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Cada
genio tiene su propio impedimento:
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Bernstein tuvo un padre
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Para
muchos ningún músico del siglo XX ha llegado
tan lejos. El creador norteamericano de la famosa obra West
Side Story, conquistó la severa Europa con sus composiciones
de música de cámara, sinfonías y óperas.
El mundo aplaudió su música popular para películas,
danza y, lo que le reportó gran fama, para obras de
Brodway. Fragmentos de una vida frenética de genio,
trabajo, desesperación y fama.
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Adaptación de un texto de
Joan Peyser *
Cierto día de mediados de la década de 1950,
después que Leonard Bernstein había dirigido
un concierto en Tanglewood, su padre, Sam Bernstein, dijo
a un periodista: "Cada genio tiene su propio impedimento;
Lenny (Leonard) tuvo un padre." A lo largo de la historia
hubo genios musicales que tropezaron con la firme resistencia
de sus padres. Pareciera que el apoyo afectuoso provocara
la indolencia, y que en cambio este tipo de padres estimularan
la agresión necesaria para el combate inherente a
una vida en las artes. Durante el siglo XVIII Handel tuvo
un padre así; en el XIX fue el caso de Schumann.
Pero en el siglo XX, donde la rebelión ha caracterizado
una parte tan considerable del tono del arte mismo, el padre
negativo es casi la norma. El padre de Varèse cerraba
con llave el piano, cubría el instrumento con una
mortaja y arrojaba la llave. Boulez tuvo un padre casi tan
intransigente como aquel. Al mismo tiempo que alentó
a su hijo a estudiar ingeniería, puso todos los obstáculos
posibles en su camino hacia la música. El padre de
Stravinsky envió a su hijo a la facultad de Derecho.
Sólo después que el mayor de los Stravinsky
falleció, Igor dejó el Derecho para estudiar
composición.
Sam Bernstein tenía aún más razones
que la mayoría para combatir la elección de
profesión por parte de su hijo. El 1908, a los dieciseis
años Sam había huido de su familia en Ucrania
para labrarse una vida mejor en Estados Unidos. En su patria
había conocido músicos judíos sólo
en el papel de klezmers, ejecutantes vagabundos que actuaban
en bodas y en los bar mitzvahs a cambio de unos pocos kopecs,
algunos alimentos o el alojamiento por la noche. Sam Bernstein
no quiso creer que había soportado tres semanas en
la sucia bodega de un barco, trabajando duramente en el
mercado de pescado de Fulton, de Nueva York, haciendo tareas
serviles en una barbería de Hartford, Connecticut,
y desarrollando una carrera agresiva para organizar un negocio
de suministro de artículos para los salones de belleza
de Boston, todo para que su primogénito pasara el
tiempo tocando el piano "bajo una palmera en un salón
de bebidas".
Sam solía decir a Leonard que todo eso podía
aceptarse si "tu fueras un Koussevitzky, un Toscanini,
un Rachmaninoff, pero ¿cuántas personas semejantes
conoces?" No tenía la más mínima
idea de la jerarquía del talento de su hijo. Cuando
ya había presenciado años de éxitos
de Leonard solía preguntar a los amigos y colegas
de su hijo: "¿Creen que vale algo? ¿Les
parece que este éxito puede durar?" Una actitud
semejante no es única. La madre de Stravinsky censuraba
a su hijo porque no "reconocía a los que eran
mejores que él, como Scriabin", y no escuchó
La Consagración de la Primavera, una de las obras
precursoras del siglo, hasta la ejecución con la
cual se celebró su vigésimo quinto aniversario,
un año antes de morir. Incluso entonces dijo a sus
amigos que no preveía que podría agradarle,
porque él no componía "la clase de música
que a ella la complacía".
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"Me diagnosticaron enfisema cuando
andaba por la veintena, y casi a mis setenta fumo. Me
dijeron que si no abandonaba el cigarrillo, moriría
a los veinticinco años. Después afirmaron
que moriría a los cuarenta y cinco. Y a los cincuenta
y cinco. Bien, he vencido. Fumo, bebo, permanezco de
pie la noche entera y copulo. Me excedo en todos los
ámbitos", dijo al Usa Today el 4 de agosto
de 1986.
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Pero el artista necesita
recibir apoyo de alguna parte. El de Stravinsky provino de
un primo. Bernstein tuvo más suerte. Contó con
el amor de su hermana Shirley y de su madre Jennie. Jennie
había sufrido durante los primeros años de su
vida el mismo tipo de privaciones que afectaron a Sam. Llegó
a Estados Unidos a los ocho años y comenzó a
trabajar la jornada completa en una fábrica, a los
doce años. Pearl Resnick, la madre de Jennie, deseaba
que su hija se casara con Sam. El era inteligente, ambicioso,
religioso y había demostrado talento para ganar dinero.
Al principio Jennie rechazó las atenciones de Sam.
