MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 6    NO 66  MARZO DEL AÑO 2004    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co
  Reflexión del mes
¿Qué piensas hacer con tu eternidad? ¿Con el único instante eterno que cada cual crea en sí?”       Djahan Mazhari
 
Realidades y mitos en procesos de certificación ISO en el área de salud
Esteban Echavarría Escovar - Médico internista, Patologo Clínico - elpulso@elhospital.org.co

Si bien es cierto que el sector salud ha estado bien rezagado en los procesos administrativos y sobre todo en un buen manejo de los modernos conceptos empresariales de administración basada en procesos e indicadores de gestión, hemos visto recientemente una desmesurada explosión de entidades certificándose día a día bajo un modelo diseñado y estructurado para la manufactura industrial, aunque la norma ISO 9001 versión año 2000, hubiese hecho cambios orientados hacia la gestión, hacia el cliente, hacia la capacitación etc., pero específicamente en el campo de la salud aporta muy poco, por no decir nada, en el aspecto técnico de los procedimientos médicos en si mismos.
Esta situación en mi opinión ha generado “falsas expectativas” en la sociedad, pues aporta un sentimiento de falsa seguridad en el proceso de prestación de servicios, que no necesariamente corresponde con la realidad en cuanto a la calidad del procedimiento realizado de la prueba de diagnóstico reportada o de que tan ajustada está dicha institución a los estándares internacionales claramente establecidos para estas disciplinas.
Es muy importante para la comunidad en general, para los pacientes, para las entidades contratantes, entender el alcance de dichos procesos. En palabras muy simples, cuando una empresa se certifica bajo la norma ISO 9000 versión 2000, quiere decir que describió todos sus procesos de manera muy metódica, muy ordenada y sistemática (independientemente que sean o no correctos y ajustados a los estándares internacionales disponibles para cada disciplina a nivel mundial), son los de esa empresa particular y con un alcance (profundidad o área específica), los cuales luego de ser definidos de esa particular manera, se implementan en un sistema documental serio que garantiza el cumplimiento de ese propósito y se vigila por medio de un sistema propio y externo (auditorías) para su cumplimiento.
¿Qué pasa específicamente en nuestro sector de la salud? La norma ISO en cualquiera de sus versiones no posee documentos técnicos que permitan acreditar que el procedimiento descrito o protocolizado por determinada empresa en nuestra área, sea el correcto (procedimiento, entrenamiento, instrumentación, reactivos, materiales y material de referencia adecuado para el aseguramiento de la calidad).
Veo con enorme preocupación lo que viene haciendo carrera en el matrimonio Icontec-Ministerio de la Protección Social, con el lanzamiento del proyecto del Sistema Único de Acreditación para entidades de salud, pues está todavía más distante, del modelo ISO clásico, ya que sólo propende la estandarización de procesos administrativos, y de nuevo deja de lado todo los aspectos técnicos y profesionales de nuestra actividad.
En el mundo existen entidades acreditadoras especializadas en el área de la salud, precisamente para proveer estos elementos muy puntuales y específicos de las instituciones del área, tales como CAP (The College of American Patologists www.cap.org), JCAHO (Joint Commission on Accreditation of Healthcare Organizations www.jcaho.org), COLA, y específicamente en el área de clínicas y hospitales, la Joint Comisión es de invaluable ayuda, pues no solo es una entidad altamente especializada en el ramo, sino que además provee una enorme cantidad de material para el crecimiento y el mejoramiento continuo en estos procedimientos clínicos en concreto.
Cuando una empresa tiene la oportunidad de participar en los diferentes procesos puede evidenciar y dar pleno testimonio de la enorme diferencia entre los dos sistemas y por ello queremos darlo a conocer como aporte a la comunidad de la salud, pues hemos sido testigos fehacientes de los dos sistemas. La profundidad y el aporte real a la calidad del producto final es de enorme diferencia en profundidad y confiabilidad cuando hay acreditación por parte de una entidad especializada a nivel internacional.
Queremos con este aporte aclarar a la comunidad médica cual es la verdadera diferencia entre un concepto de certificación por procesos administrativos (válido, importante y altamente deseable) y una acreditación técnica y especializada por una entidad dedicada a esa disciplina en concreto, pues de golpe a lo que estamos asistiendo es a un “boom” de moda de certificaciones parciales que distorsionan y confunden al sector, a la sociedad, y que en algunos casos poco aportan desde el punto de vista calidad en el procedimiento de atención de los pacientes.
Recomiendo consultar www.westgard.com/iso1.html

