MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 5    NO 57   JUNIO DEL AÑO 2003    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co
Reflexión del mes
“Debemos arrojar a los océanos del tiempo una botella de náufragos siderales, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aquí existió un mundo donde prevaleció el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad”
Gabriel García Márquez

 

Bioética

Anunciábamos en el pasado artículo que en este abordaríamos la manera cómo decimos las palabras. Pues, en efecto, no sólo hay que cuidar lo que se va a decir sino también el modo. Es menester tomar conciencia de la manera como hablamos, de las palabras que empleamos y de la oportunidad en que las decimos. Precisamos una revalorización de las palabras, pues hasta las más importantes son hoy usadas por todos, de manera indigna, para decir las cosas más opuestas e, incluso, para decir necedades. Es como si únicamente importara el parloteo, no el contenido, ni mucho menos el impacto de lo expresado. Muchas palabras son puestas a funcionar como «engañabobos» (boby-traps), pero si nos detenemos y las sopesamos encontraremos que tras su aparente inocuidad siempre se oculta algo.
Nos parece que la empresa de la moralización de la cultura puede comenzar en el ámbito del lenguaje, recuperando la buena fe en el hablar. Empezar a hablar de otro modo es abrir camino para el cambio de hábitos mentales y para una nueva forma de concebir la realidad, y relacionarnos con los otros y con Dios; incluso, para vernos a nosotros mismos de manera nueva, ya que no sólo violentamos el mundo y a los otros, sino que nos autoinflingimos violencia verbal: «no sirvo para nada», «soy un desastre», «no soy capaz», «no tengo arreglo», «debería morirme», «soy muy bruto», «soy un fracasado», etc.
Habrá que empezar por liberarse de los tópicos. Hay que romper con ese lenguaje dictado socialmente para poder decir una palabra propia, auténtica, pensada, sentida, moralizada; y al alcanzar esa libertad habrá que comenzar a regar, a sembrar esa palabra-semilla, y a cultivar la sementera para que la simiente llegue a ser palabra-fruto que alimente la sociedad.
Esta es una de las funciones del intelectual de hoy, impulsar una ascética verbal que haga germinar usos más adecuados de la palabra. Esta ascética verbal comienza por el silencio, debemos aprender a callar, porque el silencio no es menos importante que la voz, y sólo quedándonos callados de vez en cuando lograremos «escuchar» el tono de las palabras, de las que pasan por nuestra mente y de las llegan a nuestros oídos.
La tarea pendiente es cambiar de tono, acento, manera y estilo en el lenguaje. Dejar atrás la arrogancia y abrirle paso a la buena fe en el hablar y en el pensar, para que el amor propio y el cuidado de sí no se vean obstaculizados ni trocados en prepotencia y egoísmo, para que las relaciones conyugales y familiares vuelvan a ser fuente de estabilidad emocional y crecimiento personal, para que las relaciones laborales y de negocios estén atravesadas por la honestidad y la transparencia y haya verdadera sinergia en las empresas, para que las relaciones maestro-alumno sean amistosas, para que en las relaciones intraeclesiales, intereclesiales e interreligiosas reine la voluntad de comunión y entendimiento, para que las relaciones políticas se orienten hacia la construcción de una auténtica ciudadanía, y para que las relaciones internacionales sean fraternales e impere en ellas el principio de la subsidiaridad.
Humanitarizar el lenguaje es rescatar la palabra de la trivialización, desarmarla, purificarla de todo fondo indeseable y devolverle su capacidad de dar sentido, posibilitar la intimidad, comunicar, acercar y personalizar. Es superar la tolerancia y ponerse en camino hacia la comprensión; valorar el disenso razonable y abrir nuevos canales de comunicación, flexibles y multidireccionales, para alcanzar el acuerdo; pero, esencialmente, es dejarla en condiciones de buscar y dar cuenta de la verdad.
La idea es dejar atrás la posesión del lenguaje para dejarnos poseer por él, por su capacidad de transformar, de configurar, de entretejer los hilos del tejido comunitario. Empezar a entenderlo como apertura y donación, para que así la comunicación verbal se convierta en diálogo o comunicación de bienes espirituales e intelectuales. Si tenemos que vivir dentro de un lenguaje, porque ese es el horizonte que, lingüísticamente, no se puede traspasar, hay que buscar vivir en él de la mejor manera. Bien dice Aranguren, en España, una meditación política: «El lenguaje es, en definitiva, la expresión del sentido, de la dirección, del “hacia donde” de nuestra vida, del proyecto intersubjetivo, comunicativo, al que nos encaminamos.» ¡Acepte, estimado lector, la invitación que le hago a superar el lenguaje violento y verá cómo, a medida que habla de otro modo, del que brota de lo más profundo de su ser, su vida y la de quienes le rodean comenzará a cambiar!.

NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -CECOLBE-.

 











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