MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 115 ABRIL DEL AÑO 2008    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

 
Del Medioevo
mágico-religioso a
la medicina moderna
Hernando Guzmán Paniagua
Periodista elpulso@elhospital.org.co
El experto en salud M. Renaud dijo hace pocos años: “En vísperas del siglo XXI, está servida una dura batalla entre Panakeia, diosa del arte médico, e Hygieia, diosa de la salud pública y suma sacerdotisa de las reformas sociales”.
Hygieia, diosa griega de la salud, sostiene la Copa de Leteo, con dos serpientes entrecruzadas: su contenido puede ser curación o veneno, símbolo del indefinido territorio entre la vida y la muerte. Su hermana Panakeia (Panacea) cura toda enfermedad con el poder de las plantas. Ambas eran hijas de Esculapio, dios de la medicina, y nietas de Apolo. Esta imagen mítica resume el recorrido que nos ofrece la historiadora Libia Restrepo Restrepo, profesora de “tiempo repleto” en la Escuela de Teología, Filosofía y Humanidades de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, por la historia médica desde el Medioevo hasta la Era Moderna. Ella realiza el ciclo Revista a la Historia en Radio Bolivariana FM, junto con el sociólogo Javier Ignacio Muñoz.
Aquí, un resumen apretado del diálogo con la experta, quien parte de estas premisas: “Generalmente asociamos la preocupación humana por la salud, el dolor, la enfermedad y la muerte, como fundamento del ser humano, sobre el cual se pregunta por el desequilibrio de los males que lo acongojan, del dolor y de aquello que lo lleva a la muerte. Del entorno natural, por imitación, por simple intuición u observación empírica, el hombre ha procurado aliviar toda suerte de traumatismos. Ante la medicina científica, racional, ilustrada, moderna, las demás las consideramos alternativas, pero no olvidemos que la medicina científica fue una alternativa para las otras. Las únicas evidencias del pasado nos quedan a través de la paleo-medicina, de evidencias fósiles (huesos, cuchillos de piedra), hallazgos arqueológicos que muestran traumatismos o trepanaciones que sufrieron las personas y que siguieron viviendo. Así, la pregunta de la medicina actual, capaz de volver sobre sí misma y preguntarse por el pasado, es: ¿qué tipo de práctica médica y de conocimientos para ellas se tenían?
El Medioevo mágico-religioso
Si se remonta uno al pasado, ese pasado no es homogéneo ni sincrónico en todas las culturas; aún es posible hallar en diversas sociedades, prácticas médicas que llamaríamos salvajes o primitivas. Para los seres humanos, tan pronto surge la escritura -sobre todo la escritura lineal fonética-, no importa el espacio ni el tiempo: pueden transmitir los conocimientos acumulados a otras personas. Cada grupo humano no tiene que inventar ni intuir o averiguar, sino que aprende de los anteriores. El saber académico ya se da en la Edad Media, su fundamento siguen siendo Hipócrates y Galeno, con todos los aportes de la escuela de los alejandrinos; esa era esencialmente teocéntrica desde que el emperador Teodosio declaró como religión oficial del Imperio el Cristianismo, posteriormente considerado por los iluministas como oscurantista, pues todos los fundamentos de la fe cristiana enfocan el conocimiento de la naturaleza y del hombre, su fisiología y enfermedades desde una perspectiva religiosa.
A la hermosa tradición médica grecolatina medieval se suman las influencias todopoderosas de Dios, a través de los santos y sus reliquias, la realeza, los anillos medicinales y una cantidad de símbolos de la cristiandad, cargados del poder de curar; el Medioevo trae una proliferación de santos para determinadas dolencias. Hoy se sabe que la actitud del enfermo colabora en su recuperación, al tener fe en éste o aquel santo o reliquia. Esa medicina paralela mágico-religiosa, estaba en manos de los conventos y monasterios, que curiosamente, fueron centros de saber y algunas veces se constituyen en instituciones universitarias (Universidad de París, Escuela de Chartres y de Salerno), con profunda influencia árabe, y empiezan a comunicar desde la perspectiva religiosa un saber médico. No es gratuito que en los monasterios medievales se afianzaran estudios, por ejemplo, de farmacología. Hay sí, limitaciones desde lo sagrado, pues sagrado es el cuerpo humano como templo del Espíritu Santo. Por tradición de la fundación de las universidades desde el siglo IX, las artes liberales por excelencia fueron Teología, Medicina y Derecho.
Alquimia: poder transformador
La alquimia surge del contacto del mundo europeo con el mundo árabe; significa etimológicamente en árabe, alkemeión: El Señor del Fuego. Se fundamenta en la teoría griega de los 4 elementos: agua, aire, tierra y fuego. Todo lo que constituye la naturaleza, incluido el ser humano, es un equilibrio de ellos, y a través de la alquimia se podían manipular. El alquimista trata de hacer en su laboratorio lo que la naturaleza en el seno de la tierra, a partir de los 4 elementos. Desde la antigüedad, Tales de Mileto y Empédocles, formulan el principio constitutivo de la naturaleza: si esos elementos están en constante equilibrio, hay buen clima, y en el ser humano el desequilibrio de uno de ellos, provoca la enfermedad; así, el hombre supo qué comer y qué no comer. La alquimia retoma esas nociones y desarrolla la medicina humoral, la de los 4 humores o temperamentos.