 
Bioética
Entender la enfermedad
“- Pero entonces, hijo de Sina, ¿de qué sirve tu infinito saber, tu inconmensurable ciencia?
- Excelencia... Soy sólo un simple médico. Puedo aliviar el dolor, pero es el Altísimo quien domina la vida y la muerte”.

Gilbert Sinoué (Avicena, o la ruta de Isfahán)

Carlos Alberto Gómez Fajardo MD - elpulso@elhospital.org.co
En lo que atañe a “enfermedad”, quizás no baste el mero entendimiento racional del problema. No satisface del todo, en una comprensión humana, la coherencia intelectual de un sistema conceptual-teórico que describe la sucesión de fenómenos biológicos presentes, digamos, en un caso de cáncer hepático. Este es algo más que un título bajo el capítulo de la “nosología”, algo más que una “enfermedad: alteración más o menos grave de la salud”, tal como solemos entender el término. Sobre este ejemplo, el cáncer del hígado, infortunadamente grave y cierto, se han escrito y seguramente se escribirán tratados, tantos y tan extensos como en casi cualquier capítulo de la medicina. Quizás no exista en el mundo ningún especialista en patología hepática que haya tenido holgadamente la posibilidad real de conocer, de fuente primaria y seria, la totalidad de cuanto se haya escrito, pensado, conocido e investigado al respecto. A lo sumo, habrá unos centenares (¿miles?) de profesionales que puedan ser considerados como “expertos” en esta patología. No extrañaría, si lo fuesen realmente, que muchos de ellos reconocieran las limitaciones inherentes a su propio saber, siempre insuficiente, siempre -en sentido sano- inseguro y falible.
Quizás es difícil de abarcar la evolución de los conocimientos históricos al respecto: etiología, comportamiento clínico y epidemiológico, las diversas aproximaciones médicas, radiológicas, bioquímicas, quirúrgicas, en lo que toca a su diagnóstico y tratamiento.
Técnicamente, han existido explicaciones sobre el modo cómo suceden las cosas desde el punto de vista fisiopatológico, desde los tiempos de Alcmeón de Crotona. Que hoy los “humores” galénicos no sean una explicación suficiente para lo que acontece, es tan cierto como la realidad, también actual, de que el descubrimiento de las secuencias del genoma humano no ha sido -en la escueta práctica clínica- de mayor significado para curar o al menos detener sensiblemente la marcha de esta particular condición. Y si así fuese, de todos modos, aunque esto no sea del buen recibo en la mentalidad pragmática y eficientista contemporánea, sencillamente continuaría abierto, el mismo paciente, ante los interrogantes últimos de su propia existencia: ¿Por qué morir, precisamente de esta condición? ¿Por qué el temor al sufrimiento (real o futuro, presente o hipotético)? ¿Tiene el sufrimiento algún sentido? Más temprano o más tarde, el mismo paciente, suponiéndolo honesto y capaz intelectualmente, estará en ocasión de plantearse a sí mismo las preguntas últimas. Y esto es cierto, así las modas contemporáneas consistan precisamente, en el ocultamiento -ilusorio, deliberado, casi infantil- de las mismas realidades últimas. Siempre permanece abierta la pregunta por el sentido de la propia existencia.
El caso es que, necesariamente, la enfermedad tiene lugar en un ser humano concreto, cuya vida, cuya biografía particular, está más que involucrada en ello. El enfermo padece, y en ocasiones, tal vez muchas, morirá precisamente debido a su coexistencia con la condición nosológica (o mejor quizás, a la “llegada” de la enfermedad a su existencia, “otra” existencia antes del arribo de la “intrusa”). Que se encuentre más o menos ictérico, con determinados niveles séricos de enzimas hepáticas, o con la presencia más o menos intensa de diversas quejas subjetivas (síntomas) o hallazgos objetivos (signos), son, todas ellas, circunstancias colaterales a la realidad central, que es el hecho existencial (concreto, vivido), de enfermar. En ello está involucrada, a fondo, la propia existencia, la única que le ha sido dada. Estamos hablando del extremo final de la misma, no sólo de un período o fase particular: del final cronológico de la vida, de la existencia.
