MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 11    No. 137  FEBRERO DEL AÑO 2010    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

El Vigía

Epidemias que originan los
muertos en situaciones de desastre
El reciente y dramático -por decir lo menos- terremoto de Haití, puso sobre la mesa un tema que ha generado gran controversia a lo largo de la historia de la humanidad y que permanece más como un mito que como un hecho cierto. Se trata del supuesto riesgo de generación de epidemias por enfermedades infecciosas, a partir de los muertos que se presentan en gran magnitud luego de una catástrofe como la mencionada
Esta creencia con poco fundamento científico, ha llevado a un inadecuado manejo de los cadáveres desde el punto de vista de identificación, manipulación y sepultura.
Las epidemias usualmente son causadas por agentes infecciosos que se transmiten de una persona enferma o infectada a una susceptible o a través de una fuente común, y que requiere de condiciones adecuadas para sobrevivir. Una vez que cesan las funciones vitales en una persona, las posibilidades de supervivencia de un microorganismo en él, van siendo pocas a medida que pasan las horas, contrario a lo que se piensa en el sentido de que a mayor permanencia de los cadáveres, por ejemplo a la intemperie, mayor riego de epidemias. Por otro lado, las víctimas mortales de un desastre no tienen un riesgo diferente al de la población general, de tener un agente infeccioso en su organismo y el hecho de fallecer no incrementa este riesgo, ya que aquellos relacionados con la putrefacción no implican riesgo para los vivos.
Es innegable que puede existir un riesgo de adquirir un agente infeccioso a partir de un cadáver, especialmente a través de contacto de piel no intacta o mucosas con sustancias contaminadas tales como sangre, para virus como los de la hepatitis B o C y el VIH, o secreciones gastrointestinales para rotavirus, virus de la hepatitis A y bacterias como Salmonella, Shigella o Vibrio cholera. De igual forma puede haber transmisión de agentes vía aerosoles o gotas, como los causantes de tuberculosis o enfermedad meningocócica. Sin embargo, este riesgo está en relación directa con la forma como se haga la manipulación de los cadáveres y es en la práctica un riesgo más individual que colectivo, y como ya se mencionó, está en relación inversa respecto del tiempo post-morten.
Adicionalmente: talvez por pensar en el riesgo que representan los muertos, no se piensa en el riesgo que implican los sobrevivientes, el cual sin duda, es muchísimo mayor si tenemos en cuenta que: se mantienen las condiciones para la supervivencia de los microorganismos e incluso se pueden potenciar en relación con las lesiones o daños que se presenten en el organismo; es común que grandes poblaciones de niños, adultos y ancianos sean llevados a albergues provisionales en donde predomina el hacinamiento y las deficientes medidas de higiene; se afectan los sistemas de agua potable y fluido eléctrico, lo que favorece la proliferación y transmisión de microorganismos por agua o alimentos; se concentra población susceptible para enfermedades inmuno-prevenibles, lo que facilita su diseminación antes de que pueda implementarse una eficiente campaña de vacunación; es común que haya deficiencia de medicamentos oportunos para cortar las cadenas de transmisión; por limitación de recursos y por la urgencia, se ve afectada la adherencia a prácticas de bioseguridad y buena higiene; es común que intervengan personas voluntarias con poca o ninguna experiencia en el manejo de víctimas y con desconocimiento de normas de auto-protección y protección a otros.
Cobra entonces vigencia el adagio popular, de que hay que tenerle miedo a los vivos y no a los muertos, y que tal vez la principal epidemia que estos últimos generan, es la de niños huérfanos con un futuro incierto.
Fuentes:
- Morgan O. Infectious disease risks from dead bodies following natural disasters. Revista Panamericana de Salud Pública. 2004;15 (5):30712.
- Manejo de cadáveres en situaciones de desastre. Serie de Manuales y Guías sobre Desastres, No 5. Organización Panamericana de la Salud. Washington DC., agosto 2004.
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