MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 5    NO 63   DICIEMBRE DEL AÑO 2003    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

No es poesía, es realidad:
América Latina y el Caribe mueren
de hambre en sus verdes campos

Omaira Arbeláez Echeverri - Periodista elpulso@elhospital.org.co
En las bellas tierras de esta despensa del mundo, el 44% de los latinoamericanos son pobres, un 30% está en riesgo de caer en la pobreza y un 18.6% son indigentes. El neoliberalismo y la globalización cambiaron el paisaje, entre prósperas economías y nuevas o viejas guerras, y nos sumamos del 2000 al 2002 otros 15 millones de pobres (Cepal). El escritor austríaco, Robert Musil, hablando de un personaje espía decía: "El dinero se emplea para comprar armas. Lo que no es tan estúpido como generalmente se piensa, porque en resumidas cuentas todo lo inteligente termina cancelándose a sí mismo"
Las imágenes desesperadas de los argentinos tras un bocado de comida, peleándose por pedazos de un viejo caballo muerto en una calle de vecindario, golpeando con ollas las fachadas blindadas de los bancos y derrocando cuatro presidentes en cuestión de días, hicieron revivir a los latinoamericanos en vivo y en directo la milenaria sentencia de Confucio: "en un país bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza. En un país mal gobernado debe inspirar vergüenza la riqueza".
Ese testimonio en directo, percibido por el mundo, de la expresión arrasadora de los pueblos hambrientos que han padecido en su piel y en sus bolsillos las crisis del neoliberalismo, las políticas de globalización y la corrupción política local, hasta romper el espejo de las opulencias pro-
metidas en sus pampas, industrias y ciudades, se convirtió en un eco fatídico en las tierras vecinas de México, Brasil, Uruguay, Ecuador, Perú, Paraguay, Bolivia, Colombia y Venezuela.
Ver a un pueblo culto, próspero, el más rico de la región, próximo a ingresar al Primer Mundo -según predecía el ex presidente Menen- llorando la traición de los políticos, la expropiación de sus más valiosos activos nacionales (empresas de telecomunicaciones, aéreas, petroleras), la rabia por el robo de sus ahorros y el dolor de verse engañando por la banca nacional e internacional, los obligó a lanzarse a las calles a reclamar desesperados pan, con una indignación que no les cabía en el cuerpo y que le dolió a toda América Latina. Sus padecimientos fueron toda una lección aberrante de lo que esperaba al resto de sus vecinos en el continente, embarcados en el mismo proyecto neoliberal, bajo las mismas promesas, con las mismas acciones privatizadoras y endeudados con los mismos bancos internacionales.
Con más o menos escándalo público y casi nada de televisión, los latinoamericanos están viviendo su propia crisis, reflejada en el más doloroso e indignante episodio para la humanidad que han traído esos "cambios estructurales del Estado" en pleno siglo XXI: el hambre.
La Cepal asegura que en Haití, Honduras, Nicaragua, Guatemala y República Dominicana un 20% de la población sufre de hambre, mientras en el resto de la región 55 millones de latinoamericanos y caribeños padecen algún grado de subnutrición, a pesar del esfuerzo hecho por las naciones en la última década y que logró bajar, según la ONU, la desnutrición infantil aguda de un 14% a un 9% y la crónica del 24% al 19%, con la salvedad en este último ítem de Chile, Costa Rica y Trinidad y Tobago que lograron reducirla al 5%.
La desnutrición crónica (talla-edad) es el gran reto para la región y según la Cepal, en su informe de agosto pasado, es la que reviste mayor gravedad por sus efectos negativos irreversibles, mientras la aguda (bajo peso) ha sido más controlable en este rincón del mundo. Sin embargo, el retraso del crecimiento de los niños es preocupante en Bolivia, El Salvador, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, zonas rurales de México, Nicaragua y Perú, puesto que está afectando al 20% de los infantes.
A la Cepal como al Programa Mundial de Alimentos (PMA), le queda claro que la mayoría de los países cuenta con más de 2.200 kilocalorías por persona/día, (menos Haití, Guatemala y Bolivia) un "nivel bajo el cual se considera que la oferta agregada de alimentos es crítica", y por lo tanto consideran que "el problema del hambre en América Latina y el Caribe no está relacionado tanto con la falta de oferta alimentaria, como con la insuficiencia de acceso a los alimentos derivada de los muy bajos ingresos de la población", y es en este punto donde se presenta la mayor desigualdad social.
En síntesis, América Latina es una despensa para el mundo, pero sus propios habitantes no tienen dinero para comprar y consumir lo que ellos mismos producen y por lo tanto el hambre es la mala noticia que runrunea a diario en los estómagos infantiles. Como consecuencia, la región presenta una elevada desigualdad social, que con las nuevas políticas macroeconómicas se ha concentrado aún más en pequeños núcleos de la población.
