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| El experto
en salud M. Renaud dijo hace pocos años: En vísperas
del siglo XXI, está servida una dura batalla entre Panakeia,
diosa del arte médico, e Hygieia, diosa de la salud pública
y suma sacerdotisa de las reformas sociales. |
Hygieia, diosa griega
de la salud, sostiene la Copa de Leteo, con dos serpientes entrecruzadas:
su contenido puede ser curación o veneno, símbolo
del indefinido territorio entre la vida y la muerte. Su hermana
Panakeia (Panacea) cura toda enfermedad con el poder de las
plantas. Ambas eran hijas de Esculapio, dios de la medicina,
y nietas de Apolo. Esta imagen mítica resume el recorrido
que nos ofrece la historiadora Libia Restrepo Restrepo, profesora
de tiempo repleto en la Escuela de Teología,
Filosofía y Humanidades de la Universidad Pontificia
Bolivariana de Medellín, por la historia médica
desde el Medioevo hasta la Era Moderna. Ella realiza el ciclo
Revista a la Historia en Radio Bolivariana FM, junto con el
sociólogo Javier Ignacio Muñoz.
Aquí, un resumen apretado del diálogo con la experta,
quien parte de estas premisas: Generalmente asociamos
la preocupación humana por la salud, el dolor, la enfermedad
y la muerte, como fundamento del ser humano, sobre el cual se
pregunta por el desequilibrio de los males que lo acongojan,
del dolor y de aquello que lo lleva a la muerte. Del entorno
natural, por imitación, por simple intuición u
observación empírica, el hombre ha procurado aliviar
toda suerte de traumatismos. Ante la medicina científica,
racional, ilustrada, moderna, las demás las consideramos
alternativas, pero no olvidemos que la medicina científica
fue una alternativa para las otras. Las únicas evidencias
del pasado nos quedan a través de la paleo-medicina,
de evidencias fósiles (huesos, cuchillos de piedra),
hallazgos arqueológicos que muestran traumatismos o trepanaciones
que sufrieron las personas y que siguieron viviendo. Así,
la pregunta de la medicina actual, capaz de volver sobre sí
misma y preguntarse por el pasado, es: ¿qué tipo
de práctica médica y de conocimientos para ellas
se tenían? |
El Medioevo
mágico-religioso
Si se remonta uno al pasado, ese pasado no es homogéneo
ni sincrónico en todas las culturas; aún es posible
hallar en diversas sociedades, prácticas médicas
que llamaríamos salvajes o primitivas. Para los seres
humanos, tan pronto surge la escritura -sobre todo la escritura
lineal fonética-, no importa el espacio ni el tiempo:
pueden transmitir los conocimientos acumulados a otras personas.
Cada grupo humano no tiene que inventar ni intuir o averiguar,
sino que aprende de los anteriores. El saber académico
ya se da en la Edad Media, su fundamento siguen siendo Hipócrates
y Galeno, con todos los aportes de la escuela de los alejandrinos;
esa era esencialmente teocéntrica desde que el emperador
Teodosio declaró como religión oficial del Imperio
el Cristianismo, posteriormente considerado por los iluministas
como oscurantista, pues todos los fundamentos de la fe cristiana
enfocan el conocimiento de la naturaleza y del hombre, su fisiología
y enfermedades desde una perspectiva religiosa.
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A la hermosa tradición
médica grecolatina medieval se suman las influencias
todopoderosas de Dios, a través de los santos y sus reliquias,
la realeza, los anillos medicinales y una cantidad de símbolos
de la cristiandad, cargados del poder de curar; el Medioevo
trae una proliferación de santos para determinadas dolencias.
