MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 248 MAYO DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com

El futuro de la industria farmacéutica nacional

Por: Francisco Rossi. Fundación IFARMA.
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El 13 de marzo, a iniciativa del senador del partido Cambio Radical, Richard Aguilar, se llevó a cabo en el congreso una audiencia pública “Por la adopción de una política industrial farmacéutica en Colombia”. La intención de la audiencia y la propuesta del senador apuntaban a la inclusión en la Ley del Plan Nacional de Desarrollo 2018 -2022, de un artículo para que se promulgaran y desarrollaran en los próximos años medidas que fortalezcan la industria farmacéutica nacional.

A diferencia de iniciativas similares en legislaturas pasadas, en las que el modus operandi del congreso consistía en recibir solicitudes para incorporar un artículo en una ley que beneficiara un interés comercial específico (la función fundamental del lobby), esta propuesta, en palabras del ponente y de algunos participantes, parte del supuesto de que interesa a la salud pública que en un país en vías de desarrollo, exista una fuerte industria nacional como elemento estratégico.

La razón principal obedece a la crisis financiera del sector salud y apunta a la sostenibilidad del sistema. Los medicamentos de producción nacional son más baratos y representan la mayoría de las unidades utilizadas, pero obtienen solamente la tercera parte de los ingresos por ventas. Los productos importados son pocos y son muy caros.

Se podrá decir (y ciertamente se dice y sobre todo, se cree) que son más baratos porque no son de la misma calidad. El doctor Julio Cesar Aldana, Director del INVIMA, rechazó esta afirmación pues no tiene base en la práctica, y justamente, es función del INVIMA asegurar a los ciudadanos y a los médicos, que los productos que se comercializan en nuestro territorio cumplan las especificaciones de calidad. Y el INVIMA se ha ganado el status de Agencia Internacional de Referencia, justamente por haber desarrollado en los últimos 20 años estrategias para tal fin. La Federación Médica Colombiana apoyó esta postura, agregando que existe y ha existido por muchos años, una campaña (exitosa sin duda) para desacreditar los medicamentos genéricos de producción nacional.

De acuerdo con Observamed, el gasto en medicamentos crece, pero el crecimiento del mercado farmacéutico no se explica por mejoras en la tecnología o por los avances de la ciencia. Se debe al alza de los precios. Entre 2013 y 2018 en Colombia el gasto aumentó en valores en 5,4 billones de pesos, pero el número de unidades vendidas se mantuvo constante.

Este crecimiento se explica por dos razones. La primera y más importante es el crecimiento de los productos importados (sistemáticamente más costosos) y la reducción en la participación de la producción nacional, especialmente en valores. La segunda es que el consumo (la prescripción médica) se tiende a desplazar hacia los productos más novedosos, en general monopólicos, protegidos con patente y cuyos precios son cada vez más altos. Tienden a concentrarse en los productos No PBS. Según Observamed, para 2018 los medicamentos incluidos en el PBS representaron 63% de las ventas en unidades, pero solo 32% en valores (4,7 billones de pesos). En cambio, los No PBS representaron el 37% de las ventas en unidades, pero el 68% en valores (10 billones de pesos).

Salta a la vista que cualquier interés en la sostenibilidad del sistema de salud debe pasar por contar con una industria nacional fuerte y competitiva. Esas fueron las palabras del ponente de la iniciativa a la clausura de la audiencia.

Hay un argumento adicional, menos económico, pero mucho más sensible para los salubristas y los que participamos de la atención sanitaria. Es un argumento que en el seno del Organismo Andino de Salud y de la OPS se ha definido como la “Soberanía farmacéutica” y que se considera un asunto de seguridad nacional en algunos países. Consiste en que, ante catástrofes o emergencias naturales, políticas o económicas, o en caso de guerra, el país no tenga que enfrentar escasez o restricciones a las importaciones y pueda abastecerse internamente de los productos que pudiéramos llamar “imprescindibles”. Antibióticos, antídotos, sueros hiperinmunes. La mayoría de países restringen el mercado de estos productos ante amenazas biológicas, conflictos y catástrofes naturales, especialmente para enfermedades transmisibles, trauma y accidentes.

Tenemos en nuestro país un ejemplo lamentable. La escasez de Suero Antiofídico por los últimos 20 años. Escasez que desde hace 3 o 4 años se empieza a corregir (con un gigantesco esfuerzo del Instituto Nacional de Salud) pero que significó un número desconocido de muertes. Esto sugiere que la política industrial farmacéutica no debe dirigirse solamente al sector privado. También hay que dimensionar el papel de la producción pública.

