MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 247 ABRIL DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Verdún

De: Alejandro Londoño
elpulso@sanvicentefundacion.com

Animáculos monoformes y diminutos llenan el campo de mi microscopio de pantalla clara.

Se dificulta mi vista y su valoración, puesto que las luces parpadean en sincronía con el estallido de las bombas y el retumbar de las metralletas. El hedor de la trinchera es casi insoportable y un sopor a muerte, a azufre y carne descompuesta obliga a sostener una apnea en estertores. Los gritos de los chicos en los campos se confunden con el chillido de las ratas y es tanta la humedad que parece que nuestros cuerpos se hacen uno con el fango.

Fui enviado como médico de combate al norte de un pequeño pueblo en Francia. Los piojos, la locura de las trincheras y los gases mortíferos diezmaban las fuerzas con amplitud geométrica. Esto, sumado a los muertos en combate, no igualaba el número de esa nueva fatalidad que arrasaba con consistencia. Una nueva forma de plaga arreciaba en escalada y batía tantas vidas como nunca antes se había visto. Entre alaridos, forúnculos y fiebres carbonizantes morían los nuevos contagiados en tan solo dos días de haber iniciado un evanescente salpullido en sus piernas. De los enfermos no quedaban más que unos cuerpos reducidos, osamentas cubiertas de pellejo y un rictus de pánico que de tan tenebroso fue bautizado por los soldados como “la máscara macabra”. Era tan rápida la muerte y tan letal su contagiosidad, que era casi imposible poder conocer el comportamiento de esta nueva endemia.

Intenté cultivar fragmentos de tejidos infectos a diferentes temperaturas y humedades, pero el único medio de cultivo que se me revelaba efectivo para la conservación del germen y la exploración de su conducta, eran restos de café mezclado con leche rancia. Allí pude ver por primera vez esos diminutos animáculos, bacterias de tan solo escasas micras, estructuras poliédricas de paredes traslúcidas. En mis desvelos repetía como mantra, esa máxima que años antes había calado en mi memoria: conoce su comportamiento y sabrás sus fallas. Los aliados frente al tirano solicitaban con premura un informe de mis observaciones, aunque fuese preliminar, con el fin de intentar remediar o al menos limitar la virulencia de la nueva peste. Anexiono algunas de mis observaciones, que luego harían cuerpo con mis “diarios de desvelos y trincheras de Abrenuncio Domicó”.

“Desde la trinchera, en un punto ciego al mundo, he descubierto el causal de tantas muertes y dolores. Es una bacteria monocroma, poliédrica y de rápido crecimiento. En los tejidos estériles y sanos su comportamiento parece ser benigno, pero entre carnes rancias y despojos crece a velocidades logarítmicas. Los soldados sanos, forzudos y recién llegados parecen ser inmunes a sus daños, pero apenas pasan algunos días entre hambrunas, temores, desvelos y amenazas, su infección y deceso ocurre fácilmente. No conocía, hasta la fecha, comportamiento de igual virulencia y solo encuentro similitudes en la conducta humana. ¿Cómo no decirlo, si es así?

Nos enfrentamos pues, a la más humana de las pestes o la peste más humana de la que tenemos referencia. Una sola bacteria parece comportarse de manera mansa y con docilidad benigna, pero apenas se van agregando otras, es como si perdiesen la cordura y la conciencia de individuo, para efectuar los daños de una masa ciega. Pareciese que una creencia las dominara. Su fiereza arremete cuando “sospechan” o encuentran alguna debilidad en su medio externo, entiéndase este como su hospedero, y solo basta con que una de ellas se encuentre en amenaza, para dar paso a un intrincado proceso, por el que “llaman” a sus copartidarias, a través de señales invisibles a mi vista, para producir rupturas capilares y menoscabo en los tejidos con tal crueldad sostenida, que solo encuentro referencia en el sadismo o la sevicia de nuestra especie.

Todo me orienta a pensar que su obstinación para destruir es directamente proporcional a las señales que perciben como amenazantes. Cambios sutiles en su medio externo que generen lo que llamaría “ambientes de incertidumbre” parecen desencadenar sus conductas de exterminio en masa, como si su mecánica molecular desconociera la manera de proceder en el misterio de un porvenir que ignoran. ¿Será que el “miedo” o “angustia” en escala microscópica cataliza en estos minúsculos seres estas conductas aberrantes de carácter fúrico?, ¿Seremos mega parásitos, acaso bacteroides pluricelulares de mayor tamaño y para colmo engañados por nuestras argucias e inmaduros intelectos?“.

Remití mi informe, fui testigo de tantas muertes que perdí la cuenta. Solo puedo decir que las bacterias y sus colonias se fueron no más terminó la guerra, una vez los soldados dejaron de serlo y salieron de las socavones a celebrar.


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