Hoy se sabe que la actitud del enfermo colabora en su recuperación,
al tener fe en éste o aquel santo o reliquia. Esa medicina
paralela mágico-religiosa, estaba en manos de los conventos
y monasterios, que curiosamente, fueron centros de saber y algunas
veces se constituyen en instituciones universitarias (Universidad
de París, Escuela de Chartres y de Salerno), con profunda
influencia árabe, y empiezan a comunicar desde la perspectiva
religiosa un saber médico. No es gratuito que en los
monasterios medievales se afianzaran estudios, por ejemplo,
de farmacología. Hay sí, limitaciones desde lo
sagrado, pues sagrado es el cuerpo humano como templo del Espíritu
Santo. Por tradición de la fundación de las universidades
desde el siglo IX, las artes liberales por excelencia fueron
Teología, Medicina y Derecho.
Alquimia: poder transformador
La alquimia surge del contacto del mundo europeo con
el mundo árabe; significa etimológicamente en
árabe, alkemeión: El Señor del Fuego. Se
fundamenta en la teoría griega de los 4 elementos: agua,
aire, tierra y fuego. Todo lo que constituye la naturaleza,
incluido el ser humano, es un equilibrio de ellos, y a través
de la alquimia se podían manipular. El alquimista trata
de hacer en su laboratorio lo que la naturaleza en el seno de
la tierra, a partir de los 4 elementos. Desde la antigüedad,
Tales de Mileto y Empédocles, formulan el principio constitutivo
de la naturaleza: si esos elementos están en constante
equilibrio, hay buen clima, y en el ser humano el desequilibrio
de uno de ellos, provoca la enfermedad; así, el hombre
supo qué comer y qué no comer. La alquimia retoma
esas nociones y desarrolla la medicina humoral, la de los 4
humores o temperamentos.
La idea alquímica medieval cristiana, de la naturaleza
como un gran libro escrito por Dios para hacer conocer sus designios,
cambia con Galileo al decir: Sí, es un gran libro escrito
por Dios, pero en caracteres matemáticos, idea fundamental
de la racionalidad ilustrada. La función del médico
en la Edad Media era curar, 'apagar el incendio', medicina preventiva
no existía: esto es invento del siglo XIX y tiene que
ver con la asepsia y la antisepsia. Las enfermedades 'no se
veían venir', y muchas como la lepra, la peste, la sífilis,
eran vistas como castigos de Dios por los pecados cometidos.
Aparentemente, un ámbito muy reducido de la medicina
y la curación, pero no habían condiciones para
pensar de otra manera. Si una planta me alimenta y también
me da somnolencia, o me quita un dolor, es pura observación
empírica, hasta que en el siglo II, Dioscórides
Grecolatino, médico griego del Imperio Romano, en una
obra bellísima sistematiza todo lo que se sabía
sobre plantas (europeas por supuesto) y para qué servían.
Cierta planta bajaba la fiebre, ésta daba sueño,
otra contrarrestaba una materia que salía por las heridas
-ellos no hablaban de infección y otros conceptos que
son modernos-.
Había una división entre médicos y cirujanos:
los médicos hablan de enfermedades aún no ubicadas
en unos órganos averiados, concepto posterior de Galeno.
El cirujano es el encargado de sacar flechas, restañar
heridas, hacer reducciones, curar fracturas. Uno y otro empiezan
a acumular y a enseñar sus conocimientos, que empiezan
a conformar un Corpus que sigue siendo válido hoy, cuando
cualquiera sabe que tomar una bebida caliente contrarresta el
frío del cuerpo y así le mandan aguapanela con
limón o determinada planta para un trastorno digestivo;
un yerbatero, indígena o campesino, sabe que el Diente
de León es digestivo. Conocimientos de muy atrás,
atraviesan toda la Edad Media, y el Descubrimiento de América
reúne saberes indígenas, asiáticos, africanos
y europeos, estudiados por la medicina racional y todavía
utilizados en medicinas paralelas.
