DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 12    No. 161  FEBRERO DEL AÑO 2012    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


Fútbol o la
poesía del cuerpo

Hernando Guzmán Paniagua Periodista - elpulso@elhospital.org.co

En 1942, los nazis ocupaban la Unión Soviética y los futbolistas del Dínamo de Kiev jugaban de locales frente a Alemania. Los de Hitler amenazaron: “Si ganan, mueren…”. Temblando de miedo y de hambre, los ucranianos entraron al campo resueltos a dar una lección de dignidad y ganaron. Los 11 fueron fusilados en un barranco al terminar el partido. Hecho histórico que muestra al fútbol como un trasunto de la vida social y de la condición humana con sus glorias y absurdos, y destaca la emoción sublime de un juego, confrontación de 90 minutos entre el amor y la muerte.
Esta pasión de domingo por la tarde que ya conquistó todos los horarios y calendarios, que para Borges no es más que "una cosa estúpida de ingleses... Un deporte estéticamente feo: once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota…", entraña mil significados y suscita mil interpretaciones. El ensayo “Fútbol desde la tribuna. Pasiones y fantasías”, de la socióloga, máster en investigación y PhD en antropología histórica, Beatriz Vélez, aporta a su comprensión integral, “…con la expectativa de quien supone no saberlo todo sobre ese juego, abierto e inagotable” (p.16), advierte la autora.
“El fútbol -declaró a EL PULSO- es un universo redondo de sentidos múltiples, pero de un sentido global”. “Abordo el tema del embeleso que suscita ese juego, desentrañando las claves que lo hacen, según sus seguidores, comparable a un orgasmo” (p. 13).
Profesora de Sociología del Cuerpo y de la Ciudad en la Universidad de Antioquia, vivió a finales de los 90 la gloria de la Selección Colombia. Dijo: “La investigación terminó en 2004, y con el Mundial de Fútbol Sub-20, encontré el marco para escribir el libro. El trabajo de campo en Medellín y otras ciudades de Colombia lo ratifiqué con experiencias en Francia, con la Selección Colombia en el Campeonato de 2003 en Lyon, en Argentina, Estados Unidos, Alemania y otros países adonde fui invitada”.
E indicó: “En el primer capítulo, 'Fútbol, un insondable universo', narro como llegué a amar el fútbol sin haber sido jamás futbolista, como mujer que desde la tribuna ama el fútbol, no tanto como deporte sino como juego que nombra esas capacidades humanas que tenemos de explorar las potencias corporales hasta unos límites a veces inimaginables”: “La vida misma me enseñó sobre fútbol. Desde niña estuve rodeada del fútbol empírico practicado por los hombres de mi entorno, quienes me mostraron el enorme significado de ese juego en el universo masculino” (p. 24).
Agregó: “Siempre hay un ideal de masculinidad que hace a los hombres muy limitados en la expresividad de sus emociones, salvo cuando hay alcohol, o en el estadio donde están embriagados de emoción”: “Es posible comprender el fútbol como juego capaz de amplificar, por su escenificación corporal, la humana necesidad de fundar un lugar (locus), de construir un mundo (oikos) donde reposar y encontrar el sueño, realimentar nuestras ilusiones y escapar a la locura” (p. 39).
“Es posible comprender el fútbol como juego
capaz de amplificar, por su escenificación corporal,
la humana necesidad de fundar un lugar (locus),
de construir un mundo (oikos) donde reposar y
encontrar el sueño, realimentar nuestras ilusiones
y escapar a la locura”.
Beatriz Vélez.
Ese papel del fútbol como transgresor del mundo de la productividad en bien del abandono al placer lúdico, y en contravía del argentino Juan José Sebreli, para quien "el acto de patear una pelota es ya de por sí esencialmente agresivo y crea un sentimiento de poder”, lo metaforizan el poeta Washington Cucurto: "El fútbol es un deporte de hombres dulces / El fútbol es un deporte de hombres que se quieren con locura", y Javier Marías: "El fútbol es la recuperación semanal de la infancia".
Eros y Marte
“En el capítulo 'Eros y Marte en el juego' -expresó la autora-, aplico conceptos de la antropología filosófica; el fútbol es el único juego que pone en oposición y en guerra a la mano con el pie, las cuales siempre han cooperado en todo tipo de actividades”: “…el fútbol fascina por lo insólito de su propuesta y misión: 'proscribir la mano y prescribir el pie' para conducir una pieza redonda, sujeta entonces a un recorrido insospechado, a través de un amplio terreno, con el fin de hacerla entrar en una portería” (p. 82).
Y explicó: “La vocación aérea del balón contrasta mucho con la vocación terrestre del pie, y eso da al fútbol una inadecuación absoluta entre medios y fines, intentar hacer del pie un émulo de la mano, conduce a una suerte de ampliación del espacio vital humano, de hacer cosas que no están en los genes”.
Albert Camus dice que siendo arquero en Argelia, aprendió que "la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Esto me ayudó mucho en la vida... Lo que más sé acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol". La investigadora abunda en las connotaciones eróticas del fútbol, imbricadas en una rica polisemia, “pues el juego es canto lírico, oda a la guerra, culto sagrado y referente de todo tipo de identidades. Como puesta en escena, oscila entre Marte y Eros: ya simula una batalla, ya parodia actos de hondo contenido sexual, representando respectivamente, fuerza, terror, pasión y amor” (p. 70).
Y analiza la antítesis de género que se percibe en las narrativas futbolísticas, donde al atacante se lo asocia con el poder masculino y al defensor, sobre todo al arquero, con lo femenino que se intenta penetrar. Así, se homologa el pie al órgano sexual varonil, que en el repertorio de filigranas y virtuosismos traduce el ritual amoroso.
 
