DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 11    No. 137 FEBRERO DEL AÑO 2010    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


Los animales, médicos
naturales del hombre
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista - elpulso@elhospital.org.co
¿Quién no debe alguna curación a los animales? ¿Cuántos niños curaron del asma o la bronquitis con sangre de armadillo, el dolor de oído con su cola, soltaron la lengua con caldo de pájaro “afrechero” y expulsaron los oxiuros con aceite de castor?
Quien recete el aceite de hígado de bacalao contra el raquitismo, artritis, cardiopatías, Alzheimer, gripa, cáncer, ceguera, depresión, obesidad y muchas otras enfermedades, corre el peligro de que lo llamen “vulgar curandero”, pero si prescribe “Omega 3” (el mismo aceite) en envase de lujo, es un ilustre homeópata.
La historia humana, registra millones de usos de los animales en medicina preventiva y curativa. El famoso Caduceo de Mercurio, símbolo de la medicina occidental, es un referente mitológico de las “zooterapias”. Según el mito, Mercurio, dios del comercio, separó con su caduceo (vara con guirnaldas entrelazadas) a dos serpientes que peleaban; las serpientes cruzadas reemplazaron en la vara a las guirnaldas, como símbolo de prudencia, vida y salud, y también del número 8, imagen del equilibrio entre fuerzas antagónicas. Su similar es la Vara de Esculapio (Roma) o el bastón de Asclepio (Grecia) con una serpiente enrollada. Atenea entregó a Asclepio dos botellas con sangre de la Gorgona, una envenenada, y la otra con propiedades para resucitar a la gente. El mito prefigura así la dualidad veneno-antídoto, enfermedad-medicina, en el reino animal; por ello, no es raro que las especies domésticas transmitan unas 200 enfermedades y al tiempo provean medios preventivos y curativos para un número igual o mayor de ellas.
La zooterapia hunde sus raíces en el chamanismo ancestral, según el cual, el espíritu del animal se transmite al ser humano, como “animal de poder” o animal protector, parte del alma del hombre, y cuya pérdida lo convierte en un ser vulnerable. Según los atributos de cada animal, los chamanes aplicaban la medicina para cada enfermedad, especie de “protocolos” mágico-religiosos. La cueva del oso, por ejemplo, simboliza el regreso al vientre de la Madre Tierra; la nutrición y protección femeninas y su medicina alude a la introspección, la sabiduría y la comunicación con el espíritu; el perro, soldado protector de las viviendas de la tribu de los ataques por sorpresa, caza y da calor en invierno, es amor incondicional, protección y servicio. El león, interacción grupal, silencio y paciencia; la mariposa, el aire y los poderes mentales; y la medicina de caballo involucra poder, resistencia, fidelidad y libertad.
Hoy, los animales facilitan terapias para toda clase de enfermedades,
discapacidades y trastornos.
El médico William Tuke figura como pionero de las Terapias y Actividades Animales Asistidas, mejorando las condiciones infrahumanas de los manico-mios y enseñando autocontrol a los pacientes: el centro de epilépticos Bethel, fundado en 1867 en Bielefeld, Alemania, continuó esta terapia. En 1944, la Cruz Roja organizó, en el Centro para Convalecientes del Ejército del Aire (Nueva York), el primer programa contacto ani-males - pacientes. Los reclusos de Cartagena (España), aplaca-ron la violencia llenando la pri-sión con cientos de canarios; y los perros ayudaron a la rehabi-litación de los presos en Murcia.
¿Hermanos o enemigos?
Libia J. Restrepo, historiadora y profesora de la Universidad Pontificia Bolivariana, expone: “Por observación empírica, desde épocas prehistóricas, los seres humanos aprovecharon lo que el entorno les daba, en rituales mágico-religiosos y para fines médicos. Ello derivó en prácticas médico-científicas hoy rechazadas por la ciencia moderna, para producir vómitos o incidir de varias maneras en el organismo”.