Llega la medicina moderna
En una de las cartas que Colón envía a
la reina Isabel dando cuenta de todos sus viajes, le dice: no
hay necesidad de mandar médicos a estas tierras, porque
los naturales son muy buenos. Los conquistadores españoles,
de coraza y túnica, y los sacerdotes en pos de la cristianización,
encontraron unas prácticas médicas que incluían
también la cirugía, y fundamentados en el conocimiento
del entorno, de la naturaleza, conocían lo mismo que
los seres humanos de otras culturas: hay plantas que alivian
y plantas que matan, punto clave de la medicina racional: el
médico puede matar así como puede sanar. Y hallaron
cantidad de plantas naturales de América, que no figuraban
en los libros europeos. |
En ese segundo descubrimiento
de América, en las expediciones botánicas de los
naturalistas descubren, por ejemplo, la corteza de sauce -cuyo
principio activo se llama aspirina-, la corteza de quinina (llamada
entonces quina) en infusión contra las fiebres palúdicas,
la ipecacuana, la zarzaparrilla y muchas hierbas e incluso insectos
que curan enfermedades; eso lo conocían los indígenas,
que junto con prácticas mecánicas restablecían
la salud, y por evidencias fósiles se sabe que hasta
practicaban cirugías. Por supuesto, la morbi-mortalidad
fue muy alta hasta mediados del siglo XIX, cuando vienen los
anestésicos y la asepsia; cuando llega Louis Pasteur,
hay una ruptura total: él abriría el mundo de
lo infinitamente pequeño.
Si un indígena tenía un dedo hinchado, iba donde
su chamán, quien veía el efecto visible y buscaba
la causa invisible y decía: eso es mal de ojo, haga estas
oraciones, tómese estas bebidas y yo le hago estos conjuros.
Quizás, más por las bebidas y por la predisposición
clínica del paciente, se iba recuperando. Hoy, yo voy
a una EPS con un dedo hinchado (efecto visible), el médico
me dice: eso es una infección -causa invisible, porque
a ojo pelado no la podemos ver-. Igual me manda un tratamiento
y me opero. |
Con su obra De Humanis Corporis
Fabrica (1543), Vesalio sentó las bases de la
anatomía moderna.
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Lo que funciona
en toda la sociedad es el principio de causa-efecto, para descubrir
el origen de la enfermedad, una etiología. Los indígenas
no lo tenían sistematizado desde la perspectiva europea,
de la cultura occidental, pero tenían prácticas
muy eficaces. Al mundo americano ingresan médicos españoles,
y se da un amasijo entre ellos y miles de prácticas médicas
indígenas y africanas, que persisten desde entonces a
la sombra y hoy vuelven a hacerse visibles.
El Renacimiento médico
El Renacimiento trae personajes tan importantes como
Fracastoro -médico que vivió entre los siglos
XV y XVI, sirvió al Papa Pablo III e introdujo nociones
como la de contagio-, Andrea Vesalio -con sus observaciones
anatómicas- y muchos otros. De la observación
anatómica se pasa a la fisiológica. El período
renacentista tiene la particularidad de que el centro del mundo
ya no es Dios sino el Hombre, la idea antropocéntrica
como medida de todas las cosas, el mundo visto a la luz de la
razón intelectual y no de la explicación religiosa.
Los médicos trabajan sobre el cuerpo del hombre; la vida,
si no sagrada, por lo menos es un don valioso, y quienes tienen
a su cargo la atención de un enfermo son intervenidos
por los gobiernos desde hace siglos. En el Código de
Hammurabi, que tiene al menos 3.500 años, los reyes imponen
a los médicos una serie de vigilancias: qué hace;
cómo lo hace; si cura, déle los honorarios; si
no cura, sanciónelo, inclusive, déle la muerte,
porque el médico se la juega es con la vida humana. Ya
luego los romanos tenían reglas severas sobre el ejercicio
de la medicina y la cirugía.
El diálogo de los saberes
Un documento de la Organización Mundial de la
Salud considera que al lado de cada hospital moderno debe haber
un hospital tradicional, para que al paciente con su cultura,
con toda la vigilancia de una medicina racional, se le permitan
las condiciones de una medicina y un acompañamiento cultural
para lograr su bienestar. La postura más inteligente
sería un diálogo entre los distintos saberes y
prácticas médicas: eso enriquecería a todos.
