MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 3    NO 39   DICIEMBRE DEL AÑO 2001    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

Consentimiento informado:

Un abrazo entre la libertad
y el conocimiento Omaira Arbelaéz Echeverri Periodista, Medellín

La ética en el ejercicio de la medicina, hace del consentimiento informado un derecho fundamental para el paciente y una protección legal para el médico y la institución hospitalaria.

"Cuando interrumpió la partida, como a las once y cuarto, pues ya se había acabado la música de los bailes públicos, él le pidió que lo dejara solo. Quería escribir una carta al doctor Juvenal Urbino, a quien consideraba el hombre más respetable que había conocido, y además un amigo del alma, como le gustaba decir, a pesar de que la única afinidad de ambos era el vicio del ajedrez entendido como un diálogo de la razón y no como una ciencia. Entonces ella supo que Jeremiah de Saint Amour había llegado al término de la agonía, y que no le quedaba más tiempo de vida que el necesario para escribir la carta. El médico no podía creerlo:
- ¡De modo que usted lo sabía! exclamó
No sólo lo sabía, confirmó ella, sino que lo había ayudado a sobrellevar la agonía con el mismo amor con que lo había ayudado a descubrir la dicha. Porque eso había sido sus últimos once meses: una cruel agonía.
- Su deber era denunciarlo dijo el médico.
- Yo no podía hacerle eso dijo ella, escandalizada -: lo quería demasiado.
El doctor Urbino, que creía haberlo oído todo, no había oído nunca nada igual, y dicho de un modo tan simple. La miró
de frente con los cinco sentidos para fijarla en su memoria como era en aquel instante: parecía un ídolo fluvial, impávida dentro del vestido negro con los ojos de culebra y la rosa en la oreja.
Mucho tiempo atrás, en una playa solitaria de Haití donde ambos yacían desnudos después del amor, Jeremiah de Saint Amour había suspirado de pronto: "Nunca seré viejo". Ella lo interpretó como un propósito heroico de luchar sin cuartel contra los estragos del tiempo, pero él fue más explícito: tenía la determinación irrevocable de quitarse la vida a los sesenta años"
Aunque esta historia hace parte del "Amor en los tiempos del Cólera" de Gabriel García Márquez, no es ajena a las vivencias de muchos médicos que imbuidos en su quehacer profesional tienen que afrontar que no todas las decisiones para salvar la vida de los pacientes están en sus manos, que el enfermo tiene hoy el derecho a decidir si hace los tratamientos, si los continúa o si decide suspenderlos para siempre aún teniendo pleno conocimiento de que ello podría costarles la vida.
Pellegrino decía que "el médico debe ser una persona que tenga la virtud de la integridad, una persona que no sólo acepte el respeto de la autonomía de otros como principio o concepto, sino también en la que se pueda confiar para que interprete su aplicación con la máxima sensibilidad moral".
Ese ejercicio de la autonomía que no le permitió a tiempo al doctor Urbino librar de la muerte a su mejor amigo, en una época en la cual el médico era el "sabelotodo" y tenía el poder sobre el cuerpo, la libertad y hasta la vida de su paciente, se considera en la actualidad toda una novedad para el ejercicio democrático de la medicina y una base del moderno Estado de Derecho.
Esos clásicos siglos del control del cuerpo del otro, objeto y blanco del poder, aunque se justifiquen en el conocimiento y el bienestar han pasado a la historia, como lo criticaba Foucault, quien decía que se unía "al cuerpo analizable el cuerpo manipulable" bajo la noción de "docilidad", lo que entonces se justifica en el saber científico del otro.
Nuevos tiempos
En Colombia, el deber médico y su ética lo obliga a poner en práctica los preceptos de la Ley 23 de 1981 que establece la autonomía del paciente como fundamento de la neoética que hoy rige las relaciones médico-paciente, refrendadas por la Constitución de 1991 en su Capitulo I sobre los derechos fundamentales.
Esta ha sido refrendada por la Resolución 13437/91 del Ministerio de Salud, por la Ley 100 de 1993 y en este Siglo por el Decreto 1101 del 2001 por medio del cual se crea la Comisión Nacional de Bioética y se nombra sus integrantes.
El derecho a la autonomía del paciente se expresa en la medicina como "consentimiento informado" y se convierte en un documento escrito y firmado por el enfermo adulto y en caso de menores y personas con incapacidad mental por sus acudientes. En este consta que el suscriptor del mismo tiene pleno conocimiento de la enfermedad que padece y del tratamiento, cirugía o procedimiento experimental que se le va a practicar y deja constancia de que asume cualquier eventualidad que pueda causarle efectos secundarios negativos o dejarle algún tipo de secuela temporal o definitiva.