“Los curanderos y yerbateros -anotó-, han tenido ritos que vemos hoy con extrañeza: las plumas del águila negra, o afrodisíacos como el prepucio del lobo blanco y el polvo de la cantárida, y la enjundia de gallina para las mujeres que daban a luz. Los griegos sabían que toda ingestión en exceso podía ser dañina y frente a un síntoma determinado intentaban una reacción contraria, con la grasa y la sangre de animales, la piel de una culebra, los cuernos del rinoceronte en África... El hombre del Neolítico sacó conclusiones empíricas que nunca escribió, para usar diversos animales, además del alimento y el abrigo. Hoy, existen prácticas inaceptadas, que suelen ser eficaces a veces y muy peligrosas otras, por contener tóxicos. La homeopatía sigue utilizando sustancias animales que miramos con extrañeza. Los amuletos también fueron muy importantes para la comunidad prehistórica, la garra de un animal feroz corpulento transmitía al hombre salud, ferocidad o valentía; como la famosa Tríaca usada hasta la Edad Media, mezclas sin más argumentos que sus efectos mágicos, algunos disolvían perlas en vino: entiendo que Nerón en algunos tratamientos las tomó. Nuestros aborígenes usaron la miel, hoy de gran aceptación entre las medicinas alternativas, la grasa de corderos recién nacidos para cicatrizar el ombligo del niño y la uña de la 'Gran Bestia', aún vigente en zonas rurales y selváticas. La antropología médica clasifica estas prácticas, acepta algunas y rechaza las inocuas, que sólo operan en la psiquis de los individuos”.
El universo zoo-terapéutico es un laberinto
con límites imprecisos entre realidad y fantasía,
entre ciencia y charlatanería, un universo de muchas
respuestas y aún más preguntas.
Continúa: “Con la racionalidad industrial moderna, el hombre aprovecha al máximo los seres vivientes, no como otros seres vivos sino como materia prima, y la sistemática exterminación de esas criaturas provoca un desequilibrio ecológico. Además, si los animales nos enferman, nosotros también a ellos. Los aborígenes norteamericanos se alimentaban de los animales, a eso hoy lo llamamos 'salvajismo', 'falta de civilización', pero ellos sabían que si los extinguían, se acababa el beneficio que recibían; entonces, jamás fueron sistemáticos en su eliminación. En las praderas de Estados Unidos había miles de búfalos, pero el indio apenas cazaba los especímenes necesarios para el sustento, hasta que llegó el hombre blanco y los exterminó junto con los bisontes. Hemos desequilibrado tanto la naturaleza en flora y fauna, que no vemos la profunda relación de todo ello; la caza sistemática acabó el rinoceronte por sus afrodisíacos cuernos, la eliminación de todos los felinos hizo proliferar plagas de ratas, zarigüeyas y otros animales. ¿Se han estudiado las propiedades del mojojoy como broncodilatador para el asma? La ciencia moderna, un sistema de pensamiento de varios siglos, no alcanza a explicarlo todo, y frente a toda la tradición milenaria de otras culturas, es muy arrogante”, concluyó la historiadora Restrepo.
La panacea zoológica
El uso de las sanguijuelas, gusanos hematófagos, para evitar coágulos y drenar venenos del torrente sanguíneo, tiene más de 2.500 años. Los pacientes medievales sufrían mucho, no siempre curaban y a veces morían de hemorragia; hoy su efecto anestésico es reconocido, por un analgésico similar a la morfina, en terapias anticoagulantes y calmantes del dolor, en clínicas de Estados Unidos.
Los venenos son, a la vez, antídotos poderosos. Con la ponzoña de letales serpientes se hace el suero antiofídico. La clorotixina del veneno de escorpión, quizás el líquido más caro del mundo por encima del veneno de cobra tailandesa, combate el glioma, tumor cerebral maligno. La serpiente parda australiana coagula la sangre en hemorragias; el monstruo de Gila cura la diabetes; el caracol marino bloquea el crecimiento de células cancerígenas de mama y alivia el dolor de enfermos terminales de cáncer; la secreción del gusano de seda borra cicatrices y verrugas; el pez globo cura dolores de ciática; la saliva de la garrapata, los problemas del corazón y la artritis; las hormigas bajan la presión sanguínea; el aceite de caracola sana las várices y el de castor que usaban los romanos como abortivo, alivia la dismenorrea, afecciones uterinas y eleva el ritmo cardíaco; la miel de abeja mejora la visión, evita la impotencia, mantiene el aparato de la voz, entre otras virtudes; el caldo de pollo es excelente antigripal y su carne previene varios males; los anticuerpos cultivados en gallinas se aplican contra el cáncer, la fibrosis quística y mordeduras de serpientes y arañas; los anticuerpos de yema de huevo se usan en inmunoterapia oral; y comer escarabajos cura el asma.
