MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 110  NOVIEMBRE DEL AÑO 2007    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

Hoy más que nunca urge renovar la gestión del conocimiento en salud. La masificación de los servicios y la desarticulación de actores relevantes en este campo, imponen acciones decisivas. Esa es una conclusión que se repite en las investigaciones y en los debates que antecedieron las leyes 1164 de talento humano y 1122 de reforma al sistema de salud.
En Colombia pueden identificarse tres actores clave para la gestión del conocimiento: la educación superior y los grupos de investigación, el sector público, y el subsector prestador ó asegurador; sin embargo, cada uno anda por su lado.

Tres reinos independientes
Entre los principales roles de la universidad moderna está la generación del conocimiento. Desde 1810 con la creación de la Universidad de Berlín que impulsó Guillermo de Humboldt y luego de la universidad técnica de investigación norteamericana, a principios del siglo XX, en el mundo desarrollado quedó claro que la innovación es el motor del progreso y que el conocimiento es un factor primordial de transformación social. Sucesivamente, para que la universidad sea generadora de conocimiento, son necesarios profesores con maestría ó doctorado, y tiempo dedicado a la producción investigativa original y pertinente, con la debida infraestructura y pedagogía.
En Colombia, sin embargo, continuamos anclados al modelo napoleónico transmisionista, enfocado en la reproducción masiva de profesionales, con mínimas competencias investigativas. El conocimiento se importa, los libros suelen ser recopilaciones de autores extranjeros, y la actualización depende de enviar profesionales al exterior. Los profesores carecen de maestría ó doctorado, siendo de cátedra el 75% en universidades privadas y 46% en las públicas.
En los años 70's, ante esta situación, se impulsaron las especializaciones. Una alternativa económica, que sin formar investigadores, refuerza el aprendizaje memorístico, suponiendo que la solución radica en rellenar al estudiante con más información. Es una modalidad con bajo reconocimiento internacional, que debería revisarse, y que ni siquiera esfuerzos como el decreto 1001 de 2006, del Ministerio de Educación, y el endurecimiento del registro calificado, han logrado transformar en maestrías.
El tema es largo y quedaría mucho por decir, máxime cuando la educación superior está matizada por una autonomía mal entendida, como libertad para vender cualquier programa. En efecto, muchas carreras están saturadas, como mostraron las investigaciones de Family Health Foundation, Fedesarrollo, la Universidad Javeriana, con niveles de desempleo del 30% y hasta el 60%. Naturalmente, hay que preguntar si es ético reclutar estudiantes para estos programas.
En Colombia, sin embargo, continuamos
'pegados' al modelo napoleónico transmisionista
y masificado, dedicado a la reproducción
de cohortes y cohortes de profesionales,
con mínimas competencias investigativas.
El conocimiento se importa, los libros tienden
a ser recopilaciones de autores extranjeros,
y la actualización depende de enviar
profesionales al exterior.
El subsector dedicado a la prestación y el aseguramiento también va por su cuenta. Prefiere profesionales “eficientes”, que produzcan rapidito y al corte, sin rechistar. Hace tiempo que las competencias investigativas, humanísticas y culturales del profesional de salud pasaron a tercer plano, a favor de habilidades operativas. De las posibilidades de capacitación ni hablar, mucho menos para aquellos contratados por cooperativas; tanto como decir que para conservar su trabajo, estos mismos profesionales se ven obligados a pagar su reemplazo en caso de incapacidad por enfermedad. En suma, la visión del profesional de salud es cada vez más estrecha, dada la masificación y el racionamiento de servicios, que exponen a graves riesgos éticos la práctica.
En el sector público, por su parte, el personal técnico nacional y seccional se ha reducido drásticamente con la reestructuración del Estado, que avanza desde los años 80's. Proceso que puso en contraste, dos modelos de gestión del conocimiento.
Dos modelos agotados
