MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 5    NO 48   SEPTIEMBRE DEL AÑO 2002    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co

La educación y la salud son parte esencial y básica de los derechos de una comunidad organizada y ya tienen una misión y una visión clara para su bienestar, pero la intromisión de los intereses individuales o grupistas entorpecen siempre en alguna forma su buena marcha y el cumplimiento de sus objetivos.
Nuestra Alma Mater, la Universidad de Antioquia, y nuestro Hospital Universitario San Vicente de Paúl, siempre han tratado de mantener su misión y le han respondido a la comunidad, en especial a sus estratos más bajos.
Todos debemos ser celosos de su funcionamiento y permanencia, y confrontar de inmediato cualquier "intromisión" que trate de desvirtuar su acción.

Expectativa ante fusión
del Ministerio de Salud
El nuevo gobierno anunció la fusión del Ministerio de Salud con el de Trabajo y Seguridad Social, lo cual ha generado mayor incertidumbre para el sector salud, más que para la cartera del Trabajo.
Herman Redondo Gómez, MD Miembro del CNSSS en representación de los profesionales de la salud
La fusión de los Ministerios del Interior con el de Justicia, el de Desarrollo con la Cancillería y el de Salud con el de Trabajo y Seguridad Social, forman parte de las políticas de achicar el Estado y generar mayor eficiencia en la administración pública. Sin embargo, ¿qué sucederá en los ministerios eminentemente técnicos como es el caso de la Salud Pública? Presentamos una opinión.
La actitud del cuerpo médico a través de sus instituciones más representativas, como son: la AMC (Asociación Médica Colombiana), ASMEDAS, la Federación Médica, la Academia Nacional de Medicina y la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina (ASCOFAME) frente al anuncio de fusión de los Ministerios de Salud y Trabajo y Seguridad Social, ha sido hasta ahora tímida y expectante, a pesar del pronunciamiento de la AMC (publicado en el número anterior de El Pulso); lo mismo podríamos afirmar de las asociaciones de profesionales de la salud, e inclusive, de los sindicatos del sector.
Esta actitud expectante es comprensible frente al hecho consolidado del resultado electoral del pasado 26 de mayo, donde la voluntad popular mayoritariamente escogió una opción y, es esa nueva alternativa, la que entra a plantear las fusiones ministeriales que aunque generan mucha incertidumbre y muchos interrogantes, fue la alternativa elegida por la mayoría de los colombianos, en un ambiente político, social y de orden público que no era ni es el más propicio para la expresión democrática del pueblo. Serán los resultados, las evidencias, las que demuestren si esas mayorías obtenidas en tales circunstancias tuvieron o no la razón y si es por el camino de las fusiones ministeriales que obtendremos los resultados que todos esperamos.
Diríamos que todo el sector y el país entero estamos a la expectativa, "cabalgando sobre los acontecimientos”. Realmente, si somos imparciales y no anticipamos juicios de valor (cosa difícil en estos tiempos), per se, la fusión de los Ministerios de Salud y de Trabajo en un solo Ministerio de Seguridad Social no es buena ni mala; inclusive, esa fue una opción que se pensó cuando se discutió el Proyecto de Ley 248 de 1992, alterno al Proyecto de Ley 155, hoy Ley 100 de 1993. En esa ocasión, se pretendía una visión integral de la Seguridad Social y reunir al ISS con el Sistema Nacional de Salud y fortalecer el tripartismo (participación del Estado, los Empleadores y los Trabajadores en la Seguridad Social Integral).
Pero, si la fusión corresponde a una visión mezquina de achicar el Estado y de reestructurar nuevamente el Ministerio de Salud para despedir más trabajadores, de restar importancia a la salud en el contexto nacional, de quedar de patio trasero de las reformas laboral y de pensiones, obviamente será la medida más inconveniente que se podría tomar y significaría un retroceso, de cerca de sesenta años. Recordemos que cuando en 1946 se creó el Ministerio de Higiene (que en 1953 se transformó en Ministerio de Salud), fue precisamente por las particularidades técnicas de la salud y su alcance a toda la población.
En nuevo Sistema General de Seguridad Social en Salud (SGSSS) creado con la Ley 100 de 1993 es más complejo que el antiguo Sistema Nacional de Salud: el sector está pasando por grandes dificultades que requieren atención directa y prioritaria del gobierno nacional, hoy los gastos globales relacionados con salud significan por lo menos diez puntos del PIB y muchos de ellos se están perdiendo por falta de vigilancia y control, el país está retrocediendo en materia de contención de las enfermedades de interés en Salud Pública, tenemos una prolongada crisis hospitalaria nacional y de prestadores de servicios de salud aún lejos de ser superada, y un empobrecimiento cada vez más evidente de los trabajadores y profesionales de la salud, razones todas que inducen a pensar que la fusión es inconveniente.
Por otra parte, son tantas las reformas que simultáneamente impulsará el nuevo gobierno, como son: dos reformas tributarias, de pensiones, laboral, educativa, la reforma política, etc., que requerirán la presencia permanente del gabinete en el Congreso y en las que el Ministro del Trabajo jugará papel trascendental. ¿A qué horas atenderá los problemas relacionados con la salud pública? Creemos que para contrarrestar en parte esta situación, deberá fortalecerse el Instituto Nacional de Salud para permitir que él asuma el liderazgo que hasta ahora no ha tenido el Ministerio.
La figura de Juan Luis Londoño a la cabeza del nuevo Ministerio deja dudas para algunos en el campo laboral propiamente dicho y temor por sus antecedentes en el campo de la salud, por ser el impulsor y defensor de la Ley 100 del 93. Sin embargo, hay quienes creemos que es mejor confrontar la realidad y las evidencias acumuladas en ocho años de reforma, directamente con el Papa y no con los papistas. Siempre oímos al Doctor Londoño decir que la reforma se la cambiaron, que la reglamentaron mal, que la tergiversaron, de tal forma que ahora le corresponde a él con los superpoderes de dos Ministerios reorientar, repensar y corregir los errores estructurales y de reglamentación que tiene el SGSSS.
