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Ellos son todo. Y son un mar, y son las perlas,
y las estrellas y, a no dudar, son la presencia de Dios
acá; todos los niños, los niños todos,
de aquí
y de allá.
En toda guerra, las primeras víctimas son los seres
más débiles. Y los más débiles
de los débiles, en cualquier sociedad, son los niños.
Ellos, por su naturaleza y condición, dependen de
los demás para todo: para sobrevivir, para crecer,
para socializar, para formarse su propia personalidad, para
instruirse en el conocimiento del mundo, de sus artes, ciencias
y oficios; en suma, para vivir y convertirse en adultos
autónomos.
En nuestro país, considerado uno de los más
violentos del mundo, de cuando en cuando las noticias nos
recuerdan que la guerra en Colombia tiene un escenario privilegiado:
la casa, puertas adentro. La tragedia de la violencia se
convierte en problema de salud pública más
que por el conflicto armado, la pobreza y la inequidad social,
por los índices de violencia intra-familiar, esa
violencia de puertas adentro, que configura el carácter
individual y colectivo. Y las víctimas en su inmensa
mayoría, son las mujeres y los niños, éstos
últimos en un grado mayor de indefensión natural
contra un agresor adulto, por su condición: son seres
más pequeños en tamaño y en fuerza
física, presa fácil del engaño y la
mentira, sugestionables, inocentes en la medida en que no
esperan algo malo de su familia o personas cercanas, y que
creen en los adultos, pues dependen de ellos y están
confiados natural y legalmente a su cuidado.
Los maltratos y abusos contra los niños no son nuevos
en la historia, ni en ningún lugar del planeta, que
se sepa. La tragedia silenciosa se fue haciendo cada vez
más visible. Y para el caso de Colombia, el maltrato
físico y emocional está entroncado en la cultura
de las diversas regiones, asumiendo diversas formas. El
caso es que hoy, a comienzos del siglo XXI, las estadísticas
de organizaciones públicas y privadas, nacionales
e internacionales, dan cuenta de esa tragedia que a veces
salta a los titulares de prensa: En el momento en que Usted
lee estas líneas, miles de niños y niñas
están siendo víctimas de una acción
violenta por parte de un adulto, que atenta contra su integridad
física o emocional, contra su libertad y hasta contra
su vida, en un claro y cruel abuso del estado de indefensión
natural de los pequeños.
Por estos días, sobrecogían unas declaraciones
de la concejal de Bogotá, Gilma Jiménez, cuando
indicó que este año van asesinados en el país
653 niños, y agregaba que están matando
más niños que sindicalistas. Pero igual
de abrumadoras son las cifras de maltrato, de abuso, de
explotación, de abandono y de toda forma de violencia
contra niños en el país, como señalamos
en esta edición de EL PULSO. Recordando además
que por no haber una cultura de denuncia, esas cifras son
apenas indicios de la magnitud real de la situación,
que habla más de barbarie que de otra cosa, porque
sólo en una mentalidad alterada, cabe el atentar
de una u otra forma contra un niño.
En una sociedad que se precie de civilizada, no se debería
tolerar el hambre; la negligencia; la violencia física,
sexual o psicológica; la explotación laboral
y sexual; el maltrato y abandono, y todo comportamiento
que aún siendo aceptado culturalmente, vaya en contravía
de los derechos de los niños.
Por eso, es urgente una cruzada por los niños colombianos,
que parta de todos y que permita crear un mundo apropiado
para los niños. Debe formularse y cumplirse
un compromiso público por la infancia, para que no
muera ningún infante por una causa evitable; para
que todos sean registrados al momento de nacer, sean vacunados
en los primeros años y gocen de una nutrición
sana y equilibrada. Para que no haya ningún niño
o niña fuera de la escuela, y que las escuelas sean
cada vez de mejor calidad. Para que tengan acceso a la recreación
y al goce de los bienes de la cultura, al uso creativo del
tiempo libre y al deporte; para que sean sujetos de protección
especial en caso de emergencia, como rezan los Derechos
de los Niños. Para que en verdad, exista una política
de protección efectiva, de esos seres que la necesitan.
Los niños son la promesa de futuro. Si todos: cada
uno en lo particular y el Estado en lo general, no vela
por la protección e integridad de nuestros niños,
¿cómo vislumbrar entonces una segunda oportunidad
sobre la tierra, como invocaba García Márquez?
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