 |
|
|
 |
|
En pleno siglo
XXI, el mayor problema del Ser Humano está en sí
mismo: abordar su propia soledad, el desamor, el temor a la
muerte, que muchas veces vive a plenitud aunque su corazón
palpite en la depresión, en el insomnio de la guerra
ajena o interior, en la ciudad que en medio de su efervescencia
lo ignora y le resulta indiferente, aunque progrese y crezca
en el desafuero de pasiones que lo comercializan todo, incluso,
la piel y hasta la propia muerte. Como diría Nietzsche:
"en realidad, somos, sin quererlo, extraordinariamente
ridículos con nuestras virtudes modernas".
|
La puedes
tocar y está fría, gélida. La puedes mirar
y te impresiona profundamente. Es piedra, mármol, pero
te conmueve con intensidad. Es La Piedad. Tallada
por las manos de un hombre: Miguel Ángel. Pero inconmovible
ante el tiempo, perpetua, la muerte se impone: el hijo yace
en las manos de su madre. Está muerto. Muerto para siempre,
hecho piedra, aunque la leyenda, la literatura, los creyentes
o los sacerdotes lo resuciten con pan y con vino: está
muerto. Y la madre sufre. Hoy son piedra. La madre sufre y también
es piedra. El hijo está muerto. Y también es piedra.
La gente pasa, los observa, los acaricia, los vislumbra en el
horizonte del arte. Pero ambos están muertos. Para algunos,
uno resucitó y la otra fue objeto de asunción,
y en los cielos se abrazan, se ríen, contemplan su retrato
de mármol piedra y miran a los hombres y mujeres pasar,
asombrarse, orar, pedir, tocar y marcharse. Para otros, son
sólo historia y como historia, pasado. Para
algunos más, son arte y como arte, eternos.
Los sentimientos, mientras existan, los harán
eternos, en tanto que quienes los perciban tenga un corazón
latiendo en el pecho y una mente lúcida para discernir
la diferencia entre vida y muerte, aunque la última,
para comprenderla al máximo, implique ya no poder comprender.
Algunos se reirán como en el grafitti: "Dios ha
muerto. Nietzsche". Y abajo alguien responderá en
la misma sucia y trajinada pared de una calle cualquiera en
el centro de Medellín: "Nietzsche ha muerto. Dios",
mientras la humanidad oscila entre las páginas sacras
de los cuatro evangelios con sus promesas de salvación,
vida eterna y respuestas inescrutables; otros, profanos, que
lo cuestionan todo, como el irreverente filósofo alemán,
ese famoso Friedrich Nietzsche quien en su "Ocaso de los
ídolos" escribe entre sus sentencias y dardos: "¿Cómo?
¿El hombre será sólo un error de Dios?
¿O Dios será sólo un error del hombre?".
Fiesta o tragedia
La vida y la muerte, fiesta para el pueblo mejicano,
alegría para comunidades negras, ritual para los dioses
entre los monumentales imperios incas o aztecas, es una tragedia
para el hombre común y una liberación para quienes
sufren y su angustia los lleva en las páginas del existencialismo
a trascender en un lugar sin tiempo y sin historia ante el abismo
de la Nada. Para quien espera algo de los dioses -aunque derrame
lágrimas como tsunamis- la redención llegará,
se encontrará con sus seres queridos, volverán
a abrazarse en el Nirvana. Para quienes Dios ha muerto, sus
seres queridos también han muerto y no volverán
atrás. No hay fiesta. NO hay sonrisa posible. Su felicidad
puede estar ahora sólo en ellos mismos, no en el Otro,
en quien ya no está en este mundo, el mismo que por momentos
lo asfixia y por momentos lo deja desplegar sus alas. Su Eros
y su Tánatos pueden divagar entre la vida y la muerte,
entre el amor y el desamor, entre la compañía
y la profunda soledad, entre la angustia y el fugaz sentido
de la felicidad. Todas sensaciones de vida y de muerte, con
distintos nombres, pero con igual trascendencia, aunque la última,
la muerte física y mental, esa, jamás tenga reversa,
resurrección ni asunción posible. |
Comprender ese sentido de muerte, es una clase de vida magistral
para el aprendiz de chamán, de sacerdote o de médico
empiezas
por los muertos, por sus frías pieles, por sus huesos
mustios, por sus músculos inertes a comprender el fenómeno
de la vida, el arte de sanar, el misterio de la ciencia y del
hechizo. Luego, te contactas con los vivos, con los por nacer
bajo la piel de una madre, con los recién nacidos que
lloran y miran sin comprender este universo, con la ansiedad
investigadora de los niños curiosos que calculan expertos
en peso y cintas métricas, con las crisis floreciente
de la adolescencia que se mide en grados mientras ellos transpiran
sensualidad, con la realidad que obliga a poner en tierra los
pies adultos entre ilusión y compromiso, y con la vejez
que enfrenta a la cama y a la impotencia a los ancianos que
se sienten jóvenes en pieles de acordeón amenazadas
por lápidas.
