MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 248 MAYO DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

Detrás de la cortina

Por: Damian Rua Valencia. Magister en Literatura Francesa comparada Universidad de Estrasburgo – Francia
elpulso@sanvicentefundacion.com

Aprincipios del mes pasado, los medios de comunicación celebraron el nonagésimo aniversario de Milan Kundera. No sé si él mismo le habrá dado tanta importancia, porque tiene fama de ser discreto y de no tomarse nada en serio, pero no pocos columnistas volvieron a hacer de él el centro de atención. ¿Y qué mejor ocasión que la ofrecida por una cifra redonda para hacer el balance de una vida? Eso funciona muy bien con personajes que han estado inmiscuidos, de una manera u otra, en la política, como García Márquez o Pablo Neruda. ¿Pero qué hacer cuando el personaje rehúye la luz pública y se atrinchera detrás del cerco de su arte?

El artista en su torre

La última vez que su nombre causó escándalo fue hace ya más de diez años y por un equívoco, una acusación de delación que bien podría ser parte de una de sus novelas. Según un archivo de la policía checa, durante su época de estudiante, el escritor habría denunciado a uno de sus camaradas que fue a parar, primero, a la cárcel y, luego, a un campo de concentración. Kundera rompió el silencio que se había impuesto desde finales de los años ochenta para tratar de desmentir lo que muchos consideran una calumnia y que un grupo de escritores famosos, dentro de los cuales estaban García Márquez y Philip Roth, salieran en su defensa. Pero nada qué hacer: un manto de duda se tendió sobre su participación en el partido comunista. Su pequeño país natal, luego de haber prohibido la edición y difusión de sus obras y de haberlo reducido al exilio, le pasaba la cuenta por el escaso sentimiento patriótico que el escritor ha mostrado desde que se estableció en Francia. Después del incidente, el autor no concede entrevistas y protege su vida privada contra los ojos maliciosos de la prensa en un intento de desvanecerse detrás de su obra. Como un artista que se encierra en su torre.

En su última aparición en la televisión decía: “No me falta ambición, pero quisiera permanecer invisible. Mi sueño ha sido siempre escribir bajo un seudónimo”. Opinión que hace eco de su idea acerca de la novela y del novelista. En el ensayo El arte de la novela lo define así: “el rasgo distintivo del verdadero novelista: no le gusta hablar de sí mismo”. Eso implica la ausencia de confesiones, de confidencias y la destrucción de todo documento que pueda despertar la codicia de los impertinentes: diarios, apuntes, cartas personales. A estos impertinentes él los llama fouilleurs de poubelles (escarbadores de basureros), una categoría formada sobre todo por investigadores universitarios, de los cuales se burla sin piedad.

Para evitar esas derivas interpretativas, el novelista consiguió incluso eliminar la “cronología de la vida del autor” y el acostumbrado ensayo biográfico de la edición de sus obras completas publicada en la selectiva colección de la Pléiade (a la que, en general, sólo ingresan los escritores después de muertos).

Lo que podría parecernos los achaques de un autor crepuscular se haya justificado sin embargo en el derecho de todo el mundo de proteger su intimidad y en una tradición que busca disociar al hombre de su obra. Proust aseguraba que el personaje de En busca del tiempo perdido, que se llama Marcel como el autor, no tenía nada que ver con él; y está también Flaubert para quien “el artista debe hacer creer a la posteridad que él no ha vivido”. Así no hay que buscar en el “yo” que narra y se pasea por los libros de Kundera, y que a veces se llama Milanku, un reflejo biográfico, sino más bien una ficción nacida de la imaginación y formada de palabras. Una ficción que nos habla de algo más que de su autor.