La idea alquímica medieval cristiana, de la naturaleza como un gran libro escrito por Dios para hacer conocer sus designios, cambia con Galileo al decir: Sí, es un gran libro escrito por Dios, pero en caracteres matemáticos, idea fundamental de la racionalidad ilustrada. La función del médico en la Edad Media era curar, 'apagar el incendio', medicina preventiva no existía: esto es invento del siglo XIX y tiene que ver con la asepsia y la antisepsia. Las enfermedades 'no se veían venir', y muchas como la lepra, la peste, la sífilis, eran vistas como castigos de Dios por los pecados cometidos. Aparentemente, un ámbito muy reducido de la medicina y la curación, pero no habían condiciones para pensar de otra manera. Si una planta me alimenta y también me da somnolencia, o me quita un dolor, es pura observación empírica, hasta que en el siglo II, Dioscórides Grecolatino, médico griego del Imperio Romano, en una obra bellísima sistematiza todo lo que se sabía sobre plantas (europeas por supuesto) y para qué servían. Cierta planta bajaba la fiebre, ésta daba sueño, otra contrarrestaba una materia que salía por las heridas -ellos no hablaban de infección y otros conceptos que son modernos-.
Había una división entre médicos y cirujanos: los médicos hablan de enfermedades aún no ubicadas en unos órganos averiados, concepto posterior de Galeno. El cirujano es el encargado de sacar flechas, restañar heridas, hacer reducciones, curar fracturas. Uno y otro empiezan a acumular y a enseñar sus conocimientos, que empiezan a conformar un Corpus que sigue siendo válido hoy, cuando cualquiera sabe que tomar una bebida caliente contrarresta el frío del cuerpo y así le mandan aguapanela con limón o determinada planta para un trastorno digestivo; un yerbatero, indígena o campesino, sabe que el Diente de León es digestivo. Conocimientos de muy atrás, atraviesan toda la Edad Media, y el Descubrimiento de América reúne saberes indígenas, asiáticos, africanos y europeos, estudiados por la medicina racional y todavía utilizados en medicinas paralelas.
Llega la medicina moderna
En una de las cartas que Colón envía a la reina Isabel dando cuenta de todos sus viajes, le dice: no hay necesidad de mandar médicos a estas tierras, porque los naturales son muy buenos. Los conquistadores españoles, de coraza y túnica, y los sacerdotes en pos de la cristianización, encontraron unas prácticas médicas que incluían también la cirugía, y fundamentados en el conocimiento del entorno, de la naturaleza, conocían lo mismo que los seres humanos de otras culturas: hay plantas que alivian y plantas que matan, punto clave de la medicina racional: el médico puede matar así como puede sanar. Y hallaron cantidad de plantas naturales de América, que no figuraban en los libros europeos.
En ese segundo descubrimiento de América, en las expediciones botánicas de los naturalistas descubren, por ejemplo, la corteza de sauce -cuyo principio activo se llama aspirina-, la corteza de quinina (llamada entonces quina) en infusión contra las fiebres palúdicas, la ipecacuana, la zarzaparrilla y muchas hierbas e incluso insectos que curan enfermedades; eso lo conocían los indígenas, que junto con prácticas mecánicas restablecían la salud, y por evidencias fósiles se sabe que hasta practicaban cirugías. Por supuesto, la morbi-mortalidad fue muy alta hasta mediados del siglo XIX, cuando vienen los anestésicos y la asepsia; cuando llega Louis Pasteur, hay una ruptura total: él abriría el mundo de lo infinitamente pequeño.
Si un indígena tenía un dedo hinchado, iba donde su chamán, quien veía el efecto visible y buscaba la causa invisible y decía: eso es mal de ojo, haga estas oraciones, tómese estas bebidas y yo le hago estos conjuros. Quizás, más por las bebidas y por la predisposición clínica del paciente, se iba recuperando. Hoy, yo voy a una EPS con un dedo hinchado (efecto visible), el médico me dice: eso es una infección -causa invisible, porque a ojo pelado no la podemos ver-. Igual me manda un tratamiento y me opero.
Con su obra “De Humanis Corporis Fabrica” (1543), Vesalio sentó las bases de la anatomía moderna.
Lo que funciona en toda la sociedad es el principio de causa-efecto, para descubrir el origen de la enfermedad, una etiología. Los indígenas no lo tenían sistematizado desde la perspectiva europea, de la cultura occidental, pero tenían prácticas muy eficaces. Al mundo americano ingresan médicos españoles, y se da un amasijo entre ellos y miles de prácticas médicas indígenas y africanas, que persisten desde entonces a la sombra y hoy vuelven a hacerse visibles.