En síntesis, mediante el consentimiento informado, el paciente puede ejercer varios derechos fundamentales consagrados en la Constitución como son: el estar bien informado, el tener una vida digna, un libre desarrollo de la personalidad, intimidad, libertad de conciencia y de cultos e igualdad jurídica.
Fernando Sánchez Torres, autor de "Temas de Ética Médica", explica que la práctica del consentimiento informado debería ser rutinaria: "la prudencia hace recomendable que siempre el paciente conozca por boca del médico cuáles son sus condiciones de salud y reciba de él su autorización para adelantar cualquier procedimiento, hasta el más simple, como serían un tacto vaginal o una dilatación de la pupila".
Analiza el consentimiento informado indirecto, puesto que la Ley estipula en su artículo 14 que no sólo debe ser tenida en cuenta esta autorización cuando se trata de una intervención quirúrgica, sino también cuando se van a adelantar procedimientos diagnósticos invasivos o no, o se van a utilizar recursos heroicos, tal como la respiración asistida en un paciente en estado terminal.

Como decía el filósofo Estanislao Zuleta: "si no hay igualdad ante la vida, la igualdad ante la ley se convierte en una burla".
Para la visión de mediados del Siglo XIX del doctor Juvenal Urbino, su humanismo fatalista lo hubiese llevado a expresar: "Cada quién es dueño de su propia muerte, y lo único que podemos hacer, llegada la hora, es ayudarlo a morir sin miedo ni dolor".
Historia
Sánchez Torres comenta que el término de "consentimiento informado" comenzó a circular en los Estados Unidos en 1957, cuando Martín Salgo sufrió una parálisis permanente debido a un procedimiento translumbar y optó por demandar a su médico bajo el cargo de negligencia. La Corte estableció que el médico tenía el deber de revelar al paciente todo aquello que le hubiera permitido dar su consentimiento inteligente en el momento que le propuso dicha práctica y fue entonces cuando se planteó que el consentimiento informado debería ser considerado como un derecho del paciente, pasando así del campo jurídico a la ética médica.
El médico pediatra y docente de la Universidad de Antioquia, Ricardo Saldarriaga Vélez, observa que las nuevas tecnologías médicas han permitido a muchos pacientes que en condiciones anteriores estaban condenados a morir, sobrevivir y prolongar vidas, pero entonces también se llegó a un cuestionamiento importante: ¿hasta dónde aplicar o no la tecnología? Porque su empleo se debe justificar no desde la tecnología, sino desde los beneficios para el paciente.
Este interrogante ético es relativamente nuevo en la historia de la medicina y tuvo amplias repercusiones con casos como el de Karen Quinlan (1976) y los bebés Doe (1982 y 1983), en los cuáles las nuevas tecnologías al servicio de la medicina le permitían mantener con vida a estos pacientes y cumplir con el deber ético del médico de salvar vidas, pero se presentaban dudas por la calidad de existencia que podrían tener estos pacientes frente a las posibilidades de realizarse como personas en el medio social, así fuera con minusvalías.
En el caso Quinlan, la chica tenía daño cerebral y vivía gracias a un respirador artificial. Los padres llevaron su demanda a la Corte para exigir su desconexión al considerar que no había probabilidades de recuperación para la joven y en caso de sobrevivir no tendría una calidad de vida digna, argumentos que la Justicia aceptó después de un largo e interesante debate jurídico.
En el caso del primer bebé Doe, quien nació con Síndrome de Down y una atresia de esófago que no le permitía recibir alimento, no se logró un fallo judicial porque el pequeño murió antes del juicio. El dilema se presentó porque los padres rechazaron la opción dada por los cirujanos de practicarle una operación, al considerar que ese sería un sufrimiento adicional e innecesario para el niño, debido a que el resto de los problemas de salud con que nació no le permitirían crecer y disfrutar de una vida plena.
En 1983 nació Jane Doe, una bebé que padecía de malformaciones congénitas, hidrocefalia y espina bífida. Los galenos le ofrecieron tratamientos y los padres se negaron a aceptarlos por considerar que sus posibilidades de sobrevivencia eran escasas y de mantenerse con vida ésta sería deplorable.
El pediatra considera así trascendente el papel que juegan los comités de ética y las juntas médicas en la atención integral de los pacientes y recuerda cuando en sus tiempos de residente en el quinto piso del Hospital Infantil, se encontraba un niño que había nacido con múltiples malformaciones, entre ellas hidrocefalia severa, cardiopatía congénita, problemas digestivos y ano imperforado, por lo cual tenía que defecar mediante una colostomia. Los médicos lo visitaban y en forma separada lo trataba, sin el deseo de hacer daño, según el principio hipocrático "primum non nocere". Así, cada uno de los especialistas hacía sus cosas, actuaba sobre su órgano y su sistema, sin tener una mirada integral del niño y fue por ello que hizo la propuesta de realizar un staff médico, para que entre todos los especialistas se analizara la situación del pequeño.