Miel de abeja, baba de caracol, la insustituible sopa de pollo y el aceite de hígado de bacalao, son apenas algunos remedios de la panacea zoológica. La baba que expele el caracol terrestre en estado de estrés, es regeneradora y antioxidante, quita manchas, estrías y acné (pero los charlatanes exageran sus virtudes). La vaca es otra panacea: su calostro regula los factores de transferencia del sistema inmunitario y el aceite de pata cura el asma, anemia y caída del pelo, fortalece las rodillas, afirma los senos y es hasta afrodisíaco; los indios del resguardo de Cañamomo y Lomaprieta en Riosucio, Caldas, adquieren virilidad tomando caldo de genital de cusumbo, curan la infertilidad femenina poniendo la mujer en el estómago de una res recién matada y “sueltan” la lengua del niño metiéndole el pico de un cucarachero en la boca.
¿Qué decir de los trasplantes de corazón, riñón, pulmón, bazo y piel de cerdo, mono y cabra a humanos, aunque algunos tienen muchos problemas médicos por resolver? La insulina del cerdo se aplica a diabéticos y se investiga la utilidad de las transfusiones de sangre porcina en el tratamiento de la hemofilia y el sida.
Terapias: canina, equina y otras
El perro tiene bien ganado su título de mejor amigo del hombre desde que Asclepios, Dios griego de la medicina, extendía su poder mediante perros sagrados. Para los antiguos egipcios eran “co-terapistas” en sus “templos de curación”. Hoy se emplean contra la obesidad y la osteoporosis, ayudan a paliar la soledad de ancianos al inducirlos a largos paseos, dan cariño incondicional y no emiten juicios de valor.
Los perros elevan los estados de ánimo, suben la autoestima en los niños, y les enseñan a dar afecto y no sólo recibirlo. En el Hospital Mount Sinaí de Nueva York, rehabilitan a pacientes con lesiones cerebrales y espinales; en el Colegio Médico de Virginia (Richmond), estabilizan a pacientes en terapias de electroshock; en Texas animan a los niños que se recuperan de quemaduras y calman a los pacientes de Alzheimer. Canes adiestrados recogen cosas del suelo, halan sillas de ruedas, apagan y encienden luces, marcan números telefónicos de emergencia pregrabados, emiten ladridos de aviso, sacan y guardan objetos, abren y cierran puertas, despiertan al dueño y lo libran de los peores peligros; mejor dicho: Lassie a la enésima potencia.
Especies domésticas transmiten
unas 200 enfermedades y al tiempo proveen
medios preventivos y curativos para
un número igual o mayor de ellas.
Cuando Alejandro Magno dijo: “mi reino por un caballo”, parecía avizorar la utilidad de la hipoterapia, proceso fisioterapéutico y psicomotriz, para el tratamiento de discapacidades severas. En España y otros países alivia disfunciones psíquicas, esclerosis múltiple, paraplejías, secuelas de accidentes vasculares, traumas craneo-encefálicos, síndrome de Down y, ¡oh, santo remedio!, calma a los niños hiperactivos. Los burros no se quedan atrás: a más de ser más inquietos por la cultura de lo que creemos (el “Biblio-burro” colombiano lo demuestra), suben el optimismo a niños con problemas emocionales. Flipper, el héroe de televisión, no es el único delfín inteligente; según el doctor David Nathanson, pionero en delfinoterapia de Florida, los delfines permiten a los niños aprender de 4 a10 veces más rápido, estimulan la atención, la disciplina y la sociabilidad en niños autistas, corrigen males de audición, visión y depresión. Acariciar el pelo del gato combate la ansiedad y el nerviosismo. Mirar durante 10 minutos los peces en un acuario produce calma y bienestar, las aves aumentan la capacidad de observación y las tortugas la concentración. Tambien, investigadores británicos crearon un pequeño ratón que tenía genes humanos, para tratar el síndrome de Down y trastornos similares.
El universo zoo-terapéutico es un laberinto con límites imprecisos entre realidad y fantasía, entre ciencia y charlatanería, un universo de muchas respuestas y aún más preguntas, como la del poeta: “¿quién me dijera si este huevo es de paloma o de serpiente?”.
 



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