MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 8    NO 95  AGOSTO DEL AÑO 2006    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

 

Reflexión del mes

Los mayores progresos de la civilización se experimentan inicialmente como sus peores amenazas.

Alfred North Whitehead (1861-1947). Filósofo y matemático anglo-americano. Publicó trabajos sobre álgebra, lógica, fundamentos de las matemáticas, filosofía de la ciencia, física, metafísica y educación. El trabajo más conocido, del que es coautor con Bertrand Russell, es Principia Mathematica.
Corría el año de 1947 cuando, quien esto escribe, estaba terminando su bachillerato en el Colegio San Ignacio de Loyola y debía decidirse por una profesión. Mi abuela quería que aplicara al seminario o al noviciado de los jesuitas; mi madre, que fuera médico. Me acerqué entonces con gran respeto al joven médico de mi pueblo a pedirle consejo. Y el doctor Hernando Vélez Rojas no dudó un momento: “debes estudiar medicina”, me dijo. Y así lo hice. Logré ingresar a la Facultad de Medicina, valido del promedio de mis calificaciones de bachiller, que era la usanza de la época. Ese mismo año de mi ingreso a la Facultad, el Dr. Vélez Rojas concursaba para la Jefatura de Clínica Quirúrgica en el Hospital de San Vicente. Ocho años más tarde estaría yo tomando el mismo concurso.
Hernando Vélez Rojas nació en Bogotá el 17 de Julio de 1919 en el hogar formado por el Dr. Emilio Vélez y doña Leonor Rojas. Su padre fue también médico, egresado de la Universidad Nacional de Colombia. De Bogotá sus padres se movieron luego a Cali y New York, donde Hernando hizo estudios primarios. Luego cursaría el periplo secundario en tres ciudades, Cali, Barranquilla y Medellín, donde terminó el bachillerato en el Liceo de la Universidad de Antioquia. Inició sus estudios médicos en 1939 y los terminó en 1944 en la Facultad de Medicina de la misma Universidad. Su tesis de grado titulada Apendicitis por Balantidium Coli fue laureada. Fue luego médico en Barbosa en 1946 y 1947, donde se hizo tan famoso, no sólo por sus hazañas profesionales sino por su don de gentes, que, una vez establecido en Medellín su consultorio fue llamado por muchos como el Consulado de Barbosa. A partir de su ingreso como Jefe de Clínica Quirúrgica, fue Cirujano de Policlínica y Profesor de Cirugía por mas de 50 años. Unos de sus compañeros de trabajo en Policlínica fueron León Hernández y Hernando Echeverri Mejía que luego se convertirían en los fundadores de los servicios de Cirugía Plástica y Ortopedia. Esta pareja de los Hernandos llenaron una época de la cirugía en Policlínica. Otros cirujanos de Policlínica por aquellos mismos años fueron Alonso Robledo, también profesor de Fisiología, Urbano Osorio y Gabriel Franco.
Durante los años 1952 y 1953 estuvo el Dr. Vélez en el Departamento de Cirugía de la Universidad de Michigan. A su regreso de Estados Unidos volvió a su trabajo de cirujano con énfasis en el manejo del trauma y continuó haciendo turnos o guardias en Policlínica durante toda su vida profesional. Fue en Estados Unidos donde aprendió que el trato delicado de los tejidos, el control riguroso de la hemostasia, el buen manejo de los materiales de sutura y de los instrumentos, el estar atento durante el procedimiento al reemplazo de líquidos y a la perfusión tisular, todo esto junto, calificaba al buen cirujano, y no la velocidad de acción en el quirófano como equivocadamente se creía. Así lo había establecido y confirmado Halsted en el Hospital de John Hopkins. La velocidad como objetivo del cirujano pudo haberse justificado en una época en la cual la anestesia era rudimentaria y poco se sabía sobre el complejo proceso de la cicatrización y la homeostasis. Paradójicamente, el postoperatorio de sus pacientes, que él no delegaba en nadie y seguía con el mayor cuidado, especialmente en el manejo de líquidos y electrolitos, era el mejor en aquellas salas donde nos desempeñamos como internos o como Jefes de Clínica.
Hernando Vélez Rojas inició en la década de los años 50 una Reunión Semanal de Complicaciones y Defunciones, durante la cual se hacía también la revisión de un tema quirúrgico. Esta reunión se celebraba en la Policlínica, localizada entonces en la carrera Carabobo, abierta no sólo a los médicos del Hospital sino a todos los de la ciudad que quisieran asistir y participar. Allí se dieron discusiones y verdaderos debates sobre los temas más importantes y de actualidad que hicieron época en el medio profesional. No es exagerado afirmar que esta reunión fue la precursora de las reuniones académicas que se fueron configurando bajo la influencia de todos los que participamos años más tarde en la organización administrativa y académica del Departamento de Cirugía.
