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Los discursos del
desarrollo nos han prometido a los países
del tercer mundo el paraíso terrenal cuando
el avance tecnológico y el crecimiento económico
nos permitan igualar los estándares de
vida de los países del norte.
En materia de medicamentos, Estados Unidos (EU) con una población
cercana al 5% de habitantes del planeta representa el 40%
del mercado mundial, algo prodigioso desde el punto de vista
comercial, pero no necesariamente lo más adecuado desde
el punto de vista de la salud pública, como lo demuestra
la constante y creciente preocupación por la iatrogenia
clínica debida a los medicamentos, es decir, los daños
producidos por estos insumos primariamente dirigidos a lograr
mejores niveles de salud. Según los estimativos más
optimistas, las muertes relacionadas con medicamentos en EU
podrían igualar en términos absolutos el número
de muertes por violencia en Colombia anualmente.
El nacimiento y fortalecimiento de la Food and Drug Administration
(FDA) y de todas las regulaciones relativas a los medicamentos
y demás productos médicos en EU, está
íntimamente ligado a la detección de riesgos
surgidos con el uso intensivo de tecnología y el crecimiento
del mercado y sus complejidades, y representa un intento social
por contenerlos. Lo mismo puede decirse de todos los países
desarrollados, que en conjunto consumen más
del 80% de la producción mundial. Vistas de este modo,
las agencias reguladoras de medicamentos son un intento de
respuesta a los problemas del paraíso.
Mientras tanto, cerca de un tercio de la población
mundial 2.000 millones de habitantes- carece de acceso a medicamentos
esenciales. Cada día mueren en el mundo más
de 30.000 personas de enfermedades curables y más del
90% de estas muertes ocurren en países subdesarrollados.
Dos caras del mismo problema
Colombia tiene el dudoso honor de encontrarse en transición,
lo cual significa que no hemos solucionado ningún problema,
sino que los hemos acumulado. En nuestro perfil epidemiológico
se posicionan enfermedades crónicas y degenerativas
(características del desarrollo), pero no desaparecen
las infecciosas como causa de morbilidad y mortalidad.
En materia de medicamentos no somos lo suficientemente ricos
como para enfrentarnos exclusivamente a la iatrogenia, ni
lo suficientemente pobres para morir escapando a los intereses
comerciales de la industria de productos y servicios de la
salud. O peor aún, somos una sociedad con abismos prácticamente
insalvables, donde probablemente (porque no tenemos sistemas
de farmacovigilancia y por lo tanto sólo podemos imaginarnos),
muchos ricos mueren envenenados, muchos pobres desechados
(de estos sí hay certeza), y muchos de los que quedan
(que cada vez son menos) se debaten entre las dos alternativas.
Tal vez si fuéramos una sociedad que le diera al medicamento
su justo valor como herramienta para que la persona desarrolle
plenamente sus capacidades en un contexto de respeto por la
dignidad humana, es decir, si fuéramos una sociedad
desmedicalizada, la desaparición del Invima
sería una gran noticia.
Por el momento, con las perspectivas que se han planteado
para el cumplimiento de sus funciones y con el contexto económico
y social que está configurándose, sólo
podemos esperar que no haya quienes crean que la mano invisible
del mercado ya superó las imperfecciones
del sector salud; que si existen recapaciten, y que si no
recapacitan, por lo menos, no sean quienes tomen las decisiones
finales.
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