Recuerda que un eminente neurocirujano dirigió la junta y se analizó la historia clínica del paciente desde su nacimiento. "Y la pregunta que surgió fue: ¿Este niño, desde el punto de vista médico, puede tener una vida satisfactoria que le permita logros como ser humano? ¿Puede ir a la escuela? ¿Aprenderá un lenguaje? Y la respuesta fue, mirando el conjunto: ¡No!. Esos son los puntos críticos que los comités de ética tienen que resolver en las prácticas terapéuticas", asegura el docente pediatra.
Considera que debe haber una reflexión interior, ética, pero no solo del médico ante el paciente, cuando es posible unirse a expertos que aporten desde diferentes aspectos a una reflexión más concienzuda. No hay que prejuzgar, sino establecer criterios claros, por ejemplo, determinar si un paciente puede hacer muchas actividades y tener una vida adecuada, aunque con limitaciones.
"La desatención selectiva, genera mucha polémica, puesto que implica darle al paciente una atención sin invadirlo de procedimientos innecesarios y costosos que podrían implicarle prolongar unas condiciones de vida supremamente dolorosas sin ninguna mejoría".
Desde la visión romántica que practicaba de la medicina el doctor Urbino, "el bisturí era la prueba mayor del fracaso de la medicina" y por eso siempre "desconfiaba más de los medicamentos de patente" y de la "vulgarización de la cirugía". El siempre se enorgulleció de tener un ojo clínico tan preciso que lo hacía el más solícito de los galenos de Cartagena para los pacientes con los casos más perdidos, y eso lo consideraba toda una especialización.
Comités de Ética
Afirma el pediatra que en los Estados Unidos, Fleishman le daba espacio a los filósofos para preguntarse junto a los médicos ¿Qué es vida? Desde el punto de vista del vitalismo hay que respetarla, donde haya un corazón latiendo hay vida. Para el existencialismo, que plantean el ser y el estar, no vasta que lata para que se hable de vida humana, debe haber actividad cognitiva y emocional hacia el mundo, porque vida es la posibilidad de existir pero también de realizarse como ser humano y de cumplir un principio de desarrollo y apogeo. Esto implica, también, la defensa del minusválido para que se realice como ser humano y la atención integral y hasta el final del paciente terminal, respetando su dignidad y su autonomía.
"El consentimiento informado, tiene carácter de universalidad, pero es complejo. Parte del mutuo respeto y la credibilidad" y aclara que por esta razón "los comités éticos entran a asumir las áreas donde hay grandes discrepancias, complejas y conflictivas, y donde los intereses entren en contraposición. Por ello deben reunirse periódicamente y emitir conceptos, no dan fallos porque no son jueces ni tienen que ver con la moralidad religiosa". Con base en este criterio afirma que es muy importante que los comités de ética estén constituidos no solo por personal del hospital, sino por gente de fuera que provenga de otras disciplinas y ciencias: abogados, filósofos, antropólogos, sociólogos e, incluso, representantes del propio Estado y de la Defensoría del Pueblo.
En un artículo sobre las bases conceptuales de los comités de ética, el especialista Fernando Guzmán Mora, presidente nacional de la Federación Médica Colombiana, afirma que estos son esenciales en las instituciones de salud: "Ellos se constituyen en garantes del cumplimiento de los reglamentos internos del hospital pero, por encima de todo, en defensores de un actuar profesional que cumpla con las normas de excelencia académicas y científicas, así como en responsables del cumplimiento de las leyes colombianas".
Entre sus funciones, describe, están el proteger a los pacientes, evaluar transgresiones a la Lex Artis (Ley del Arte), juzgar actos contra la moral general, juzgar la conducta con los colegas, proteger la institución, defender a los subalternos, imponer el predominio de la ley en todo acto profesional, ceñirse a normas procesales, educar a los profesionales, dictar políticas, analizar casos éticos y divulgar y hacer cumplir los Derechos de los Pacientes. A lo anterior se suma el concepto de la Corte Constitucional en su sentencia 259 de 1995, sobre la importancia de los Tribunales de Ética Médica, y la Resolución 13437 de 1991, que constituye los Comités de Etica Hospitalaria y adopta el decálogo de los derechos de los pacientes.
Vida y ley
Esos principios de desarrollo científico, criterio ético y práctica médica no siempre están sujetos a la voluntad del individuo. No en vano Goethe decía: "el mérito mayor del hombre consiste, sin duda, en dominar las circunstancias lo mejor posible y dejarse dominar por ellas lo menos posible".
