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No es poesía, es
realidad:
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América
Latina y el Caribe mueren
de hambre en sus verdes campos
Omaira
Arbeláez Echeverri - Periodista elpulso@elhospital.org.co
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En las bellas tierras de esta despensa del
mundo, el 44% de los latinoamericanos son pobres, un 30% está
en riesgo de caer en la pobreza y un 18.6% son indigentes.
El neoliberalismo y la globalización cambiaron el paisaje,
entre prósperas economías y nuevas o viejas
guerras, y nos sumamos del 2000 al 2002 otros 15 millones
de pobres (Cepal). El escritor austríaco, Robert Musil,
hablando de un personaje espía decía: "El
dinero se emplea para comprar armas. Lo que no es tan estúpido
como generalmente se piensa, porque en resumidas cuentas todo
lo inteligente termina cancelándose a sí mismo"
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Las imágenes desesperadas
de los argentinos tras un bocado de comida, peleándose
por pedazos de un viejo caballo muerto en una calle de vecindario,
golpeando con ollas las fachadas blindadas de los bancos y
derrocando cuatro presidentes en cuestión de días,
hicieron revivir a los latinoamericanos en vivo y en directo
la milenaria sentencia de Confucio: "en un país
bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza. En
un país mal gobernado debe inspirar vergüenza
la riqueza".
Ese testimonio en directo, percibido por el mundo, de la expresión
arrasadora de los pueblos hambrientos que han padecido en
su piel y en sus bolsillos las crisis del neoliberalismo,
las políticas de globalización y la corrupción
política local, hasta romper el espejo de las opulencias
pro-

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metidas
en sus pampas, industrias y ciudades, se convirtió en
un eco fatídico en las tierras vecinas de México,
Brasil, Uruguay, Ecuador, Perú, Paraguay, Bolivia, Colombia
y Venezuela.
Ver a un pueblo culto, próspero, el más rico de
la región, próximo a ingresar al Primer Mundo
-según predecía el ex presidente Menen- llorando
la traición de los políticos, la expropiación
de sus más valiosos activos nacionales (empresas de telecomunicaciones,
aéreas, petroleras), la rabia por el robo de sus ahorros
y el dolor de verse engañando por la banca nacional e
internacional, los obligó a lanzarse a las calles a reclamar
desesperados pan, con una indignación que no les cabía
en el cuerpo y que le dolió a toda América Latina.
Sus padecimientos fueron toda una lección aberrante de
lo que esperaba al resto de sus vecinos en el continente, embarcados
en el mismo proyecto neoliberal, bajo las mismas promesas, con
las mismas acciones privatizadoras y endeudados con los mismos
bancos internacionales.
Con más o menos escándalo público y casi
nada de televisión, los latinoamericanos están
viviendo su propia crisis, reflejada en el más doloroso
e indignante episodio para la humanidad que han traído
esos "cambios estructurales del Estado" en pleno siglo
XXI: el hambre.
La Cepal asegura que en Haití, Honduras, Nicaragua, Guatemala
y República Dominicana un 20% de la población
sufre de hambre, mientras en el resto de la región 55
millones de latinoamericanos y caribeños padecen algún
grado de subnutrición, a pesar del esfuerzo hecho por
las naciones en la última década y que logró
bajar, según la ONU, la desnutrición infantil
aguda de un 14% a un 9% y la crónica del 24% al 19%,
con la salvedad en este último ítem de Chile,
Costa Rica y Trinidad y Tobago que lograron reducirla al 5%.
La desnutrición crónica (talla-edad) es el gran
reto para la región y según la Cepal, en su informe
de agosto pasado, es la que reviste mayor gravedad por sus efectos
negativos irreversibles, mientras la aguda (bajo peso) ha sido
más controlable en este rincón del mundo. Sin
embargo, el retraso del crecimiento de los niños es preocupante
en Bolivia, El Salvador, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras,
zonas rurales de México, Nicaragua y Perú, puesto
que está afectando al 20% de los infantes.
A la Cepal como al Programa Mundial de Alimentos (PMA), le queda
claro que la mayoría de los países cuenta con
más de 2.200 kilocalorías por persona/día,
(menos Haití, Guatemala y Bolivia) un "nivel bajo
el cual se considera que la oferta agregada de alimentos es
crítica", y por lo tanto consideran que "el
problema del hambre en América Latina y el Caribe no
está relacionado tanto con la falta de oferta alimentaria,
como con la insuficiencia de acceso a los alimentos derivada
de los muy bajos ingresos de la población", y es
en este punto donde se presenta la mayor desigualdad social.
En síntesis, América Latina es una despensa para
el mundo, pero sus propios habitantes no tienen dinero para
comprar y consumir lo que ellos mismos producen y por lo tanto
el hambre es la mala noticia que runrunea a diario en los estómagos
infantiles. Como consecuencia, la región presenta una
elevada desigualdad social, que con las nuevas políticas
macroeconómicas se ha concentrado aún más
en pequeños núcleos de la población.
