DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 11    No. 136 ENERO DEL AÑO 2010    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


“¡...Qué luto
ni qué carajo, que viva el Carnaval!”
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
En 1903, el general Emiliano Vengoechea organizó en Barranquilla la primera “Batalla de las Flores” para celebrar el fin de la Guerra de los Mil Días y así se reanudó el Carnaval de Barranquilla, suspendido por el conflicto liberal-conservador. Hoy, en medio de otra guerra, prosigue este festejo popular, primero de Colombia, declarado Patrimonio Cultural de la Nación por el Congreso en 2001 y Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la Unesco en 2003.
La carnestolendas reúne cerca de dos millones de personas desde el sábado hasta el martes previos al Miércoles de Ceniza y es tan alegre como los Pre-carnavales que arrancan con los pitos del año nuevo, siguen con los Bailes de Carnaval y persisten en otras épocas del año. Esta fiesta simbólica de la vida y la muerte, cuenta Antonio Serrudo, viejo barranquillero, surgió a mediados del siglo XIX, quizá por iniciativa de vecinos de Santa Marta venidos a La Arenosa, antiguo nombre de la ciudad. Representaba la prosperidad económica del café y el añil, que atrajo a blancos, a indo y afro-descendientes que poblaban las riberas del río Magdalena.
El folclorólogo Guillermo Abadía Morales dice que el carnaval más ruidoso de fines de siglo fue en 1892, presidido por Enrique de Castro.
La primera mención del Carnaval fue una denuncia ante el Virrey Ezpeleta por los escándalos que suscitaba. Las autoridades españolas en 1693 hablaron de un tablado donde los negros africanos competían artísticamente por sus países de origen, y en 1780 ordenaron el cierre de cabildos congos, mandingas y carabalíes, ante la algarabía de sus toques de tambor.
Bando real vs. Bando popular
Toña Vengoechea de Silva y Rodolfo Abello (Diario del Caribe, 20 de enero/73) dicen que cuando la autoridad civil y la Iglesia permitieron el festín, el Ayuntamiento promulgó su reglamento mediante el Bando oficial en la Placita de San Nicolás, de donde partía el primer paseo de coches engalanados por la calle Real hasta la esquina de la Loma de la Cruz Vieja, inicio posterior de la Batalla de Flores.

Como parodia, en el satírico bando popular, los poetas hacían decretos en solfa, disfrazados de pregoneros coloniales, de arlequines o de payasos. Se ataba en la Vara Santa a los transeúntes que violaban la orden de salir todos disfrazados. Anota Abadía Morales: “La tradición festiva del bando se fue perdiendo poco a poco, porque el carnaval, parece una paradoja, se fue enseriando demasiado” y deplora que por más de 30 años, se olvidó el protocolo bufo del Bando, y al tiempo desaparecieron la Vara Santa, las Anilinas, los Pasaportes, los balcones y las calles “vestidas”.

