MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 7    NO 83    AGOSTO DEL AÑO 2005    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

Una oportunidad. Es lo que nos llega a muchos cuando creemos que podemos ser “alguien”. Otros se quedan tan solo contemplando lo que hubieran podido ser. En sociedades estratificadas, donde el color de la piel y la posición económica continúan siendo grandes indicadores del futuro de generaciones enteras, seguirán siendo inútiles las ideas de igualdad si no se llevan a la práctica. Una solución, sencilla pero compleja, es la educación. Esta le da al individuo la facilidad de escoger y decidir, posibilidades que en nuestro medio no existen para muchos.
La reciente muerte de Hamilton Naki, sudafricano negro, salido de las mismas entrañas del apartheid, nos demuestra que muchas veces los humanos nos valoramos por el color y no por la esencia. Se preguntarán que tiene que ver este negro con Latinoamérica o particularmente con Colombia. Creo que mucho, pues una gran parte de nuestra población puede constatar lo que significa ser indio, negro, mestizo o mulato con un “poquito de color”.
Talento innombrado y ejercicio callado
Era el año de 1967, las directivas del Hospital Groote Schuur en Ciudad del Cabo, le informaron al Sr. Naki que haría parte de un proyecto médico, pero que como era negro y se trataba de de la sangre de una mujer blanca, nadie podía enterarse de su participación.
Esa fue la invitación hecha a este africano de manos esculpidas, diestro en su habilidad quirúrgica, inteligente, reconocido en la Facultad de Medicina de Ciudad del Cabo por muchos estudiantes a quienes enseñó sus técnicas y que hoy son eminentes cirujanos. El que había sido jardinero y recogebolas en la Facultad de Medicina de Ciudad del Cabo, ese que un día a finales de la década del 50 había sido llamado por el Dr. Robert Goetz, director del laboratorio de investigación para que ayudara en la operación de una jirafa, terminaría observando y desarrollando un interés tal en procedimientos quirúrgicos, que por cerca de cuatro décadas sería reconocido en silencio como uno de los mejores.
“En aquel momento usted tenía que aceptar lo que ellos determinaban, pues no había otra alternativa para continuar; esa era la ley de esta tierra”.
Hamilton Naki
El Dr. Christiaan Barnard, ¿lo conoce? Sí, es el mismo que realizó el primer transplante de corazón en el mundo exitosamente. Ese Dr. invitó al negro Naki a ser parte de su equipo médico, bajo las condiciones mencionadas pactadas por el hospital (“sos negro y no podés decir en lo que estás metido”). En las fotos publicadas en el hospital figuraba como empleado de oficios varios. Fue él quien con su destreza quirúrgica logró extraer el corazón de aquella mujer que había sido declarada horas antes en estado vegetativo. Ese diciembre del 67, sus manos negras cuidadosamente sostuvieron el bisturí para una perfecta disección del corazón (blanco) que iba a ser transplantado a otro ser (blanco). Sutilmente colocó luego los electrodos que mantendrían viva aquella esperanza. A 15 metros, detrás de un separador de vidrio en el quirófano contiguo, el Dr. Barnard ansiosamente esperaba dar inicio a su tan esperada intervención quirúrgica.

La mañana siguiente, la gloria científica del Dr. Barnard era admirada en todo el mundo. Ese negro, jardinero, asistente de laboratorio, recordaba a sus hijos que no pudo educar y a su esposa lejos de Ciudad del Cabo, y dedicó su día de gloria a recorrer las calles de su ciudad, sonriente, lleno de júbilo interior. Nadie podía quitarle lo que el sabía, y años más tarde el propio Dr. Barnard admitiría antes de su muerte, que el Sr. Naki, técnicamente, era mejor que él: "Tenía mayor pericia técnica de la que yo tuve nunca. Es uno de los mayores investigadores de todos los tiempos en el campo de los trasplantes, y habría llegado muy lejos si los condicionantes sociales se lo hubieran permitido".
Al parecer jamás reclamó gloria, no maldijo nunca ese apartheid.
En un momento se le preguntó de su condición y respondió: “En aquel momento usted tenía que aceptar lo que ellos determinaban, pues no había otra alternativa para continuar; esa era la ley de esta tierra”. Pero quizás en su interior sí se preguntó por aquella condición que marcó su vida: la de no haber podido terminar su escuela secundaria por problemas económicos y la de no haber sido blanco pero si negro.
Reconocimiento tardío
En el 2003, 12 años después de su retiro y 3 décadas después del primer transplante de corazón, se le otorgó a Hamilton Naki el grado honorario de Médico de la Universidad de Ciudad del Cabo y la Orden Nacional de Mapungubwe, uno de los honores de más alto rango en Sudáfrica, recibida al mismo tiempo por Nelson Mandela; en ese momento manifestó: "Ahora puedo alegrarme de que todo se sepa. Se ha encendido la luz y ya no hay oscuridad". Hasta sus últimos días, uno de los mayores cirujanos del siglo sobrevivió con una modesta pensión de jardinero (760 rand, or about $275, a month). Faltarían 2 años más para que se despidiera en silencio. Su muerte, el día 28 de mayo del 2005, a sus 89 años de edad, fue registrada por importantes publicaciones tales como Time y The Economist,
Y hoy, en nuestro continente americano, hay muchos que, como Naki, se merecen una oportunidad verdadera.
 
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