Pero cambió de idea cuando Sam fue llamado al servicio,
durante la Primera Guerra Mundial, y ella creyó que
el joven tendría que combatir en la guerra. Cuando
regresó a su casa pocos días más tarde,
dado de baja a causa de su mala visión, se sintió
tan complacida de verlo que se casó con él.
Alquilaron un pequeño apartamento en un suburbio pobre
de Boston. Este género de circunstancias rara vez origina
matrimonios felices. El de Sam y Jennie fue particularmente
ingrato. Jennie abandonó a Sam para vivir con su madre
cuando llegó el momento de dar a luz a su primer hijo,
el 25 de agosto de 1918. Las atenciones que prodigó
al pequeño se acentuaron cuando fue evidente que su
salud era frágil. Desde el comienzo, escribe su hermano
Burton, "fue especial. Asmático, sensible, inteligente,
suscitaba en todos una impresión profunda, por su jadeo
crónico o por su inequívoca precocidad".
Su vida, recuerda Leonard, cambió cuando una tía,
que estaba divorciándose, dejó un viejo piano
de cola en la casa de los Bernstein. Cuenta la madre que "Lenny
siempre tenía resfríos y necesitaba permanecer
bajo techo. A los cuatro años tocaba un piano imaginario
sobre el alféizar de su ventana. Cuando al fin tuvo
un piano, hizo lo que ya adulto dice que hizo: Le hizo el
amor constantemente". De Bernstein es posible contar
una historia muy norteamericana, la del muchacho que pasó
de las lecciones de piano a un dólar con una vecina,
a los premios impensables, a Harvard, a la fama, a ese "estrellato"
también financiero y social que supuso, por ejemplo,
su llegada a la Filarmónica de Nueva York, su entrada
triunfal en la Viena de los grandes músicos...ningún
músico del siglo XX ha llegado tan lejos. Como compositor
ha creado música de cámara, sinfonías
y óperas, así como música para la voz,
el cine, la danza y para Brodway. Como director ha ofrecido
muchísimas actuaciones memorables. Más aún,
sus interpretaciones de las misas de Haydn, la Sinfonía
número 1 de Brahms, la segunda, la séptima y
la novena de Mahler y la Consagración a la Primavera
de Stravisnky revelan que no es sólo una figura de
fuerza magnética, sino también un hombre cuya
capacidad musical trasciende los límites de una tradición
cualquiera. Escribió libros, hizo programas de televisión,
dictó clases, actuó como pianista en público
hasta avanzada edad. Muchos lo adularon y de esa actitud da
cuenta no sólo la crítica norteamericana sino
la Europea. En abril de 1986, la Opera del Estado de Viena
presentó A Quiet Place & Trouble in Tahiti. En
Junio Francois Mitterrand le concedió la Legión
de Honor en París, después, en 1987, recibió
el premio Siemens, la recompensa más prestigiosa de
Alemania en el campo de la música... Bernstein fue
un hombre complicado, a quien agobiaron las inquietudes y
tensiones que sobrevivieron a muchos años de psicoanálisis.
Sobre un fondo de desesperación cada vez más
profunda, fue el músico más aplaudido del siglo
XX. Comenzó su carrera como compositor de música
clásica, pero halló su éxito más
popular en Broadway. Como director rehusó a rebajarse
descendiendo al foso de una sala en Broadway, pero como compositor
alcanzó particular reconocimiento con West Side Story.
Al acercarse a los setenta años Bernstein continuaba
trabajando con ritmo frenético, dirigiendo, pronunciando
conferencias, conquistando, componiendo. Cuando recibió
la Lifetime Archievement Award de la Academia Nacional de
Artes y Ciencias de la Grabación, en 1985, dijo que
sentía que su vida y que su obra todavía estaban
inconclusas.
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En un artículo
publicado en la primera página de Usa Today , el 4
de agosto de 1986, Bernstein afirmó: "Me diagnosticaron
enfisema cuando andaba por la veintena, y hace décadas
que fumo. Me dijeron que si no abandonaba el cigarrillo, moriría
a los veinticinco años. Después afirmaron que
moriría a los cuarenta y cinco. Y a los cincuenta y
cinco. Bien, he vencido. Fumo, bebo, permanezco de pie la
noche entera y copulo. Me excedo en todos los ámbitos."
Destacaba sus propios excesos para demostrar que se había
impuesto a las leyes de la naturaleza. Todo ésto viene
a hacer más novelesco el éxito con el cual ha
desafiado y ha trascendido.
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"Dejarte ser
musico podría aceptarse si tu fueras un Toscanini,
un Rachmaninoff, pero ¿cuántas personas semejantes
conoces?
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1922, Jennie, Leonard y
Sam
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*Adaptación de "Leonard Bernstein,
la biografía", de Joan Peyser. Editorial: Javier
Vergara Editores. |

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