EDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 10    No. 123 DICIEMBRE DEL AÑO 2008    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Fundado en Medellín, el 30 de julio de 1998. Director: Julio Ernesto Toro Restrepo. Comite Editorial: Juan Guillermo Maya Salinas, Alba Luz Arroyave, Jairo Humberto Restrepo, Javier Ignacio Muñoz y Gonzalo Medina. Dirección Comercial: Diana Cecilia Arbeláez. Editora: Olga Lucía Muñoz López. Asesoras comerciales: Amparo Abril Rojas y María Eugenia Botero. Web master: Santiago Ospina Gómez


¿Cuál futuro en un país
de niños violentados?

“Ellos son todo. Y son un mar, y son las perlas, y las estrellas y, a no dudar, son la presencia de Dios acá; todos los niños, los niños todos, de aquí… y de allá”.
En toda guerra, las primeras víctimas son los seres más débiles. Y los más débiles de los débiles, en cualquier sociedad, son los niños. Ellos, por su naturaleza y condición, dependen de los demás para todo: para sobrevivir, para crecer, para socializar, para formarse su propia personalidad, para instruirse en el conocimiento del mundo, de sus artes, ciencias y oficios; en suma, para vivir y convertirse en adultos autónomos.
En nuestro país, considerado uno de los más violentos del mundo, de cuando en cuando las noticias nos recuerdan que la guerra en Colombia tiene un escenario privilegiado: la casa, puertas adentro. La tragedia de la violencia se convierte en problema de salud pública más que por el conflicto armado, la pobreza y la inequidad social, por los índices de violencia intra-familiar, esa violencia de puertas adentro, que configura el carácter individual y colectivo. Y las víctimas en su inmensa mayoría, son las mujeres y los niños, éstos últimos en un grado mayor de indefensión natural contra un agresor adulto, por su condición: son seres más pequeños en tamaño y en fuerza física, presa fácil del engaño y la mentira, sugestionables, inocentes en la medida en que no esperan algo malo de su familia o personas cercanas, y que creen en los adultos, pues dependen de ellos y están confiados natural y legalmente a su cuidado.
Los maltratos y abusos contra los niños no son nuevos en la historia, ni en ningún lugar del planeta, que se sepa. La tragedia silenciosa se fue haciendo cada vez más visible. Y para el caso de Colombia, el maltrato físico y emocional está entroncado en la cultura de las diversas regiones, asumiendo diversas formas. El caso es que hoy, a comienzos del siglo XXI, las estadísticas de organizaciones públicas y privadas, nacionales e internacionales, dan cuenta de esa tragedia que a veces salta a los titulares de prensa: En el momento en que Usted lee estas líneas, miles de niños y niñas están siendo víctimas de una acción violenta por parte de un adulto, que atenta contra su integridad física o emocional, contra su libertad y hasta contra su vida, en un claro y cruel abuso del estado de indefensión natural de los pequeños.
Por estos días, sobrecogían unas declaraciones de la concejal de Bogotá, Gilma Jiménez, cuando indicó que este año van asesinados en el país 653 niños, y agregaba que “están matando más niños que sindicalistas”. Pero igual de abrumadoras son las cifras de maltrato, de abuso, de explotación, de abandono y de toda forma de violencia contra niños en el país, como señalamos en esta edición de EL PULSO. Recordando además que por no haber una cultura de denuncia, esas cifras son apenas indicios de la magnitud real de la situación, que habla más de barbarie que de otra cosa, porque sólo en una mentalidad alterada, cabe el atentar de una u otra forma contra un niño.
En una sociedad que se precie de civilizada, no se debería tolerar el hambre; la negligencia; la violencia física, sexual o psicológica; la explotación laboral y sexual; el maltrato y abandono, y todo comportamiento que aún siendo aceptado culturalmente, vaya en contravía de los derechos de los niños.
Por eso, es urgente una cruzada por los niños colombianos, que parta de todos y que permita crear un “mundo apropiado para los niños”. Debe formularse y cumplirse un compromiso público por la infancia, para que no muera ningún infante por una causa evitable; para que todos sean registrados al momento de nacer, sean vacunados en los primeros años y gocen de una nutrición sana y equilibrada. Para que no haya ningún niño o niña fuera de la escuela, y que las escuelas sean cada vez de mejor calidad. Para que tengan acceso a la recreación y al goce de los bienes de la cultura, al uso creativo del tiempo libre y al deporte; para que sean sujetos de protección especial en caso de emergencia, como rezan los Derechos de los Niños. Para que en verdad, exista una política de protección efectiva, de esos seres que la necesitan.
Los niños son la promesa de futuro. Si todos: cada uno en lo particular y el Estado en lo general, no vela por la protección e integridad de nuestros niños, ¿cómo vislumbrar entonces una segunda oportunidad sobre la tierra, como invocaba García Márquez?

 
 




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