Sólo facilitando el acceso de la población a los
alimentos que produce su propia región se disminuiría
notoria o totalmente el hambre de la gente, como lo intenta
ahora Brasil con su programa ¡Hambre Cero! Si la voluntad
política de las 24 naciones de la región trabajara
para lograr este objetivo, entre 14 y 19 de ellas cumplirían
a cabalidad el contribuir a disminuir en el 2015, a la mitad,
el hambre de 840 millones de personas que hoy padecen esta crítica
enfermedad económico-social.
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La
cadena
Lógrese o no el objetivo, lo cierto es que el hambre
no es un fenómeno exclusivo de Colombia. Las hambrunas
se han presentado en el tejido milenario de la humanidad, pero
con la creación de las urbes y la necesidad de aparentarle
al vecino cierta opulencia, siempre se intentó opacar
tanto en Europa como en América su evidencia de problema
de salud pública. El Siglo de Oro español tiene
entre sus obras sacras de la picaresca la de un escritor anónimo,
quien en 1554 cuenta las aventuras del "Lazarillo de Tormes"
quien relata como el escudero extranjero, al cual servía,
se paraba a medio día a limpiarse los dientes con un
palillo para darle a conocer a sus vecinos que había
cenado, placer que bien sabía hacía varios días
no conocía, pero que debía demostrar porque ese
año en Toledo la "tierra fuese estéril de
pan" y el ayuntamiento ordenó la expulsión
de todos los extranjeros pobres en el término de cuatro
días o su azote público hasta sacarlos de la ciudad.
El hambre y la desnutrición en la historia de Colombia
han crecido y decrecido en relación directa con los conflictos
civiles, las migraciones, la lucha por la tierra, el acceso
a los servicios de salud, los programas de inmunización,
el cubrimiento de los servicios públicos domiciliarios,
la educación, el empleo y las políticas económicas
de los gobiernos de turno. |
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En este país
dado a luz en partos de guerra, el hambre siempre pareció
acompañarlo todo aún en medio de fértiles
tierras y abundantes aguas.
En 1867 cuando el país apenas contaba con algo más
de dos millones y medio de habitantes, el escritor Miguel Samper
publicó en "La miseria de Bogotá" un
relato dramático que revela la situación de la
Capital: "los mendigos llenaban calles y plazas
pero
no todos los mendigos se exhiben en las calles. El mayor número
de los pobres de la ciudad, que conocemos con el nombre de vergonzantes,
ocultan su miseria, se encierran con sus hijos en habitaciones
desmanteladas y sufren en ellas los horrores del hambre y la
desnudez
Las calles y plazas de la ciudad están
infestadas por rateros, ebrios, lazarinos, holgazanes y aún
locos
El obrero no halla constante ocupación, ni
el jefe de taller expendio para su obra; el propietario no recibe
arriendo ni alquileres; el tendero no vende, ni compra, ni paga,
ni le pagan; el importador ve dormir sus mercancías en
el almacén y sus pagarés en la cartera; el capitalista
no recibe intereses, ni el empleado sueldos; los carros y las
mulas andan vacíos; los edificios se quedan sin concluir;
los cultivadores venden a vil precio sus papas, trigo, miel
y demás productos; los ganados y caballos están
escasos y a la vez baratos; no hay numerario, o a lo menos escasea
el legítimo; el crédito ha desaparecido porque
no hay confianza y los pocos capitales que pudieran circular,
se ocultan
".
Estos son sólo apartes del texto recogido en "La
Historia de la población de colombiana: 1880-2000",
escrita por José Olinto Rueda Plata para la colección
Nueva Historia de Colombia (Editorial Planeta, Tomo V), en el
cual se describe como en el Siglo XIX los parámetros
del crecimiento de la población que tenían como
base la fecundidad, la mortalidad y las migraciones internacionales
caían en picada por las guerras civiles, la ausencia
de los varones en los hogares, la carencia de fuentes de empleo,
la escasez de alimentos, la miseria que se extendía como
una plaga al igual que las enfermedades y las epidemias, todo
ello bajo el control de un Estado impotente para solventar crisis
sociales y humanitarias en medio de conflictos bélicos.
Entre 1870 y 1905 el país tuvo así el récord
de crecimiento de población más bajo de su historia:
13 por mil.
¿Para atrás o cogiendo
impulso?
El siglo XX no trajo paz, pero permitió que entre batalla
y batalla las villas se pintasen lentamente como pequeñas
ciudades, mediante las migraciones internas, la colonización
antioqueña, el impulso al cultivo del café y el
avance en los medios de transporte, comunicaciones e infraestructura,
que se fueron desarrollando a paso de treguas y cambios políticos.