Un anestesiólogo que trabaja en cuidados intensivos en una entidad hospitalaria de Medellín, quien prefirió omitir su nombre, dice que aunque los medios de comunicación divulguen que la seguridad social ha ampliado y mejorado la cobertura, las condiciones económicas y los factores sico-sociales son un factor clave para que una persona pueda vivir o tenga que morir por falta de recursos, o porque libremente o por sentimientos depresivos o conflictos síquicos decide que no quiere seguir existiendo.
"Y la pregunta que surgió fue: ¿Este niño, desde el punto de vista médico, puede tener una vida satisfactoria que le permita logros como ser humano? ¿Puede ir a la escuela? ¿Aprenderá un lenguaje? Y la respuesta fue, mirando el conjunto: ¡No!. Esos son los puntos críticos que los comités de ética tienen que resolver en las prácticas terapéuticas", asegura el docente pediatra.
El galeno comenta el caso de una paciente quien por problemas coronarios requería de una angioplastia, tratamiento sin el cual su riesgo de muerte era muy alto. Sin embargo, al explicarle que tras la cirugía cuyo procedimiento estaba subsidiado- debía acompañarse de un tratamiento con medicamentos especiales, ella decidió no practicarse la cirugía y murió, por no tener recursos económicos para pagar la droga después de la operación. Como decía el filósofo Estanislao Zuleta: "si no hay igualdad ante la vida, la igualdad ante la ley se convierte en una burla".
El especialista es firme en asegurar que los pacientes adultos son quienes deben expresar directamente su aceptación o no de la intervención quirúrgica o del procedimiento. Si éste decide que no se hará la intervención, así la familia insista, el médico no puede actuar. Recuerda el caso de un adulto quien padecía de un aneurisma torácico y aunque la cirugía era muy delicada tenía una opción mínima de sobrevivir, pero sin la intervención era ninguna. Sin embargo, se negó a ser intervenido y la familia tuvo que resignarse a verlo morir.
En otros pacientes adultos, se hace necesaria la evaluación psiquiátrica debido a que aún teniendo las alternativas para recuperarse o mejorar su estado de salud, no desean realizarse el tratamiento por problemas de depresión: "no tienen deseos de seguir viviendo".
El anestesiólogo considera que dar una previa, amplia y suficiente información al paciente sobre todo lo que puede sucederle - hasta lo inusual -, antes de someterlo a cualquier intervención o procedimiento es fundamental no sólo por la norma del consentimiento, sino porque los enfermos y sus familias se sienten más tranquilos, menos angustiados y "se ha visto que cuando termina el procedimiento sienten menos dolor y se recuperan más rápido. Incluso, cuando el paciente fallece, la familia se muestra tranquila y agradecida por el servicio de salud que se le prestó, porque está ampliamente informada de todo lo que podía acontecerle a su ser querido".
El especialista reconoce que "un procedimiento no consentido por el paciente y que tenga complicaciones, es suficiente para llegar a conflictos legales. Las fallas de los médicos se han convertido en algunos países en fuente de millonarios ingresos para pacientes y abogados y antes de que esto suceda en Colombia es necesario protegerse de esa rapiña".
Nunca hay mala intención en el ejercicio profesional, reitera, pero "un médico no puede garantizar resultados, sólo idoneidad y oportunidad para realizar el procedimiento" y aclara que "aunque el fallo de un juzgado pueda ser favorable al médico, su prestigio puede ponerse en tela de juicio y afectarle su futuro ejercicio”.
Kant decía que había tres condiciones para el juicio: pensar por sí mismo, pensar en el lugar del otro y ser consecuente. Aplicándolo en la triada médico, paciente e institución hospitalaria este criterio debe seguir vigente.
Para que no le acontezca la misma tragedia del famoso juez Iván Ilich, en la obra de León Tolstoi, quien dolido por lo que sentía como la total indiferencia y burocratización del eminente doctor Mijail Danilovich frente a la tragedia de su mortal enfermedad le preguntó:
- "Probablemente, nosotros, los enfermos, les hacemos a ustedes preguntas inoportunas. Pero, dígame: ¿es grave mi enfermedad?.
El médico le echó una mirada severa, con un solo ojo, a través de los lentes, como diciendo: "acusado, si no se limita usted a contestar a las preguntas que se le hacen, me veré obligado a ordenar que le arrojen de la sala".
- "Ya le he dicho lo que considero necesario y conveniente" replicó en voz alta. "El análisis dirá lo demás". Y el doctor se despidió con una venia.
Con razón desde entonces las calles le parecieron tristes y su casa una tumba que él mismo decoró, bajo el manto de una mentira que nadie le quería confesar: estaba condenado a muerte.



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