Esta
creencia con poco fundamento científico, ha llevado a
un inadecuado manejo de los cadáveres desde el punto
de vista de identificación, manipulación y sepultura.
Las epidemias usualmente son causadas por agentes infecciosos
que se transmiten de una persona enferma o infectada a una susceptible
o a través de una fuente común, y que requiere
de condiciones adecuadas para sobrevivir. Una vez que cesan
las funciones vitales en una persona, las posibilidades de supervivencia
de un microorganismo en él, van siendo pocas a medida
que pasan las horas, contrario a lo que se piensa en el sentido
de que a mayor permanencia de los cadáveres, por ejemplo
a la intemperie, mayor riego de epidemias. Por otro lado, las
víctimas mortales de un desastre no tienen un riesgo
diferente al de la población general, de tener un agente
infeccioso en su organismo y el hecho de fallecer no incrementa
este riesgo, ya que aquellos relacionados con la putrefacción
no implican riesgo para los vivos.
Es innegable que puede existir un riesgo de adquirir un agente
infeccioso a partir de un cadáver, especialmente a través
de contacto de piel no intacta o mucosas con sustancias contaminadas
tales como sangre, para virus como los de la hepatitis B o C
y el VIH, o secreciones gastrointestinales para rotavirus, virus
de la hepatitis A y bacterias como Salmonella, Shigella o Vibrio
cholera. De igual forma puede haber transmisión de agentes
vía aerosoles o gotas, como los causantes de tuberculosis
o enfermedad meningocócica. Sin embargo, este riesgo
está en relación directa con la forma como se
haga la manipulación de los cadáveres y es en
la práctica un riesgo más individual que colectivo,
y como ya se mencionó, está en relación
inversa respecto del tiempo post-morten.
Adicionalmente: talvez por pensar en el riesgo que representan
los muertos, no se piensa en el riesgo que implican los sobrevivientes,
el cual sin duda, es muchísimo mayor si tenemos en cuenta
que: se mantienen las condiciones para la supervivencia de los
microorganismos e incluso se pueden potenciar en relación
con las lesiones o daños que se presenten en el organismo;
es común que grandes poblaciones de niños, adultos
y ancianos sean llevados a albergues provisionales en donde
predomina el hacinamiento y las deficientes medidas de higiene;
se afectan los sistemas de agua potable y fluido eléctrico,
lo que favorece la proliferación y transmisión
de microorganismos por agua o alimentos; se concentra población
susceptible para enfermedades inmuno-prevenibles, lo que facilita
su diseminación antes de que pueda implementarse una
eficiente campaña de vacunación; es común
que haya deficiencia de medicamentos oportunos para cortar las
cadenas de transmisión; por limitación de recursos
y por la urgencia, se ve afectada la adherencia a prácticas
de bioseguridad y buena higiene; es común que intervengan
personas voluntarias con poca o ninguna experiencia en el manejo
de víctimas y con desconocimiento de normas de auto-protección
y protección a otros.
Cobra entonces vigencia el adagio popular, de que hay que tenerle
miedo a los vivos y no a los muertos, y que tal vez la principal
epidemia que estos últimos generan, es la de niños
huérfanos con un futuro incierto.
Fuentes:
- Morgan O. Infectious disease risks from dead bodies following
natural disasters. Revista Panamericana de Salud Pública.
2004;15 (5):30712.
- Manejo de cadáveres en situaciones de desastre. Serie
de Manuales y Guías sobre Desastres, No 5. Organización
Panamericana de la Salud. Washington DC., agosto 2004.
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