Durante el último
mes, los medios nacionales e internacionales han tratado de
informar al mundo lo que significa la libertad después
de un secuestro. Este cubrimiento mediático ha tenido
un efecto inmediato de rechazo hacia toda organización
o individuo que utilice el secuestro como forma de intimidación,
pero también nos ha dado muestra de la necesidad de analizar
el efecto de tanta atención de los medios en los recién
liberados.
Hay dos temas que ameritan ser evaluados en este contexto: el
de los liberados y secuestrados en sí, y el del tratamiento
que han recibido por parte de los medios de comunicación.
El periodismo nacional e internacional en su mayoría
ha optado por un oportunismo para obtener la información,
sin tener en cuenta el componente emocional y psíquico
del liberado durante la entrevista. La primicia va por encima
de cualquier código ético, y sobrepasa cualquier
respeto al silencio y la privacidad.
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En vez
de ser humanas, respetuosas e informativas, las preguntas realizadas
se han tornado en un mar de intromisión, irrespeto e
irreverencia que pueden provocar un deterioro y re-traumatización
de la persona entrevistada.
Al observar este tipo de periodismo, debemos preguntarnos qué
tan preparados están los medios para entender lo que
significa exponer un individuo a una serie de preguntas que
ni siquiera él o ella han podido responderse a sí
mismos. El asumir que la persona está en sus capacidades
para responder cualquier tipo de pregunta, porque se expresa
y luce físicamente estable, es una equivocación.
Las personas que lideran el periodismo necesitan hacer un alto
en el camino y analizar cuál es el objetivo primordial
de informar.
El haber sido testigo o victima de cualquier acto violento,
como en este caso lo es el secuestro, lleva a expresar la vivencia
ocurrida de muchas maneras, que necesitan ser entendidas y valoradas
sin tiempo limitado. Cada liberado necesita ser evaluado y tratado
por personal capacitado, en un contexto de confianza y seguridad,
para que el tratamiento tenga un significado en su vida.
Es importante no dividir por compartimientos al individuo en
cuanto a su salud, pues el no estar padeciendo una enfermedad
infecciosa, viral o crónica no es un indicativo absoluto
en su recuperación. El estado de ánimo, los trastornos
afectivos o emocionales entre otros, sumados a reacciones a
ese estrés sufrido, pueden llevar a que esa recién
obtenida libertad sea un impedimento en la recuperación
y adaptación de esta persona, llevando esto no sólo
a un deterioro del individuo, sino también del entorno
familiar.
La privacidad y el respeto al silencio deben ser estandartes
en cualquier búsqueda de la información, pues
la inmediatez de las comunicaciones ha llevado a que el periodismo,
como la medicina trazada por estadísticas, autorizaciones
y tiempos limitados, se distancie de lo humano. En este caso,
la importancia de una intervención terapéutica
en pro de la salud mental, queda relegada.
Como ciudadanos, tenemos el deber de hacer presencia en escenarios
de discusión que son de nuestra incumbencia. No olvidemos
que la persona o paciente requiere ante todo sentir la seguridad
de su entorno, para avanzar en su proceso de adaptación
o recuperación. No culpemos a aquellos que por consecuencia
de la inmediatez periodística ahora empiezan a ser juzgados
y señalados, por los que pocos días antes clamaron
por su libertad. Este es un momento ideal para iniciar la discusión
con aquellos que definen su éxito basado en lo mediático,
más aún cuando está de por medio un ser
que sufrió lo inimaginable . |