Sus trabajos sobre “autotransfusión”, que él se ideó e implementó y que ha salvado muchas vidas, tal vez no ha recibido el reconocimiento debido. La “observación de las heridas penetrantes de abdomen”, un recurso clínico que cambió el manejo de este tipo de pacientes, ha significado que muchos se hayan ahorrado una cirugía inútil y posibles complicaciones. Igualmente, implementó la utilización de la “punción abdominal mínima” como un recurso de diagnóstico de gran valor. Con cierta tristeza escuché en un Congreso en los Estados Unidos hablar del “Bogotá bag” - “bolsa de Bogotá”, refiriéndose al uso de la bolsa en que vienen las soluciones intravenosas para lograr el cierre temporal de grandes defectos de la pared abdominal cuando no había otra alternativa. Pero en honor a la verdad no fue en Bogotá donde primero se utilizó este recurso heroico; fue en realidad Hernando Vélez Rojas el primero en hacerlo en el Hospital San Vicente de Medellín. Seguramente algún visitante de la capital pudo observar el procedimiento hecho en Medellín y le dio publicidad, olvidándose mencionar el autor y el Hospital donde esto se inició. Me contaba el profesor Vélez Rojas que alguna vez, mucho antes de que se hablara del “Bogotá Bag”, estaba operando un paciente obeso y sumamente distendido, cuyo cierre abdominal era imposible. Se le ocurrió entonces esterilizar un pedazo del hule de una de las camillas y utilizarlo para lograr dicho cierre. El paciente toleró este cuerpo extraño el tiempo necesario para permitir posteriormente el cierre primario de su pared abdominal. Del hule pasó al material sintético de las bolsas mencionadas, mientras otros como el teflón, el dacrón y otros más refinados llegaban a nuestro medio.
Mucha controversia despertó la acción y la trayectoria de Hernando Vélez Rojas en el Departamento Quirúrgico del Hospital Universitario, lo cual no hace más que confirmar la tradición que dice que no ha habido un hombre importante cuya acción no despierte controversia, precisamente por la muy simple razón de que estos son los que hacen la historia.
La turbulencia estudiantil de los años 60 y 70 y la presencia en el Departamento de Cirugía de algunos de sus líderes, le causó gran angustia y tristeza, y llegó a estar convencido que detrás de todo aquello andaba el comunismo internacional. Así lo sintió y lo escribió. Ponía oídos sordos a cualquier explicación diferente del fenómeno que afectó no sólo la Universidad colombiana sino a todo el mundo, empezando por el levantamiento de los estudiantes en la Sorbona, en París, que se propagó a las grandes ciudades europeas y norteamericanas: Columbia en Nueva York, Berkeley en California, Kent, etc. Pero mientras en aquellos países se modificaban viejas tradiciones y se examinaban los viejos principios a la luz de los nuevos tiempos, mientras se condenaba por igual la injusta guerra de Vietnam, la discriminación racial, y el aplastamiento del pueblo de Praga por los tanques soviéticos, nuestras autoridades enfrentaban los problemas estudiantiles blandiendo un principio de autoridad que el mismo Estado públicamente desautorizaba. Como cuando el propio Presidente de la República le solicitó la renuncia al rector Ignacio Vélez Escobar, para aplacar los estudiantes en paro nacional por la implantación de los Estudios Generales.
La historia de la vida de Hernando Vélez Rojas como médico y profesor de cirugía es la historia de un hombre que sirvió, y sirvió bien, a sus pacientes en primer lugar, al Hospital Universitario y a la Cátedra de Cirugía de la Universidad de Antioquia, donde contribuyó de manera importante a la formación de muchas generaciones de cirujanos.
Por mas de cincuenta años se sometió a la tremenda demanda de los turnos o guardias de urgencia en Policlínica y en las salas del Departamento de Cirugía. Nunca nadie había hecho algo semejante.
El 17 de julio es el día de su onomástico. Me tomo la vocería de todos los que recibimos la influencia benéfica y las enseñanzas del profesor Vélez Rojas o fuimos sus compañeros de trabajo en alguna época de la historia, para rendirle un merecido reconocimiento. Existe en todos los grandes hospitales del mundo una unidad académica y asistencial con vida propia, con organización propia aunque no independiente, conocida con el nombre de Cirugía de Trauma. El trauma ocupa una de las tres primeras posiciones como causa de muerte en los diferentes países. El Departamento de Cirugía de la Facultad de Medicina y del Hospital Universitario San Vicente de Paúl, para los cuales trabajó por tantos años con dedicación y empeño el Dr. Hernando Vélez Rojas, deberían darle este nombre a una sección que se denominara Unidad de Trauma Hernando Vélez Rojas. De este pequeño homenaje quiero hacer partícipes a su esposa Luz Bertha, a sus hijas y a su hijo también cirujano que lleva su nombre, y a sus dos hermanos médicos, Guillermo y Jaime.
 

