MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 6    NO 67  ABRIL DEL AÑO 2004    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co
  Reflexión del mes
«El infierno de los vivos no es algo que será -confiesa Marco Polo al Gran Kan-; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos; aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos;

buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio »

“Las ciudades invisibles”. Italo Calvino, 1991: 16

 
Bioética
Dificultades con las prácticas clínicas

Fernando Londoño Martínez - elpulso@elhospital.org.co
Una de las dificultades más graves que tenemos quienes nos dedicamos a la docencia, es la dificultad para la enseñanza de la práctica clínica. Para nadie es un misterio que sólo el contacto con los pacientes en forma directa es la mejor forma de enseñar muchas de las conductas clínicas a los estudiantes de Medicina, quienes en un futuro no muy lejano pueden ser los médicos que estén atendiendo nuestras propias dolencias.
Es cierto que ahora se pueden enseñar muchas maniobras técnicas con modelos artificiales y que incluso con la informática y en forma virtual es posible enseñar hasta procedimientos quirúrgicos muy complejos, pero también es cierto que la relación médico-paciente, la toma de la historia clínica en forma correcta y todas las variantes de la psicología de los pacientes, sólo pueden trasmitirse con pacientes vivos que se enfrentan en la consulta o se evalúan en la ronda clínica. No es en este sitio acaso donde se lleva a cabo la maravillosa lección clínica de que habla Pedro Laín Entralgo cuando dice: “Ante sus discípulos, un maestro expone con mayor o menor detalle lo que la exploración le ha dado a conocer en el paciente de que se trate. A continuación, hace que la atención de sus discípulos se fije de manera especial en un determinado síntoma o signo y a partir de él, adoptando sin saberlo la estrategia del ascenso por lo más empinado (porque a posteriori le es fácil hacerlo), construye un razonamiento eclécticamente anatomoclínico, fisiopatológico y etiopatológico, acaso también constitucional, y llega con impecable brillantez a la formulación de un juicio diagnóstico satisfactorio, y si la índole del caso lo permite, no sólo satisfactorio sino también sorprendente, a la manera de la resolución de un caso policíaco”.
Desde hace muchos años en la integración docente asistencial, hoy llamada integración docencia-servicio, que se puso en práctica en la mayoría de los hospitales oficiales, en muchos privados, y por supuesto en los universitarios, era claro para todos los médicos que al mismo tiempo que hacían la asistencia clínica de sus pacientes, realizaban funciones docentes con residentes, internos y estudiantes de Medicina de las distintas facultades, cumpliendo una función de la mayor importancia a veces ni siquiera completamente valorada por ellos mismos.
Ahora, cada vez con mayor frecuencia, estamos observando, que las funciones asistenciales que les asignan a los médicos y los resultados objetivos que deben demostrar en esta área, no les permite dedicar el tiempo necesario a la docencia, y los estudiantes se convierten en asistentes mudos e incluso a veces sólo se aprovechan para ayudar en las labores puramente asistenciales.
Con frecuencia, cada vez mayor, me enfrento a grupos de estudiantes de Medicina que se quejan de este tipo de conducta, y comienzan por afirmar que en ningún caso es culpa del médico que les tocó de docente, que por otra parte generalmente consideran excelente, sino por el cúmulo de responsabilidades asistenciales que les niega la posibilidad de enseñar sus conocimientos, promesa que todos hemos realizado en el Juramento Hipocrático o en la promesa médica actual que nos compromete en forma solemne a transmitir nuestros conocimientos a nuestros futuros colegas, como un deber importantísimo para la continuidad de la profesión médica. Osler, uno de los padres de la Medicina Interna, no podía comprender que un médico y especialmente un clínico, no fuera un maestro en todo el sentido del término.
Ante esta situación angustiosa, de la cual no somos todos conscientes, es necesario establecer unos mecanismos de diálogo entre los directores de los hospitales y los miembros encargados de la docencia en las facultades de Medicina, para llegar a acuerdos que permitan resolver esta dificultad (y en donde ya existen estas mesas de dialogo, es necesario abordar este tema en particular). En muchos casos será necesario nombrar docentes externos que hagan la docencia al margen de la asistencia como sucedía antes, cuando los médicos de los hospitales y los de las facultades de Medicina vivíamos juntos pero con funciones totalmente separadas, lo cual no es de ninguna manera ideal, pues, ¿quién conoce mejor al paciente que aquel que hace la asistencia, y por lo tanto el que mejor puede hacer la docencia? Volver al esquema antiguo sería en mi concepto un retroceso y además sumamente costoso. ¿No les parece?
Nota:
Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.

 











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