MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 109  OCTUBRE DEL AÑO 2007    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 


Rescatar el sistema de salud
de su laberinto y simplificarlo
Olga Lucia Muñoz López - Periodista - elpulso@elhospital.org.co

En diciembre de 2004, escribíamos en El Pulso: “No resulta difícil ni saber cuáles son los cambios necesarios, ni saber si las soluciones que se planteen serán tales. Como dice el tan evocado aforismo: si no se sabe para donde se va, cualquier lugar es un destino.
Con el actual sistema no están contentos los usuarios, no están contentos las clínicas y hospitales, no lo están los médicos, y para colmo, es curioso, tampoco lo están las EPS ni las ARS. Los unos están inconformes porque no encuentran la respuesta a sus expectativas de salud; los otros porque el trabajo se les ha vuelto agobiante, mal remunerado, casual e indigno; y los últimos, porque los réditos económicos no corresponden a las expectativas de los socios. Nadie está contento. Nadie. Y cada lamento acusa su verdad. Y pensando en ello, se descubre que ese choque de intereses es suscitado por una descompensación en la concepción misma del sistema. Seamos claros: el sistema de seguridad social se concibió y se desarrolló desde la perspectiva financiera, creyendo, tal vez, que poniendo el estimulo del dinero a un nuevo actor, éste armonizaría las relaciones, actuando como buen repartidor de juego. Este nuevo contexto, como ya sabemos, no resultó ser ninguna bendición”.
Sin ánimo de acusar clarividencia, estas palabras son más vigentes que nunca, hoy en 2007. El sistema demanda ingentes recursos: según las cuentas nacionales de salud, con un gasto del 7,8% del PIB -$14,2 billones de 2000-, el sector salud es relevante en el concierto económico. Además, la reforma de la Ley 100/93 genera en forma adicional $1 billón anual en utilidades, rendimientos, comisiones, excedentes o provisiones, que en las cuentas se les llama “otros usos”, y se llevan 72% de los nuevos recursos.

Se requiere partir de un solo sistema
de salud y no de tantos como administradores existen.
El objetivo es unificar los criterios, tanto de
derechos y obligaciones, como de pagos.