En 1900 un colombiano vivía un promedio de 28 años
y el 60% de los muertos eran niños antes de cumplir los
cinco años. Para completar, en 1918 una epidemia de "grippe"
hizo estragos en el país, los muertos se encontraban
en las calles y sólo en Bogotá más de 30.000
enfermos obligaron a ampliar el cementerio. En 1929 la crisis
económica mundial acabó con la inversión
extranjera, cerró importaciones y causó la caída
de los precios del café, el cierre de almacenes, los
sueldos más bajos y un creciente desempleo. Los inquilinos
hicieron manifestaciones para obligar a bajar los precios de
los alquileres y "muchos se ven obligados a aglomerarse
con sus familiares en una sola casa y otros emigran a los campos
y pequeños poblados donde la vida es más barata"
(Vida diaria en las ciudades colombianas. Patricia y Santiago
Londoño. Ibíd. Tomo IV)
Las enfermedades del hambre e inmunoprevenibles siguieron azotando
a la gente: diarreas, anemias (tuntun), enfermedades respiratorias,
paludismo, difteria, sarampión, viruela, fiebre amarilla,
tosferina y poliomelitis. Los parásitos fueron atacados
con bebidas de paico y el raquitismo y la anemia con jarabe
yodotánico por recomendación de los boticarios,
hasta que en 1946 la creación del Seguro Social y de
otros centros de salud en los años cincuenta fueron cambiando
los parámetros de la atención: los partos dejaron
de atenderse en casa para buscar hospitales y médicos
entrenados, y la morbilidad y la mortalidad fueron disminuyendo
a medida que se estabilizó la economía.
Miedos y epidemias
En la actualidad, los expertos en el tema de la alimentación
afirman que las emergencias por fenómenos como inundaciones,
sequías, terremotos y otros eventos naturales pueden
subsanarse con ayuda internacional temporal. La experta en el
tema, Mabel González Bustelo, en su artículo "Guerra
y hambrunas provocadas: un mal de nuestro tiempo", asegura
que la organización Acción Contra el Hambre cuenta
con los medios para "atajar cualquier hambruna en pocas
semanas, siempre que se le permita acceder a las poblaciones
afectadas y trabajar manteniendo su independencia y sus principios
humanitarios. Sin embargo, es el acceso el que se ha convertido
en su mayor problema".
Médicos del Mundo, en la voz de la presidenta de honor
Pilar Estébanez, y de su vicepresidente en España,
José Manuel Díaz Olalla, aseguran que una gran
parte de la humanidad gasta cuatro quintos de lo que gana en
alimentación de supervivencia y por ello se preguntan:
"¿Qué les queda para comprar las otras cosas
que se necesitan para vivir dignamente como el agua, la electricidad
o la atención sanitaria?". Entonces se explican
que "sólo puede ser hipocresía o ceguera
sin límites el supeditar la ayuda al desarrollo, como
se ha hecho recientemente en la cumbre de Monterrey, a la liberalización
feroz de las economías de los países menos adelantados,
sin entender que es el Estado, y no el mercado, el que debe
abastecer a los ciudadanos de los servicios básicos que
necesitan".
Al hacer el balance de esos servicios, apoyados en datos de
Médicos del Mundo y la FAO, se encuentra que no son pocos:
más de 1.200 millones de seres humanos no tienen acceso
a agua potable; 1.000 millones carecen de vivienda digna; 2.000
millones no consumen micronutrientes básicos (vitaminas
A y C, minerales, hierro, yodo, zinc); 840 millones están
malnutridos, de los cuales 300 millones son niños menores
de cinco años; 2.000 millones padecen anemia por falta
de hierro; 880 millones no tienen acceso a servicios básicos
de salud; y 2.000 millones carecen de acceso a medicamentos
esenciales; 140 millones sufren por falta de vitamina A y están
a punto de quedar ciegos; hoy están en emergencia alimentaria
en 30 países con 67 millones de habitantes; 36 millones
de personas padecen VIH/sida; 20 millones sufren cretinismo
y enfermedades mentales por falta de yodo. En síntesis:
el 80% de la población mundial vive hoy en la pobreza.
Para no quedarnos atrás recogemos la visión que
tiene Acción contra el Hambre, entidad que opera atendiendo
a comunidades desplazadas en Colombia y así nos ven:
27 millones de pobres según el Banco Mundial, un desempleo
superior al 15.3%, un subempleo del 35.1% (la base del Dane
son trece ciudades) y afectación del 50.4% la población
económicamente activa por este hecho. Para completar,
la Contraloría General de la Nación asegura que
más de 3,5 millones de niños están sin
escolarizar; que el 20% de los hogares más ricos del
país concentra el 52% de los ingresos totales de la Nación
y que el 53% de la tierra está en manos del 1,08% de
los propietarios.
Así que no hay dudas, a los ojos externos y a los propios
estamos con todo lujo de detalles preparados para afrontar la
realidad: "hacemos parte del 80% de la población
más pobre del planeta". Y eso da rabia e impotencia,
como a los argentinos, porque tenemos sin contar el capital
humano y las industrias, las tierras más fértiles,
las segundas tierras más biodiversas de América
y las cuartas a escala mundial con la posesión de fuentes
de agua más dulces del planeta. En conclusión:
nos morimos de hambre, desnutrición y sed en medio de
la riqueza. Prendan la Luz
¿Por qué será?
Será
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