El Renacimiento médico
El Renacimiento trae personajes tan importantes como Fracastoro -médico que vivió entre los siglos XV y XVI, sirvió al Papa Pablo III e introdujo nociones como la de contagio-, Andrea Vesalio -con sus observaciones anatómicas- y muchos otros. De la observación anatómica se pasa a la fisiológica. El período renacentista tiene la particularidad de que el centro del mundo ya no es Dios sino el Hombre, la idea antropocéntrica como medida de todas las cosas, el mundo visto a la luz de la razón intelectual y no de la explicación religiosa. Los médicos trabajan sobre el cuerpo del hombre; la vida, si no sagrada, por lo menos es un don valioso, y quienes tienen a su cargo la atención de un enfermo son intervenidos por los gobiernos desde hace siglos. En el Código de Hammurabi, que tiene al menos 3.500 años, los reyes imponen a los médicos una serie de vigilancias: qué hace; cómo lo hace; si cura, déle los honorarios; si no cura, sanciónelo, inclusive, déle la muerte, porque el médico se la juega es con la vida humana. Ya luego los romanos tenían reglas severas sobre el ejercicio de la medicina y la cirugía.
El diálogo de los saberes
Un documento de la Organización Mundial de la Salud considera que al lado de cada hospital moderno debe haber un hospital tradicional, para que al paciente con su cultura, con toda la vigilancia de una medicina racional, se le permitan las condiciones de una medicina y un acompañamiento cultural para lograr su bienestar. La postura más inteligente sería un diálogo entre los distintos saberes y prácticas médicas: eso enriquecería a todos. La actitud del médico hoy por hoy debe ser de apertura epistemológica y científica, para ver qué hay en cada práctica médica que vale la pena escudriñar y recuperar para el bienestar del ser humano. Ahora, ante la proliferación de charlatanes y negociantes, definitivamente, la reglamentación estatal sobre las prácticas médicas debe ser una vigilancia constante. Debe ser: a ver, usted qué sabe, dónde aprendió, de dónde vienen sus conocimientos, qué hace, cómo son su consultorio y sus centros de atención. Un Estado que asegure la vida y la tranquilidad de los individuos, debe meter la mano ahí”.
Resumiendo esta constructiva dialéctica, el experto en salud M. Renaud dijo hace pocos años: “En vísperas del siglo XXI, está servida una dura batalla entre Panakeia, diosa del arte médico, e Hygieia, diosa de la salud pública y suma sacerdotisa de las reformas sociales”.
 
Ocioso lector
Paracelso y la
Naturaleza como Maestra
El gran médico, alquimista y pensador suizo del Renacimiento, Teofrasto Bombastus Von Hohenheim, o Paracelso, intuyó la unión invisible hombre-cosmos. En su Tratado de las Enfermedades Invisibles, dice: “La Medicina se funda sobre la Naturaleza, la Naturaleza es la Medicina, y solamente en aquella deben buscarla los hombres. La Naturaleza es el maestro del médico, ya que ella es más antigua que él, y ella existe dentro y fuera del hombre. Bendito, pues, aquel que lee en los libros del Señor, y que camina por la senda que Él ha trazado.
Esos son los hombres fieles, sinceros, perfectos de su profesión; andan firmes bajo la plena luz del día de la ciencia y no por los abismos obscuros del error...
Porque los misterios de Dios en la Naturaleza son infinitos. Él trabaja donde quiere, como quiere, cuando quiere. Por esto debemos investigar, llamar, interrogar, Y la pregunta nace: ¿Qué clase de hombre debe ser aquel que busca, llama e interroga? ¡Cuán verdadera deberá ser la sinceridad de tal hombre, cuán verdadera su fe, su pureza, su castidad, su misericordia!” (…). “Ningún médico puede decir que una enfermedad es incurable. Al decirlo, reniega de Dios, reniega de la Naturaleza, desprecia el Gran Arcano de la Creación. No existe ninguna enfermedad, por terrible que sea, para la cual no haya previsto Dios la cura correspondiente”.
Particularmente lúcidos son los siguientes apartes de su libro sobre Los Tres Principios: “El verdadero médico no se jacta de su habilidad ni alaba sus medicinas, ni procura monopolizar el derecho de explotar al enfermo, pues sabe que la obra ha de alabar al maestro y no el maestro a la obra” (…). “Hay un conocimiento que deriva del hombre y otro que deriva de Dios por medio de la luz de la Naturaleza. El que no ha nacido para médico, nunca lo será. El médico debe ser leal y caritativo. El egoísta muy poco hará a favor de sus enfermos. Conocer las experiencias de los demás, es muy útil para un médico, pero toda la ciencia de los libros no basta para hacer médico a un hombre, a menos que lo sea ya por la Naturaleza. Sólo Dios da la sabiduría médica”.
Sobre su principio del Archeus, el corazón de los elementos, Paracelso señala: “Debido a esta fuerza nace el árbol de una pequeña semilla. El poder de los elementos hace que la planta viva y se desarrolle. Por esta misma energía los animales se nutren y crecen. Asimismo, esa fuerza reside en el cuerpo humano: cada órgano tiene su energía propia, que lo fortifica y lo renueva; de no ser así, perecería. Por esto, la fuerza del Archeus es en cada uno de los miembros del cuerpo humano, la fuerza creadora y vivificante del Macrocosmos y del Microcosmos”.
 



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