La definición de enfermedad será insuficiente -necesariamente esquemática- si no es tenido en cuenta quien la padece. Sólo puede haber una aproximación desde una perspectiva que contemple la condición humana total: inteligencia sensible, realidad circundante, proyecto existencial, ser social e histórico. Es menester hallar una base antropológica para aproximarse juiciosamente al problema. Esto confirmaría la validez y la pertinencia de la pregunta antropológica, la cual debiera subyacer a cualquier intención de práctica del acto médico: ¿”Quién” es el paciente?
Sin duda, se han lanzado posibles respuestas. Comentemos algunas: ¿Un ratón hipercomplejo? ¿Un cúmulo de tejidos de un mamífero bípedo e inquieto, que reposan en condición de homeostasis y que a la vez, guardan una relación -“ecológica” o antagónica- con el medio ambiente? ¿Un producto del azar evolucionista que se dirige a la nada y que a la vez, proviene del mismo arbitrario azar? ¿Un cliente, “homo economicus”, que es tratado como tal por el sistema político-económico vigente, cuya capacidad de producción en un engranaje colectivo se agota, y que por tanto, puede llegar a merecer ser descartado por costoso e inútil (eutanasia), con el disfraz de la acción caritativa para ahorrar sufrimientos carentes de sentido lógico?
Es inaplazable la necesidad de una reflexión sobre la propia condición humana, sobre el sentido de su existencia, sobre su posible apertura a la Trascendencia y a la esperanza o sobre su definitivo aniquilamiento en un absurdo lleno de angustia y de asombro penoso.
Imaginar que se entiende el concepto “enfermedad” limitándolo al mero aspecto semiológico-clínico-bioquímico-radiológico-inmunológico-terapéutico-médico-quirúrgico, puede obedecer a una injusta reducción de lo que constituye la definición íntima y cabal de ser hombre, y además, puede suponer un absoluto desinterés por el conocimiento de lo que, en últimas, constituye verdaderamente, la medicina como profesión, como actividad puesta al servicio del bien de la otra persona. A fin de cuentas, “la persona es un ser para el que la única dimensión adecuada es el amor”, el hombre es la débil caña al viento de Pascal, pero caña que se formula preguntas. Y el acto terapéutico, solidario, sólo se llevará cabalmente a efecto cuando el terapeuta entienda y trate al paciente como quien radicalmente es: un sujeto, una persona -también criatura- necesitada, contingente, ansiosa de amor, de sentido y de apertura a la Trascendencia. Allí sí podrá esbozarse un inicio de comprensión de lo que es el entendimiento radical de la enfermedad. Mucho más si con la presencia de ella se está, ahora sí y de modo ineluctable, puesto ante lo desconocido. En primera persona del singular. Es ante la disolución o la total realización del Yo ante lo que nos enfrenta la realidad de padecer y enfermar.
Es sólo aproximada la clásica definición de “alteración más o menos grave de la salud”. La descripción no es entendimiento. Es sólo la puesta en palabras de una realidad objetiva, de algo que está allí, pero cuyo alcance existencial no se agota en la constatación del cumplimiento de conocidas leyes fisiológicas, histológicas o bioquímicas.
Nota:
Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.

 











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