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En el ambiente de las transacciones, de las operaciones
comerciales, de los márgenes y rendimientos, y de
los demás paradigmas financieros en que se encasilla
hoy la vida, y en el que se encasilla también la
salud, o mejor la prestación de los servicios de
este sector, es lógico esperar que la salud pública
no tenga mayor relevancia.
Y no la tiene puesto que ella, la salud pública,
parece que no es negocio para quienes en aquellos asuntos
de las transacciones, desarrollan su actividad, y tampoco
es de interés para quienes deben alentar e impulsar
el desarrollo de la Carta Constitucional, por no hablar
de su contenido, ni de sentimientos, ni actitudes humanitarias,
que debería ser lo primordial que motivara toda empresa
con componente humano.
Pero no. El mundo ya no está para estos pensamientos
que van en contravía de sus intereses, de sus negocios,
y de lo que se entiende por el éxito.
Si la enfermedad, por el hecho de estar atada de manera
inseparable a un sujeto padeciente tuviera la suficiente
importancia en la conciencia de los gobiernos y las gentes,
y si no se apreciara ese acontecer infortunado de enfermar
como una mera oportunidad comercial y al sujeto que sufre
la enfermedad como elemento componente de un mercado que
hay que satisfacer, la promoción de la salud, la
prevención de la enfermedad y las demás acciones
que propenden, en buena lógica, por la búsqueda
y el logro de un ser humano sano, serían el eje de
las tareas de salud. Y allí, en ese contexto, el
destino de los todos los demás esfuerzos, como los
medico-asistenciales o los de aseguramiento, serían
secundarios, pues para lograr una buena calidad de vida
para todos, hay que partir de la prevención de la
enfermedad y de la promoción de la salud.
La salud pública con su trascendencia y su innegable
importancia, no es un tema taquillero en el
país: parece tema sólo de publicaciones y
foros, pero no ha logrado calar dentro de los proyectos
vendibles, porque ahora todo tiene que ser vendible
para recibir las venias y aprobaciones de los organismos
que, desde fuera, dicen cómo debe operar un sistema
de salud y cuáles son sus propósitos y cuáles
sus alcances.
Y entonces, por ese desapego que por muchos días
vivimos, tuvimos que volver a hablar con apresuramiento
de campañas de vacunación, de enfermedades
inmunoprevenibles, de vectores, de malaria, de tuberculosis
y de otra serie de vergüenzas. ¿Por qué?
Se ha dicho que la Ley 100 no tiene nada que ver con el
asunto y que todo lo ocurrido es solo consecuencia de otras
políticas que no han sido bien interpretadas.
Pero sea lo que fuere, la realidad es contundente: no hay
adecuada salud pública. Estudios válidos y
rigurosos así lo demuestran, y orientan el principio
de realidad: en los años 90, especialmente después
de 1993, no fue que aumentaran las enfermedades, sino la
falta de preparación gubernamental y del sistema
de salud para atenderlas. Fue así que en los últimos
años se acumularon las evidencias que nos exigen
recuperar los indicadores de salud pública, una obligación
histórica y una responsabilidad social y humanitaria
que nos compromete a todos, pero muy especialmente al sector
público y a la comunidad, con el apoyo inexcusable
del sector privado. A fin de cuentas, es toda la sociedad,
pero mucho más el sector productivo, el que se beneficia
con poblaciones saludables que generan riqueza, en ambientes
con riesgos biológicos y sociales controlados.
En gracia de discusión aceptemos que el descuido
en salud pública no es consecuencia directa y exclusiva
de la Ley 100 de 1993; pero entonces debemos aceptar de
todas maneras, que no se ha visto la voluntad política
suficiente y necesaria para que el país retome ese
importante tema de la salud pública.
Aunque ya era hora, el tiempo dará la razón.
En el futuro, no sólo todos estaremos de acuerdo
con la teoría, sino que de hecho se llegará
el momento de ver realizaciones claras en el campo de la
salud pública, que propendan y logren el mejor estar
de las gentes, todo como una política nacional en
este campo de la salud real, y no de la salud como negocio.
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