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Grecia II

De: Damian Rua Valencia. Magister en Literatura Francesa comparada Universidad de Estrasburgo – Francia
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Algún filósofo dijo alguna vez que el presente estaba hecho de retazos del pasado que se superponen como capas geológicas. Esto podría parecer una metáfora, pero no lo es. Al recorrer las ruinas de Atenas, uno puede vislumbrar los diferentes fragmentos que conviven y se mezclan en un todo indisoluble. De un extremo a otro la ciudad conserva las marcas de una historia accidentada, en cuyo relato no siempre es fácil, ni relevante, separar la verdad de la leyenda.

Todo comenzó el día en que Zeus se percató de que, a pesar de su alegría infinita, ninguno de los dioses tenía un lugar donde se le rindiera un culto exclusivo. Para remediarlo dio orden de que cada uno escogiera la ciudad que más le gustara. De esa manera, Ares tomó Esparta; Afrodita eligió Corinto; Artemisa, Éfeso; Apolo se asentó en Delfos y así sucesivamente hasta que llegó el turno de Atenea y de Poseidón. Ambos codiciaban la próspera ciudad de Ática que coronaba la Acrópolis. Viendo que la discusión se tornaba violenta, y para evitar un conflicto mayor, el dios supremo designó a Cécrope, rey sabio mitad hombre-mitad serpiente, como árbitro. Este, que había instaurado la democracia en su territorio, propuso someterlo a votación: cada uno ofrecería un presente a la ciudad y los ciudadanos elegirían el que les pareciera más útil. De inmediato, Poseidón clavó su tridente en una roca de donde surgió un chorro de agua salada que, habiendo formado un estanque de aguas apacibles, les permitiría entrenarse en las artes de la guerra. Atenea, en cambio, optó por un regalo menos fastuoso: desde lo alto de una colina lanzó una semilla al suelo y un árbol de frutos verdes nació de la tierra infértil. La diosa acababa de entregarles el primer olivo. En lugar de la guerra, les prometía la paz y la abundancia. Los atenienses, como es de esperarse de un pueblo inteligente y en buena salud mental, optaron por la paz y consagraron su ciudad a la hija de Zeus.

Esta historia se la escuché a más de uno. Tenderos, vendedores de artesanías, meseros y hasta conductores la repetían, orgullosos del origen divino de la ciudad. El guía que me acompañó a visitar el Partenón me mostró incluso el lugar exacto de los hechos. Y, en efecto, hay una piedra enorme partida a la mitad de donde, según él, surgía el agua que irrigaba el acueducto en la época antigua.

No sé si sea por interés turístico, por superstición o por sabiduría, pero los atenienses reconocen aún la simbología de sus dioses perdidos. Para ellos, la imagen de Atenea corresponde perfectamente con la de la polis. O, al menos, con la que ella proyectaba allá por el siglo V antes de Cristo, cuando se paseaban por sus calles Sófocles, Esquilo, Aristófanes, Platón y el siempre incómodo Sócrates. Es precisamente con la condena y la ejecución de este último que comenzaría la decadencia de la ciudad.

Nacida del cráneo destrozado de su padre, enteramente formada y con la armadura puesta, la diosa estaba asociada a la sabiduría, a la cultura, a las artes y a los beneficios de la invención humana. Es ella quien, una noche mientras todos dormían, introdujo a Prometeo en el Olimpo para que sustrajera el fuego que tanta falta les hacía a los hombres para su supervivencia. Ella también la que ayudó a Ulises en su viaje, la que le dio a Heracles las claves para llevar a cabo sus trabajos, la que salvaguardó a los aqueos en la guerra de Troya, y la que, a fin de cuentas, vino a la tierra para poner un poco de orden en el descuadrado mundo que les tocó vivir a dioses y a mortales. Ajena a los embates eróticos, a la pobre le cayó en suerte ser también la diosa virgen. La que rechazaba a todos los pretendientes y mantenía la sangre helada. A diferencia de Ares, su primo irascible y violento, encarnaba la mesura, la guerra justa (suponiendo que haya alguna que lo sea), y la victoria.

Lastimosamente, la ciudad no estaba hecha a la imagen de la diosa, o no enteramente. Pese a su muy alto sentido de la cultura, con que conquistaba a las otras ciudades mientras las estrangulaba económicamente, la muy hermosa Atenas cayó en manos de imperios extranjeros y su Partenón, símbolo de la impoluta hija de Zeus, fue profanado con mil afrentas.

Luego de haber albergado la estatua de Atenea Parthenos (virgen en griego) hecha por Fidias, el edificio fue transformado en catedral bajo el imperio de Justiniano y el culto de la diosa remplazado por el de la virgen María, nueva protectora de la ciudad. Después de la cuarta cruzada contra el imperio bizantino, los franceses convirtieron todo el monte de la Acrópolis en casa solariega en la que incluso construyeron una torre de vigilancia. Con la caída de Constantinopla a manos de los otomanos, el Partenón pasó a ser mezquita y, posteriormente, depósito de dinamita durante el Renacimiento. Lo que hoy queda no es ni un atisbo de lo que fue en la época de Pericles. Una bomba lanzada por los venecianos en 1687 destruyó la mayoría de las estatuas, derrumbó el techo y las columnas, cuyas ruinas fueron utilizadas para reconstruir las casas de la ciudad después de la guerra de Morea. Para rematar la tarea vino un inglés decimonónico, el embajador británico Lord Elgin, quien se encargó de embarcar los mármoles restantes del friso del Partenón, que ahora están expuestos en el British Museum.

Hoy en día, una barrera metálica impide que los turistas se acerquen demasiado al templo. Ya no puede uno grabar su nombre sobre una columna dórica para que lo recuerden los dioses, como como lo hizo Lord Bayron. Ni pasearse por en medio de las ruinas. Delante del frontón disimulado por los andamios, las grúas y los obreros, debe uno hacer uso de toda su imaginación y de su sensibilidad para rescatar de entre los destrozos del tiempo la imagen fragmentaria de glorias pasadas. Por el camino que sube al Partenón, leyendo en mi rostro la impaciencia y la felicidad por sentirme en presencia de la sabia Atenea, el guía no tuvo ningún reparo en lanzarme a la cara, con el mismo desparpajo con que me había contado todas las historias: “No se ilusione mucho, que ese templo está vacío”.


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