 |
|
|
 |
 |
Un vistazo racional a lo sucedido recientemente con el caso
del fraude de las clonaciones de embriones humanos en Corea
pone en evidencia varios puntos que merecen análisis
desde la disciplina de la bioética. Se podrían
enumerar algunos sobre los cuales hay buen material para pensar
ordenadamente: el problema de la veracidad de los datos científicos
y su difusión en los medios académicos (no son
escasos los antecedentes equivalentes que han llegado a afectar
hasta las publicaciones médicas de mejor renombre en
el ámbito internacional); el tema de la destinación
de los recursos oficiales a proyectos o líneas de investigación
biomédica; el papel de los comités de investigación
en el control y desempeño ético de los investigadores
en campos básicos o clínicos; la manipulación
embrionaria dirigida a la muerte selectiva y eugenésica
de embriones, propia de las dinámicas de tecnologías
de reproducción asistida en sus diversas variantes; los
planteamientos de experimentos inter-especies, en contra de
los delineamientos establecidos por las autoridades en Bioética
de Occidente, principalmente en declaraciones del Convenio Europeo
de Bioética y actualizaciones.
Juegan en estos tópicos un papel preponderante los medios
de comunicación y su compromiso, ya sea sanamente educativo
o dañinamente propagandístico; de ellos y de su
orientación e intencionalidad, depende en buena medida
la creación de expectativas falsas en el público
|
respecto
de determinados avances de la biotecnología. Los medios
masivos facilitan el campo para la comercialización y
difusión de falsos héroes científicos que
alcanzan niveles de influencia similar al de protagonistas de
la farándula o de los deportes de muchedumbres.
También es esta la ocasión para hacer énfasis
en una realidad a veces inexplicablemente menospreciada: no
existe una hipotética neutralidad ética
de la ciencia. Los conocimientos avanzan, casi siempre, de modo
lento y enfrentando innumerables dificultades y curvaturas.
Son seres humanos quienes trabajan en este empeño, con
sus intenciones, sus motivaciones e intereses asociados. Algunos
están sujetos a poderosas presiones: propias, autoimpuestas
o externas; en no pocas ocasiones, obedecen de modo servil a
los intereses de la mercadoctecnia de terceras partes involucradas
en los procesos tecnológicos: vale la pena mencionar
lo que acontece en estudios farmacológicos o en la venta
y promoción de determinada tecnología diagnóstica
o terapéutica. También sus tareas pueden obedecer
a una meticulosa estrategia de mercadeo y propaganda, que comienza
en primerísimo lugar con la creación mediante
estrategia publicitaria, de necesidades y expectativas en el
diagnóstico y la terapéutica con profunda incidencia
psicológica en la muchedumbre: promesas de curaciones
casi maravillosas como en la enfermedad neurológica degenerativa
o traumática, en trastornos crónicos como la diabetes,
o en condiciones de elevada prevalencia en la población
general como el cáncer, el climaterio, y en la creación
de necesidades en medicina estética. Es multimillonario
el impacto demográfico y sociopolítico de los
temas de sida, cáncer o enfermedad cardiovascular. En
este sentido es muy recomendable la lectura de los inquietantes
interrogantes planteados de modo documentado por los autores
alemanes Kurt Langbein y Bert Ehgartner en su libro Contra
Hipócrates (Ediciones Robinbook, Barcelona, 2004).
Allí se destacan capítulos muy críticos
con las situaciones derivadas de la política de diagnóstico
precoz de cáncer de mama con énfasis en los problemas
de los falsos positivos diagnósticos y la alta frecuencia
de tratamientos excesivos cuestionados a posteriori. Ya el tema
fue hace pocos años objeto de la revista Time.
Son también multimillonarias las ofensivas publicitarias
de quienes están interesados en el mercadeo de tecnología;
casos muy típicos son los de los medicamentos anticancerosos
o la menopausia antes mencionada.
La medicina no es mera tecnología. Los beneficios que
aquella brinda, si son orientados con una base humanística
sensata, podrían estar al servicio del hombre; de lo
contrario, son un elemento más que conspira contra su
dignidad. En el caso de Corea, el científico,
víctima de su propia marea de concéntrico cientificismo
y pasión deshumanizada por la técnica, pasa del
papel de héroe nacional a protagonista de bochornoso
escándalo, renuncia y caída. Las entidades universitarias
extranjeras le retiran el apoyo, la opinión pública
se entera del modo bajo como obtuvo material genético
para su laboratorio, los pares académicos descubren la
falsedad de sus datos. Pronto la revista Science
presentará explicaciones a sus lectores.
Estos hechos confirman, para quien quiera entenderlo, que no
todo lo que se puede hacer en realidad se debe hacer.
La sociedad requiere de un nivel académico y educativo
que opere y difunda un sano escrutinio público sobre
lo que algunos sujetos de bata blanca pretenden ejecutar, haciendo
creer a muchos erróneamente que sus móviles son
altruistas y que andan tras el beneficio de la humanidad. Estas
cosas conducen a reflexionar a fondo sobre la idea ética
de von Hildebrand: la actitud de respeto es madre de la vida
moral. |

|
|
|
|
|
|
|
|