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La educación y la
salud son parte esencial y básica de los derechos
de una comunidad organizada y ya tienen una misión
y una visión clara para su bienestar, pero la intromisión
de los intereses individuales o grupistas entorpecen siempre
en alguna forma su buena marcha y el cumplimiento de sus
objetivos.
Nuestra Alma Mater, la Universidad de Antioquia, y nuestro
Hospital Universitario San Vicente de Paúl, siempre
han tratado de mantener su misión y le han respondido
a la comunidad, en especial a sus estratos más bajos.
Todos debemos ser celosos de su funcionamiento y permanencia,
y confrontar de inmediato cualquier "intromisión"
que trate de desvirtuar su acción.
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Expectativa ante fusión
del Ministerio de Salud |
| El nuevo gobierno anunció la fusión
del Ministerio de Salud con el de Trabajo y Seguridad Social,
lo cual ha generado mayor incertidumbre para el sector salud,
más que para la cartera del Trabajo. |
| Herman
Redondo Gómez, MD Miembro del CNSSS en representación
de los profesionales de la salud |
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La fusión de los Ministerios del Interior
con el de Justicia, el de Desarrollo con la Cancillería
y el de Salud con el de Trabajo y Seguridad Social, forman
parte de las políticas de achicar el Estado y generar
mayor eficiencia en la administración pública.
Sin embargo, ¿qué sucederá en los ministerios
eminentemente técnicos como es el caso de la Salud
Pública? Presentamos una opinión.
La actitud del cuerpo médico a través de sus
instituciones más representativas, como son: la AMC
(Asociación Médica Colombiana), ASMEDAS, la
Federación Médica, la Academia Nacional de Medicina
y la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina
(ASCOFAME) frente al anuncio de fusión de los Ministerios
de Salud y Trabajo y Seguridad Social, ha sido hasta ahora
tímida y expectante, a pesar del pronunciamiento de
la AMC (publicado en el número anterior de El Pulso);
lo mismo podríamos afirmar de las asociaciones de profesionales
de la salud, e inclusive, de los sindicatos del sector.
Esta actitud expectante es comprensible frente al hecho consolidado
del resultado electoral del pasado 26 de mayo, donde la voluntad
popular mayoritariamente escogió una opción
y, es esa nueva alternativa, la que entra a plantear las fusiones
ministeriales que aunque generan mucha incertidumbre y muchos
interrogantes, fue la alternativa elegida por la mayoría
de los colombianos, en un ambiente político, social
y de orden público que no era ni es el más propicio
para la expresión democrática del pueblo. Serán
los resultados, las evidencias, las que demuestren si esas
mayorías obtenidas en tales circunstancias tuvieron
o no la razón y si es por el camino de las fusiones
ministeriales que obtendremos los resultados que todos esperamos.
Diríamos que todo el sector y el país entero
estamos a la expectativa, "cabalgando sobre los acontecimientos.
Realmente, si somos imparciales y no anticipamos juicios de
valor (cosa difícil en estos tiempos), per se, la fusión
de los Ministerios de Salud y de Trabajo en un solo Ministerio
de Seguridad Social no es buena ni mala; inclusive, esa fue
una opción que se pensó cuando se discutió
el Proyecto de Ley 248 de 1992, alterno al Proyecto de Ley
155, hoy Ley 100 de 1993. En esa ocasión, se pretendía
una visión integral de la Seguridad Social y reunir
al ISS con el Sistema Nacional de Salud y fortalecer el tripartismo
(participación del Estado, los Empleadores y los Trabajadores
en la Seguridad Social Integral).
Pero, si la fusión corresponde a una visión
mezquina de achicar el Estado y de reestructurar nuevamente
el Ministerio de Salud para despedir más trabajadores,
de restar importancia a la salud en el contexto nacional,
de quedar de patio trasero de las reformas laboral y de pensiones,
obviamente será la medida más inconveniente
que se podría tomar y significaría un retroceso,
de cerca de sesenta años. Recordemos que cuando en
1946 se creó el Ministerio de Higiene (que en 1953
se transformó en Ministerio de Salud), fue precisamente
por las particularidades técnicas de la salud y su
alcance a toda la población.