La actitud del médico hoy por hoy debe ser de apertura
epistemológica y científica, para ver qué
hay en cada práctica médica que vale la pena escudriñar
y recuperar para el bienestar del ser humano. Ahora, ante la
proliferación de charlatanes y negociantes, definitivamente,
la reglamentación estatal sobre las prácticas
médicas debe ser una vigilancia constante. Debe ser:
a ver, usted qué sabe, dónde aprendió,
de dónde vienen sus conocimientos, qué hace, cómo
son su consultorio y sus centros de atención. Un Estado
que asegure la vida y la tranquilidad de los individuos, debe
meter la mano ahí.
Resumiendo esta constructiva dialéctica, el experto en
salud M. Renaud dijo hace pocos años: En vísperas
del siglo XXI, está servida una dura batalla entre Panakeia,
diosa del arte médico, e Hygieia, diosa de la salud pública
y suma sacerdotisa de las reformas sociales. |
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| Ocioso
lector |
Paracelso y la
Naturaleza como Maestra |
El gran médico, alquimista
y pensador suizo del Renacimiento, Teofrasto Bombastus Von Hohenheim,
o Paracelso, intuyó la unión invisible hombre-cosmos.
En su Tratado de las Enfermedades Invisibles, dice: La
Medicina se funda sobre la Naturaleza, la Naturaleza es la Medicina,
y solamente en aquella deben buscarla los hombres. La Naturaleza
es el maestro del médico, ya que ella es más antigua
que él, y ella existe dentro y fuera del hombre. Bendito,
pues, aquel que lee en los libros del Señor, y que camina
por la senda que Él ha trazado.
Esos son los hombres fieles, sinceros, perfectos de su profesión;
andan firmes bajo la plena luz del día de la ciencia
y no por los abismos obscuros del error... |
Porque los misterios de Dios
en la Naturaleza son infinitos. Él trabaja donde quiere,
como quiere, cuando quiere. Por esto debemos investigar, llamar,
interrogar, Y la pregunta nace: ¿Qué clase de
hombre debe ser aquel que busca, llama e interroga? ¡Cuán
verdadera deberá ser la sinceridad de tal hombre, cuán
verdadera su fe, su pureza, su castidad, su misericordia!
(
). Ningún médico puede decir que
una enfermedad es incurable. Al decirlo, reniega de Dios, reniega
de la Naturaleza, desprecia el Gran Arcano de la Creación.
No existe ninguna enfermedad, por terrible que sea, para la
cual no haya previsto Dios la cura correspondiente.
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Particularmente lúcidos
son los siguientes apartes de su libro sobre Los Tres Principios:
El verdadero médico no se jacta de su habilidad
ni alaba sus medicinas, ni procura monopolizar el derecho de
explotar al enfermo, pues sabe que la obra ha de alabar al maestro
y no el maestro a la obra (
). Hay un conocimiento
que deriva del hombre y otro que deriva de Dios por medio de
la luz de la Naturaleza. El que no ha nacido para médico,
nunca lo será. El médico debe ser leal y caritativo.
El egoísta muy poco hará a favor de sus enfermos.
Conocer las experiencias de los demás, es muy útil
para un médico, pero toda la ciencia de los libros no
basta para hacer médico a un hombre, a menos que lo sea
ya por la Naturaleza. Sólo Dios da la sabiduría
médica.
Sobre su principio del Archeus, el corazón de los elementos,
Paracelso señala: Debido a esta fuerza nace el
árbol de una pequeña semilla. El poder de los
elementos hace que la planta viva y se desarrolle. Por esta
misma energía los animales se nutren y crecen. Asimismo,
esa fuerza reside en el cuerpo humano: cada órgano tiene
su energía propia, que lo fortifica y lo renueva; de
no ser así, perecería. Por esto, la fuerza del
Archeus es en cada uno de los miembros del cuerpo humano, la
fuerza creadora y vivificante del Macrocosmos y del Microcosmos. |
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