No se imaginan lo que ha sido este sufrimiento. Por un mes cada cuatro años se respira y se vive el fútbol mundial. Casi imposible ignorarlo, a menos que se viva en otra galaxia, pero aquí en Boston, Massachussets, ciudad tradicional de Estados Unidos, pasó desapercibido. ¿Cómo? No sé, y durante el mundial esa fue mi gran pregunta. Decidí entonces ponerle un poquito de psicología al asunto. Quizás el egocentrismo nacional es tan fuerte que en una de las ciudades con más diversidad étnica en Estados Unidos, los medios de comunicación y la misma comunidad tengan la capacidad de ignorar un evento de multitudes.
El primer día del mundial, me dispuse a compartir en uno de los tantos bares de la ciudad el primer partido. Lo primero que vi fueron dos pantallas planas de alta definición, de esas que cualquiera de nosotros quisiera tener en casa. Pero para mi sorpresa, estaba rodeado de personas que adornaban sus cabezas con las típicas cachuchas que lucen una gran B en frente. Los televisores enfocaban un campo de juego que se parecía a un diamante. No acabándome de reponer a lo que veía, un anuncio de la serie mundial aparecía en la pantalla. Pero este no era el mundial de fútbol… Los artistas no eran futbolistas y los escupitazos eran de mascar tabaco más no de correr 90 minutos. Además, en vez de un cañonazo me encontré con un pitcher y un hombre al otro extremo del juego, de contextura medio obesa, agazapado con su bate y tocando la arena como cuando un toro sale al ruedo.
Así fue el inicio de mi mundial. Seguí con la esperanza de que la fiebre del fútbol tocara corazones y que en esta comunidad internacional se empezaran a ver banderas, escuchar cánticos y compartir comentarios, pero todo seguía igual. El fin de semana, unos amigos nos invitaron al partido Méjico-Irán, atractivo juego en donde la presencia de un público persa y mejicano hacía la invitación mas interesante. Bueno, esto no estará mal, me dije. Llegamos dispuestos a apoyar la causa latina. El canal de transmisión era la cadena ABC, transmitiendo en inglés. La ruidosa y cirquezca transmisión latina por Univisión con su humor tipo Roberto Gómez Bolaños, alias “El chapulín colorado”, quedaba para el recuerdo. Se inicia el partido, y aquí empiezo a extrañar a los gritones, parcializados y ruidosos comentaristas de la cadena hispanoparlante. Desde que Irán tocó la esférica, vino el primer comentario sobre la guerra por un narrador gringo. En el segundo toque adujeron que los iraníes no podían celebrar la fiesta del mundial por cuestiones religiosas, una mentira absurda como lo pude confirmar con los otros espectadores. Un juego lleno de emociones se tornó en una trasmision de estrategia político-militar. Los persas mismos que llevan años en el exilio no podía creer las estupideces de los comentarios y la falta de conocimiento que el periodista tenía del fútbol. Uno de ellos descaradamente se atrevió a comparar el fútbol con el baloncesto, el béisbol y el fútbol americano… ¡Por Dios! Sí, son deportes y eso quizás es lo único que tienen en común. No tengo nada contra los dos primeros deportes mencionados, pero el fútbol americano… ¡Respeto al público que sigue al fútbol mundial!
Las pocas casas que no fueran regidas por el fútbol americano y el béisbol nos dieron la oportunidad de deleitarnos con este mundial. Cada vez que jugaba Ecuador, mi Colombia querida venia a mi memoria. ¿Cómo no fue posible? Tressor, Córdoba, Yepes, el Sultán y Amaranto no dejaban de estar en mis nostálgicos recuerdos. Pero la única y más horrible imagen de aquella eliminación se sentenció con aquel gol de Zalayeta en el Centenario que nos dejó mal heridos. Después, vendría aquel empate en Barranquilla con Chile que de nada nos sirvió a pesar del triunfo contra Paraguay en la última fecha de las eliminatorias.
