MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 9    No. 105  JUNIO DEL AÑO 2007    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

En un mundo donde se tratan de justificar actos en los cuales la muerte es un protagonista de la justicia, es necesario acudir a esfuerzos donde los derechos humanos no sean secundarios sino actores primordiales del cambio.
En nuestro país, los derechos humanos son una etiqueta que muchos miran con gran recelo y desconfianza, pues históricamente que la paz y la justicia sólo llegan a bala o que el diálogo sólo se tiene cuando nuestro enemigo está arrodillado. El intentar discutir diferencias y el acudir a procesos, son el hazmerreír de muchos incrédulos que han aprendido a vivir con la consigna de que nada se puede arreglar en nuestro país si no pagamos con la misma moneda.
¿A quién hemos recurrido para solucionar nuestras diferencias? Quizás cada uno tiene su respuesta. Pero en un momento crucial de nuestro existencia, en donde muchas familias esperan justicia y otros esperan el perdón por sus actos de barbarie, se requiere un proceso de preparación con toda la ciudadanía y la totalidad de sus generaciones, para entender qué significa hacer justicia con paz.
Varias naciones del mundo adoptaron la aplicación de la pena de muerte, argumentando que es la mejor vía para hacer justicia, y otras abolieron la
misma para crear un ambiente en donde exista respeto a la vida, sin olvidar lo sucedido. Varias naciones del mundo adoptaron la aplicación de la pena de muerte, argumentando que es la mejor vía para hacer justicia, y otras abolieron la misma para crear un ambiente en donde exista respeto a la vida, sin olvidar lo sucedido. El médico a su vez ha participado en actos irracionales, los cuales difieren en su contexto pero no en su final. Y es aquí donde no podemos dejar de condenar que nuestra profesión se preste a facilitar ejecuciones, torturas o tratos inhumanos y degradantes a cualquier persona, independientemente de su condición.
Pena capital
En 2005, un total de 2.148 personas fueron ejecutados en 22 países según Amnistía Internacional, la gran mayoría bajo el procedimiento de la inyección letal. Se calcula que el 94% de estas ejecuciones fueron llevadas a cabo en 4 países, incluyendo Irán, Arabia Saudita, China y Estados Unidos.
En los Estados Unidos de este siglo, sorprende darse cuenta que la pena de muerte continua siendo autorizada en 38 de sus estados. En tres de ellos, California, Missouri y Carolina del Norte, jueces federales ordenan a oficiales de prisión que hagan un llamado a médicos para que se esté seguro de que el prisionero permanezca inconsciente durante la ejecución, especialmente la llevada a cabo con la inyección letal, que en ocasiones al ser aplicada lleva al individuo a estar consciente y sufrir de dolor al recibirla; en ninguno de estos 3 estados fue posible encontrar este tipo de asistencia por parte del gremio médico. En total, 15 estados requieren la presencia de médicos durante la ejecución y 17 estados permiten la asistencia del galeno durante el procedimiento; los únicos estados que prohibieron cualquier participación del médico, son Illinois y Kentucky.
Hace 30 años, el Dr. A. Jay Chapman en la gobernación de Oklahoma, definió para un abogado que buscaba humanizar la ejecución de un condenado, la fórmula para un cóctel mortal que consistía en tres medicamentos. Así, este estado se convertiría en el primero en adoptar la inyección letal, medida que hasta el día de hoy ha llevado a la muerte a 900 prisioneros y sigue siendo defendida por su creador, a pesar de varios errores cometidos.
Un reciente estudio en la revista en línea PLoS Medicine, publicado en abril 24 de 2007, y un estudio en la revista Lancet, publicado en febrero 20 de 2007, encontraron que los presos sufren de dolor extremo, asfixia en estado de conciencia y parálisis durante las inyecciones letales de tiopental sódico (anestésico), bromuro de pancuronio (bloqueador neuromuscular) y el cloruro potásico (electrolito), debido a insuficientes y desordenadas dosis de los medicamentos que se utilizan en este procedimiento.
La Asociación Médica Americana (AMA en inglés), exige al médico no tomar parte en este tipo de procedimientos, no estar presente en ejecuciones durante la actividad profesional ni ofrecer asesoría técnica relacionada con la ejecución; sin embargo, un pequeño porcentaje de galenos argumenta que participar en la ejecución de otros seres humanos puede ser humano y ético. Cualquiera se preguntaría qué pasa con estos profesionales: la respuesta es que así la AMA condene este tipo de participación, las juntas de la profesión médica de cada estado (Board of Medicine en inglés), no entran en el debate que podría dejar a varios profesionales en la palestra para ser sancionados, llevando a una medida en donde se respeta la decisión de cada profesional, así la gran mayoría esté en contra.
En un artículo del New England Journal of Medicine en marzo de 2006, un médico que participa de estas ejecuciones consideró su papel como paliativo: “Un paciente con pena de muerte no es diferente del paciente que está muriendo de cáncer, excepto que el primero es por una orden judicial”.
El mundo y la humanidad continuarán un recorrido donde confluyen el dolor y la esperanza, pero no podemos olvidar que los derechos humanos son fuente primordial para iniciar un recorrido que logre traspasar la barrera del dolor. En un día como hoy, otro ser humano es asesinado y otro reo es ejecutado en el mundo, pero mientras se piensa en la venganza, reflexionemos en el por qué de nuestra barbarie: allí iniciaremos la reconciliación, que para todos tomará décadas de entendimiento.
 
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