La mortalidad infantil es tres veces superior cuando las madres
no tienen educación. Esta afirmación de la Encuesta
Nacional de Demografía y Salud, realizada por Profamilia
en el año 2000, es contundente y pone de presente que el
sueño de tener una población sana no se logrará
mientras no se le tenga educada.
Es claro que la tarea asistencial debe continuar. Esta no se puede
interrumpir para dedicar todo el esfuerzo a la educación,
a la promoción y a la prevención, pues esto implicaría
desatender unas necesidades reales, subutilizar unos recursos
y un costo inmenso. Pero sí es necesario, paralelamente,
tratar de raíz los temas que son fundamentales. Y uno de
ellos es la salud materno-infantil.
La baja talla para la edad o el retardo en el crecimiento lo padece
el 13% de todos los niños menores de 5 años. Es
aterrador. Sobre esta niñez se levanta el país.
Esta situación conducirá irremediablemente a mayor
inequidad y más diferencias en nuestra población
y, en el peor de los casos, a ampliar la brecha en el logro económico
individual y en la calidad de vida de las personas. Estos niños
están en real desventaja frente a los que no padecen desnutrición
crónica; tienen dificultades para aprender y, cómo
si fuera poco, pertenecer a un nivel de bajos ingresos los aísla
en muchos casos de una atención adecuada. De este modo,
la igualdad de oportunidades, necesarias para alcanzar una mayor
equidad sociocultural, no se presentará nunca.
Por otro lado, el país necesita educar a sus mujeres para
tener mujeres sanas, capaces de tener y cuidar hijos sanos, educados
y con mayor tranquilidad psicoafectiva. Sobre esta base sí
se podrá soñar con tener un país mejor, más
justo, con mayor equidad, con un progreso real que permita un
sólido desarrollo.
En la educación en salud en los distintos programas académicos,
es necesario por supuesto, contar con las materias formales de
la propuesta curricular, pero también vemos que es urgente
educar en prevención de la enfermedad, en patrones de vida
saludables y en las oportunidades que tiene la comunidad para
el acceso a la atención médica. Así se puede
construir un país más sano, no sólo de cuerpo
sino de alma, con personas más felices, más productivas
y más tranquilas.
No es con la Ley 100 con la que lograremos este objetivo. No sólo
porque ya se demostró que no alcanzó su enunciado
y por el contrario, tiene de lado y postergada a la mitad de la
población, sino también porque no atiende la raíz
de la problemática de nuestras gentes. El modelo asistencialista
(no por eso malo) se ancló en la atención y se quedó
enredado en ella y es lógico puesto que finalmente en ella
están sus propias cuerdas de soporte, no obstante que se
haya pensado que en la prevención hay más futuro
económico. Pero esto parece no entenderse. Es cierto que
no se puede esperar que un sistema de salud de cara y corte asistencialista
solucione problemas económicos estructurales de un país,
pero qué tan bueno que sí se hubiera puesto el parche
donde está el dolor. Un sistema de salud pensado, no en
cubrir con asistencia a toda la población, que prometió
y no cumplió, sino en dar a la sociedad hombres sanos,
sí es capaz de impactar positivamente la economía
y generar progreso y desarrollo.
En el futuro que empieza a construirse hoy, desde cada día,
tiene que haber ciudadanos sanos, hombres competentes, de mentes
limpias y de cuerpos capaces. Los colombianos del mañana
se tienen que gestar en madres igualmente sanas desde todo punto
de vista. Es una prioridad del país poner atención
a las mujeres y los niños. En ellos está el futuro,
no cabe duda. De otra manera, es decir, sin concederles la importancia
que tienen, no saldremos nunca de donde estamos y nunca levantaremos
el vuelo hacia una sociedad que cuente con personas con el vigor
que demanda el mundo y que sean capaces de generar condiciones
que puedan ofrecerles oportunidades progresivamente mayores para
seguir adelante.