MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 245 FEBRERO DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

EL BIEN: Verdad o realismo mágico

Por: Abraham Chams Anturi, Director Unidad Funcional Materno Infantil de San Vicente Fundación. Profesor Asociado de la Sección de Cirugía y Urología Pediátrica, Universidad de Antioquia.
elpulso@sanvicentefundacion.com

Ya han pasado casi veinte años y aún sigue plasmado en mi recuerdo aquel caluroso mes de mayo en Tierra Candela, yo era un galeno muy joven, con todos los conocimientos frescos en mi mente, en ese tiempo observaba poco, pero teorizaba mucho. Había llegado a esta tierra de forma prematura, agilicé mi año de servicio obligatorio con el fin de comenzar lo antes posible una especialidad; era una época difícil, como decía jocosamente en aquellos años era una región triplemente caliente ya que el clima se encontraba a la misma temperatura que el infierno, además el conflicto armado pasaba por uno de sus puntos más críticos, sin mencionar la fogosidad de sus mujeres y el bambolear de sus caderas.

Yo hasta entonces era un hijo de papi, no había tenido que preocuparme en la vida por muchas cosas, solo por estudiar, sacar buenas calificaciones y una que otra vez reflexionar sobre asuntos trascendentales, dicho de otra forma, vivía alienado, descontextualizado, fuera de la realidad y fuera de mi mismo; para lograr esto no se necesita de drogas, tan solo un ego hinchado y el embotamiento de los sentidos, era un niño, uno de los muchos niños que sobreviven hasta ya muy entrada la edad madura, alimentado por la leche del seudo-conocimiento que mana del pecho de Palas-Atenea, la diosa griega de la academia, que envidia la belleza, el eros y la capacidad de amar libremente que tiene Afrodita.

No eran muchos los médicos que querían hacer su ejercicio en Tierra Candela, ya que era lejana de las grandes urbes, de la tecnología y algunos aseguraban que también de la mano de Dios. La señal de celular era terrible y cuando lográbamos llamar era muy costoso. En la plaza municipal existía una central de telecomunicaciones, dotada con cuatro cabinas telefónicas y un computador con internet, por supuesto solo para revisar correos, pues, aunque no lo crean no existían los buscadores en la web ni las redes sociales.

El día que llegue curiosamente esperaban al nuevo cura, el anterior sacerdote ya gozaba de feliz retiro; ya se había perdido la esperanza de un médico rural, por eso no encontré expectativas sobre mi llegada, además ese día tuve la genial idea de vestirme de camisa manga larga y pantalón negro. “Buenos días padre, que desperdicio de hombre, pero no importa puede confesarnos”, me causó mucha risa la confusión y el comentario de las señoras dignas del pueblo, solo me limité a ofrecerles la señal de la cruz con mi mano derecha.

El hospital local, si se puede llamar hospital, tenía un consultorio multiusos, que servía de consulta externa y de urgencias; una sala de partos y pequeñas cirugías, equipada con una camilla oxidada, una destartalada mesa de mayo y no podía faltar un pequeño instrumental muy probablemente utilizado por Halsted; lógicamente nuestra unidad de salud era fruto de la “diligente” gestión de los políticos de la región y de la “excelentísima” administración del secretario de salud. Aun no sé si era más fácil conseguir una cita con ellos en la alcaldía o en “Chorro”, taberna y burdel oficial de este pueblo costero. La ventana de mi consultorio miraba directo al mar, la brisa salina resecaba constantemente mis labios y el sonido de las olas y el olor a algas sumergían mis pensamientos en la profundidad del océano.

Como olvidar ese martes trece, martes trece de mayo, día de la patrona oficial de Tierra Candela, la Virgen de Fátima, consagrada a ella en 1981, día del atentado a Juan Pablo II, el papa polaco. Ese día Araminta, la parasicóloga, médium, espiritista, o mejor conocida bruja del pueblo, había predicho que un martes trece de mayo esta historia tomaría un nuevo giro. Y si que tomó un nuevo giro.