Los ciclos de la salud y la enfermedad, del cuerpo y de la mente,
de los ojos y la piel, que tratan desde los sacerdotes hasta
los médicos y que ven como uno sólo, sin división
posible, los chamanes, los brujos y los sabios, son misterios
que confrontan y llaman a la reflexión permanente, sin
verdades eternas. |
 |
La fiesta o el dolor
de la muerte lo tienen todas las culturas en su esencia y los
manifiestan como liberación o castigo, según la
página de la historia propia o colectiva que estén
escribiendo en su presente. Sin embargo, para los filósofos,
tener siempre presente a la muerte, es la única forma
de vivir el hoy con intensidad, y para los escritores es sólo
un tema más del triángulo básico -junto
con la vida y el amor- en la pluma de los genios.
Dilema creador
La eternidad siempre resultará aburrida, hasta
para la felicidad. Lo cuentan los vampiros que recibieron esta
sentencia fílmica y los cuentos infantiles cuando rezan:
"
y vivieron felices por siempre", porque es
precisamente en esa página donde se acaba la historia.
El "The End" fue el que le dio sentido a las dos horas
anteriores de la película: si no tuviera fin, nadie se
quedaría sentado a ver el ciclo del infinito. Aunque
algunos puedan considerarlo inmoral, es precisamente en la angustia
de afrontar la vida propia -sin un Dios que implique el infinito,
la respuesta correcta, la salvación en el más
allá o la existencia eterna- que el Ser Humano se tiene
que confrontar con su presente, con su propio universo de contradicciones,
luchas y dilemas, y darle con esfuerzo y voluntad un sentido
para qué a su existencia y a su libertad en el goce del
devenir. |
Artes invisibles
Tú que cantas todas
mis muertes.
Tú que cantas lo que no confías al sueño
del tiempo,
descríbeme la casa del vacío,
háblame de esas palabras vestidas de féretros
que habitan en mi inocencia.
Con todas mis muertes yo me entrego a mi muerte,
con puñados de infancia,
con deseos ebrios que no anduvieron bajo el sol,
y no hay una palabra madrugadora que le dé la razón
a la muerte,
y no hay un dios donde morir sin muecas.
Alejandra Pizarnik. Obras escogidas. |
Es en ese Ser que se afirma a
sí mismo en la vida, que ve Nietzsche la posibilidad
de crecer al Superhombre, pues para el filósofo siempre
fue claro que "ni Manú, ni Platón, ni Confucio,
ni los maestros hebreos y cristianos dudaron nunca de su derecho
a mentir. No dudaron siquiera de derechos completamente distintos
Para expresarnos en una fórmula diremos: todos los medios
por los cuales la humanidad había de ser moralizada,
han sido hasta ahora fundamentalmente inmorales" (El Ocaso
de los Ídolos).
Muerte, vejez y soledad
Cuando el hombre se confronta con la realidad de la
muerte y no la deja para pensarla en la temida vejez, es que
encuentra a solas un sentido a su existencia presente y deja
el pasado para su álbum de fotos y el futuro para construirlo
en el Ahora. Nadie niega que duele perder a un ser querido.
Más, su trascendencia estuvo en que ese Ser se amó,
con el conflicto que tiene tejido en cada curva la palabra Amor,
los hilos de la Amistad, y el no negarse a vivir ese conflicto
por temor al dolor o la pérdida. Llorar o reír,
orar o bailar por su extinción, es sólo un bemol
de la cultura. Lo importante estuvo en la interacción
de los seres, en las relaciones vividas, en los conflictos afrontados,
en la realidad que construyeron o desarmaron paso a paso, cogidos
de la mano, soñando en su hombro, contándole un
cuento, acariciando su piel o despidiéndole con un beso,
una lágrima, un ¡Hasta pronto! o un ¡Adiós!
que terminó siendo el fin.
Cuando del presente se pasa a ser historia, no hay remedio.