Sólo facilitando el acceso de la población a los alimentos que produce su propia región se disminuiría notoria o totalmente el hambre de la gente, como lo intenta ahora Brasil con su programa ¡Hambre Cero! Si la voluntad política de las 24 naciones de la región trabajara para lograr este objetivo, entre 14 y 19 de ellas cumplirían a cabalidad el contribuir a disminuir en el 2015, a la mitad, el hambre de 840 millones de personas que hoy padecen esta crítica enfermedad económico-social.
La cadena
Lógrese o no el objetivo, lo cierto es que el hambre no es un fenómeno exclusivo de Colombia. Las hambrunas se han presentado en el tejido milenario de la humanidad, pero con la creación de las urbes y la necesidad de aparentarle al vecino cierta opulencia, siempre se intentó opacar tanto en Europa como en América su evidencia de problema de salud pública. El Siglo de Oro español tiene entre sus obras sacras de la picaresca la de un escritor anónimo, quien en 1554 cuenta las aventuras del "Lazarillo de Tormes" quien relata como el escudero extranjero, al cual servía, se paraba a medio día a limpiarse los dientes con un palillo para darle a conocer a sus vecinos que había cenado, placer que bien sabía hacía varios días no conocía, pero que debía demostrar porque ese año en Toledo la "tierra fuese estéril de pan" y el ayuntamiento ordenó la expulsión de todos los extranjeros pobres en el término de cuatro días o su azote público hasta sacarlos de la ciudad.
El hambre y la desnutrición en la historia de Colombia han crecido y decrecido en relación directa con los conflictos civiles, las migraciones, la lucha por la tierra, el acceso a los servicios de salud, los programas de inmunización, el cubrimiento de los servicios públicos domiciliarios, la educación, el empleo y las políticas económicas de los gobiernos de turno.
En este país dado a luz en partos de guerra, el hambre siempre pareció acompañarlo todo aún en medio de fértiles tierras y abundantes aguas.
En 1867 cuando el país apenas contaba con algo más de dos millones y medio de habitantes, el escritor Miguel Samper publicó en "La miseria de Bogotá" un relato dramático que revela la situación de la Capital: "los mendigos llenaban calles y plazas… pero no todos los mendigos se exhiben en las calles. El mayor número de los pobres de la ciudad, que conocemos con el nombre de vergonzantes, ocultan su miseria, se encierran con sus hijos en habitaciones desmanteladas y sufren en ellas los horrores del hambre y la desnudez… Las calles y plazas de la ciudad están infestadas por rateros, ebrios, lazarinos, holgazanes y aún locos…El obrero no halla constante ocupación, ni el jefe de taller expendio para su obra; el propietario no recibe arriendo ni alquileres; el tendero no vende, ni compra, ni paga, ni le pagan; el importador ve dormir sus mercancías en el almacén y sus pagarés en la cartera; el capitalista no recibe intereses, ni el empleado sueldos; los carros y las mulas andan vacíos; los edificios se quedan sin concluir; los cultivadores venden a vil precio sus papas, trigo, miel y demás productos; los ganados y caballos están escasos y a la vez baratos; no hay numerario, o a lo menos escasea el legítimo; el crédito ha desaparecido porque no hay confianza y los pocos capitales que pudieran circular, se ocultan…".
Estos son sólo apartes del texto recogido en "La Historia de la población de colombiana: 1880-2000", escrita por José Olinto Rueda Plata para la colección Nueva Historia de Colombia (Editorial Planeta, Tomo V), en el cual se describe como en el Siglo XIX los parámetros del crecimiento de la población que tenían como base la fecundidad, la mortalidad y las migraciones internacionales caían en picada por las guerras civiles, la ausencia de los varones en los hogares, la carencia de fuentes de empleo, la escasez de alimentos, la miseria que se extendía como una plaga al igual que las enfermedades y las epidemias, todo ello bajo el control de un Estado impotente para solventar crisis sociales y humanitarias en medio de conflictos bélicos.
Entre 1870 y 1905 el país tuvo así el récord de crecimiento de población más bajo de su historia: 13 por mil.
¿Para atrás o cogiendo impulso?
El siglo XX no trajo paz, pero permitió que entre batalla y batalla las villas se pintasen lentamente como pequeñas ciudades, mediante las migraciones internas, la colonización antioqueña, el impulso al cultivo del café y el avance en los medios de transporte, comunicaciones e infraestructura, que se fueron desarrollando a paso de treguas y cambios políticos.