Pero ¿qué reclamaron los participantes en la audiencia? ¿Preferencias en las adquisiciones públicas? No. ¿Libertad de precios? No. ¿Exenciones tributarias? Tampoco. ¿Créditos blandos? ¿Un trato preferencial para cumplir requisitos de calidad?

Nada de eso. Pidieron que sus productos reciban el mismo trato que reciben los importados. Que los impuestos a los insumos para la producción sean iguales a los de los productos importados. Que nos se puedan hacer impunemente campañas para desprestigiarlos. Que paguen impuestos. No parece muy razonable que con las diferencias de precio y las diferencias en ingresos, las industrias de producción nacional paguen más impuestos sobre ganancias, que las que solamente son importadoras.

Adicionalmente preocupa el hecho de que la industria farmacéutica de producción nacional, se está desnacionalizando. Durante los últimos años, algunas multinacionales compraron a las más importantes empresas nacionales productoras de medicamentos genéricos. Lo que los ciudadanos hemos observado con esas adquisiciones es una “depuración” de la producción, para concentrarse en productos rentables. Y un incremento en los precios. Una industria así pierde su función estratégica de contribuir a la salud pública con precios competitivos, y ciertamente, deja de ser un recurso confiable en términos de soberanía sanitaria.

Afidro, en su intervención, subrayó que cualquier política debe apuntar a la mejor y la más alta calidad, insistiendo en la necesidad de incrementar las pruebas de bioequivalencia para los genéricos. Misión Salud, Observamed, la Universidad Nacional y la Federación Médica Colombiana, hicieron notar como los estándares de calidad también pueden convertirse en un mecanismo de limitación de la competencia y de exclusión de las industrias nacionales.

Ya habíamos enfrentado ese debate hace algunos años a propósito de la reglamentación de los productos biológicos. Es una discusión sobre cuáles deben ser los estándares de calidad para la producción de medicamentos. ¿Los más altos? ¿Qué significa el concepto de: los más altos? Tradicionalmente se ha dicho que los estándares de calidad en el caso de los medicamentos (y por extensión en alimentos y otros productos industriales para el consumo humano) deben propender por un equilibrio entre lo necesario para asegurar eficacia y seguridad (inocuidad, en el caso de alimentos) evitando exigencias superfluas que limiten la competencia.

Para una entidad que defiende la competencia (la OMC por ejemplo) toda exigencia superflua se convierte en un obstáculo técnico al comercio. Si miramos este debate desde la óptica de la defensa de la competencia, toda reglamentación, toda norma de Buenas Prácticas, toda norma técnica, debería ajustarse a lo estrictamente necesario para garantizar la calidad y al mismo tiempo un escenario justo para la competencia.

En este contexto, la cacareada expresión: los más altos estándares, se ajusta poco a una economía de mercado y al libre comercio. Más pareciera un criterio aplicable en contextos totalitaristas.

Para comprender las implicaciones de esta confrontación, puede ser de utilidad recordar lo que sucedió con los motores TDI de Volkswagen y el escándalo por falsedad en la información sobre emisiones y contaminación ambiental. Estos motores, que constituyeron el más alto estándar de calidad en materia de emisiones, se convirtieron en norma. Muchos potenciales competidores salieron del mercado. Supimos después que los que se lograron quedar, también mintieron.

La adopción de estándares de calidad siempre debe ser un ejercicio juicioso y siempre debemos preguntar sobre su origen. No nos suceda que terminemos repitiendo el caso Volkswagen. Pero en el caso de medicamentos tenemos una fuerte influencia de la Conferencia Internacional de Armonización (ICH) que debiéramos mirar con espíritu crítico. La ICH es el organismo de calidad de las industrias de punta. De las multinacionales que adoran el monopolio y detestan la competencia. Nos pasó con el suero antiofídico pues las plantas de producción de Probiol y del INS fueron cerradas varias veces y por muchos años, por un muy discutido y discutible estándar de Buenas Prácticas de Manufactura.

La mala noticia para terminar. El viernes 26 de abril se radicó en el Senado de la República la ponencia para segundo debate del Plan Nacional de Desarrollo. El artículo no fue incorporado y no forma parte del texto. La buena noticia (siempre será mejor finalizar con espíritu positivo) es que, en reuniones de los actores que creemos en la necesidad de una política industrial farmacéutica con los Ministerios de Salud y con los Ministerios de Comercio, se nos ha asegurado que, más allá del Plan Nacional de Desarrollo, ya se han tomado decisiones y se seguirán tomando, para que los objetivos de una política como esta, se conviertan en realidad.


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