|
Los
hijos de mejor patria
|
Ya va tomando cuerpo la idea de eliminar o al menos limitar los
privilegios que tienen los regímenes especiales que hoy
existen en la seguridad social, específicamente para las
Fuerzas Armadas, el magisterio y Ecopetrol. Es posible que se
expongan razones para mantener unas condiciones superiores a las
que tiene el 52% de los colombianos y totalmente desbordadas frente
a las que tienen el 48% restante, que no tienen empleo, no son
beneficiarios y no han logrado conseguir un cartón del
Sisben, pero que como los demás mortales, también
crecen, se reproducen y mueren, eso sí, en silencio. En
el actual sistema de seguridad social, por la modalidad de acreditación
de derechos, unos no tienen derechos, otros los tienen restringidos
y otros más, tienen todos los derechos que nadie tiene.
El componente pensional y el componente de salud de la seguridad
social deben revisarse a la luz de lo que es la Nación
y a la luz de la realidad del país. Suena por lo menos
odioso que en la situación actual que vive Colombia, se
otorguen a algunos, por la razón o por la fuerza, condiciones
superiores. En realidad, no se solucionará el problema
de injusticia igualando para todos los beneficios que la mayoría
tiene, pero no quedará el mal sabor de la discriminación
franca y de pésimo gusto que hay con el grueso de personas,
colombianos todos, hijos de la misma tierra, con la misma sangre,
igual lengua e idénticas costumbres. El componente pensional
arrastra grandes diferencias desde hace muchos años; diferencias
que se han venido mermando ante la evidencia de lo injusto e inequitativo
de sus beneficios. Y esto sí puede atribuirse en gran parte,
además de la toma de conciencia, a la Ley 100 de 1993.
No así el componente de salud. Aquí la misma ley
fue la quien ahondó diferencias y creó otras nuevas
y nos precipitó en la crudeza de la acreditación
de derechos, todos diferentes al fundamental y esencial cual es
el de ser colombiano y estar enfermo. Los hospitales constatan
día a día la situación que viven miles y
miles de conciudadanos que no pueden relatar ante ningún
médico su enfermedad, pues no logran burlar las porterías
porque no sacan de su bolsillo ningún papel diferente al
de su cédula de ciudadanía. Por eso no se les concede
a esos pacientes ni un minuto para explicar su cara de dolor o
la palidez de su rostro. Esto lo saben médicos, enfermeras,
bacteriólogas, trabajadoras sociales, directivos, todo
el personal de salud, incluidos los estudiantes. Y también
lo sabe el Ministerio de Salud, la Superintendencia del ramo,
la Defensoría del Pueblo, las personerías, las direcciones
seccionales, las secretarías de salud, en fin, todos. Todo
el mundo sabe que cientos y cientos de pacientes no pueden exhibir
ningún documento ni acreditar ningún derecho en
los hospitales y clínicas, y por tanto ningún pagador
recibe las facturas pasadas por su atención; los prestadores
aprendieron eso y en consecuencia, los pacientes no son admitidos.
Ante tan vergonzosa ignominia, sólo EL PULSO ha alzado
la voz de protesta. El mercado de la salud -mercado la volvieron-
es así: duro, impersonal, frío, terrible; hijo este
comercio, de la teoría neoliberal y de la economía
de la salud, y expósito de las sociedades médicas
y de los tribunales de ética médica. Es terrible.
Ya sí es tiempo de poner en el banco de trabajo toda esa
maquinaria monstruosa y hacer los cambios que la gente necesita
y por los que clama, y no por los que están asentados en
modelos sobre premisas exclusivamente económicas y financieras,
ajenos al sentimiento, al dolor, a la angustia y a la soledad,
porque la salud y sus servicios sólo tienen sentido y razón
en función del ser humano. Y es tiempo también de
ajustar todo lo concerniente a los regímenes especiales
en el campo pensional. Siendo todos de la misma patria, no hay
hijos de mejor patria.