MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 6    NO 71   AGOSTO DEL AÑO 2004    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

Fundado en Medellín, el 30 de julio de 1998. Director: Julio Ernesto Toro Restrepo. Comite Editorial: Augusto Escobar Mesa, Juan Guillermo Maya Salinas, Javier Ignacio Muñoz. Editora: Albaluz Arroyave Zuluaga. Dirección Comercial: Diana Cecilia Arbeláez. Asistente de edición: Olga Lucía Muñoz López. Web master: Santiago Ospina Gómez

Hospitales cerrados,
dirigentes errados

Lo de la crisis hospitalaria no es un asunto nuevo. En forma cíclica, todos hemos sabido de la existencia de esa problemática. Sin embargo, resulta llamativo que no se haya dado una solución definitiva; una solución que nos evite la vergüenza de estar de crisis en crisis y de problema en problema y con tan alto costo en vidas. La recurrencia de estos episodios nos lleva a pensar que necesariamente algo de fondo está pasando; no solamente algo de magnitud importante, sino algo de gran complejidad, porque de otra manera resulta increíble que después de años y años de problemas y de escándalos, no haya resultado la persona que solucione esa situación tan enojosa.
Como el problema no es reciente, no se le puede endilgar a la Ley 100, lo cual no quiere decir que por ella no se vea agravado. Antes de ella el sector no conoció el cierre de hospitales grandes e importantes desde el punto de vista de su tarea asistencial y docente; antes de ella no se sentía la amenaza de la privatización, y antes de ella las obligaciones laborales y con proveedores se cumplían, con mil dificultades pero se cumplían; igualmente, antes de ella el gobierno se hacía presente, como debe ser, así fuera con desgano, pero se hacía presente. No quiere decir esto que un sistema sea mejor que otro, puesto que el mundo ha cambiado en todos sus aspectos y en consecuencia los escenarios son distintos, pero lo que si no puede aceptarse de ninguna manera, es que se crea que hoy por hoy resulta menos vergonzoso cerrar un hospital o permitir que se cierre, que antes de la Ley 100. De ninguna manera. Cerrar un hospital, cualquiera que sea su tamaño, cualquiera que sea su nivel, cualquiera que sea su ubicación geográfica, es el colmo. Ello significa el mayor desapego y la más grande falta de consideración y de sentimiento humanitario. Esto es así de categórico, porque estamos hablando de los hospitales de Colombia, país donde la mayoría de la gente es pobre, donde el producto interno bruto per cápita anual está por el orden de los US$1.840 y donde la proporción de población bajo la línea nacional de pobreza (cifras del año 2000) es de 59,77%. Estamos hablando de los hospitales de Colombia, país donde todavía se muere gente por fiebre amarilla y donde la tuberculosis va en ascenso. No nos comparemos con ningún país porque los hay mejores y peores; pensemos en las personas que quedan sin atención, los niños, las mujeres y los hombres que padecen sus males en silencio, que no tienen quien les alivie un dolor ni les suministre un consuelo.
La solución de los hospitales no es por los hospitales ni para ellos; es por la gente, por los que los necesitan, por los que no tienen recursos, ni alternativas.
La solución no está en el cierre ni en la privatización. La solución de los hospitales está en la voluntad y en la solidaridad. Contando con esos dos elementos nunca más se cerrará un hospital. Nunca habrá razones que justifiquen una decisión de esas ni nunca habrá otro hecho que ponga tan de presente la indiferencia por los demás ni la ausencia de verdaderos valores humanitarios. Al país que cierre un hospital, necesitándolo, no sólo se le puede mirar como el más cruel, sino que merece que la comunidad nacional e internacional ponga el grito en el cielo.
Privatizar para no cerrar, es cerrar. Es cerrar para quien no tiene dinero ni papeles que le escrituren derechos que simplemente por ser seres humanos, tienen. Es cerrar para que la gente que no tiene oportunidades, no tenga acceso a la salud. Privatizar para no cerrar es cerrar, cerrar los ojos al problema que en materia de salud tiene la gente. Privatizar para no cerrar, ciertamente es no volver a tener quejas de los hospitales, pero por poner los oídos sordos a los lamentos de la gente común. Privatizar para no cerrar es, en fin, una manera de dar por terminado un asunto que le compete al gobierno, considerar ajena una obligación que es propia del Estado, y es la manifestación más clara de endurecimiento del corazón de toda la sociedad. Yerra quien cierra un hospital.
 




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