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Humanizar la salud no es otra cosa que considerar al ser
humano en sentido global, holístico -como nos gusta
decir hoy-, es decir, en su dimensión física,
intelectual, emocional, relacional o social y espiritual.
Y agrega: En realidad, para intervenir holísticamente
se requiere recuperar la visión integral, hay que ir
contracorriente en relación con la mentalidad contemporánea,
que va por el camino de la fragmentación y la super-especialización.
Y es que no son nuevas las voces de crítica sobre la
formación que recibe el personal de salud, que sumada
a diversos factores, originan un modelo asistencial distante
y fragmentario. A este respecto, José Carlos Bermejo
es claro en señalar que «la medicina y todas
las disciplinas relacionadas con la salud tienen el permanente
peligro de olvidarse de que quien enferma es una persona.
En algunos lugares se empieza a tomar creciente conciencia
de que a los mismos profesionales de la salud hay que prepararlos
en el ámbito relacional y ético; empiezan a
incluirse algunas asignaturas al respecto, aunque la cosa
es muy incipiente. Asistimos a un para-digma demasiado biologicista
en el modo de concebir la salud y la enfermedad, así
como el modelo asistencial. Humanizar pasa por tomar conciencia
de que quien enferma es un ser humano y que la enfermedad
afecta a toda la persona. Hoy se habla de 'medicina basada
en la evidencia' (científica, se entiende). Pues bien,
no falta quien, con mucha razón, reclama la necesidad
de hablar también de 'medicina basada en la afectividad'».
Como otro factor que se debe intervenir en la meta de humanizar
la salud, el experto español señala que debe
desmontarse el imperio de los criterios economicistas
relacionados con la gestión, la tiranía de la
industria que coge por el cuello a los políticos
cuando quieren diseñar planes de asistencia sanitaria,
el olvido de que construir un mundo más humano es tarea
de todos.
En relación con Colombia, este panorama se ensombrece
aún más con la puesta en marcha hace 10 años
de la Ley 100, un sistema que convirtió la salud en
un negocio. Como consecuencia, de un lado se desmejoraron
las condiciones de vida y trabajo del recurso humano asistencial.
De otra parte, a los pacientes que lograron clasificar para
acceder a la salud, tras el laberíntico caudal de requisitos
exigidos, los convirtió en clientes -por lo demás,
insatisfechos- debido la precariedad de los servicios a los
cuales tienen acceso.
Otro aspecto de obligada discusión es la situación
de violencia que vive el país, que le suma a nuestro
personal de salud un desafío más en el ejercicio
humanizado de su labor. Al preguntarle cómo ve esta
situación, el doctor Bermejo responde: Creo que
un país como Colombia, al que llevo en el corazón
por la colaboración que llevo prestando desde hace
años en acciones formativas y de capacitación,
requiere una particular atención a la humanización
de la salud. La salud no es exclusivamente el buen funcionamiento
de los órganos y la ausencia de conocidas patologías
físicas o psíquicas. La salud es también
una experiencia biográfica que tiene que ver con nuestro
mundo emocional y de valores. Por eso, humanizar la salud
implica también sanar los sentimientos de rencor y
de violencia que habitan en algunas personas. Curar no significa
sólo atender las heridas producidas por diferentes
agentes.
Sobre el trabajo que se desarrolla en nuestro país
en humanización de la salud, comenta: en Colombia,
desde hace años existe un Centro de Humanización
y Pastoral de la Salud en la ciudad de Bogotá que realiza
diferentes iniciativas de formación en el ámbito
de la humanización de la salud, y que pertenece a los
Religiosos Camilos. Además, hace un par de años,
la Organización Iberoamericana de la Seguridad Social
organizó un Simposio sobre la humanización de
la salud en Bogotá, con participación de personas
procedentes de todo el país, dirigentes de instituciones
de salud. Creo que son inicios significativos y válidos
para generar una cultura que sea respetuosa de la dignidad
de todo ser humano, particularmente cuando éste se
encuentra especialmente vulnerable a causa de la enfermedad
o de la proximidad de la muerte.
Tecnología vs. humanización
En una época de vertiginosos avances científicos,
se abren caminos de esperanza para el tratamiento e incluso
la cura de muchas enfermedades, pero paralelamente, también
hay preocupación por el mal uso que se le pueda dar
a estas herramientas, si está movido por factores como
ambición desmedida e intereses económicos desmesurados.
En este sentido, el doctor Bermejo sostiene: los avances
tecnológicos son a mi juicio, totalmente compatibles
con la humanización del ser humano. En realidad, contar
con más tecnología, cuando ésta se utiliza
bien y al servicio de las necesidades de las personas, es
un indicador de humanización. La tecnología
puesta al servicio de los procesos diagnósticos y de
tratamiento (curativo o paliativo), es reflejo de la humanidad
que sale al paso de la vulnerabilidad y fragilidad humana.
La deshumanización se produce cuando se produce colonización
tecnológica (invasión absoluta), despersonalización
en su uso, olvido de alguna de las dimensiones del ser humano
al servicio del que se utiliza dicha tecnología. La
deshumanización se produce cuando no hay igualitarismo
y justicia en la distribución de los recursos sanitarios.
La otra cara de la moneda
Pero en la denuncia de deshumanización de la salud
hay otra óptica desde la cual mirar este tema: las
consecuencias que trae sobre el recurso humano asistencial,
su labor diaria en este difícil campo. Interrogado
sobre este aspecto, José Carlos Bermejo no duda en
apuntar: Querámoslo o no, estar en constante
contacto con el mundo del sufrimiento y del dolor, desencadena
reacciones que no son indiferentes para el profesional, que
repercutirán en su estado de ánimo y en su misma
salud. El influjo del sufrimiento que se deriva del ejercicio
de la profesión sanitaria puede llevarnos a enfermar
y huir de nuestra actividad, que serían signos de lo
que entendemos por burn-out.
Este estudioso del tema explica que el término burn-out,
tomado del atletismo, lo utiliza por primera vez aplicado
al mundo socio-sanitario Fredenberger en 1974, sin definirlo
exactamente, para referirse a cansancio, apatía, agotamiento,
estar al límite de las propias energías. Carlos
Yagüe, del Camillianum de Roma, lo presenta como "un
tipo de defensa patológica frente al estrés,
que se manifiesta fundamentalmente en un estado de intensa
frustración, apatía, agotamiento, despersonalización
y reducida realización personal, y en una pérdida
de interés por el cliente, pérdida de consideración
respecto a los compañeros y el servicio, y distancia
emotiva del trabajador".
Y continúa su análisis afirmando que es
muy claro que los elementos que influyen en el burn-out son
complejos. Las causas no son sólo personales e institucionales,
sino un complejo relacional que se da cita en el ejercicio
de la profesión, en su naturaleza y su organización.
Para manejarse en este campo se requiere, entonces, no sólo
una buena competencia profesional, sino también o como
elemento integrante de ella, una competencia relacional y
emocional que permitan hablar de competencia esencial, de
madurez personal, puesto que nos vemos afectados en toda nuestra
persona, por el contacto con la vulnerabilidad ajena.
Si es cierto que todos los trabajos pueden "quemar"
a una persona, en el trabajo sanitario lo es más, si
cabe, precisamente por la particularidad del efecto personal
que tiene sobre uno el encuentro con la propia vulnerabilidad.
Del modo como ésta se maneje depende, en buena medida,
la satisfacción en el trabajo o el agotamiento emocional,
concluye.
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