MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 264 SEPTIEMBRE DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

El niño de Vallecas, Diego Velazquez

De virgilios y sanchos

En defensa por el segundo puesto y la fila de atrás, por Abrenuncio Domicó

Por: Alejandro Londoño
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Acá va la primera imagen, atención, pues a esta belleza: ventrudo y paticorto, de facies toscas y apretujadas, frente ancha con surcos como cráteres, piel grasosa rubricada por una adolescencia con vileza dérmica, manos rechonchas y aliento de estanco. Su sabiduría de tan grande, soportada en la vida y los refranes, podía contagiar al mundo de alegría con una carcajada. Un primor, ¿no? Acá les suelto otra de impacto: bailarín con el cuerpo tarado, falto de la tibia de un lado y con solo dos dedos en su mano izquierda. Para zapatear daba uso a su muñón y para marcar el contrapunto se asistía con una vara, que además de bordón transmutaba en pierna e instrumento que multiplicaba acústicas contra el suelo. Su cuerpo torcido, de eje tan sinuoso como mi mente, le sacaba chispas al piso con su baile y conmovía hasta las tapias. Tremendo, ¿no? Les suelto la última de este primer embate, para por fin comenzar esta oda a los terceros. Ella vieja y rodillona, pelo largo, escaso y entrecano. Lo agarraba con una moña que intentando sostener tan pocas hebras más tenía de adorno que de tope. Parió tantos niños que su pelvis quedó tan ancha como la cintura de un mulo. Perdió la mayoría de sus hijos por violencias ridículas, y las penas se le metieron tan profundo en la carne que marcaron grietas en sus comisuras, dejando una mueca amarga entre sus gestos. Olvidó el habla de tanto llorar, e hizo de su voz un canto desgarrado, que cuando levantaba en rimas descuajaba hasta al más anestesiado.

Soy un amante de la desproporción y las retóricas desajustadas. Encuentro más belleza en el desequilibrio que en la plana simetría. ¿Qué puedo hacer entonces en este mundo que busca homogeneizar y medir hasta las desdichas?

Ayer hice un experimento con mi olfato y le dejé a mi cuerpo trasudar sin echar mano a cremas ni desodorantes. Me encontré con ese glorioso hueco de mi axila exhalando los humores que son mis verdaderos apellidos. Humano viene de humus, y esto es la tierra misma. La primera vez que supe de esa palabra fue de un campesino que abonaba la tierra con caca de lombrices: “Humus de lombriz californiana, eso es, dotorcito, el popó de los gusanos que le pone verde las maticas”. Súmele ahora a eso que el cagajón y la gallinaza de caballo y gallina, respectivamente, son potentes abonos que renuevan la tierra de nutrientes. Pasa lo mismo con el cuerpo muerto y he leído que hasta las capsulitas de caca —materia fecal para mantener el abolengo de la jerga clínica— pueden salvar, en casos escogidos, a pacientes con furiosos retortijones y diarreas, ¡“la magia de la caca” he de llamarlo hoy! Poseemos, le cuento a quien no lo sepa, un tejido eréctil en la nariz que responde a la excitación, igual que pueden hacerlo estructuras de la anatomía de nuestros pisos bajos. Esto explicaría, según dicen los sabidos, que se nos congestione la nariz luego de tomar esos medicamentos que por serendipia lograron “tensar” las intenciones mientras se buscaba organizar la dinámica cardíaca. Mientras escribo esto, una amiga me dice que habla con su pierna, refiriéndose a ella en tercera persona, y que ella, su pierna, le da consejos: “no levantés ese matero que te jodés otra vez el espinazo”, me la imagino diciendo.

Como soy cazcorvo desde chico, siempre se me presentó a la mirada una lógica distinta a la del camino recto. Mientras que a algunos sus rodillas les ocultaban lo que había por detrás de sus vistas, la brecha entre las mías me dejó ver siempre para atrás, de manera que se me presentaba aquello oculto para tantos. Debo decir pues que la comba entre esos pabilitos es una puerta mística que permite ver lo invisible para tantos. Si te sitúas frente a ellas, y pones tus ojos en esa brecha, logras ver que a algunos, a todos te lo aseguro, los coronan desde el suelo unos pies de monstruos, garrudos como patas de pájaro, y que a otros adorna una nariz de papa, atractiva como ese tubérculo, que a los rostros los encuadran las arrugas y que las tetillas miden el tiempo con la exactitud de un reloj nuclear.

Que no hay cuerpo que no importe ni vida que no valga como el mundo todo, pues “cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo…” como rezó el poeta inglés.

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