En nuevo Sistema General de Seguridad Social en Salud (SGSSS)
creado con la Ley 100 de 1993 es más complejo que el
antiguo Sistema Nacional de Salud: el sector está pasando
por grandes dificultades que requieren atención directa
y prioritaria del gobierno nacional, hoy los gastos globales
relacionados con salud significan por lo menos diez puntos
del PIB y muchos de ellos se están perdiendo por falta
de vigilancia y control, el país está retrocediendo
en materia de contención de las enfermedades de interés
en Salud Pública, tenemos una prolongada crisis hospitalaria
nacional y de prestadores de servicios de salud aún
lejos de ser superada, y un empobrecimiento cada vez más
evidente de los trabajadores y profesionales de la salud,
razones todas que inducen a pensar que la fusión es
inconveniente.
Por otra parte, son tantas las reformas que simultáneamente
impulsará el nuevo gobierno, como son: dos reformas
tributarias, de pensiones, laboral, educativa, la reforma
política, etc., que requerirán la presencia
permanente del gabinete en el Congreso y en las que el Ministro
del Trabajo jugará papel trascendental. ¿A qué
horas atenderá los problemas relacionados con la salud
pública? Creemos que para contrarrestar en parte esta
situación, deberá fortalecerse el Instituto
Nacional de Salud para permitir que él asuma el liderazgo
que hasta ahora no ha tenido el Ministerio.
La figura de Juan Luis Londoño a la cabeza del nuevo
Ministerio deja dudas para algunos en el campo laboral propiamente
dicho y temor por sus antecedentes en el campo de la salud,
por ser el impulsor y defensor de la Ley 100 del 93. Sin embargo,
hay quienes creemos que es mejor confrontar la realidad y
las evidencias acumuladas en ocho años de reforma,
directamente con el Papa y no con los papistas. Siempre oímos
al Doctor Londoño decir que la reforma se la cambiaron,
que la reglamentaron mal, que la tergiversaron, de tal forma
que ahora le corresponde a él con los superpoderes
de dos Ministerios reorientar, repensar y corregir los errores
estructurales y de reglamentación que tiene el SGSSS.
De alguna manera podemos afirmar que hasta ahora vamos a conocer
la verdadera Ley 100, la original, la impulsada por sus auténticos
adalides... la evidencia nos demostrará los resultados.
Por ahora, yo tengo mi propia hipótesis y mi propia
esperanza: esperemos que la mano invisible del mercado cierre
su puño firme sobre los violentos y a los profesionales
de la salud nos reserve su corazón grande
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El valor ético
de la vida
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Toda
vida humana, por el hecho de serlo, tiene un valor fundamentalmente
igual, posee la misma dignidad y se hace acreedora a la misma
protección. Pero este principio sufre brechas importantes
que parecen signos de incoherencia, aún cuando, es lógico,
traten de justificarse.
Es interesante estudiar la discriminación en relación
con la vida que introduce cada cultura o que asume cada pueblo.
A veces la razón de discriminación es el sexo:
la vida de un hombre merece más aprecio que la de una
mujer. Otras veces el valor de la vida se mide por la convergencia
de la visión política: el disidente merece menos
respeto. En ocasiones, el color ha sido determinante: el negro
tiene vocación de esclavo y su valor se mide por la utilidad,
como el de un animal. La religión y la moralidad han
sido también factores discriminantes.
Pero nuestra sociedad, que se vanagloria de una mayor sensibilidad
a la dignidad de todo ser humano, tiene también sus propias
discriminaciones que resultan hirientes para quien aprecia por
igual la vida humana, toda vida humana, por el mero hecho de
serlo. Toda discriminación traduce una incoherencia.