El primero, que podríamos llamar burocrático, se adoptó con los programas verticales de salud pública hace 40 años. Consistía en organizar grupos de investigación en las nóminas públicas. Es un modelo que se fue agotando a medida que se politizaba, que no se actualizaban las prioridades ni los profesionales y que el sector privado ofrecía mejores prerrogativas a los investigadores. Lo poco que queda de estos grupos de investigación se viene desarticulado en los últimos 15 años. De hecho, después de sucesivas reestructuraciones, en las gobernaciones, alcaldías y en el nivel nacional, los recursos de investigación son mínimos.
Luego vino la consultoría que sigue siendo un modo preferido para gestionar el conocimiento. Tiene virtudes y defectos muy visibles. La asimilación y el aprovechamiento del conocimiento puede ser precario, se arriesga la autonomía y la independencia de los investigadores ó de sus resultados, y también la continuidad de las políticas públicas.
La desarticulación de los centros de innovación e investigación con el sector productivo y el gobierno es perjudicial. Conlleva un sistema de salud que no evalúa resultados, que no diseña modelos lógicos de intervención para su contexto, y que en general está agobiado por los costos y el activismo, pero que a su vez no alcanza a solventarse importando conocimiento y modelos explicativos extranjeros. La incapacidad del país para actualizar el Plan de Beneficios en salud y de obtener resultados contundentes en el Plan de Atención Básica, son algunos efectos de esta condición.
Nuevas oportunidades
A pesar de las dificultades, existen condiciones propicias para el cambio, distintas de aquellas que conocimos hace 12 años, cuando se implantaba el Sistema General de Seguridad Social en Salud. Hoy disponemos de grupos de investigación mejor desarrollados, integrados por personas con maestría e incluso doctorado, experimentados en generación y difusión del conocimiento. Asimismo, las tecnologías de comunicación e información -TICS-, dieron un salto gigantesco.
Puesto que el sector productivo y el gobierno carecen de recursos y de la dinámica para mantener grupos exclusivos de investigación altamente capacitados, una opción es fortalecer los grupos de investigación anidados en las universidades y los centros de investigación de excelencia, vinculándolos al Plan Nacional de Salud Pública -PNSP- y a la Comisión de Regulación -CRES-, creada con la Ley 1122.
Para muchas empresas medianas ó grandes, la posibilidad de pagar una nómina de investigadores con títulos de doctorado, por ejemplo, es algo es imposible e ineficiente; sin embargo si puede ser útil contratar soluciones específicas. Esto es viable siempre que las universidades asuman la generación de conocimiento como su responsabilidad, y que los grupos de investigación se hagan más competitivos y se articulen al sector productivo ó público. En sentido inverso, es necesario que se considere la innovación y la investigación como recursos eficaces de cambio social y desarrollo.
Estas transformaciones pueden hacerse aplicando un esquema de redes que incorpore los grupos de investigación como la célula básica de la generación de conocimiento. Esta alternativa está delineada en el Plan Nacional de Salud Pública y en la Ley de talento humano en salud: no obstante, no sólo es una cuestión reglamentaria, también es de voluntades.
No es casualidad entonces que la Ley 1164 de talento humano, recién sancionada, insista en mecanismos como el Consejo Nacional de Talento Humano en Salud para armonizar los programas educativos y la práctica profesional. Asimismo, tiene toda pertinencia pedir que las universidades informen mejor a los aspirantes sobre aspectos como las posibilidades futuras de empleo ó desarrollo personal; que se cree un “Observatorio” del talento humano ó que se busque que los programas educativos correspondan mejor a las competencias profesionales requeridas. Es decir, que quienes dan empleo a los profesionales piensen en una formación más amplia, en un individuo más innovador, competente, humano y recursivo. También tiene toda sensatez establecer un sistema de recertificación que no sea de dominio exclusivo de las universidades, sino que por el contrario sirva para evaluar sus profesionales con la participación del gobierno y los colegios médicos, como contraparte que está en ejercicio directo de la práctica, evitando que quedemos “entre bomberos que no se pisan las mangueras” .
 
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