MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 5    NO 59   AGOSTO DEL AÑO 2003    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

¿Qué vigila y
controla el Invima?

Luis Guillermo Restrepo Vélez, Director Ifarma elpulso@elhospital.org.co
Los discursos del “desarrollo” nos han prometido a los países del “tercer mundo” el paraíso terrenal cuando el avance tecnológico y el crecimiento económico nos permitan igualar los “estándares” de vida de los países del norte.
En materia de medicamentos, Estados Unidos (EU) con una población cercana al 5% de habitantes del planeta representa el 40% del mercado mundial, algo prodigioso desde el punto de vista comercial, pero no necesariamente lo más adecuado desde el punto de vista de la salud pública, como lo demuestra la constante y creciente preocupación por la iatrogenia clínica debida a los medicamentos, es decir, los daños producidos por estos insumos primariamente dirigidos a lograr mejores niveles de salud. Según los estimativos más optimistas, las muertes relacionadas con medicamentos en EU podrían igualar en términos absolutos el número de muertes por violencia en Colombia anualmente.
El nacimiento y fortalecimiento de la Food and Drug Administration (FDA) y de todas las regulaciones relativas a los medicamentos y demás productos médicos en EU, está íntimamente ligado a la detección de riesgos surgidos con el uso intensivo de tecnología y el crecimiento del mercado y sus complejidades, y representa un intento social por contenerlos. Lo mismo puede decirse de todos los países “desarrollados”, que en conjunto consumen más del 80% de la producción mundial. Vistas de este modo, las agencias reguladoras de medicamentos son un intento de respuesta a los problemas del paraíso.
Mientras tanto, cerca de un tercio de la población mundial 2.000 millones de habitantes- carece de acceso a medicamentos esenciales. Cada día mueren en el mundo más de 30.000 personas de enfermedades curables y más del 90% de estas muertes ocurren en países “subdesarrollados”.
Dos caras del mismo problema
Colombia tiene el dudoso honor de encontrarse en “transición”, lo cual significa que no hemos solucionado ningún problema, sino que los hemos acumulado. En nuestro perfil epidemiológico se posicionan enfermedades crónicas y degenerativas (características del desarrollo), pero no desaparecen las infecciosas como causa de morbilidad y mortalidad.
En materia de medicamentos no somos lo suficientemente ricos como para enfrentarnos exclusivamente a la iatrogenia, ni lo suficientemente pobres para morir escapando a los intereses comerciales de la industria de productos y servicios de la salud. O peor aún, somos una sociedad con abismos prácticamente insalvables, donde probablemente (porque no tenemos sistemas de farmacovigilancia y por lo tanto sólo podemos imaginarnos), muchos ricos mueren envenenados, muchos pobres desechados (de estos sí hay certeza), y muchos de los que quedan (que cada vez son menos) se debaten entre las dos alternativas.
Tal vez si fuéramos una sociedad que le diera al medicamento su justo valor como herramienta para que la persona desarrolle plenamente sus capacidades en un contexto de respeto por la dignidad humana, es decir, si fuéramos una sociedad “desmedicalizada”, la desaparición del Invima sería una gran noticia.
Por el momento, con las perspectivas que se han planteado para el cumplimiento de sus funciones y con el contexto económico y social que está configurándose, sólo podemos esperar que no haya quienes crean que la mano invisible del mercado ya superó las “imperfecciones” del sector salud; que si existen recapaciten, y que si no recapacitan, por lo menos, no sean quienes tomen las decisiones finales.
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