De alguna manera podemos afirmar que hasta ahora vamos a conocer la verdadera Ley 100, la original, la impulsada por sus auténticos adalides... la evidencia nos demostrará los resultados. Por ahora, yo tengo mi propia hipótesis y mi propia esperanza: esperemos que la mano invisible del mercado cierre su puño firme sobre los violentos y a los profesionales de la salud nos reserve su corazón grande
El valor ético de la vida
Toda vida humana, por el hecho de serlo, tiene un valor fundamentalmente igual, posee la misma dignidad y se hace acreedora a la misma protección. Pero este principio sufre brechas importantes que parecen signos de incoherencia, aún cuando, es lógico, traten de justificarse.
Es interesante estudiar la discriminación en relación con la vida que introduce cada cultura o que asume cada pueblo. A veces la razón de discriminación es el sexo: la vida de un hombre merece más aprecio que la de una mujer. Otras veces el valor de la vida se mide por la convergencia de la visión política: el disidente merece menos respeto. En ocasiones, el color ha sido determinante: el negro tiene vocación de esclavo y su valor se mide por la utilidad, como el de un animal. La religión y la moralidad han sido también factores discriminantes.
Pero nuestra sociedad, que se vanagloria de una mayor sensibilidad a la dignidad de todo ser humano, tiene también sus propias discriminaciones que resultan hirientes para quien aprecia por igual la vida humana, toda vida humana, por el mero hecho de serlo. Toda discriminación traduce una incoherencia. Las estadísticas nos revelan como cristianos de cuño tradicional son muy propensos a aceptar la aplicación de la pena de muerte, mientras que en cuestión de aborto adoptan una postura de protección incondicional al feto o al embrión. En el lado contrario, vemos personas visceralmente opuestas a la pena de muerte que admiten como un derecho de la mujer el interrumpir la vida ya iniciada en su seno. Cada grupo trata de justificar el apoyo a unas vidas y la indefensión en que deja otras, pero a pesar de las justificaciones, ¿no significa todo ello un mal servicio al valor de la vida?
Con ello no se quiere decir que toda acción que establezca algunas diferencias entre vidas y vidas sea necesariamente discriminante. El problema está en compaginar la fundamental igualdad de toda vida humana con ciertas diferencias existentes en la realidad. ¿Hay diferencias que permitan una valoración éticamente distinta en cuanto a la protección de la vida? ¿No negamos con ello el principio básico de igualdad e introducimos categorías discriminatorias, vidas de primera y vidas de segunda?
Ahora bien, otro concepto que en nuestra sociedad, en la sociedad postindustrializada, va penetrando profundamente: es la preocupación por la calidad de la vida (calidad total). Es comprensible que en un contexto social pasado muy hostil, con muchas amenazas para la mera supervivencia, ésta acaparara muchas energías.
El concepto de calidad de vida es muy reciente, y como su utilización no ha sido muy precisa y crítica, su análisis no resulta nada fácil. Frecuentemente no es más que un eslogan. Incluso se ha llegado a decir que cuando existía la calidad de vida, era cuando menos se hablaba de ella.
También a las puertas de la Bioética llama este concepto y pretende ser oído en orden a algunas decisiones importantes sobre la vida humana. Esta reivindicación se hace más palpable en cuatro campos: en la vida terminal, para saber si tiene sentido prolongarla o no; en la vida inicial, para darle curso o no; en acciones que miran a alterar la naturaleza del hombre, como en las intervenciones genéticas; y en el sector del medio ambiente.
En la imposibilidad de descender en pocas líneas a detalles muy concretos, y ante la variedad de situaciones en que se plantea el tema de la calidad de vida, limitémonos a unas indicaciones generales.
El atender a la calidad de la vida es una exigencia ética innegable si con ello nos referimos a cualquier tipo de acción orientada a crear condiciones más favorables para la expansión y desarrollo de cualquier ser humano. La calidad de vida no debe, de por sí, considerarse como un lujo burgués o una preocupación de quienes tienen resueltas las necesidades materiales fundamentales.
El concepto calidad de vida, entendido con una carga prevalentemente económica es muy parcial y resulta insuficiente para iluminar decisiones importantes sobre la vida humana.
Si la calidad de vida quiere determinarse exclusivamente a partir de un análisis de las características mentales o físicas de una persona, medibles y cuantificables, las decisiones inspiradas en esta concepción carecerán de importantes garantías de acierto.
La calidad de vida es inseparable de los aportes de la familia y de la sociedad. Ante un ser con deficiencias físicas o psíquicas graves, la sociedad ha de mirar a las acciones posibles para darle la mayor acogida y para posibilitarle una vida humana lo más digna posible. Acudir a la calidad de vida para legitimar la supresión de seres humanos revela frecuentemente una radical incapacidad para la solidaridad.
Una comprensión global de la calidad de vida que mire a las "condiciones de vida que responden a la dignidad humana para el mayor número posible de hombres", sí merece una consideración Bioética, aunque su utilización en casos conflictivos es muy delicada y difícil.
El concepto de calidad de vida, dependiente de una concepción del hombre, está sujeto a variaciones importantes por el mismo hecho. Con todo, es posible gracias a un diálogo abierto, llegar a un consenso Bioético sobre un conjunto de criterios y contenidos vinculados a él. Debe ser un concepto que sirva a la humanización y, desde esta perspectiva, podrá ser un estimulo Bioético, no una norma, que revele con claridad la rectitud o no de algunos comportamientos.

 











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