El rechazo de lo lírico

Kundera diferencia lo lírico de la poesía, aunque ésta se halla más ligada a aquélla que otras manifestaciones artísticas. No se trata, para él, de un simple género literario, como todos aprendemos en el colegio, sino más bien de una actitud ante la vida. Para él, el lirismo es una etapa en el desarrollo del artista (y quizá de cualquier persona). Corresponde a la juventud, época en la que “el individuo, concentrado casi exclusivamente en sí mismo, es incapaz de ver, de comprender, de juzgar lúcidamente el mundo que lo rodea”. Es una etapa narcisista en la que nos creemos el ombligo del mundo y queremos expresar nuestra individualidad (nuestra particularísima manera de agarrar el celular, por ejemplo, o de peinarnos en las mañanas). Por eso, la música y la poesía han servido, en ocasiones, para adornar a los poderosos y para obnubilar con su belleza ilógica el juicio de las gentes.

El joven Kundera que, como comunista convencido, quiso hacer avanzar la Historia (con mayúscula) y fue testigo de los excesos de los regímenes políticos, se espantó ante la actitud de ciertos poetas que defendían lo indefendible. Él, que había publicado un par de libros de versos, abandonó su lirismo inicial (que no la poesía, en el sentido auténtico de la palabra), para abrazar un género más sucio e imperfecto: la novela. Cuando se rompe la crisálida de la lírica, surge el novelista.

La estética de la

Yo llegué a la obra de Kundera gracias a Stravinski, a quien él dedicó un bello ensayo, y es inevitable para mí pensar en el músico ruso cada vez que leo uno de sus libros. Después de escuchar una obra del uno o de acabar una novela del otro, siento que algo en mí se rompe, que algo que consideraba “sagrado” e intocable ha sido profanado y nunca puedo volver a ser el mismo.

Y no es un azar: en el panorama musical Stravinski es una especie de bicho raro que gritaba fuerte para que todos oyeran que la música era incapaz de expresar sentimientos. Sus sinfonías, sus ballets y sus concertos se purgan progresivamente de todo rezago romántico, empezando por la orquestación titánica tan apreciada por los compositores del siglo XIX. Él, al igual que Kundera, buscan otra cosa en el arte. Tienen una pretensión aún más ambiciosa.

Tereza, uno de los personajes principales de la Insoportable levedad del ser, engaña a su marido con un hombre del que nunca sabemos si es un policía encubierto, tras lo cual siente unas ganas imperiosas de vaciar sus intestinos. Sentada en el sanitario, que se asemeja a una flor blanca, piensa en las tuberías que se extienden por debajo a la ciudad y cae en la cuenta de que la vida está erigida sobre un montón de excrementos. Si no los vemos es sólo porque han sido disimulados, maquillados, desde que vinimos al mundo.

La tarea del novelista va más bien en ese sentido. En el de abrir las alcantarillas y mostrar lo que nos negamos a ver. En uno de sus últimos libros, El telón, Kundera es aún más claro: “la única moral de la novela es el conocimiento”. La novela es más que un género literario para él. Es una actitud existencial. Es el único medio que nos queda para abarcar la vida humana como un todo y de rasgar la cortina que nos impide ver con claridad. ¿Su arma más temible? El humor. El humor que subvierte todos los valores y muestra las acciones de los hombres en su natural ambigüedad.

Por eso el novelista, según Kundera, no puede identificarse con una causa, con una religión o con una ideología. Una novela comprometida no tiene ningún sentido. Cuando le preguntan “¿Es usted comunista, señor Kundera?”, él responde: “No, soy novelista”. “¿Disidente? – No, soy novelista”. “¿Es usted de izquierda o de derecha? – Ni lo uno ni lo otro. Soy novelista”.

Yo imagino a Kundera paseándose por el barrio de Montmartre en compañía de su esposa Vera, con la misma expresión mitad seria, mitad risueña con que aparece en las fotografías, y pienso que él es, utilizando una expresión de uno de sus ensayos, el hombre que “desde hace tiempo dejó de tomar en serio la seriedad de los hombres”. Que si se encierra en su torre no es para aislarse del mundo, como uno creería, sino para verlo con la distancia y la perspectiva necesarias. Para verlo como lo que es: una enorme e interminable broma.


Dirección Comercial

Diana Cecilia Arbeláez Gómez

Tel: (4) 516 74 43

Tel: (4) 516 74 43

Cel: 3017547479

diana.arbelaez@sanvicentefundacion.com