MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 11    No. 137  FEBRERO DEL AÑO 2010    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

Cuando decimos que alguien sabe, generalmente nos referimos a conocimiento, a ciencia, a lo que aprendemos en instituciones formales de educación, en sitios como la universidad o el instituto, a ese conjunto de saberes organizados, demostrados, probados.
Por tanto, el conocimiento se entiende como “la facultad consciente o proceso de comprensión que es propio del pensamiento y de la percepción, incluyendo el entendimiento y la razón” (1). Ese conocimiento formal puede ser generado de diversas maneras, entre las cuales destacamos la investigación básica y la aplicada. Por eso se considera que las ciencias son la manera más fiable para obtener ese conocimiento (2).
Y ese conocimiento es, y ha sido, nuestra herencia, el producto del saber y del hacer de nuestros antecesores y maestros, en diferentes épocas y circunstancias, al que se agrega lo que nosotros logramos con nuestro quehacer en el presente. Así conformamos el conocimiento actual, y es lo que aportamos cuando queremos promocionar la salud, prevenir la enfermedad, o cuando alguien busca nuestra ayuda porque cree que está enfermo; en este último caso, es ese conocimiento lo que nos permite interpretar síntomas, reconocer signos, dar una explicación y proponer una determinada conducta.
Pero esta no es la única forma de saber. Las personas también pueden adquirir un saber por medio de la experiencia, en nuestro caso de un padecimiento, una enfermedad o un síntoma aislado. Este saber está dado por la percepción que tiene un sujeto de las sensaciones que le llegan por sus sentidos, las que identifica y almacena en su memoria y a las que le agrega experiencias previas, concepciones propias, factores culturales, emocionales y circunstanciales, características que le dan a ese saber un carácter propio, personal, individual, todo lo cual le permite a esa persona vivir su enfermedad.
Claro, este no es el conocimiento de que hablábamos al comienzo, el que podíamos identificar, medir, clasificar, en resumen, que podíamos objetivar. Este otro conocimiento es propiedad del sujeto, y por eso decimos que es personal, subjetivo, en ocasiones no lo podemos reconocer y por eso no le damos credibilidad ni importancia. Es la persona que consulta la que lo describe, lo delimita, lo colorea, le asigna una determinada intensidad. Es suyo, lo construye dentro de sí y en determinado momento lo extrae de su cuerpo y lo expone a nuestra consideración y análisis. Y si bien es cierto que en ocasiones no lo podemos ver, palpar, medir, tampoco lo debemos subvalorar, menospreciar o negar. No podemos decir que “ese paciente no tiene nada”.
Desde siempre predomina el conocimiento clásico, objetivo, científico, el que podemos mostrar-demostrar, en una prueba de laboratorio o en una imagen diagnóstica. Y ojalá siempre pudiéramos hacerlo para bien de todos, para que todos viéramos lo mismo, y así desaparecieran o disminuyeran tantos “fantasmas” que pueblan nuestros mundos. Pero el ser humano es demasiado complejo para que podamos lograrlo, por lo tanto seguiremos teniendo muchas lagunas, muchos vacíos en el conocimiento de su estructura, sentimientos y funcionamiento. Por esto siempre debemos escuchar con atención su relato, pues en esa narración puede estar la clave de lo que estamos buscando.
Pero las cosas vienen cambiando hace algunos años: esas personas -ese médico y ese paciente-, como miembros de la sociedad actual, sienten, piensan y actúan de manera distinta a la habitual, a la tradicional. Y esos cambios suceden de manera tan constante pero tan sutil que no los hemos percibido, reconocido e interpretado suficientemente, a lo mejor por haber sido absorbidos casi completamente por la lucha contra nuestro enemigo natural -la enfermedad-, a la que siempre tratamos de encontrar una causa, una explicación, un por qué-, que en muchas ocasiones no hallamos. Pero, sin darnos por vencidos, debemos aceptar que algo anda mal, aunque no lo hayamos podido encontrar.
