MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 245 FEBRERO DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Eréndira

Por: Alejandro Londoño
elpulso@sanvicentefundacion.com

El cuerpo es nuestra patria, es la institución que habitamos y la piel es su topografía. Residimos en el mundo gracias a nuestra naturaleza de cuerpos, y el otro se nos presenta como corporalidad vecina. Una geografía donde se inscribe la vida toda. Las marcas adheridas al cuerpo, sean accidentales o autoinflingidas, son la gramática del “yo novela”, un tipo de ficción que construimos en el trasunto de la vida. No concibo una clínica sin cuerpo y cuando el mutismo es norma, habrá que hacer lectura de gestos, marcas, movimientos y maneras de habitar el mundo. De “retóricas cutáneas y lenguajes encriptados en el cuerpo”, consigno algunas de mis observaciones -Diarios de Abrenuncio Domicó-.

De anatomía breve, taciturna y silenciosa, en sus facies se leía la tragedia. Sus hombros, enjuta percha donde engastaba su monocromática vestimenta negra. Lo afilado de sus rasgos la emparentaba con un ave. De palidez mortal, sus ojeras contrastaban con el tenue azul celeste de su iris. Sus caderas eran tan estrechas y sus piernas tan delgadas, que su andar era una levedad encarnada. Siempre cubierta, de la coronilla a los pies, se mantenía ataviada con un ancho suéter que llegaba a sus tobillos. Cubría su rostro con una capucha y de las mangas apenas protruían unos esqueléticos pulpejos.

El personal del hospital la evitaba y había hecho de su presencia un paisaje mudo. Su silencio los espantaba y se limitaban a bajar la cabeza ante su paso. Ajustaba catorce semanas y tres días de obligada reclusión en el psiquiátrico y con el mote de “ángel suicida” la identificaban. La había llevado su madre con la queja de su negativa a ingerir todo tipo de alimentos que no fueran coles, hojas de lechuga y alcaparras que fritaba en mantequilla. Le diagnosticaron “anorexia insana” e invadieron sus narinas con sondas que luego se arrancaba con fiereza, “hebefrenia apática” y le atarugaron sus sistemas con antipsicóticos que solo lograron excitar su mutismo para terminar siendo llevada a electrochoques y lavativas con agua helada con la intención de alejarla de su inercia.

Todo tratamiento era infructuoso y comenzaban a aparecer notas clínicas en las que se mencionaban su inminente deceso. Me interesé en su historia apenas vi el contrasentido clínico que expresaba, pues mientras los eruditos la identificaban con la apatía, yo solo leía en ella un sufrimiento vital que amenazaba con expulsarla de la vida. Las entrevistas que intenté estuvieron marcadas por el silencio y el laconismo de su mirada hueca. Apenas levantaba su frente a mi llegada, para luego clavar su cabeza entre las rodillas.

Le leí historias, acompañé sus soledades e intenté aun llevarle las alcaparras fritas que su madre le preparaba. Fue por accidente y por pura suerte que supe donde anidaban sus palabras, pues ante su debilidad cadavérica, fue necesario ayudarle a levantarse una vez que cayó en exhausta agonía. En sus antebrazos tenía tantos cortes que se hacía difícil encontrar un lugar por donde asirla sin que ello le generara una lastimadura. Su mirada se tornó perpleja apenas se dio cuenta que, por puro azar, se develaba su secreto. Heridas aun sangrantes compartían lecho con níveas cicatrices que confesaban antigüedades.

Me silenció con su mirada y entre lágrimas me pidió que guardara su secreto. Esa fue la primera vez que escuche su voz, y en mi parálisis solo pude asentir con la cabeza. La acompañé a su cuarto y entre lágrimas me narró su historia. Con apenas doce años fue presa de la crueldad. Uno que compartía su genética y que la triplicaba en peso, fue quien le arrebató la voz y el sentido de su existencia. Tremendo absurdo eso de ser violentada por quien debería ofrecerte cuidados. A dentelladas intentó salvar su cuerpo de la ignominia, pero una brutal bofetada le cayó su alarido. Sangrante y con los riñones hechos añicos, fue obligada al silencio e investida de una culpa que no era suya.

Su alma se embarazó de vergüenza ante la sentencia del monstruo, “¡eso es culpa suya por andar dándoselas de mujercita!”. ¿Qué debía ser entonces? Comenzó intentando negar su anatomía abrazándose el torso con ajustados fajones. Logró volver su cuerpo una figura ambigua cuando rapó su cabeza y su peso se hizo tan pobre que el único rasgo que anunciaba su naturaleza era su osamenta. Comenzó a realizarse cortes, una vez que percibió algo de alivio a su sufrimiento con el dolor de una inyección que le aplicaron. Su piel se convirtió en el último bastión de resistencia que la ataba a la vida. Practicarse cortes y producirse heridas le permitía un tipo de purga a un dolor interno que no encontraba manera de narrar.

Las palabras se quedaban chicas ante tanta amargura y sinsentido, pues su trama de coherencias se había roto. La abertura de la piel y el manar de su sangre eran la forma de disminuir un sufrimiento hondo. Mi propuesta terapéutica nació de la ignorancia, ya que no encontraba que decirle. Me daba la licencia de “no hacer nada”, ofreciéndole una escucha atenta y libre de juicios. Cuál no sería mi sorpresa ante una extravagante petición viniendo de boca suya, una vez terminaba una de nuestras sesiones. -¿Podría pedir que me traigan una sopa o un plato de arroz? ¡Es que me parte el hambre!-, dijo.

Con cada visita sus peticiones de alimento iban en franco aumento. Ahora desfilaban tamales, golosinas y todo tipo de antojos culinarios. Su pétrea máscara melancólica ahora se permitía las bromas y su caminar se hizo firme. Buscaba charlar con las enfermeras y los demás médicos de turno. Luego cambió su fúnebre atuendo por una explosión de trópico. Flores de todos los colores sobre un amarillo chillón se estampaban en sus prendas. La vi partir del psiquiátrico con abutilones colgando de sus trenzas y con una sonrisa flagrante que le exorcizaba el miedo y la vergüenza.


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