Desde que quedamos eliminados, mi anhelo mayor como el de muchos colombianos es estar presentes en Sudáfrica 2010. Como hincha y como médico convencido del poder terapéutico del fútbol, exijo a los directivos colombianos que se tracen metas claras y concretas, sin favorecer a terceros. Propongo una intervención de nuestro mesiánico Uribe en las entrañas del fútbol colombiano. ¿Por qué no dedicarle al fútbol uno de esos encuentros con la comunidad, en transmisión horario triple A para todo el continente americano, y en donde la presencia de los directivos deportivos sea el plato fuerte?
El fútbol es del pueblo y unos pocos no pueden hacer de una selección una mina con fines de lucros personales. La selección nos pertenece a todos y tal como el pueblo decide sobre sus gobernantes, los hinchas del deporte estaremos atentos a su accionar. Al técnico y a los jugadores: estamos con ustedes. Sabemos que en el fútbol se gana y se pierde. Pero cuando se enfunden la camisa de nuestro país, no sólo piensen en la prima o en el empresario avivato que los tiene en la mira. Todo un pueblo sabrá pagarles como se lo merecen. Pregúntenle al Pibe, Leonel o a Perea lo que esto significa.
Después de ver como Brasil, que representaba a todos los latinoamericanos fue eliminado unos días después de Argentina, nos tocó hacer un giro forzoso hacia nuestras raíces latinas. Nos familiarizamos con la magia de la selección portuguesa que fue capaz de sacar provecho de la favorita Inglaterra, pasando a la semifinal gracias a las pataletas del niño boxeador Rooney y “el bello indiferente” de Beckham. Después vino la derrota frente a Francia, manejada por el genio Zidane, de pausa y experiencia. Al mismo tiempo que esto pasaba, veíamos como Italia con su tragi-comedia local de corrupción, deleitaba al público causando un mar de lágrimas en el país sede, Alemania. Ya unos días después, la pólvora preparada para la gran final no se podía quedar guardada. Toda Alemania se deleitó con los juegos pirotécnicos de lo que hubiera sido.
La final llegó. Todos los ojos del mundo estaban puestos en la despedida del astro Zidane, muchos veían a Francia con una segunda copa del mundo, pues hacía mérito en la cancha para lograrlo. En menos de cinco minutos, Zizou puso su cabeza en polos opuestos. Primero, un soberbio cabezazo a la puerta del cancerbero italiano Buffon, que haciendo alarde a su nombre ahogó el grito de gol para lo que hubiera sido la consagración total de Zidane y sus secuaces. Vino entonces el otro cabezazo en forma de ataque, aquel que nos dejó un sinsabor, un vacío, cuando todo su potencial neuronal se redujo a una sinapsis de instinto primitivo, al serle recordada su querida madre en un lenguaje romántico como el italiano. En ese instante recordamos aquellas gloriosas embestidas que se dan en el mundo de la tauromaquia. Y allí, en el ruedo, confirmamos una vez mas que el fútbol es lo más parecido a la vida misma.
Con un mes de fútbol, se confirma el poder catalizador de este deporte popular comparable a un espectáculo del imperio romano. No tan macabro como el circo de aquellas épocas, pues casi nunca nadie muere, pero más emocionante y civilizado. Y al que no le guste el fútbol, como dicen por ahí, que se le den dos tazas. Es un tema inevitable de actualidad y el más recalcitrante enemigo de este deporte quedará fuera de órbita al no saber qué pasa dentro y fuera de la cancha, pues el único patrimonio de la humanidad que nos queda es el fútbol.
Aquí en los Estados Unidos, se encendieron los televisores en los barrios que antes se llamarían ghettos para ver el partido predilecto y hacer fuerza a un océano o más de distancia. El día de la final, un político prominente de Nueva Inglaterra se expresó del fútbol como el deporte del futuro. Quizá no sabía que el resto del mundo lo llevaba practicando más de cien años.