Lo tragicómico del caso, es que antes de la Ley 100, el sistema de seguridad social cubría el 23% de la población, el Sistema Nacional de Salud el 40%, el sector privado el 14% y el 19% no tenía acceso al servicio de salud (según estudio que sirvió de base a la Ley 100); y hoy, según Gilberto Barón en las cuentas del sector, aún hay más del 10% de personas sin acceso y faltan por ingresar al sistema por lo menos 9 millones de colombianos de escasos recursos, más los “vinculados” del estrato medio y alto. Así, la cobertura lograda no compensa entonces la inversión, porque amén de significar el fracaso de no lograr cobertura universal en aseguramiento en 2001 (se aplazó ese logro para 2010), los resultados en salud, razón de ser de todo sistema de salud, no son los mejores.
Los indicadores de salud de la población colombiana desmejoraron de manera sustancial y apenas ahora con un nuevo Plan Nacional de Salud Pública se plantea el mejoramiento, también hacia 2010. Entonces, primera conclusión: ni cobertura universal ni resultados en salud. Eso sí: el eje del sistema de salud siempre es conservar la viabilidad financiera, mientras lo demás, incluida la salud misma de la población, pasó a segundo plano.
Un sistema laberíntico
El debate para ajustar la Ley 100 en los últimos 4 años partió de estos consensos y de la mercantilización de la salud, con la creación de un mercado imperfecto, con asimetrías y posición dominante de los aseguradores ante los prestadores de servicios, selección adversa, falta de vigilancia y control, dilatado flujo de recursos y retención de éstos en el Fosyga, un caos sempiterno en los sistemas de información y corrupción rampante.
Uno de los consensos más importantes del debate es la preservación de la estrategia de aseguramiento en el sistema de salud, porque sería mucho más costoso y regresivo desmontar el sistema para establecer otro. Pero entonces, es urgente establecer los mecanismos operativos necesarios para que esa estrategia sea efectiva. Lo primero, es resolver el caos de los sistemas de información: es inaudito que se hayan invertido multimillonarias sumas en desarrollo de un sistema de información en salud, y hoy día 7,5 millones de afiliados del régimen subsidiado hayan sido bajados de las bases de datos por incongruencia en la información o que se hagan compensaciones excepcionales a EPS por una amnistía del gobierno ante no identificación de afiliados (pago por usuarios que no se sabe quienes son ni si existen).
Pero para aquellos usuarios debidamente identificados en el sistema, está el desafío de la tramitología sin fin, para lograr el acceso al servicio de salud: seres humanos del común tienen que enfrentarse a las exigencias de un paquidérmico sistema, para hacer efectiva la materialización del derecho a la salud.
Aparece entonces en escena la telaraña de las redes de prestación de servicios, que siguen siendo disfuncionales y necesitan correctivos. Urgencias abarrotadas, “paseos de la muerte”, pacientes atrapados en redes de referencia y contra-referencia, e instituciones que infinitas veces tienen que asumir el pago de los servicios porque las aseguradoras faltan a su compromiso de pagar por el servicio prestado a sus afiliados, o glosan y glosan las cuentas, o se acostumbraron de forma poco ética a dilatar lo máximo posible en el tiempo, el pago de esas obligaciones (no pagan deudas viejas y dejan envejecer las nuevas, argumentando que a ellas tampoco les llegan a tiempo los recursos).
Viene entonces la oportunidad y la calidad en el servicio de salud, donde todos los actores tienen responsabilidades; el sistema de salud ha avanzado en ese propósito, pero el logro de las metas parece alejarse. Y en el servicio, la integralidad de los planes de beneficios está en entredicho, con un Plan Obligatorio de Servicios de Salud actualizado al mejor estilo de una colcha de retazos, con tantas caras como regímenes y aseguradores hay.
En el horizonte del sistema debería estar un órgano competente y riguroso de vigilancia y control, pero se tiene una Superintendencia de Salud inoperante, que tiene un número y una multiplicidad tal de vigilados, que difícilmente puede atender debidamente a sus obligaciones. Esto, sin contar la falta de recursos y de personal suficiente para emprender su tarea, su centralización y la “falta de dientes” sancionatorios que hagan valer su papel.
Y la judicialización en que cayó la salud, es otro asunto por resolver. Ante la negativa de servicios y medicamentos necesarios para salvar la vida y conservar la calidad de vida, los usuarios se ven obligados a acogerse al amparo de la acción redentora de las tutelas, único mecanismo que pareciera garantizarles el reconocimiento del derecho a la salud.
Los dineros de la salud son para
la salud de todos los colombianos,
no para bolsillos particulares.
Propuestas nunca han faltado
Para no avanzar más en la que siempre se queda corta enumeración de problemas del sistema de salud, cabe recordar que está sobre-diagnosticado. Por las páginas de El Pulso es mucha la tinta que ha corrido y sigue corriendo sobre el tema. Para recordar sólo algunas de esas propuestas que sería válido ejecutar para intentar sacar al sistema de su laberinto, enumeraremos algunas e insistiremos en ellas en próximas ediciones.
El eje del sistema de salud tiene que ser el mejoramiento y la preservación de la salud de todos y cada uno de los colombianos, en condiciones de equidad y justicia social.
Recuperar la salud pública para beneficio de toda la población, para que en verdad sea el “corazón del sistema de salud”.
Toda acción para mejorar el sistema de salud debe partir de una acción integral, no a pedazos como se ha venido haciendo, por decretos u otros actos administrativos aislados.
Si se parte de que el sistema tiene una estructura económica definida, hay que optimizar la utilización de recursos para garantizar el mejoramiento del estado de salud de los colombianos. Y paralelamente, garantizar el flujo oportuno de recursos entre los diversos actores del sistema, con una efectiva fiscalización por tratarse de dineros públicos no orientados al lucro, máxime cuando con ellos no se cumple su función mientras se niegan servicios o se esquivan obligaciones o se retardan los pagos; tampoco deben servir como capital de trabajo ni apalancamiento para desarrollar infraestructura particular. Los dineros de la salud son para la salud de todos los colombianos, no para bolsillos particulares.
Regulación efectiva del Estado en todo el sistema, para garantizar la materialización del derecho a la salud.
Tener Ministerio de Salud, autónomo, con real capacidad técnica para asumir la gestión de la salud en el país.
Una propuesta de El Pulso ha sido: IDENTIFICADOR ÚNICO, PAGADOR ÚNICO. Se requiere partir de un solo sistema de salud y no de tantos como administradores existen. Sería algo semejante a las tarjetas de crédito, donde los bancos funcionan con su propia marca, pero el sistema pone el sello; y con la propuesta de un solo pagador, se pretende unificar los criterios, tanto de derechos y obligaciones, como de pagos.
Sistema de información en salud: El Ministerio de la Protección Social está en mora con entregarle al país el prometido Sistema de Información en Salud.
Gestión y evaluación por resultados en salud: El Ministerio debe proveer información suficiente sobre el estado de salud de los colombianos, monitorear constantemente los indicadores y desarrollar con juicio el nuevo Plan Nacional de Salud Pública.
Vigilancia y control: Todos los colombianos la demandan.
Organización de las redes de atención: No tiene ciencia, existen los estudios, están los recursos. Falta la voluntad política y el control de intereses particulares.
 
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