Admitir que solo el 50 por ciento de los colombianos tienen cobertura
de servicios de salud, es aceptar que el modelo no funciona como
debiera, que no cumple con lo que se requiere y que no tiene el
alcance necesario, cualesquiera que sean las razones. Se dirá
que la economía no anda bien y que ella es la única
culpable; que ha habido corrupción y abuso; que los recursos
han sido suficientes pero que se desvían; y mil cosa más.
Pero lo cierto, lo evidente, es la poca posibilidad de acceso
que tiene la gente a los servicios, porque el sistema fue apuntalado
en hipótesis que no se cumplieron y que se sabía
de antemano que no se iban a cumplir, porque nuestro país
tiene sus particularidades, como sucedió con el caso de
Cusiana y Cupiagua.
Claro que se requiere una economía sólida para que
se produzca desarrollo y progreso. Pero ya se hizo evidente que
un modelo de salud soportado en un tipo de financiación
como el actual, es restrictivo, parcial y excluyente.
El tema de la salud y concretamente el de su financiación,
es supremamente amplio y complicado. Hay voces, con argumentos,
que defienden el sistema actual; hay otras, también con
razones, que lo aceptan parcialmente; y se escuchan, con demostraciones,
las que no lo encuentran ni siquiera admisible. El nuevo gobierno,
el que los colombianos elegiremos próximamente, tendrá
que abocar el tema de la salud en todos sus aspectos: financiación,
aseguramiento, alcance y operación. La salud es una prioridad
para cualquier pueblo. Sin embargo, es sorprendente que a estas
alturas no se escuche de ningún candidato a la presidencia
de la República, el mas mínimo planteamiento sobre
el tema. Es una necesidad ajustar el sistema, pues no podemos
dar marcha atrás. Desde este periódico se han señalado
en muchísimas ocasiones, los puntos que consideramos tienen
que ser revisados. Pero digamos en una palabra lo que requiere
el sistema: Armonía. Debe haberla en los servicios que
reciben todos y cada uno de los ciudadanos, en las oportunidades
para su acceso, en el plan de atención, en el criterio
de redistribución, en el desarrollo empresarial, en la
generación de oportunidades para creación de empresa
y puestos de trabajo, y en los términos de justicia y equidad
para los médicos y en general para el personal de la salud.
Hay que poner el sistema de seguridad social, en el aspecto de
salud, bajo la lupa, para analizarlo con cuidado y para aplicarle
las directrices que requiera, y evitar así que se desarrolle
irregularmente y a expensas de algunos de los actores, mientras
otros, como por ejemplo el mismo gobierno, esquiva sus responsabilidades
apoyado en resoluciones y decretos, hasta llegar a decir que los
enfermos que en el momento de su urgencia no porten el cartón
del Sisben no son de su competencia, o establecer que las ARS,
con quienes en realidad contratan las clínicas y hospitales,
no son responsables ante éstas de la obligación
económica que adquirieron, hasta tanto los municipios no
les cancelen a ellas, legitimando así, como claramente
lo hemos dicho, la irresponsabilidad, y tolerando y encubriendo
al mala paga.
La crisis de la salud no se ha superado. Hay descontento en la
gente e insatisfacción en las entidades y esto hay que
atenderlo, no por temor, sino por deber.
Manos a la obra señores candidatos presidenciales: no desconozcan
el problema que hay en el sector de la salud y no minimicen su
complejidad y sus implicaciones. El país tiene gente conocedora
y capaz que pueden ustedes convocar, que seguramente prestarán
sus servicios con generosidad y patriotismo, para hacer planteamientos
serios, profundos y juiciosos, y así podrán exponer
ustedes con claridad y franqueza ante todos, qué ofrecen
y en qué están en condiciones de comprometerse,
sobre todo con ese 50 por ciento de personas, que en salud, se
les ha negado casi todo, si no fuera por que las entidades sin
ánimo de lucro que con vocación y entrega, los reciben
en sus pabellones y servicios de urgencias. No dejen ahondar un
problema que periódicamente se acalla con centavos y embelecos,
y que por supuesto reaparece nuevamente, pues nunca se le ha dado
una solución, ni siquiera aproximada y menos, digna.