Ese día llegó a mi consulta nada más y nada menos que Paulina, la joven hija del viejo alcalde, su actitud era descaradamente coqueta, su figura simplemente voluptuosa y su vestidura deliciosamente atrevida; me había picado el mundialmente conocido mal de vereda, en trece días ya tenía mal de vereda. Aún en medio del estallido, del corto circuito neuronal y del océano de endorfinas en el que estaba bañado, se escuchó a los lejos una terrible explosión, se trataba de una incursión militar, un enfrentamiento armado, era real, no eran noticias de la televisión o de la radio, realmente era real, solo me pregunté que hacía yo un martes trece de mayo en Tierra Candela. No tenía respuesta, pero con la claridad y la sinceridad que tenemos los hombres con el mal de vereda, supe a ciencia cierta que la respuesta no tardaría en llegar.

Corría gente por todos lados, el olor era nauseabundo y la nube gris era simplemente aterradora, nadie sabía que había pasado, unos decían “se tomaron el pueblo”, otros aseguraban que era un accidente de pólvora durante las festividades, y los más viejos argumentaban que Araminta era infalible, en todo caso la confusión fue bestial; yo corría ingenuamente con el “botiquín”, ya imaginarán: gasas, alcohol, vendajes y un par de bolsas de suero. Mientras corría lo único que trataba de recordar era de forma ordenada el ABC y por otro lado la oración del Padre Nuestro y el Dios te Salve, hace mucho tiempo que no rezaba, realmente ya no estaba muy convencido de lo enseñado por mi abuela y mucho menos en el colegio de curas donde había sido educado, como decía mi señora madre “la universidad ha cambiado mucho al niño”, pero realmente había que rezar en estos casos, por si las moscas, uno nunca sabe.

Cuando por fin llegué al lugar de los hechos lo que contemplé era simplemente desolador, múltiples heridos, gente aglomerada y en medio un hombre muerto, su rostro destrozado, su cuerpo quemado, todos lloraban, se trataba de don Abelardo; era uno de mis pacientes, un hombre joven, un muchacho de 25 años, padre de dos hijos, él y su esposa esperaban el tercero, doña Magnolia de 19 primaveras tenia una edad gestacional de 35 semanas; cerré los ojos, no podía contener el llanto, se le acabó la vida, se les acabó la vida, cuantos sueños truncados, cuanto dolor, cuantas fantasías perdidas, de mi boca solo emanó un murmullo de la intensidad del mar embravecido, un grito mudo, un reclamo: “¿…..y donde estabas tú Dios mío?”. Mi pregunta, mi interpelación y mi llanto se unió en el tiempo y en el espacio a cientos de preguntas, a miles de interpelaciones y a millones de llantos que han abarcado la historia y el universo: “¿...y donde estabas tú Dios mío?”.

Hoy, veinte años después, con mis cabellos blancos y tantas historias que contar, sé que la vida humana es un misterio, hoy sé que la vida humana es, como decía el papa polaco: “Don y Misterio”. En estos veinte años he visto “El Mal” a los ojos, sé que es real, pero también he visto “El Bien”, lo he visto en tantos hombres y mujeres dando la vida en el día a día por sus pacientes, he visto “El Bien” recorrer los pasillos de los hospitales y servicios de urgencias, lo he visto en los quirófanos y pabellones. Hoy tengo la certeza que la respuesta a mi pregunta de hace tantos años es que Él habitaba ese día mi mirada, que Él ese día hacia suyas mis manos, que Él estuvo allí ese día. Estuvo ese 13 de mayo con don Abelardo, como también lo estuvo el día del atentado al polaco, como también lo estuvo un viernes inocentemente traspasado.


Dirección Comercial

Diana Cecilia Arbeláez Gómez

Tel: (4) 516 74 43

Tel: (4) 516 74 43

Asesora Comercial

María Eugenia Botero

Tel: (4) 313 25 23, Medellín