De árbitros y otros villanos

En la liturgia del balón, se oficia también un “ritual de fertilidad” que analiza la escritora Beatriz Vélez: “La proeza corporal y su efecto sobre la sensibilidad humana, mater materia del juego en el fútbol, conlleva entonces la promesa de bienestar total, deseable a pesar del riesgo que entraña: volver atrás, re-caer en el abrazo estrangulador de la Madre-naturaleza-Muerte, en la fuente del origen” (p. 133-134).
Eduardo Galeano, autor del clásico libro “Fútbol a sol y a sombra”, alude, entre otras cosas, a esta dimensión explorada por Beatriz Vélez:

“Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, hay un estrépito tremendo. Yo quise ser jugador de fútbol como todos los niños uruguayos (…) La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor no correspondido”.
“En el capítulo 'Virilidad' -prosigue la declaración de la escritora-, veo muy paradójico que los hombres, emblema de la virilidad, que deben tener cojones, sin embargo son capaces de la entrega después de un gol, como quien dice: aquí estoy yo, cójanme, y me entrego en los brazos del otro: “Según el futbolista Ric Cantona, él balón es como una mujer. Él ama las caricias” (p. 87).
Al subvertirse las normas sociales en la cancha, el papel del árbitro como juez es visto con desdén. Al jugador se lo ama, al árbitro si mucho se lo respeta, así sea el colombiano “Chato” Velásquez, famoso por expulsar a Pelé en un partido “amistoso”, donde El Rey “lo agarró a trompadas“, o el chileno Mario Canessa, el mejor juez en la historia del fútbol colombiano, quien en un partido Unión Magdalena-Santa Fe, se atrevió a expulsar a los 22 jugadores, trenzados en batalla campal.
La socióloga analiza “el goce colectivo con la transgresión”, y expresa: “El juego, elogiado como modelo de regulación social, facilita sin embargo la burla -sin sanciones- de los límites prescritos por sus propias normas, pues la rapidez de las acciones es mayor que la velocidad del ojo vigilante de árbitros y jueces”.
Cuando el boliviano Abel Vacca Saucedo, tras una orgía de gambetas, túneles, sombreros y taquitos, y de espaldas al arco, clavó la pelota con la cadera en el ángulo, el árbitro Ignacio Salvatierra le sacó tarjeta roja
«para que aprenda a tomarse el fútbol en serio». Y Brasil, derrotado y eliminado por Hungría en el Mundial del 54, denunció ante la FIFA a un árbitro inglés, por estar «al servicio del comunismo internacional”.
Para el ensayista Hernán Brienza, y para la mitad de los futbolistas, el trabajo del árbitro “consiste en hacerse odiar”.
 