En 1900 un colombiano vivía un promedio de 28 años y el 60% de los muertos eran niños antes de cumplir los cinco años. Para completar, en 1918 una epidemia de "grippe" hizo estragos en el país, los muertos se encontraban en las calles y sólo en Bogotá más de 30.000 enfermos obligaron a ampliar el cementerio. En 1929 la crisis económica mundial acabó con la inversión extranjera, cerró importaciones y causó la caída de los precios del café, el cierre de almacenes, los sueldos más bajos y un creciente desempleo. Los inquilinos hicieron manifestaciones para obligar a bajar los precios de los alquileres y "muchos se ven obligados a aglomerarse con sus familiares en una sola casa y otros emigran a los campos y pequeños poblados donde la vida es más barata" (Vida diaria en las ciudades colombianas. Patricia y Santiago Londoño. Ibíd. Tomo IV)
Las enfermedades del hambre e inmunoprevenibles siguieron azotando a la gente: diarreas, anemias (tuntun), enfermedades respiratorias, paludismo, difteria, sarampión, viruela, fiebre amarilla, tosferina y poliomelitis. Los parásitos fueron atacados con bebidas de paico y el raquitismo y la anemia con jarabe yodotánico por recomendación de los boticarios, hasta que en 1946 la creación del Seguro Social y de otros centros de salud en los años cincuenta fueron cambiando los parámetros de la atención: los partos dejaron de atenderse en casa para buscar hospitales y médicos entrenados, y la morbilidad y la mortalidad fueron disminuyendo a medida que se estabilizó la economía.
Miedos y epidemias
En la actualidad, los expertos en el tema de la alimentación afirman que las emergencias por fenómenos como inundaciones, sequías, terremotos y otros eventos naturales pueden subsanarse con ayuda internacional temporal. La experta en el tema, Mabel González Bustelo, en su artículo "Guerra y hambrunas provocadas: un mal de nuestro tiempo", asegura que la organización Acción Contra el Hambre cuenta con los medios para "atajar cualquier hambruna en pocas semanas, siempre que se le permita acceder a las poblaciones afectadas y trabajar manteniendo su independencia y sus principios humanitarios. Sin embargo, es el acceso el que se ha convertido en su mayor problema".
Médicos del Mundo, en la voz de la presidenta de honor Pilar Estébanez, y de su vicepresidente en España, José Manuel Díaz Olalla, aseguran que una gran parte de la humanidad gasta cuatro quintos de lo que gana en alimentación de supervivencia y por ello se preguntan: "¿Qué les queda para comprar las otras cosas que se necesitan para vivir dignamente como el agua, la electricidad o la atención sanitaria?". Entonces se explican que "sólo puede ser hipocresía o ceguera sin límites el supeditar la ayuda al desarrollo, como se ha hecho recientemente en la cumbre de Monterrey, a la liberalización feroz de las economías de los países menos adelantados, sin entender que es el Estado, y no el mercado, el que debe abastecer a los ciudadanos de los servicios básicos que necesitan".
Al hacer el balance de esos servicios, apoyados en datos de Médicos del Mundo y la FAO, se encuentra que no son pocos: más de 1.200 millones de seres humanos no tienen acceso a agua potable; 1.000 millones carecen de vivienda digna; 2.000 millones no consumen micronutrientes básicos (vitaminas A y C, minerales, hierro, yodo, zinc); 840 millones están malnutridos, de los cuales 300 millones son niños menores de cinco años; 2.000 millones padecen anemia por falta de hierro; 880 millones no tienen acceso a servicios básicos de salud; y 2.000 millones carecen de acceso a medicamentos esenciales; 140 millones sufren por falta de vitamina A y están a punto de quedar ciegos; hoy están en emergencia alimentaria en 30 países con 67 millones de habitantes; 36 millones de personas padecen VIH/sida; 20 millones sufren cretinismo y enfermedades mentales por falta de yodo. En síntesis: el 80% de la población mundial vive hoy en la pobreza.
Para no quedarnos atrás recogemos la visión que tiene Acción contra el Hambre, entidad que opera atendiendo a comunidades desplazadas en Colombia y así nos ven: 27 millones de pobres según el Banco Mundial, un desempleo superior al 15.3%, un subempleo del 35.1% (la base del Dane son trece ciudades) y afectación del 50.4% la población económicamente activa por este hecho. Para completar, la Contraloría General de la Nación asegura que más de 3,5 millones de niños están sin escolarizar; que el 20% de los hogares más ricos del país concentra el 52% de los ingresos totales de la Nación y que el 53% de la tierra está en manos del 1,08% de los propietarios.
Así que no hay dudas, a los ojos externos y a los propios estamos con todo lujo de detalles preparados para afrontar la realidad: "hacemos parte del 80% de la población más pobre del planeta". Y eso da rabia e impotencia, como a los argentinos, porque tenemos sin contar el capital humano y las industrias, las tierras más fértiles, las segundas tierras más biodiversas de América y las cuartas a escala mundial con la posesión de fuentes de agua más dulces del planeta. En conclusión: nos morimos de hambre, desnutrición y sed en medio de la riqueza. Prendan la Luz… ¿Por qué será?… Será…
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