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Hospitales
cerrados,
dirigentes errados
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Lo de la crisis
hospitalaria no es un asunto nuevo. En forma cíclica,
todos hemos sabido de la existencia de esa problemática.
Sin embargo, resulta llamativo que no se haya dado una solución
definitiva; una solución que nos evite la vergüenza
de estar de crisis en crisis y de problema en problema y con
tan alto costo en vidas. La recurrencia de estos episodios
nos lleva a pensar que necesariamente algo de fondo está
pasando; no solamente algo de magnitud importante, sino algo
de gran complejidad, porque de otra manera resulta increíble
que después de años y años de problemas
y de escándalos, no haya resultado la persona que solucione
esa situación tan enojosa.
Como el problema no es reciente, no se le puede endilgar a
la Ley 100, lo cual no quiere decir que por ella no se vea
agravado. Antes de ella el sector no conoció el cierre
de hospitales grandes e importantes desde el punto de vista
de su tarea asistencial y docente; antes de ella no se sentía
la amenaza de la privatización, y antes de ella las
obligaciones laborales y con proveedores se cumplían,
con mil dificultades pero se cumplían; igualmente,
antes de ella el gobierno se hacía presente, como debe
ser, así fuera con desgano, pero se hacía presente.
No quiere decir esto que un sistema sea mejor que otro, puesto
que el mundo ha cambiado en todos sus aspectos y en consecuencia
los escenarios son distintos, pero lo que si no puede aceptarse
de ninguna manera, es que se crea que hoy por hoy resulta
menos vergonzoso cerrar un hospital o permitir que se cierre,
que antes de la Ley 100. De ninguna manera. Cerrar un hospital,
cualquiera que sea su tamaño, cualquiera que sea su
nivel, cualquiera que sea su ubicación geográfica,
es el colmo. Ello significa el mayor desapego y la más
grande falta de consideración y de sentimiento humanitario.
Esto es así de categórico, porque estamos hablando
de los hospitales de Colombia, país donde la mayoría
de la gente es pobre, donde el producto interno bruto per
cápita anual está por el orden de los US$1.840
y donde la proporción de población bajo la línea
nacional de pobreza (cifras del año 2000) es de 59,77%.
Estamos hablando de los hospitales de Colombia, país
donde todavía se muere gente por fiebre amarilla y
donde la tuberculosis va en ascenso. No nos comparemos con
ningún país porque los hay mejores y peores;
pensemos en las personas que quedan sin atención, los
niños, las mujeres y los hombres que padecen sus males
en silencio, que no tienen quien les alivie un dolor ni les
suministre un consuelo.
La solución de los hospitales no es por los hospitales
ni para ellos; es por la gente, por los que los necesitan,
por los que no tienen recursos, ni alternativas.
La solución no está en el cierre ni en la privatización.
La solución de los hospitales está en la voluntad
y en la solidaridad. Contando con esos dos elementos nunca
más se cerrará un hospital. Nunca habrá
razones que justifiquen una decisión de esas ni nunca
habrá otro hecho que ponga tan de presente la indiferencia
por los demás ni la ausencia de verdaderos valores
humanitarios. Al país que cierre un hospital, necesitándolo,
no sólo se le puede mirar como el más cruel,
sino que merece que la comunidad nacional e internacional
ponga el grito en el cielo.
Privatizar para no cerrar, es cerrar. Es cerrar para quien
no tiene dinero ni papeles que le escrituren derechos que
simplemente por ser seres humanos, tienen. Es cerrar para
que la gente que no tiene oportunidades, no tenga acceso a
la salud. Privatizar para no cerrar es cerrar, cerrar los
ojos al problema que en materia de salud tiene la gente. Privatizar
para no cerrar, ciertamente es no volver a tener quejas de
los hospitales, pero por poner los oídos sordos a los
lamentos de la gente común. Privatizar para no cerrar
es, en fin, una manera de dar por terminado un asunto que
le compete al gobierno, considerar ajena una obligación
que es propia del Estado, y es la manifestación más
clara de endurecimiento del corazón de toda la sociedad.
Yerra quien cierra un hospital. |
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