   


Fútbol: una religión sin ateos

En su ensayo “Fútbol desde la tribuna. Pasiones y fantasías”, cuando la socióloga Beatriz Vélez señala las connotaciones religiosas del acto futbolístico, alude a “…ese templo de la liturgia corporal…”, donde se conjugan las fuerzas que sostienen la ilusión de reinventar el mundo cambiando las manos por los pies, y ve en el fausto y atavío de los estadios y sus asistentes, “…una fiesta de exceso como el carnaval y de recogimiento como un culto sagrado” (p. 98).
Dice Eduardo Galeano: “En mi país, el fútbol es la única religión sin ateos” (…) Hasta el Papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes”. En Nápoles, en tiempos de Maradona, cambiaron a San Gennaro por San Genn-Armando, cuya imagen veneraban con la corona de la Virgen o el manto del santo sangrante. Hernán Brienza, pregunta: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que de él tienen muchos intelectuales”.
“Carencias innatas -declara Beatriz Vélez- las suplimos con el divertimento, nos hermanamos para llenar vacíos. Alguno los llenará con cocaína, que es costosa, pero es posible que otro que ama la cocaína, también ame el fútbol y se meta unos pases para ver un partido, otro se meterá un 'basuco' o algo más barato como 'sacol' para lograr el estado de lucidez y atrapar todo lo grandioso del juego. Tras esa búsqueda, está también esa dimensión humana sin el filtro de las clases sociales, que nos iguala a todos: alguien con mucho dinero, en tribuna de preferencia, se abrazará con el vecino pobre a quien alguien le regaló una entrada”. García Márquez, tras un partido Junior - Millonarios, declaró:
"No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago públicamente a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien".
Fútbol, negocio redondo como el balón
La investigadora examina los distintos matices de la explotación del fútbol como negocio, señalando su significación como trasunto del orden social donde se inscriben. Analiza las diversas variantes de esta máquina de millones de dólares y euros, y entre otras consideraciones, plantea en su libro: “…La camiseta, enarbolada en el mundo entero como santo y seña de los miembros de la familia deportiva, al funcionar como mercancía y negociada en millones de ejemplares idénticos, encarna la dramática oposición de lógicas en el universo del fútbol” (p. 80).
El fútbol es máquina de alienación y vehículo
de solidaridad. Negocio impío, tráfico inhumano
de personas, es a la vez la más fascinante
aventura humana. Esta locura planetaria es un
poema a la vez lírico y trágico.
Lo que Beatriz señala, lo puso en cifras el entonces presidente de la FIFA, Joao Havelange, en 1994, ante un círculo de empresarios en Nueva York: el fútbol movía en ese momento US$225.000 millones de dólares anuales, en contraste con los US$136.000 millones facturados en el año 93 por la General Motors. Si el fútbol no fuese un negocio tan redondo como el balón, el actual jerarca de la FIFA, Joseph Blatter, no andaría en una limusina de 8 metros y con chofer negro.
Ese embeleco de "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan", según el británico Rudyard Kipling, es para Antonio Gramsci "el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre".
Y quien no crea en los milagros cotidianos, no ha visto fútbol. Los médicos dijeron que nunca sería deportista un niño famélico y cojo, con poliomielitis, el cerebro atrofiado, la columna vertebral en S y ambas piernas curvadas: lo llamaban “Garrincha” y fue el mejor puntero derecho del mundo en su momento. Maradona no nació en la opulencia sino en un barrio popular, donde de niño dormía abrazado a una pelota. Romario, nacido como Pelé en una miserable favela de Brasil, hoy tiene una colección de Mercedes Benz y 250 pares de zapatos.
Y es milagrosa la magia de los negritos de Turbo y Puerto Tejada, como lo es que nuestro país sin ser potencia futbolística, “sustituya exportaciones” con más de 170 jugadores en clubes del exterior, como lo es el virtuosismo del Pibe made in Pescadito, de Willington Ortiz, de Falcao y de Gio Moreno.
El balompié sirve para que la selección alemana pose en la cancha con la esvástica hitleriana y también para que el Barcelona y una selección vasca jueguen en todo el mundo como embajadores de la resistencia democrática, mientras el general Franco bombardea la república española. Es máquina de alienación y vehículo de solidaridad. Negocio impío, tráfico inhumano de personas, es a la vez la más fascinante aventura humana, así en Japón jueguen cada año la RoboCup, con selecciones de robots humanoides programados por ingenieros. Esta locura planetaria es un poema a la vez lírico y trágico.
 