Las estadísticas nos revelan como cristianos de cuño
tradicional son muy propensos a aceptar la aplicación
de la pena de muerte, mientras que en cuestión de aborto
adoptan una postura de protección incondicional al feto
o al embrión. En el lado contrario, vemos personas visceralmente
opuestas a la pena de muerte que admiten como un derecho de
la mujer el interrumpir la vida ya iniciada en su seno. Cada
grupo trata de justificar el apoyo a unas vidas y la indefensión
en que deja otras, pero a pesar de las justificaciones, ¿no
significa todo ello un mal servicio al valor de la vida?
Con ello no se quiere decir que toda acción que establezca
algunas diferencias entre vidas y vidas sea necesariamente discriminante.
El problema está en compaginar la fundamental igualdad
de toda vida humana con ciertas diferencias existentes en la
realidad. ¿Hay diferencias que permitan una valoración
éticamente distinta en cuanto a la protección
de la vida? ¿No negamos con ello el principio básico
de igualdad e introducimos categorías discriminatorias,
vidas de primera y vidas de segunda?
Ahora bien, otro concepto que en nuestra sociedad, en la sociedad
postindustrializada, va penetrando profundamente: es la preocupación
por la calidad de la vida (calidad total). Es comprensible que
en un contexto social pasado muy hostil, con muchas amenazas
para la mera supervivencia, ésta acaparara muchas energías.
El concepto de calidad de vida es muy reciente, y como su utilización
no ha sido muy precisa y crítica, su análisis
no resulta nada fácil. Frecuentemente no es más
que un eslogan. Incluso se ha llegado a decir que cuando existía
la calidad de vida, era cuando menos se hablaba de ella.
También a las puertas de la Bioética llama este
concepto y pretende ser oído en orden a algunas decisiones
importantes sobre la vida humana. Esta reivindicación
se hace más palpable en cuatro campos: en la vida terminal,
para saber si tiene sentido prolongarla o no; en la vida inicial,
para darle curso o no; en acciones que miran a alterar la naturaleza
del hombre, como en las intervenciones genéticas; y en
el sector del medio ambiente.
En la imposibilidad de descender en pocas líneas a detalles
muy concretos, y ante la variedad de situaciones en que se plantea
el tema de la calidad de vida, limitémonos a unas indicaciones
generales.
El atender a la calidad de la vida es una exigencia ética
innegable si con ello nos referimos a cualquier tipo de acción
orientada a crear condiciones más favorables para la
expansión y desarrollo de cualquier ser humano. La calidad
de vida no debe, de por sí, considerarse como un lujo
burgués o una preocupación de quienes tienen resueltas
las necesidades materiales fundamentales.
El concepto calidad de vida, entendido con una carga prevalentemente
económica es muy parcial y resulta insuficiente para
iluminar decisiones importantes sobre la vida humana.
Si la calidad de vida quiere determinarse exclusivamente a partir
de un análisis de las características mentales
o físicas de una persona, medibles y cuantificables,
las decisiones inspiradas en esta concepción carecerán
de importantes garantías de acierto.
La calidad de vida es inseparable de los aportes de la familia
y de la sociedad. Ante un ser con deficiencias físicas
o psíquicas graves, la sociedad ha de mirar a las acciones
posibles para darle la mayor acogida y para posibilitarle una
vida humana lo más digna posible. Acudir a la calidad
de vida para legitimar la supresión de seres humanos
revela frecuentemente una radical incapacidad para la solidaridad.
Una comprensión global de la calidad de vida que mire
a las "condiciones de vida que responden a la dignidad
humana para el mayor número posible de hombres",
sí merece una consideración Bioética, aunque
su utilización en casos conflictivos es muy delicada
y difícil.
El concepto de calidad de vida, dependiente de una concepción
del hombre, está sujeto a variaciones importantes por
el mismo hecho. Con todo, es posible gracias a un diálogo
abierto, llegar a un consenso Bioético sobre un conjunto
de criterios y contenidos vinculados a él. Debe ser un
concepto que sirva a la humanización y, desde esta perspectiva,
podrá ser un estimulo Bioético, no una norma,
que revele con claridad la rectitud o no de algunos comportamientos. |
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