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Anunciábamos en el pasado artículo que en este
abordaríamos la manera cómo decimos las palabras.
Pues, en efecto, no sólo hay que cuidar lo que se va
a decir sino también el modo. Es menester tomar conciencia
de la manera como hablamos, de las palabras que empleamos
y de la oportunidad en que las decimos. Precisamos una revalorización
de las palabras, pues hasta las más importantes son
hoy usadas por todos, de manera indigna, para decir las cosas
más opuestas e, incluso, para decir necedades. Es como
si únicamente importara el parloteo, no el contenido,
ni mucho menos el impacto de lo expresado. Muchas palabras
son puestas a funcionar como «engañabobos»
(boby-traps), pero si nos detenemos y las sopesamos encontraremos
que tras su aparente inocuidad siempre se oculta algo.
Nos parece que la empresa de la moralización de la
cultura puede comenzar en el ámbito del lenguaje, recuperando
la buena fe en el hablar. Empezar a hablar de otro modo es
abrir camino para el cambio de hábitos mentales y para
una nueva forma de concebir la realidad, y relacionarnos con
los otros y con Dios; incluso, para vernos a nosotros mismos
de manera nueva, ya que no sólo violentamos el mundo
y a los otros, sino que nos autoinflingimos violencia verbal:
«no sirvo para nada», «soy un desastre»,
«no soy capaz», «no tengo arreglo»,
«debería morirme», «soy muy bruto»,
«soy un fracasado», etc.
Habrá que empezar por liberarse de los tópicos.
Hay que romper con ese lenguaje dictado socialmente para poder
decir una palabra propia, auténtica, pensada, sentida,
moralizada; y al alcanzar esa libertad habrá que comenzar
a regar, a sembrar esa palabra-semilla, y a cultivar la sementera
para que la simiente llegue a ser palabra-fruto que alimente
la sociedad.
Esta es una de las funciones del intelectual de hoy, impulsar
una ascética verbal que haga germinar usos más
adecuados de la palabra. Esta ascética verbal comienza
por el silencio, debemos aprender a callar, porque el silencio
no es menos importante que la voz, y sólo quedándonos
callados de vez en cuando lograremos «escuchar»
el tono de las palabras, de las que pasan por nuestra mente
y de las llegan a nuestros oídos.
La tarea pendiente es cambiar de tono, acento, manera y estilo
en el lenguaje. Dejar atrás la arrogancia y abrirle
paso a la buena fe en el hablar y en el pensar, para que el
amor propio y el cuidado de sí no se vean obstaculizados
ni trocados en prepotencia y egoísmo, para que las
relaciones conyugales y familiares vuelvan a ser fuente de
estabilidad emocional y crecimiento personal, para que las
relaciones laborales y de negocios estén atravesadas
por la honestidad y la transparencia y haya verdadera sinergia
en las empresas, para que las relaciones maestro-alumno sean
amistosas, para que en las relaciones intraeclesiales, intereclesiales
e interreligiosas reine la voluntad de comunión y entendimiento,
para que las relaciones políticas se orienten hacia
la construcción de una auténtica ciudadanía,
y para que las relaciones internacionales sean fraternales
e impere en ellas el principio de la subsidiaridad.
Humanitarizar el lenguaje es rescatar la palabra de la trivialización,
desarmarla, purificarla de todo fondo indeseable y devolverle
su capacidad de dar sentido, posibilitar la intimidad, comunicar,
acercar y personalizar. Es superar la tolerancia y ponerse
en camino hacia la comprensión; valorar el disenso
razonable y abrir nuevos canales de comunicación, flexibles
y multidireccionales, para alcanzar el acuerdo; pero, esencialmente,
es dejarla en condiciones de buscar y dar cuenta de la verdad.
La idea es dejar atrás la posesión del lenguaje
para dejarnos poseer por él, por su capacidad de transformar,
de configurar, de entretejer los hilos del tejido comunitario.
Empezar a entenderlo como apertura y donación, para
que así la comunicación verbal se convierta
en diálogo o comunicación de bienes espirituales
e intelectuales. Si tenemos que vivir dentro de un lenguaje,
porque ese es el horizonte que, lingüísticamente,
no se puede traspasar, hay que buscar vivir en él de
la mejor manera. Bien dice Aranguren, en España, una
meditación política: «El lenguaje es,
en definitiva, la expresión del sentido, de la dirección,
del hacia donde de nuestra vida, del proyecto
intersubjetivo, comunicativo, al que nos encaminamos.»
¡Acepte, estimado lector, la invitación que le
hago a superar el lenguaje violento y verá cómo,
a medida que habla de otro modo, del que brota de lo más
profundo de su ser, su vida y la de quienes le rodean comenzará
a cambiar!.
NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano
de Bioética -CECOLBE-.
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