Ocioso lector

Cenotafio para Gardel
“Me llamo Enrique y tengo 90 años, como cualquier personaje de García Márquez. (…) Me gradué en la Universidad Nacional y como buen paisa me fui a ensayar mis primeras armas a Medellín, no sin antes hacer dos años de internado en el recién inaugurado Hospital de La Hortúa en Bogotá. (…) A comienzos de 1934 logré obtener un puesto como interno del nuevo Hospital de San Vicente de Paúl, donde me miraban algo recelosos por liberal y por no haberme graduado en la Universidad de Antioquia”.
Gardel en su última foto dentro del avión F-31 Ford de la SACO, antes del accidente aéreo donde murió en el Aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, al chocar con otro avión en la pista de aterrizaje. La cámara fotográfica tenía un estuche de cuero que la preservó del fuego, salvándose así esta foto.
(…) “Se presentó una noche en el Club Unión y otras dos en teatros de la ciudad, repletos hasta los bordes. Las multitudes que lo seguían y asediaban eran tales que hubo que acondicionarle un carro cerrado, de esos con cortinas retráctiles que cubrían las ventanas, para que la gente no lo identificara y lo acosara. Y obligatoriamente rodearlo por todas partes de policías que, con sus uniformes verdes y sus bolillos de madera, parecían parte de la comparsa. Los internos, por supuesto, no teníamos ni el tiempo ni el dinero para esos espectáculos y me tocó apenas verlo de refilón una vez, cuando entraba al Hotel. Pero su cara y su sonrisa cordial y decidida, rematada por un pelo negro y liso partido casi por la mitad, se nos quedaría grabada por largo tiempo. O al menos a mí, que tuve que levantar su cadáver”.
(…) “En el Hospital pronto sonó la alarma, a cuyo aviso nos habíamos acostumbrado en los simulacros que se hicieron después de la tragedia del teatro Alcázar, y pronto me vi encaramado con otros colegas y enfersmeros en una camioneta de los Bomberos seguida de cerca por nuestras ambulancias.
Atravesamos la ciudad como ráfaga y llegamos al aeropuerto cuando los restos de los aviones estaban todavía ardiendo. Había cuerpos y trozos de motores y de aluminio en cien metros a la redonda. Rápidamente nos lanzamos hacia esa hecatombe que ya comenzaba a oler a gasolina, a sangre y a pelo chamuscado y a tratar de separar los cuerpos que daban señales de vida. Algunos dentro del fuselaje, aún amarrados a sus asientos. Otros afuera, sentados o acostados en el piso de tierra, delirando o quejándose. Unos pocos de pie, temblorosos pero increíblemente indemnes, entre ellos dos guitarristas aún aferrados a sus instrumentos”.
“A los aprisionados entre los restos tuvimos que cortar sus amarras y su ropa, que se desprendía a veces con jirones de piel quemada, para colocarlos en las camillas velozmente desplegadas por nuestros enfermeros. Los cadáveres de quienes viajaban al frente de ambos aviones estaban horriblemente magullados y achicharrados. El de Gardel, al lado del piloto, era irreconocible: sólo habían quedado sin quemarse sus pies, calzados con finos zapatos de charol; al fin lo reconocimos porque uno de los guitarristas, sollozando, me dijo que su ídolo colocaba siempre unas plumas blancas por dentro de los mismos, a modo de amuleto. Y notamos sus dientes perfectos surgiendo de unos labios quemados y retraídos como en rictus final de desdeño y de amargura. Uno de los cadáveres detrás de él -después supe que se trataba de otros dos guitarristas, Riverol y Barbieri- tenía firmemente agarrada entre su mano carbonizada una cámara fotográfica enfundada en cuero que se conservaba intacta. De ahí se revelarían después las fotos que mostraron los instantes previos al accidente”.
(Extractos de la crónica “Cenotafio para Gardel”, del libro “Cuasi una fantasía”, del doctor Efraín Otero Ruiz).
 



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