la vacuna o el tratamiento lleguen, volver a la normalidad.

Pero la búsqueda de la vacuna o del tratamiento, que a juicio de todos es desesperada y urgente, debe hacerse dentro de la forma normal por la cual hoy se buscan vacunas y tratamientos.

¿En que consiste esa normalidad? En su versión más acabada, una multinacional farmacéutica identifica un prospecto prometedor de vacuna o tratamiento, lo protege con una patente para que nadie más pueda comerciar con él, congrega un grupo de inversionistas dispuestos a correr el riesgo de que no funcione, a cambio de que si funciona puedan obtener el ciento por uno, y con la ayuda del dios del libre comercio, la humanidad se verá salvada de la peste y las acciones de la multinacional farmacéutica se valorizarán en las bolsas.

Esa fue la historia del sofosbuvir, medicamento para la hepatitis C que salió al mercado a 84.000 dólares, que hoy puede obtenerse en condiciones de mercado y de competencia por menos de 100 dólares. Y las acciones de Gilead, la multinacional farmacéutica en cuestión, subieron como espuma, gracias a las patentes que mantuvieron el producto sin competencia por los años que los inversionistas pudieron multiplicar su inversión en la bíblica proporción del ciento por uno.

Historia que hoy se repite, con otro gran éxito de Gilead, el remdesivir, antiviral que pareciera ser de alguna utilidad para la Covid-19, cuyo costo de producción está por los 10 dólares pero que ya está siendo negociado por más de 3.000. Y las acciones de Gilead han duplicado su valor en los últimos 4 meses.

Cuando la pandemia empezó, algunos soñadores nos hicieron creer que la gravedad de la tragedia podría mostrar lo mejor de nuestra especie. La solidaridad, la compasión, la fraternidad. Puesto que todos estamos amenazados por el virus por igual, puesto que el virus no respeta fronteras, enfrentemos como humanidad esta amenaza que se cierne sobre el mundo entero. El Secretario General de las Naciones Unidas propuso que, olvidando la ambición y la mezquindad, una vacuna o un tratamiento fuera buscado por todos y para todos, con mecanismos de ciencia colaborativa y abierta. Que fuera considerado un bien público global, que llegara a todos en todas partes sin dejar a nadie atrás. En términos prácticos, una suspensión temporal de las patentes mientras resolvemos el problema.

Otros soñadores, algo menos confiados en la generosidad de los más favorecidos, propusieron que las patentes que existieran fueran cedidas de manera voluntaria a, por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud. La propuesta del Presidente de Costa Rica que no mereció ni siquiera un debate público en la Asamblea Mundial de la salud.

Algunos, más radicales, proponemos que las patentes para medicamentos y vacunas sean eliminadas. Si las patentes son parte importante del problema, eliminémoslas. Para otras cosas, probablemente conserven su valor. Los argumentos son muy fuertes. La experiencia de los países del sur durante la pandemia del VIH – SIDA fue desalentadora. Cuando por fin aparecieron tratamientos que significaron la diferencia entre la vida y la muerte, aparecieron a un costo sin precedentes, protegidos con patentes. Y a nuestros países empezaron a llegar con varios años de retraso. Muchos murieron mientras los antiretrovirales eran apropiadamente explotados en los países ricos. Los sobrevivientes debieron esperar a que la comunidad internacional inventara fondos globales para financiar lo que los países en desarrollo no podían. Hasta que aparecieron los genéricos y los programas nacionales.

Las patentes exigen el secretismo y la fragmentación en la investigación y el desarrollo de tratamientos y vacunas. La información, los avances, las promesas, no se comparten. Deben esconderse para que puedan protegerse. Lo opuesto a una ciencia abierta y colaborativa.

Las patentes hoy juegan el papel que la esclavitud jugó en el pasado, como mecanismo de colonización, es decir, de transferir la riqueza generada en los países colonizados hacia los imperios. Como la esclavitud, las patentes para medicamentos fueron impuestas a los países en desarrollo con la creación de la OMC. Hoy, como en los tiempos en que América y África eran continentes colonizados, las decisiones se toman en las capitales imperiales sin que los colonizados tengamos ni voz ni voto.

Esta pandemia pone de manifiesto que ese modelo de innovación no debería continuar. No desde la perspectiva de los países pobres, de los países en desarrollo.

Lástima. No se va a poder. Los esfuerzos, los ruegos y la apelación a los valores de nuestra civilización, se estrellaron contra el poder, la arrogancia y el control que los beneficiarios del Status Quo (una ridícula minoría, desde cualquier aproximación estadística) han logrado ejercer. Hasta el multilateralismo, una de sus herramientas favoritas para imponer el control sobre el mundo, está siendo desarticulado por no prestarse a los intereses, siempre inmediatistas, de los poderes imperiales.

“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

Es verdad que tenemos varios casos del uso de las patentes como mecanismo de “captación” de grandes recursos de los inversionistas. Incluso los gobiernos de los países más ricos han sido muy ambivalentes al invertir recursos públicos en apoyo a tales aventuras financieras. Sin embargo parecería políticamente insostenible un esquema de tal naturaleza.

Lo que estamos viendo y que ocupa cotidianamente las primeras planas, son las noticias de iniciativas de alianzas público - privadas en las que, al leer con detenimiento, se observa que las grandes multinacionales están negociando con los países más ricos los primeros lugares en la fila por las vacunas o los tratamientos. Dado que semejante desigualdad en el acceso tendría tremendos costos políticos, la filantropía ha venido en auxilio para complementar tan horrenda discriminación con una solución caritativa. Medicamentos y vacunas a precios “competitivos” para los ricos, y sin costo para los más pobres. CEPI, GAVI, COVAX. El re-encauche de la experiencia del Fondo Global.

Malas noticias para los países de ingreso medio, como Colombia. Tendremos que esperar a pelear por un lugar en la fila, en el tercer grupo. Pagaremos precios altos, pero después de que las primeras dosis se distribuyan en los países del norte y después de que las segundas se donen a los países más pobres.

Hay otras opciones. Cuba, un país en desarrollo con una larga experiencia en la producción de vacunas, está iniciando pruebas. Brasil, México y Argentina han celebrado acuerdos de transferencia de tecnología para producir vacunas para la región. China ha anunciado que al menos una de sus vacunas sería ofrecida sin costos a cualquier país que quisiera producirla, como un bien público global. Pero las propuestas y solicitudes de fortalecer la capacidad industrial del país no parece que tengan eco. Lo que sabemos es que se adelantan negociaciones para comprar vacunas en Estados Unidos (las más caras) y que se buscan socios para su distribución en el país.


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