El 20 de enero
es fecha mágica en los
carnavales costeños.
En 1888 nació el “Rey Momo”, contraparte masculina de la Reina del Carnaval. La primera de éstas fue Alicia Lafaurie Roncallo en 1918, y en 1923 se instituyó el reinado.
La Guacherna, certamen vital que data de 1974 y rescata la tradición de cumbiambas y tamboras nocturnas, dos viernes antes del “Sábado de Carnaval”, fue revivida por la compositora y cantante Esthercita Forero.
El cronista Andrés María Revollo, atribuye la invención de “Joselito”, símbolo de la alegría del festín, y quien "muere" el último día, cansado y enguayabado", para "resucitar" al año siguiente en el Sábado de Carnaval, al “auriga” o cochero Nicolás Ariza, uno de los primeros liberales sublevados el 20 de octubre de 1899 en la Guerra de los Mil Días.
Él salía el martes de carnaval vestido de mujer de luto, llorando a “Joselito Carnaval”, un muñeco con cara de difunto. Su entierro revive la tradición romana de arrojar al río al dios Saturno. En el barrio Abajo o en la Plaza de la Paz, un encuentro nocturno de “letanías”, hace mofa en versos a los asuntos de la actualidad local, nacional e internacional; igual que las Comedias, burlan hechos trascendentes de la vida, como la Commedia dell´arte italiana.
El Carnaval, goce total, es contrapunto de la severa cuaresma cristiana. Abadía Morales pone en su origen mitológico a “los sempiternos adoradores de Baco, el dios que enseñó a los hombres a plantar la viña” (el Dionisos griego), a las fiestas y cantos burlescos de bacantes, sátiros, silenos, ninfas y pastores, y a las comparsas de Epicarno y Cratino; unos y otros, quebrantan las normas cotidianas e invierten las jerarquías de las personas en la sociedad. Por ello, la ropa habitual se troca “en disfraces coloridos donde el rico aparece como mendigo, el bello como feo, el rey como esclavo, o el hombre como mujer”.
Por ello califica el carnaval como “la alegría a través de la despersonalización”. Así no es rara la inclusión del Desfile Gay.
La fauna danzante
Aportación sinigual del pueblo es la compleja fauna danzante: los bailarines imitan los atributos de caimanes, elefantes y tigres africanos, perros, gatos, conejos, culebras, monos, pájaros, toros, la Burra Mocha, o la Marimonda -mitad mono y mitad elefante-, que recuerda a un pobre que hace tiempo se disfrazó poniéndose el saco y el pantalón al revés.
La Fundación Voz Infantil-Hola Juventud rescata en el Carnaval de los Niños, prácticas de 1876; el Padre Pedro María Revollo sitúa en esa época el origen de la “piñata”actual (del italiano pignata=olla).
El primer domingo de Cuaresma, un magnate del pueblo rompía la vasija llena de dulces, remembranza de una mascarada. Muy tradicionales son también el Baile de Mosquitos, para niños de uno a 6 años y los Paco Pacos (6 a 12 años) en el Club Barranquilla.
En La Cumbiamba, verdadera reina del carnaval, con su amoroso galanteo, las mujeres de pollera en el círculo exterior y los hombres en el interior, giran en sentido contrario a las manecillas del reloj, en una negación alegórica del tiempo. Antaño, en la Gran Cumbiamba se danzaba desde las 6:00 de la tarde hasta las 5:00 de la mañana, al pie de la bandera roja cuando las campanas de la iglesia tocaban a fin de la fiesta, y frente a casas como la del filántropo Esteban Márquez, quien tiraba velas, botellas de ron y monedas de oro a los bailadores.
El Garabato simboliza los opuestos de vida y muerte. Abadía lo asocia con Juan de la Cruz Calvo, viejo currambero muy flaco que se disfrazaba similar a la muerte actual, con una linterna en una mano y la guadaña en la otra, atuendo característico de las danzas macabras medievales de Cuaresma. El primer Diablo fue un señor Arias según el experto Berdugo Escobar, con espuelas y puñales en los tobillos. El Congo, en sus variantes de baile de casa y baile de marcha, es una danza africana de origen guerrero. El sensual mapalé, el más tradicional de los bailes del Carnaval, fue un antiguo baile de labor que devino en ritual amatorio. El Son de Negro, coreografía con coplas, alegoría de la burla de los esclavos en vísperas de las fiestas de sus amos, fue en principio una danza masculina de las riberas del Canal del Dique.
Corralejas y caimanes
El 20 de enero es fecha mágica en los carnavales costeños. En el siglo XIX, era el Día de San Sebastián, cuando se promulgaba el Bando que reglamentaba el Carnaval, hoy es el inicio de los Bailes de Carnaval, celebrados dos días a la semana. En Ciénaga (Magdalena) nació la Danza del Caimán: a las 12:00 de la noche, grupos de personas con tamboras, cañas de millo, guacharacas y otros instrumentos danzan en las calles con un caimán de cañas de guadua y papel, recordando a la niña Tomasita Bojato que murió ahogada en el mar, un 20 de enero, en su cumpleaños; según la leyenda, se la comió un caimán. Ni qué decir de Las Corralejas, fiesta folclórica primordial de Sucre, que se abren el 20 de enero en Sincelejo.
Aportación sinigual del pueblo es la compleja
fauna danzante: los bailarines imitan los atributos
de caimanes, elefantes y tigres africanos, perros,
gatos, conejos, culebras, monos, pájaros, toros,
la Burra Mocha, o la Marimonda -mitad
mono y mitad elefante-.
Esta tradición española donde el toro es animal sagrado e ícono del poder y la fuerza, data de 1914 en Montería (Córdoba). En principio no era diversión sino tarea didáctica, para enseñar a indios y negros el manejo del ganado y del caballo. En Sincelejo, las primeras corridas fueron en octubre de 1845 en honor del patrono San Francisco de Asís; luego se trasladaron a la fiesta aniversaria de enero. El festejo “Del Dulce Nombre de Jesús”, comienza con el “Veintenerito”, desfile de niños en caballos de palo, acompañados de comparsas y grupos folclóricos. Garrocheros, banderilleros, capoteros y manteros lidian 40 toros durante seis días, al son de bandas de vientos. Se remata con El Fandango, baile colectivo y reinado popular.
El Carnaval de Barranquilla se amalgama con tradiciones de pueblos del interior, como Gamarra, donde las gentes se lanzan agua en todo sitio y horario. Una versión peculiar se da en Mompós (Bolívar) con comparsas como “Los Coyongos”, “Los Goleros” y “La Conquista”; no falta “La Muerte”, que se lleva a un zapatero que sólo comía casabe, queso y plátano maduro. Alegoría de la muerte por hambre en muchos hogares del país, que junto con la violencia reinante, no logran arredrar el espíritu festivo del colombiano, ese que opone al fragor de las balas mil batallas de flores. Por eso, en Barranquilla, donde llaman popularmente al Diablo “Pindanga”, el famoso locutor y periodista Marcos Pérez Caicedo decía: «¡Se murió Pindanga, qué luto ni qué carajo, que viva el Carnaval!».
   



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