Como decía el escritor francés, Gustave Flaubert:
"Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse,
antes al contrario, la hacen más profunda". Y entonces
al reino de la realidad lo inunda el sentimiento más
claro del hombre frente al mundo y la sociedad, cuando se mira
en las mañanas al espejo, húmedo por el baño
matinal antes de la salida luminosa del Sol: la soledad. Ésa
que en las ciudades y en el campo lo confronta consigo mismo
y que aún estando en compañía la tiene
cosida a la piel como su sombra: la soledad. La misma que puede
ser creadora como el Eros u oscuridad como el Tánatos.
En buscarla o afrontarla, porque no hay más remedio,
está la diferencia, en si brinda felicidad o angustia,
en si extiende las alas o repliega al creador. |
Para el Superhombre, esa sensación
de desamparo permanente que le obliga a mirarse desnudo siempre
en su propio espejo es también su redención. "Drende
es estupendo, pero conseguir estar allí depende de lo
blindado que esté uno contra la soledad", afirmaba
el genio holandés de los pinceles, Vincent Van Gogh.
Cuando el hombre prescinde de los dioses y no tiene un amor,
se confronta con su soledad. No hay nada ni nadie que lo salve.
Tiene que encontrarse a sí mismo y volar y, "nadie
tan odiado como el que vuela" (Así Hablaba Zaratustra.
Nietzsche). Acaso en el camino, se encuentre con alguien que
le brinde una mano, una palabra, una simple mirada, un aliento
que le refrenda su primitivo sentido social, pero de su soledad
sin un "salvador" nadie lo podrá rescatar,
sólo él se tiene a sí mismo.
El solitario, con o sin amor, tiene que afrontar su vida. "Se
puede tener, en lo más profundo del alma, un corazón
cálido, y, sin embargo, puede que nadie acuda jamás
a acogerse a él", decía con dolor el genial
artista Van Gogh; y el escritor alemán Johann |
 |
Wolfgang Goethe en
su propia catarsis, con "Las Penas del joven Werther",
afirma: "es muy cierto que no hay nada en el mundo que
haga al hombre necesario para los demás, a excepción
del Amor". Sin embargo, el amor no tiene el poder de librarnos
de nuestra propia soledad ni del conflicto interior diario de
vivir el presente y de confrontar a la muerte o al futuro. El
ideal romántico del amor no borra la propia soledad,
ni los conflictos de una pareja que no se funda en la amistad,
ni convierte al par en uno, ni revive al Romeo muerto. Acaso
por eso, no hay que olvidar a ese Nietzsche que profesa sobre
el amor: "es tan bello ser siempre dos".
Tener esta plena conciencia de la soledad, puede ayudar a crecer
el espíritu creativo, a la superación del hombre,
pero no deja de causar sufrimiento y angustia al Ser humano.
"Tanto en la vida como en la pintura puedo prescindir muy
bien de Dios, pero, sin embargo, soy una persona que sufre y
no puedo prescindir de algo superior a mí mismo y que
representa toda mi vida: la fuerza creadora", confiesa
el pintor holandés Van Gogh.
Cuando el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, analiza
la obra "La muerte de Iván Ilich" del escritor
ruso León Tolstoi, recuerda como el personaje, un juez
exitoso que de pronto se ve confrontado con dolor por una enfermedad
que percibe mortal -aunque nadie en su familia ni su propio
médico se atrevan a confirmárselo- se cuestiona:
"¿tal vez no haya vivido como debía?".
Y ante semejante pregunta, imprescindible para comprender toda
su existencia, de pronto le parece increíble llegar a
pensar algo así porque considera que "no es posible,
porque siempre he hecho lo que debía hacer". Tras
un minucioso análisis de toda la existencia del personaje,
el filósofo concluye que "Iván Ilich no es
capaz de enfrentarse a la muerte, porque su vida ya es una forma
de estar muerto". Y explica como "su vida estaba hecha
de un horrible desprendimiento de todo disfrute, deseo, creación,
amor y pensamiento, tomados erróneamente como éxito
y propiedad", y quitarle esa propiedad es expropiarlo y
por lo tanto, sentenciarlo a muerte. En síntesis, su
"drama es haber descubierto en la agonía, que el
terror a la muerte era terror a la vida y que era necesario
ocultar la muerte, porque se había ocultado la vida",
como ampliamente se analiza en el texto de Zuleta, "La
propiedad, el matrimonio y la muerte en Tolstoi". |
| Fragmento Pedro Páramo |
Se trata de una novela
en que el personaje central es el pueblo. Hay que notar que
algunos críticos toman como personaje central a Pedro
Páramo. En realidad es el pueblo. Es un pueblo muerto
donde no viven más que ánimas, donde todos los
personajes están muertos, y aún quien narra está
muerto. Entonces no hay un límite entre el espacio y
el tiempo. Los muertos no tienen tiempo ni espacio. No se mueven
en el tiempo ni en el espacio. Entonces así como aparecen,
se desvanecen. Y dentro de este confuso mundo, se supone que
los únicos que regresan a la tierra (es una creencia
muy popular) son las ánimas, las ánimas de aquéllos
muertos que murieron en pecado. Y como era un pueblo en que
casi todos morían en pecado, pues regresaban en su mayor
parte. Habitaban nuevamente el pueblo, pero eran ánimas,
no eran seres vivos".
Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo en entrevista
con Joseph Sommers |
En contraposición a la
rutinaria y rígida vida burocrática del juez Iván
Ilich, el filósofo Nietzsche habla del eterno goce del
devenir en su visión dionisíaca de la existencia
humana que no omite la tragedia, porque ella hace parte del
"afirmar la vida hasta en sus problemas más extraños
y más duros, la voluntad de vida que, en sacrificio a
sus tipos más altos, se alegra de su propia inagotabilidad",
puesto que a su juicio los creadores son duros y sólo
los perfectamente duros son nobles.
Contradicción del amor
Los existencialistas plantearon el vivir por sí
y para sí, y esta realidad angustiosa para el hombre
frente a su propia soledad se constituye en un reto del cual
no los libra el amor, que de por sí le suma felicidades,
aunque muchas veces se da cuenta de éstas "felicidades"
cuando ya pasaron, como reconoce sabiamente el escritor colombiano
Gabriel García Márquez. El amor no blinda al hombre
contra la angustia de la existencia, contra el reto de la muerte
que le acecha, contra los riesgos, las aventuras, los cambios
en su mundo interno ni externo, porque no garantiza ninguna
seguridad ni la liberación del conflicto. Es más,
en estos procesos es que vislumbran los filósofos el
sendero feliz, creador, transformador que puede dar vida al
Superhombre o a la realización del Ser.
Con base en la obra de Goethe, que sirvió al autor alemán
para exorcizar sus propios demonios angustiados ante el amor
no realizado, explica Estanislao Zuleta que "hay en efecto
una contradicción insuperable en la esencia misma del
amor, y es que tendemos inevitablemente a asegurarnos el objeto
amado por medio de juramentos, de promesas, de garantías
y de contratos, ya que su pérdida es sentida como la
mayor desgracia; pero el amor y la seguridad sencillamente no
pueden ir juntos, porque el amor es por definición el
amor por el objeto perdible, y un amor seguro es algo tan imposible
como una oscuridad iluminada".
Ni los sabios, ni los filósofos, ni los artistas se han
podido librar jamás de esos demonios: soledad, amor,
muerte. Freud lo reconocía: "el desvalimiento humano
continúa, y con él la nostalgia del padre y de
los dioses". Sin embargo, por su conciencia, por su angustia
y su conflicto, estas vivencias les han permitido en su proceso
creador y de lucha, ser trascendentes sobre la tierra, superarse
a través de los tiempos e ir más allá de
su propia muerte.
En "La propiedad, el matrimonio y la muerte en Tolstoi",
afirma Zuleta: "Toda vida está hecha, si es una
vida realizada, de muchas muertes. En cambio, si es una vida
protegida contra la muerte, no se podía distinguir de
la muerte misma". Entonces vienen a mi memoria interrogantes
que alguna vez encontré como separador, garabateados
en una desgarrada página escolar perdida entre un libro
de anticuaria: "Si supieras que sólo tienes un mes
más de vida, ¿qué te gustaría hacer?
¿En cuál ciudad vivirías? ¿Con quién
te gustaría estar en esos momentos? Ese es tu arte, esa
es tu ciudad, ese es tu gran amor". Y entonces traviesa
salta la pregunta: si nadie sabe con certeza cuando se va a
morir, ¿por qué no vivir, amar, compartir y hacer
lo que uno realmente quiere en este presente, asumiendo todos
los riesgos, dichas o dolores que estas decisiones impliquen?
Es decir, hacerlo, ahora mismo. Por algo Nietzsche decía:
"el valor frente a la realidad distingue entre sí
a seres como Tucídides y Platón: Platón
es un cobarde frente a la realidad; por consiguiente, se refugiará
en el ideal. Tucídides es dueño de sí mismo;
por consiguiente, tiene bajo su dominio a las cosas
"
y algunas de estas dos sentencias podrían ser simplemente
nuestro epitafio. |
| |
|
 |
|
|
|