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Carlos
Alberto Gómez Fajardo MD - elpulso@elhospital.org.co
En lo que atañe a enfermedad,
quizás no baste el mero entendimiento racional del
problema. No satisface del todo, en una comprensión
humana, la coherencia intelectual de un sistema conceptual-teórico
que describe la sucesión de fenómenos biológicos
presentes, digamos, en un caso de cáncer hepático.
Este es algo más que un título bajo el capítulo
de la nosología, algo más que una
enfermedad: alteración más o menos grave
de la salud, tal como solemos entender el término.
Sobre este ejemplo, el cáncer del hígado, infortunadamente
grave y cierto, se han escrito y seguramente se escribirán
tratados, tantos y tan extensos como en casi cualquier capítulo
de la medicina. Quizás no exista en el mundo ningún
especialista en patología hepática que haya
tenido holgadamente la posibilidad real de conocer, de fuente
primaria y seria, la totalidad de cuanto se haya escrito,
pensado, conocido e investigado al respecto. A lo sumo, habrá
unos centenares (¿miles?) de profesionales que puedan
ser considerados como expertos en esta patología.
No extrañaría, si lo fuesen realmente, que muchos
de ellos reconocieran las limitaciones inherentes a su propio
saber, siempre insuficiente, siempre -en sentido sano- inseguro
y falible.
Quizás es difícil de abarcar la evolución
de los conocimientos históricos al respecto: etiología,
comportamiento clínico y epidemiológico, las
diversas aproximaciones médicas, radiológicas,
bioquímicas, quirúrgicas, en lo que toca a su
diagnóstico y tratamiento.
Técnicamente, han existido explicaciones sobre el modo
cómo suceden las cosas desde el punto de vista fisiopatológico,
desde los tiempos de Alcmeón de Crotona. Que hoy los
humores galénicos no sean una explicación
suficiente para lo que acontece, es tan cierto como la realidad,
también actual, de que el descubrimiento de las secuencias
del genoma humano no ha sido -en la escueta práctica
clínica- de mayor significado para curar o al menos
detener sensiblemente la marcha de esta particular condición.
Y si así fuese, de todos modos, aunque esto no sea
del buen recibo en la mentalidad pragmática y eficientista
contemporánea, sencillamente continuaría abierto,
el mismo paciente, ante los interrogantes últimos de
su propia existencia: ¿Por qué morir, precisamente
de esta condición? ¿Por qué el temor
al sufrimiento (real o futuro, presente o hipotético)?
¿Tiene el sufrimiento algún sentido? Más
temprano o más tarde, el mismo paciente, suponiéndolo
honesto y capaz intelectualmente, estará en ocasión
de plantearse a sí mismo las preguntas últimas.
Y esto es cierto, así las modas contemporáneas
consistan precisamente, en el ocultamiento -ilusorio, deliberado,
casi infantil- de las mismas realidades últimas. Siempre
permanece abierta la pregunta por el sentido de la propia
existencia.
El caso es que, necesariamente, la enfermedad tiene lugar
en un ser humano concreto, cuya vida, cuya biografía
particular, está más que involucrada en ello.
El enfermo padece, y en ocasiones, tal vez muchas, morirá
precisamente debido a su coexistencia con la condición
nosológica (o mejor quizás, a la llegada
de la enfermedad a su existencia, otra existencia
antes del arribo de la intrusa). Que se encuentre
más o menos ictérico, con determinados niveles
séricos de enzimas hepáticas, o con la presencia
más o menos intensa de diversas quejas subjetivas (síntomas)
o hallazgos objetivos (signos), son, todas ellas, circunstancias
colaterales a la realidad central, que es el hecho existencial
(concreto, vivido), de enfermar. En ello está involucrada,
a fondo, la propia existencia, la única que le ha sido
dada. Estamos hablando del extremo final de la misma, no sólo
de un período o fase particular: del final cronológico
de la vida, de la existencia.
La definición de enfermedad será insuficiente
-necesariamente esquemática- si no es tenido en cuenta
quien la padece. Sólo puede haber una aproximación
desde una perspectiva que contemple la condición humana
total: inteligencia sensible, realidad circundante, proyecto
existencial, ser social e histórico. Es menester hallar
una base antropológica para aproximarse juiciosamente
al problema. Esto confirmaría la validez y la pertinencia
de la pregunta antropológica, la cual debiera subyacer
a cualquier intención de práctica del acto médico:
¿Quién es el paciente?
Sin duda, se han lanzado posibles respuestas. Comentemos algunas:
¿Un ratón hipercomplejo? ¿Un cúmulo
de tejidos de un mamífero bípedo e inquieto,
que reposan en condición de homeostasis y que a la
vez, guardan una relación -ecológica
o antagónica- con el medio ambiente? ¿Un producto
del azar evolucionista que se dirige a la nada y que a la
vez, proviene del mismo arbitrario azar? ¿Un cliente,
homo economicus, que es tratado como tal por el
sistema político-económico vigente, cuya capacidad
de producción en un engranaje colectivo se agota, y
que por tanto, puede llegar a merecer ser descartado por costoso
e inútil (eutanasia), con el disfraz de la acción
caritativa para ahorrar sufrimientos carentes de sentido lógico?
Es inaplazable la necesidad de una reflexión sobre
la propia condición humana, sobre el sentido de su
existencia, sobre su posible apertura a la Trascendencia y
a la esperanza o sobre su definitivo aniquilamiento en un
absurdo lleno de angustia y de asombro penoso.
Imaginar que se entiende el concepto enfermedad
limitándolo al mero aspecto semiológico-clínico-bioquímico-radiológico-inmunológico-terapéutico-médico-quirúrgico,
puede obedecer a una injusta reducción de lo que constituye
la definición íntima y cabal de ser hombre,
y además, puede suponer un absoluto desinterés
por el conocimiento de lo que, en últimas, constituye
verdaderamente, la medicina como profesión, como actividad
puesta al servicio del bien de la otra persona. A fin de cuentas,
la persona es un ser para el que la única dimensión
adecuada es el amor, el hombre es la débil caña
al viento de Pascal, pero caña que se formula preguntas.
Y el acto terapéutico, solidario, sólo se llevará
cabalmente a efecto cuando el terapeuta entienda y trate al
paciente como quien radicalmente es: un sujeto, una persona
-también criatura- necesitada, contingente, ansiosa
de amor, de sentido y de apertura a la Trascendencia. Allí
sí podrá esbozarse un inicio de comprensión
de lo que es el entendimiento radical de la enfermedad. Mucho
más si con la presencia de ella se está, ahora
sí y de modo ineluctable, puesto ante lo desconocido.
En primera persona del singular. Es ante la disolución
o la total realización del Yo ante lo que nos enfrenta
la realidad de padecer y enfermar.
Es sólo aproximada la clásica definición
de alteración más o menos grave de la
salud. La descripción no es entendimiento. Es
sólo la puesta en palabras de una realidad objetiva,
de algo que está allí, pero cuyo alcance existencial
no se agota en la constatación del cumplimiento de
conocidas leyes fisiológicas, histológicas o
bioquímicas.
Nota:
Esta sección es un aporte del Centro Colombiano
de Bioética -Cecolbe-.
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