Afortunadamente, ya comenzamos a identificar, a valorar y a tener en cuenta ese saber, esa experiencia que le permite a una persona conocer (3). La población que recibe atención en salud aumentó, está mejor informada, tiene alguna idea de lo que pasa, interpreta, pregunta, espera respuestas, reclama. La brecha existente entre la persona que recibe ayuda y la que presta esa ayuda -entre usuario y agente de salud-, disminuyó sin que pensemos que desaparecerá por completo. Aunque las personas están ahora mejor informadas, los profesionales de la salud siguen teniendo la mayor credibilidad porque su conocimiento está sustentado en experiencias demostradas. Y los profesionales aceptan que las sensaciones, sentimientos, emociones e ideas de las personas que les consultan, hacen parte fundamental del complejo proceso de enfermar.
Entonces el futuro puede ser promisorio: una persona va a relatar sus molestias, malestares, preocupaciones, es decir, dar una versión de los hechos a su manera a un profesional de la salud que va a escuchar y tratar de interpretar los relatos de esas personas que buscan su ayuda, sabiendo que, a pesar de sus conocimientos, navega en un gran mar de incertidumbres. Estos dos saberes, que ahora coexisten, pueden interactuar, concertar, acordar formas conjuntas de entender e interpretar lo que está sucediendo y buscarle la solución más favorable para el bienestar del más necesitado.
Por eso con mayor frecuencia vemos artículos escritos por profesionales de las ciencias sociales y de la salud (4, 5, 6), que consideran válido asegurar que el proceso de lo que denominamos enfermedad puede muy bien buscarse en los relatos que hacen los pacientes, sin que esto signifique dejar de lado la labor del profesional que escucha e interpreta el relato, examina el cuerpo de esa persona y lo complementa con el análisis de exámenes para-clínicos. Cada vez más autores consideran que la entrevista clínica es un verdadero proceso de negociación entre sus dos protagonistas con sus conocimientos y saberes, a los que se debe agregar el entorno familiar, laboral y comunitario.
Bienvenido entonces el papel que cada persona debe asumir del cuidado de su propia salud, buscando estar informado del tema respectivo y discutirlo con el profesional, que actuará entonces como un verdadero experto que promocionará la salud y asesorará a esa persona en la prevención de la enfermedad o en su tratamiento, sin olvidar que en ocasiones su concepto de enfermedad no coincide con la conducta de enfermedad de las personas que acuden en su ayuda. Pero que si buscan su ayuda es precisamente porque “algo” no anda bien, y ellos lo saben pues se trata de su propio cuerpo al que conocen, con el cual han convivido y al que quieren preservar, conservar, y ojalá mejorar.
Y son estos saberes y estas necesidades de responsabilizarse del cuidado de su propio bienestar, además del derecho que el Estado les reconoce de tener acceso a la atención en salud, lo que lleva a las personas de una comunidad a constituir asociaciones de usuarios, que además de velar por el ejercicio de sus derechos y obligaciones, complementan y refuerzan la acción de diferentes instituciones que les prestan esos servicios. Por tanto, debemos estimular y apoyar la labor de estas asociaciones que nos pueden facilitar labores nuestras como las de promoción de la salud y prevención de la enfermedad, lo mismo que la pronta y adecuada atención en caso de sentirse enfermos 6
Referencias
1. Diccionario de Términos Científicos y Técnicos McGraw-Hill. 1981, pág. 837.
2. Diccionario de uso del español. María Moliner, 1998.
3. An Introduction to Medical Phenomenology: I Can't Hear You While I'm Listening. Richard J. Baron, M.D. In: Annals of Internal Medicine. 1985; 103: 606-611.
4. Armstrong D. La opinión del paciente. En: Cuesta C, editor. Salud y enfermedad: lecturas básicas en sociología de la medicina. Universidad de Antioquia; 1999. p. 223 - 47.
5. Menéndez E. El punto de vista del actor: homogeneidad, diferencia e historicidad. Relaciones. 1997; 69:237 - 70.
6. Mercado F. Enfermedad, cultura y sociedad: la identidad cultural de las personas con diabetes del sector informal urbano. Cuadernos médicos sociales. 1992; 61:49 - 61.
Nota: Esta columna es un aporte del Grupo Nacer, Salud Sexual y Reproductiva. Línea de investigación Salud, Cultura y Sociedad. Departamento de Obstetricia y Ginecología - Facultad de Medicina - Universidad de Antioquia.
 
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