 
Bioética
Los sofismas de los abortistas

Ramón Córdoba Palacio, MD elpulso@elhospital.org.co

Si no fuera por la trágica realidad que conscientemente ocultan -porque no puedo pensar que lo hagan por ignorancia-, serían dignos de admiración los esfuerzos de quienes aprueban y a lo mejor han practicado, practican o practicarán el aborto, por demostrar lo benéfico de su campaña, pues han rebajado la mortalidad de mujeres por “aborto inseguro”, más guardan un ominoso silencio en relación con el aumento de seres humanos -es decir, personas- en estado embrionario sacrificadas por ellos voluntariamente. Ese ominoso silencio nos hace pensar que ellos mismos, los abortistas, no están convencidos de que para un problema de salud pública, según su criterio, como es la muerte de mujeres que se someten por sí mismas a maniobras abortistas, el remedio eficaz sea matar a otros seres, a los hijos de éstas madres. Sin embargo, con sus falaces estadísticas se proclaman defensores de los derechos de la mujer -el inconcebible derecho de desconocer el derecho fundamental a la vida de quien ella procreó, el nada noble derecho a matar impunemente a un ser indefenso-.
A lo largo de la historia de la humanidad, el que con la venia del Estado ejecutaba o ejecuta a quien el mismo Estado legítima o ilegítimamente considera indigno de vivir, se ha llamado y se llama aún en algunos lugares: “verdugo”. En nuestro idioma, verdugo es «Persona muy cruel o que castiga demasiado y sin piedad» (D. R. A. E.). Igualmente, la historia nos enseña que los condenados a desaparecer por el poder del Estado tienen un juicio y un defensor de sus derechos, juicio real y verdadero defensor o simple apariencia, más en el caso de los niños en etapa vital intrauterina, ni siquiera por pudor la Corte Constitucional colombiana exige para aceptar la muerte de estos seres humanos una pantomima de juicio con defensor. Sin embargo, los abortistas, médicos o no, despliegan la bandera de defensores de la vida conscientes de que asesinan a una persona que no participó en la situación que soporta su madre y que muere para que ésta disfrute de su deseo, de su irresponsabilidad. También los verdugos reunidos en gremio pueden alegar ante la historia que suprimiendo vidas defendían la vida y que el respectivo Estado no sólo no los penalizaba, más aún, a veces exaltaba su “profesión”.
Sin embargo, y en honor a la verdad, debemos registrar cambios, para bien o para mal, pero cambios al fin y al cabo: el verdugo en la antigüedad ocultaba todo su rostro excepto los ojos, en la actualidad el verdugo o «Ministro que ejecuta las penas de muerte…» (D. R. A. E.), sólo usa tapabocas o mascarilla médica porque considera que llevar a cabo lo que denomina «aborto seguro» lo dignifica, pues suprime la vida de seres humanos asépticamente y, además, fija el precio a su intervención. Por algo es doctor verdugo o verdugo doctorado.
Más aún, la mentalidad médica frente a los problemas de salud pública ha sido, y debe ser con verdadera lógica científica, la de analizar racionalmente la causa real del problema, pero nunca se había proclamado que para resolver dichos problemas, para disminuir la mortalidad que producen, la solución sea suprimir la vida de seres humanos, seres humanos que no son los que embarazan a las madres abortistas ni quienes las inducen al «aborto inseguro».
Con la mentalidad y la lógica de los abortistas, que no es otra que la de ignorar la causa y suprimir los efectos; frente al resurgir de la tuberculosis, el sida, la malaria, etc., debe matarse a los pacientes para que no difundan la enfermedad, y así la mortalidad por estos verdaderos problemas de salud pública, disminuirá radicalmente.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.

 











Arriba

[ Editorial | Debate | Opinión | Monitoreo | Generales | Columna Jurídica | Cultural | Breves ]

COPYRIGHT © 2001 Periódico El PULSO
Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular
. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved