MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 8    NO 98  NOVIEMBRE DEL AÑO 2006    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

En el mes
de las ánimas
Vida o muerte, soledad y desamor,
¿dónde está la diferencia?

Omaira Arbeláez Echeverri,
Periodista - elpulso@elhospital.org.co
En pleno siglo XXI, el mayor problema del Ser Humano está en sí mismo: abordar su propia soledad, el desamor, el temor a la muerte, que muchas veces vive a plenitud aunque su corazón palpite en la depresión, en el insomnio de la guerra ajena o interior, en la ciudad que en medio de su efervescencia lo ignora y le resulta indiferente, aunque progrese y crezca en el desafuero de pasiones que lo comercializan todo, incluso, la piel y hasta la propia muerte. Como diría Nietzsche: "en realidad, somos, sin quererlo, extraordinariamente ridículos con nuestras virtudes modernas".
La puedes tocar y está fría, gélida. La puedes mirar y te impresiona profundamente. Es piedra, mármol, pero te conmueve con intensidad. Es “La Piedad”. Tallada por las manos de un hombre: Miguel Ángel. Pero inconmovible ante el tiempo, perpetua, la muerte se impone: el hijo yace en las manos de su madre. Está muerto. Muerto para siempre, hecho piedra, aunque la leyenda, la literatura, los creyentes o los sacerdotes lo resuciten con pan y con vino: está muerto. Y la madre sufre. Hoy son piedra. La madre sufre y también es piedra. El hijo está muerto. Y también es piedra. La gente pasa, los observa, los acaricia, los vislumbra en el horizonte del arte. Pero ambos están muertos. Para algunos, uno resucitó y la otra fue objeto de asunción, y en los cielos se abrazan, se ríen, contemplan su retrato de mármol piedra y miran a los hombres y mujeres pasar, asombrarse, orar, pedir, tocar y marcharse. Para otros, son sólo historia y como historia, pasado. Para algunos más, son arte y como arte, eternos.
Los sentimientos, mientras existan, los harán eternos, en tanto que quienes los perciban tenga un corazón latiendo en el pecho y una mente lúcida para discernir la diferencia entre vida y muerte, aunque la última, para comprenderla al máximo, implique ya no poder comprender.
Algunos se reirán como en el grafitti: "Dios ha muerto. Nietzsche". Y abajo alguien responderá en la misma sucia y trajinada pared de una calle cualquiera en el centro de Medellín: "Nietzsche ha muerto. Dios", mientras la humanidad oscila entre las páginas sacras de los cuatro evangelios con sus promesas de salvación, vida eterna y respuestas inescrutables; otros, profanos, que lo cuestionan todo, como el irreverente filósofo alemán, ese famoso Friedrich Nietzsche quien en su "Ocaso de los ídolos" escribe entre sus sentencias y dardos: "¿Cómo? ¿El hombre será sólo un error de Dios? ¿O Dios será sólo un error del hombre?".
Fiesta o tragedia
La vida y la muerte, fiesta para el pueblo mejicano, alegría para comunidades negras, ritual para los dioses entre los monumentales imperios incas o aztecas, es una tragedia para el hombre común y una liberación para quienes sufren y su angustia los lleva en las páginas del existencialismo a trascender en un lugar sin tiempo y sin historia ante el abismo de la Nada. Para quien espera algo de los dioses -aunque derrame lágrimas como tsunamis- la redención llegará, se encontrará con sus seres queridos, volverán a abrazarse en el Nirvana. Para quienes Dios ha muerto, sus seres queridos también han muerto y no volverán atrás. No hay fiesta. NO hay sonrisa posible. Su felicidad puede estar ahora sólo en ellos mismos, no en el Otro, en quien ya no está en este mundo, el mismo que por momentos lo asfixia y por momentos lo deja desplegar sus alas. Su Eros y su Tánatos pueden divagar entre la vida y la muerte, entre el amor y el desamor, entre la compañía y la profunda soledad, entre la angustia y el fugaz sentido de la felicidad. Todas sensaciones de vida y de muerte, con distintos nombres, pero con igual trascendencia, aunque la última, la muerte física y mental, esa, jamás tenga reversa, resurrección ni asunción posible.
Comprender ese sentido de muerte, es una clase de vida magistral para el aprendiz de chamán, de sacerdote o de médico…empiezas por los muertos, por sus frías pieles, por sus huesos mustios, por sus músculos inertes a comprender el fenómeno de la vida, el arte de sanar, el misterio de la ciencia y del hechizo. Luego, te contactas con los vivos, con los por nacer bajo la piel de una madre, con los recién nacidos que lloran y miran sin comprender este universo, con la ansiedad investigadora de los niños curiosos que calculan expertos en peso y cintas métricas, con las crisis floreciente de la adolescencia que se mide en grados mientras ellos transpiran sensualidad, con la realidad que obliga a poner en tierra los pies adultos entre ilusión y compromiso, y con la vejez que enfrenta a la cama y a la impotencia a los ancianos que se sienten jóvenes en pieles de acordeón amenazadas por lápidas.
Los ciclos de la salud y la enfermedad, del cuerpo y de la mente, de los ojos y la piel, que tratan desde los sacerdotes hasta los médicos y que ven como uno sólo, sin división posible, los chamanes, los brujos y los sabios, son misterios que confrontan y llaman a la reflexión permanente, sin verdades eternas.
La fiesta o el dolor de la muerte lo tienen todas las culturas en su esencia y los manifiestan como liberación o castigo, según la página de la historia propia o colectiva que estén escribiendo en su presente. Sin embargo, para los filósofos, tener siempre presente a la muerte, es la única forma de vivir el hoy con intensidad, y para los escritores es sólo un tema más del triángulo básico -junto con la vida y el amor- en la pluma de los genios.
Dilema creador
La eternidad siempre resultará aburrida, hasta para la felicidad. Lo cuentan los vampiros que recibieron esta sentencia fílmica y los cuentos infantiles cuando rezan: "… y vivieron felices por siempre", porque es precisamente en esa página donde se acaba la historia. El "The End" fue el que le dio sentido a las dos horas anteriores de la película: si no tuviera fin, nadie se quedaría sentado a ver el ciclo del infinito. Aunque algunos puedan considerarlo inmoral, es precisamente en la angustia de afrontar la vida propia -sin un Dios que implique el infinito, la respuesta correcta, la salvación en el más allá o la existencia eterna- que el Ser Humano se tiene que confrontar con su presente, con su propio universo de contradicciones, luchas y dilemas, y darle con esfuerzo y voluntad un sentido para qué a su existencia y a su libertad en el goce del devenir.
Artes invisibles
Tú que cantas todas mis muertes.
Tú que cantas lo que no confías al sueño del tiempo,
descríbeme la casa del vacío,
háblame de esas palabras vestidas de féretros que habitan en mi inocencia.
Con todas mis muertes yo me entrego a mi muerte,
con puñados de infancia,
con deseos ebrios que no anduvieron bajo el sol,
y no hay una palabra madrugadora que le dé la razón a la muerte,
y no hay un dios donde morir sin muecas.
Alejandra Pizarnik. Obras escogidas.
Es en ese Ser que se afirma a sí mismo en la vida, que ve Nietzsche la posibilidad de crecer al Superhombre, pues para el filósofo siempre fue claro que "ni Manú, ni Platón, ni Confucio, ni los maestros hebreos y cristianos dudaron nunca de su derecho a mentir. No dudaron siquiera de derechos completamente distintos… Para expresarnos en una fórmula diremos: todos los medios por los cuales la humanidad había de ser moralizada, han sido hasta ahora fundamentalmente inmorales" (El Ocaso de los Ídolos).
Muerte, vejez y soledad
Cuando el hombre se confronta con la realidad de la muerte y no la deja para pensarla en la temida vejez, es que encuentra a solas un sentido a su existencia presente y deja el pasado para su álbum de fotos y el futuro para construirlo en el Ahora. Nadie niega que duele perder a un ser querido. Más, su trascendencia estuvo en que ese Ser se amó, con el conflicto que tiene tejido en cada curva la palabra Amor, los hilos de la Amistad, y el no negarse a vivir ese conflicto por temor al dolor o la pérdida. Llorar o reír, orar o bailar por su extinción, es sólo un bemol de la cultura. Lo importante estuvo en la interacción de los seres, en las relaciones vividas, en los conflictos afrontados, en la realidad que construyeron o desarmaron paso a paso, cogidos de la mano, soñando en su hombro, contándole un cuento, acariciando su piel o despidiéndole con un beso, una lágrima, un ¡Hasta pronto! o un ¡Adiós!… que terminó siendo el fin.
Cuando del presente se pasa a ser historia, no hay remedio. Como decía el escritor francés, Gustave Flaubert: "Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse, antes al contrario, la hacen más profunda". Y entonces al reino de la realidad lo inunda el sentimiento más claro del hombre frente al mundo y la sociedad, cuando se mira en las mañanas al espejo, húmedo por el baño matinal antes de la salida luminosa del Sol: la soledad. Ésa que en las ciudades y en el campo lo confronta consigo mismo y que aún estando en compañía la tiene cosida a la piel como su sombra: la soledad. La misma que puede ser creadora como el Eros u oscuridad como el Tánatos. En buscarla o afrontarla, porque no hay más remedio, está la diferencia, en si brinda felicidad o angustia, en si extiende las alas o repliega al creador.
Para el Superhombre, esa sensación de desamparo permanente que le obliga a mirarse desnudo siempre en su propio espejo es también su redención. "Drende es estupendo, pero conseguir estar allí depende de lo blindado que esté uno contra la soledad", afirmaba el genio holandés de los pinceles, Vincent Van Gogh. Cuando el hombre prescinde de los dioses y no tiene un amor, se confronta con su soledad. No hay nada ni nadie que lo salve. Tiene que encontrarse a sí mismo y volar y, "nadie tan odiado como el que vuela" (Así Hablaba Zaratustra. Nietzsche). Acaso en el camino, se encuentre con alguien que le brinde una mano, una palabra, una simple mirada, un aliento que le refrenda su primitivo sentido social, pero de su soledad sin un "salvador" nadie lo podrá rescatar, sólo él se tiene a sí mismo.
El solitario, con o sin amor, tiene que afrontar su vida. "Se puede tener, en lo más profundo del alma, un corazón cálido, y, sin embargo, puede que nadie acuda jamás a acogerse a él", decía con dolor el genial artista Van Gogh; y el escritor alemán Johann
Wolfgang Goethe en su propia catarsis, con "Las Penas del joven Werther", afirma: "es muy cierto que no hay nada en el mundo que haga al hombre necesario para los demás, a excepción del Amor". Sin embargo, el amor no tiene el poder de librarnos de nuestra propia soledad ni del conflicto interior diario de vivir el presente y de confrontar a la muerte o al futuro. El ideal romántico del amor no borra la propia soledad, ni los conflictos de una pareja que no se funda en la amistad, ni convierte al par en uno, ni revive al Romeo muerto. Acaso por eso, no hay que olvidar a ese Nietzsche que profesa sobre el amor: "es tan bello ser siempre dos".
Tener esta plena conciencia de la soledad, puede ayudar a crecer el espíritu creativo, a la superación del hombre, pero no deja de causar sufrimiento y angustia al Ser humano. "Tanto en la vida como en la pintura puedo prescindir muy bien de Dios, pero, sin embargo, soy una persona que sufre y no puedo prescindir de algo superior a mí mismo y que representa toda mi vida: la fuerza creadora", confiesa el pintor holandés Van Gogh.
Cuando el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, analiza la obra "La muerte de Iván Ilich" del escritor ruso León Tolstoi, recuerda como el personaje, un juez exitoso que de pronto se ve confrontado con dolor por una enfermedad que percibe mortal -aunque nadie en su familia ni su propio médico se atrevan a confirmárselo- se cuestiona: "¿tal vez no haya vivido como debía?". Y ante semejante pregunta, imprescindible para comprender toda su existencia, de pronto le parece increíble llegar a pensar algo así porque considera que "no es posible, porque siempre he hecho lo que debía hacer". Tras un minucioso análisis de toda la existencia del personaje, el filósofo concluye que "Iván Ilich no es capaz de enfrentarse a la muerte, porque su vida ya es una forma de estar muerto". Y explica como "su vida estaba hecha de un horrible desprendimiento de todo disfrute, deseo, creación, amor y pensamiento, tomados erróneamente como éxito y propiedad", y quitarle esa propiedad es expropiarlo y por lo tanto, sentenciarlo a muerte. En síntesis, su "drama es haber descubierto en la agonía, que el terror a la muerte era terror a la vida y que era necesario ocultar la muerte, porque se había ocultado la vida", como ampliamente se analiza en el texto de Zuleta, "La propiedad, el matrimonio y la muerte en Tolstoi".
Fragmento “Pedro Páramo”
“Se trata de una novela en que el personaje central es el pueblo. Hay que notar que algunos críticos toman como personaje central a Pedro Páramo. En realidad es el pueblo. Es un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aún quien narra está muerto. Entonces no hay un límite entre el espacio y el tiempo. Los muertos no tienen tiempo ni espacio. No se mueven en el tiempo ni en el espacio. Entonces así como aparecen, se desvanecen. Y dentro de este confuso mundo, se supone que los únicos que regresan a la tierra (es una creencia muy popular) son las ánimas, las ánimas de aquéllos muertos que murieron en pecado. Y como era un pueblo en que casi todos morían en pecado, pues regresaban en su mayor parte. Habitaban nuevamente el pueblo, pero eran ánimas, no eran seres vivos".
Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo en entrevista con Joseph Sommers
En contraposición a la rutinaria y rígida vida burocrática del juez Iván Ilich, el filósofo Nietzsche habla del eterno goce del devenir en su visión dionisíaca de la existencia humana que no omite la tragedia, porque ella hace parte del "afirmar la vida hasta en sus problemas más extraños y más duros, la voluntad de vida que, en sacrificio a sus tipos más altos, se alegra de su propia inagotabilidad", puesto que a su juicio los creadores son duros y sólo los perfectamente duros son nobles.
Contradicción del amor
Los existencialistas plantearon el vivir por sí y para sí, y esta realidad angustiosa para el hombre frente a su propia soledad se constituye en un reto del cual no los libra el amor, que de por sí le suma felicidades, aunque muchas veces se da cuenta de éstas "felicidades" cuando ya pasaron, como reconoce sabiamente el escritor colombiano Gabriel García Márquez. El amor no blinda al hombre contra la angustia de la existencia, contra el reto de la muerte que le acecha, contra los riesgos, las aventuras, los cambios en su mundo interno ni externo, porque no garantiza ninguna seguridad ni la liberación del conflicto. Es más, en estos procesos es que vislumbran los filósofos el sendero feliz, creador, transformador que puede dar vida al Superhombre o a la realización del Ser.
Con base en la obra de Goethe, que sirvió al autor alemán para exorcizar sus propios demonios angustiados ante el amor no realizado, explica Estanislao Zuleta que "hay en efecto una contradicción insuperable en la esencia misma del amor, y es que tendemos inevitablemente a asegurarnos el objeto amado por medio de juramentos, de promesas, de garantías y de contratos, ya que su pérdida es sentida como la mayor desgracia; pero el amor y la seguridad sencillamente no pueden ir juntos, porque el amor es por definición el amor por el objeto perdible, y un amor seguro es algo tan imposible como una oscuridad iluminada".
Ni los sabios, ni los filósofos, ni los artistas se han podido librar jamás de esos demonios: soledad, amor, muerte. Freud lo reconocía: "el desvalimiento humano continúa, y con él la nostalgia del padre y de los dioses". Sin embargo, por su conciencia, por su angustia y su conflicto, estas vivencias les han permitido en su proceso creador y de lucha, ser trascendentes sobre la tierra, superarse a través de los tiempos e ir más allá de su propia muerte.
En "La propiedad, el matrimonio y la muerte en Tolstoi", afirma Zuleta: "Toda vida está hecha, si es una vida realizada, de muchas muertes. En cambio, si es una vida protegida contra la muerte, no se podía distinguir de la muerte misma". Entonces vienen a mi memoria interrogantes que alguna vez encontré como separador, garabateados en una desgarrada página escolar perdida entre un libro de anticuaria: "Si supieras que sólo tienes un mes más de vida, ¿qué te gustaría hacer? ¿En cuál ciudad vivirías? ¿Con quién te gustaría estar en esos momentos? Ese es tu arte, esa es tu ciudad, ese es tu gran amor". Y entonces traviesa salta la pregunta: si nadie sabe con certeza cuando se va a morir, ¿por qué no vivir, amar, compartir y hacer lo que uno realmente quiere en este presente, asumiendo todos los riesgos, dichas o dolores que estas decisiones impliquen? Es decir, hacerlo, ahora mismo. Por algo Nietzsche decía: "el valor frente a la realidad distingue entre sí a seres como Tucídides y Platón: Platón es un cobarde frente a la realidad; por consiguiente, se refugiará en el ideal. Tucídides es dueño de sí mismo; por consiguiente, tiene bajo su dominio a las cosas…" y algunas de estas dos sentencias podrían ser simplemente nuestro epitafio.
 



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