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El
Plan Estratégico de Minsalud
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La pregunta parece simple: ¿dentro del ambiente de la
Ley 100, cuáles son los aspectos que hay que mejorar con
prontitud? La respuesta parece que tampoco es difícil:
la salud pública, la prestación de servicios y el
aseguramiento. En estos tres elementos está la esencia
del plan estratégico del actual Ministerio de Salud para
este cuatrienio. El plan a su vez requiere, como lo ha señalado
el señor ministro Juan Luis Londoño, de cuatro herramientas
que son: financiación, normatividad, información
y control.
En el número anterior de El Pulso, el señor director
de la Cámara de la Salud de la ANDI, doctor Francisco de
Paula Gómez, presentó un excelente comentario sobre
cada uno de los tópicos que comprenden los enunciados anteriores.
El Ministerio de Salud en general y el Señor Ministro en
particular, tienen al frente una tarea muy grande que emprender,
no sólo por lo que se debe hacer para ejecutar el plan
y enmendar errores que arrastramos desde el año de la ley,
el 93, sino porque la situación de salud de la gente y
el manejo de sus oportunidades de atención y servicios,
se está saliendo por entre los dedos.
Públicamente no se ha dicho nada de la situación
de los enfermos de cáncer que mueren esperando una llamada
telefónica para citarlos a cirugía, ni de los enfermos
coronarios que después de ires y venires, tutelas y demandas,
se les soluciona su problema con un stent, pero se les niega el
medicamento de mantenimiento; y tampoco se ha dicho nada en voz
alta sobre el aterrador y vergonzoso aumento de la mortalidad
de maternas de alto riesgo, siendo ésta una variable que
mide no sólo el nivel de desarrollo de un país,
sino que demuestra el estado del espíritu y la condición
de su alma.
De estas y muchas más situaciones graves y entristecedoras,
saben todas las instancias de vigilancia y los médicos
y las enfermeras y la gente común y corriente y los deudos
de todos los que mueren dispersos y en silencio. No es sensación;
realmente la situación es dramática, es grave y
es espantosa, pero ya nada nos conmueve.
A esa voz de pánico y de soledad de la gente, hasta ahora,
sólo han respondido los hospitales. El Senado, la Cámara,
las Asambleas y los Concejos municipales, parece que no se han
percatado de lo que sucede. Las universidades parecen muertas,
las facultades de medicina están perdidas y pendientes
sólo de sí mismas en esa competencia creada como
consecuencia de la proliferación explosiva y de mal gusto
y peor pronóstico de estos centros; las dependencias y
centros académicos de salud pública, parecen no
existir, y los profesores e investigadores han dejado de serlo
en el asunto social, para volver su mirada y su energía
hacia otros pensamientos subalternos. Por fortuna, hay excepciones,
pero son pocas en medio de ese acontecer de miedo.
Nadie refuta ni cuestiona los pésimos indicadores de niveles
de salud que tiene el país, que hablan sólo del
precario estado de las condiciones en que se encuentra nuestra
gente. Pareciera que no estuviera sucediendo nada o que nadie
tuviera nada que decir. Por la salud, hoy no sacan la cara las
acciones de promoción ni de prevención ni el debate
ni la controversia; la saca un poco la investigación -por
demás hecha a contra pelo-, y la asistencia, y sólo
en hospicios contados en una mano.
Ante esta realidad, el plan estratégico del Ministerio
de Salud debe hacer más explícita su relación
de actividades y su compromiso con la gente: con la materna, con
el niño -hoy muchos de ellos sin vacunación y muchos
otros desnutridos-, con el adolescente, con el anciano, con la
mujer y con el hombre trabajador.
El sistema de salud como se ve hoy, está recostado en lo
que hagan los hospitales y no se puede seguir así, como
mal vecino, dejando "al del lado" con los deberes, las
tareas y las obligaciones, para que además cargue con las
responsabilidades.
Al plan estratégico es indispensable agregarle un órgano
que monitoree el desarrollo de sus propuestas. Pero que éste
si se defina. Puede conformarse un cuerpo de académicos,
investigadores, profesionales de la salud y gerentes de IPS que
verifiquen, con autonomía, independencia y parámetros
claros, la evolución de la propuesta estratégica
y auditen sus resultados.
Y como uno de los problemas más sentidos del sector es
el flujo de dinero, El Pulso propone que se incorpore al Plan
de Trabajo del Ministerio de Salud, la creación de un fondo
que garantice a las clínicas y hospitales el pago de los
servicios prestados a los pacientes con cargo a las EPS y ARS
y asimiladas que no respondan oportunamente por sus obligaciones,
y por lo que dejen de pagar las que desaparecen impunemente y
con el silencio previo del gobierno, como ya conocemos casos.
Este fondo puede abonarse con la retención de un porcentaje
de la compensación, cuando haya lugar, o con aportes directos
de la EPS o ARS a una fiducia.
Ya no más garantías de papel ni índices de
solvencia maquillados.
Ya no más entidades que se quiebran y se llevan el esfuerzo
de hospitales, clínicas y médicos; que se les garantice
a todos que se responde por su trabajo de manera justa y oportuna.
Ya no más liquidaciones que dejan sólo residuos
para los que han aportado y trabajado honestamente.
Ya no más largueza en ver entidades que flaquean y los
organismos de control tapan y luego se sorprenden.
Ya no más carteras morosas ad eternum. Alguien debe pagar
lo que justamente se le debe al sector prestador y la plata tiene
que salir, sencillamente, del que la debe.
La crisis de la salud y la condición de los pacientes es
gravísima, pero ahora es justo otorgar un tiempo prudencial
para que el ministro Londoño considere en su Plan estas
dos propuestas de El Pulso, único medio que ha expresado
con claridad y reiteradamente lo que sucede en el país.
Tienen la palabra la academia, las corporaciones públicas,
las entidades y personas que sientan que tienen un deber social.
Si no lo hacen ahora, que callen para siempre.